Una reflexión final sobre el conflicto palestino-israelí

Durante un tiempo mantuve como criterio no hablar del conflicto palestino-israelí. Es uno de esos temas de los que rara vez sale un debate ameno y productivo. Me salté mis reparos para hablar de la guerra del Líbano en 2006. Luego hablé de un documental sobre el asalto al Mavi Marvara y de lo que en Israel llamaron Operación “Pilar Defensivo” en 2012. En estos dos últimos casos el tema relevante no era el conflicto en sí, sino la construcción narrativa en los medios. Ante la debilidad militar, el bando palestino ha convertido la opinión pública en campo de batalla con la entusiasta colaboración de los medios occidentales. El resultado perverso es que hoy los proisraelíes presentan una enorme desconfianza hacia las informaciones que no provengan de medios proisraelíes y que cuestionen la conducta de Israel.

Cada bando habla en un diálogo de sordos para los suyos. Lo pude comprobar estos días. Desde que empecé a diseccionar artículos propalestinos he recibido un enorme flujo de visitas en el blog y de recomendaciones en Twitter. No he bajado de las mil visitas diarias desde el fin de semana pasado y gracias a la recomendación en Twitter de Ariel Kanievsky desde Israel en menos de 48 horas me aparecieron cerca de 200 seguidores nuevos. Pensé que iba a generarse polémica pero me encontré unanimidad en los comentarios de Twitter. Mis textos fueron leídos y recomendados dentro de una burbuja proisraelí.

Mientras tanto, los propalestinos españoles siguen con su trituradora semántica dejando un reguero de conceptos machacados: Genocidio, que comenta Masha Gabriel en Revista de Medio Oriente. O “crímenes de guerra”, que yo mismo repaso esta semana en Sesión de Control. Me quedo con la sensación de que los autores españoles buscan más crear literatura con palabras tremebundas que describir la realidad. La consecuencia es que el bando propalestino vive en una absoluta ignorancia de la realidad del conflicto. Vive anclado en 1979 y los Acuerdos de Camp David como si una simple negociación de “paz por territorios” fuera a poner fin al conflicto de Israel con Hamás y Hezbolá. David Brooks decía el otro día “It’s amazing how much of the discussion of the Gaza war is based on the supposition that it is still 1979″. 

Tengo guardada una libreta llena de anotaciones con ideas para un ensayo sobre el cambio de “paradigma” entre los conflictos interestatales que Israel vivió en la Guerra Fría  a los conflictos con grupos yihadistas que no buscan crear un Estado sino destruir Israel. Sobre cómo Palestina entra en la definición de estado fallido y cómo en el bando palestino no creen en la solución de los dos estados. No sé si lo convertiré en un artículo o varios para Sesión de Control. Pero el día que haya volcado esas ideas habré terminar de decir todo lo que tengo que contar sobre el conflicto. Mientras tanto, me tomaré una pausa y me enfocaré en los aspectos militares y estratégicos. Un asunto que en lo concerniente a “Margen Protector” escribiré pronto aquí.

Mis textos recientes sobre el conflicto:

¿Crímenes de guerra en Gaza? en Sesión de Control.
Mi disección de “Quieren la guerra” de Ilya U. Topper.
Mi disección de “Israel, Palestina: Cómo empezó todo” de Olga Rodríguez.
Mi disección de “La importancia de llamarse Israel” de Jorge Izquierdo.
La crisis antes de Gaza en Sesión de Control.

“¿Pero qué quiere Israel en Gaza?” (2012)
“El otro balance del conflicto en Gaza” (2012)
“Gaza oculta por un velo de hipocresía occidental” (2012)

“Quieren la guerra” de Ilya U. Topper

En el infierno hay un lugar reservado para los compositores de temas de reggaetón, los guionistas de las teletiendas nocturnas y los análisis con ínfulas literarias del conflicto palestino-israelí. Ilya U. Topper ha perpetrado en MSur un artículo titulado “Quieren la guerra” que considero bastante cuestionable.


Quieren la guerra. El bombardeo de Gaza por parte de Israel no es un intento de acabar con Hamás. Tampoco es un error estratégico. Tampoco una reacción emocional desmedida. Ni siquiera una búsqueda de votos de la ultraderecha. Es un intento desesperado de supervivencia de Israel. Es un esfuerzo supremo de sembrar odio y garantizarse un ambiente lo suficientemente hostil como para que mañana sigan saltando chispas, muertos, cohetes, bombas. Para que nunca haya paz.

Israel no tiene otra opción: la paz se ha convertido en un peligro mortal para este Estado. No tendría que haber sido así. Pero durante décadas, sus dirigentes han llevado el país hacia un callejón sin salida, un estado de excepción al que sólo la guerra continua puede dar apariencia de normalidad.

Tiene gracia pensar que el autor está olvidando que Israel y Egipto firmaron los acuerdos de Camp David. El presidente egipcio Anwar Al-Sadat tras reconocer al Estado de Isael, lo visitó y dio un discurso en su parlamento. La paz de los valientes le costó la vida. Hoy un centro de estudios estratégicos en Israel lleva su nombre junto con el del primer ministro Begin. Israel evacuó sus ciudadanos de la península del Sinaí, que mantenía en su poder desde la Guerra del Yom Kippur en 1973. Al igual que en la desconexión de Gaza en 2005 hubo de emplear la fuerza para obligar a quienes se habían instalado allí abandonar sus casas y negocios. (Véase este reportaje de “Informe Semanal” de TVE de aquella época). Israel entregó a Egipto infraestructuras como la base aérea de Etztion, que se convirtió en el aeropuerto internacional de Taba. Ambos países mantienen hoy lazos económicos. Egypt Air inventó una línea aérea virtual, Air Sinai, para sus muy discretos vuelos a Israel. Egipto le vende a Israel el petróleo del Sinaí vía un oleoducto e Israel manda turistas. Ambos asuntos fueron noticia por los repetidos atentados yihadistas contra el primero ras la caída de Mubarak y por un atentado contra turistas en el Sinaí en 2004.

Por su parte, Israel y Jordania firmaron un acuerdo de paz en 1994 que formalizaba una relación de varias décadas. Aunque tras los acontecimientos del Septiembre Negro de 1970, cuando el rey Hussein de Jordania vio amenazado por una invasión siria solicitó ayuda militar a Israel. Desde entonces la familia real jordana visita Israel. Como dato curioso, la princesa Aisha, hermana del actual rey, visitó Israel de forma oficial en 1997 y 2000 en su condición de oficial del ejército jordano para interesarse por la incorporación de la mujer a las fuerza armadas israelíes. Por su parte, turistas israelíes visitan Jordania. Y cómo no, el asunto fue noticia cuando el grupo Monoteísmo y Yihad de Abu Musab Al Zarqawi (una de las primeras encarnaciones del actual Emirato Islámico) atentó contre el hotel SAS Radisson de Ammán en 2005, sin conseguir matar a un solo turista israelí. Murieron numerosos invitados a una boda, varios palestinos y varios árabes israelíes. Aquello, junto con las carnicerías provocadas por atentados contra lugares públicos en Iraq, contribuyó al desprestigio del yihadismo en las sociedades árabes.

En resumen Israel ha hecho las paces con acérrimos enemigos (con Egipto combatió en 1949, 1956, 1967 y 1973), ha evacuado la población de territorios y sin llegar a la vecindad que disfrutan países que trabajan por la integración regional, ha llegado a normalizar sus relaciones con algunos de sus vecinos. La diferencia fundamental es que Israel pudo hacer la paz con Egipto y Jordania porque son estados-nación cuyos gobiernos mantenían el “monopolio de la violencia legítima”, que decía Max Weber es la característica fundamental de un Estado. Cuando Sadat y Hussein firmaron la paz tenían la capacidad de hacer cumplir sus compromisos. Las autoridades palestinas nunca han podido sentarse a negociar con Israel representando a la voluntad colectiva. Nunca han tenido el monopolio de la violencia y temen correr la suerte de Sadat. Siempre habrá un grupo más radical aún que Hamás dispuesto a llamar traidor a quien negocie con Israel. Los isralíes se preguntan ¿dónde está el Sadat palestino?


De niño encontré en un libro escolar alemán sobre Geografía de los años setenta un esbozo de las dos posibles soluciones del conflicto: Convertir el territorio de la histórica Palestina en un Estado “binacional” en el que todos los ciudadanos gozaran de los mismos derechos, o bien establecer dos Estados, uno para los judíos y otro para los palestinos, tal y como planteó la ONU en 1948, aunque llevándose el bando judio un territorio sustancialmente mayor que el originalmente adjudicado.

Curiosamente, el autor citado, israelí a juzgar por su apellido, se permitía el lujo de añadir que no creía en ninguna de las dos soluciones.  Desde entonces he cavilado cuál era el futuro que sugería el ensayista. Obviamente era el de mantener el conflicto sin resolver.

La primera solución, por la abogan numerosos palestinos, pero también grandes intelectuales israelíes como Ilan Pappé, significaría el fin de Israel tal y como fue planteado por el sionismo hace un siglo: un hogar exclusivo (o casi) para judíos, o para lo que las autoridades de ese Estado entiendan como “judíos”. Sería simplemente un país más. Un país normal.

Un estado binacional a día de hoy es inviable no por cuestiones étnicas o religiosas, sino porque sería imposible unir a dos sociedades con un desarrollo político, económico y social tan desigual. Hamás creó en Gaza el Comité para la Propagación de la Virtud y Prevención del Vicio, como en Arabia Saudita o el Afganistán de los talibán. Tel Aviv en cambio es un destacado destino gay en el Mediterráneo. Las mujeres palestinas son asesinadas en “crímenes de honor”. En los territorios palestinos a día de hoy no hay democracia. Las elecciones legislativas palestinas de 2006 fueron ganadas por Hamás con el voto incluso de palestinos cristianos que castigaban así la rampante corrupción en la Autoridad Palestina. Entonces el presidente Mahmud Abás suspendió la democracia palestina, tal como hicieron los generales argelinos en 1992 ante el avance del islamismo. El plan de paz israelí incluía que Cisjordania creciera al norte absorbiendo las localidades árabes israelíes en lo que se conoce como  “el Triángulo”. Surgió un problema. Más del 80% de lo habitantes de una localidad de la zona no quieren ser ciudadanos de un estado palestino. Cuando se les preguntó la razón, más de la mitad contestaron que preferían vivir bajo “un sistema democrático con un estándar de vida alto”.


El sionismo fue un afán comprensible a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando estaban en boga las ideologías nacionalistas, decididas a construir Estados con una única “etnia”, alemana, húngara, turca, armenia, kurda… Que el mito bíblico de una descendencia genética común del “pueblo” judío, míto comparable a la virginidad de María o la existencia eterna del Corán, se encuadrara en este nacionalismo como si fuera una realidad histórica, es una de las mayores paradojas de la Historia; sería el mayor ridículo que haya hecho la humanidad, si sus resultados no fueran tan sangrientos, si no se lo hubiesen tomado en serio Hitler y sus secuaces.

Pero tras un siglo de doctrina sionista, esta convicción de necesitar un “Estado judío” es tan arraigada que es imposible dar marcha atrás, argumenta Uri Avnery, gran camarada de Pappé en el Qué y gran adversario suyo en el Cómo. Queda la otra solución, la biestatal, fácil, rápida, al alcance de mano, aprobada por la comunidad internacional, por Estados Unidos, por la UE, por la Liga Árabe, por la Autoridad Palestina y, con ciertas reservas perfectamente superables, hasta por Hamas. De boquilla, incluso por Israel.

¿Por qué no se lleva a cabo, pues? ¿Por qué, en lugar de irse evacuando a los 250.000 colonos extremistas de los Territorios Ocupados de Cisjordania, primer paso para devolver una coherencia territorial a una futura palestina, el Gobierno de Israel financia y protege, con enormes fondos y mayores despliegues militares, estos asentamientos cuya existencia es un crimen de guerra según la Convención de Ginebra? ¿Por qué Israel se niega en las negociaciones a definir cuáles serán sus fronteras?

Las negociaciones entre palestinos e israelíes en los últimos años han partido de la base que la solución al conflicto pasa por la creación de un estado palestino. El entonces presidente Peres lo dejó claro: La opción para la paz es crear un Estado palestino. El debate son las condiciones. La oferta israelí es que Cisjordania y Gaza quedaría unidas por una carretera tal como Berlín Occidental estuvo conectada con la República Federal Alemana en tiempos de la Guerra Fría. Israel se anexionaría ciertos barrios de Jerusalén junto con ciertas comunidades judías que están más allá de las líneas de armisticio de 1949 (lo que la gente llama “las fronteras de 1967″) y compensaría a los palestinos ampliando el territorio de Gaza y Cisjordania a costa de territorio israelí de igual superficie. Lo sabemos por los papeles filtrados de la parte israelí y de la parte palestina.

Una reportera de El País visitó a la población israelí de lo que se conocen como los “asentamientos de Cisjordania” (perdonen que no encuentre el enlace). Se encontró que un tercio vivía allí porque era mucho más barato que dentro de las fronteras de 1967. De hecho el encarecimiento de la vivienda fue uno de las quejas de los “indignados en Israel”. Otro  tercio se había ido a vivir allí porque formaba parte de una comunidad religiosa y sus líderes se habían establecido allí. De trasladar la comunidad a otro lugar, declaraban que no tendrían problema en irse. Sólo el tercer tercio estaba allí con el propósito expreso de vivir en lo que había sido tierras ancestrales de los judíos y mencionaban motivos religiosos para su decisión. Para los dos primeros grupos la idea de trasladarse a vivir a otro lugar no suponía ningún problema.

Está claro que la expansión de las poblaciones israelíes en Cirjordania han sido un giro de tuerca a los palestinos tras el fracaso de cada ronda de negociaciones de paz. Alguien decía que nunca te levantes de una mesa de negociación si no puedes volver a ella desde una posición más fuerte. Los palestinos se han levantado varias veces y su posición es cada vez más débil. Primero el perímetro de seguridad entre Israel y Cisjordania redujo la capacidad palestina de cometer los brutales atentados de la Segunda Intifada. El sistema “Cúpula de Hierro” junto con mejoras de los protocolos de la defensa civil israelí ha recudido las víctimas mortales de los cohetes lanzados desde Gaza. Cuando visité Israel a finales de 2010, el país celebraba el récord de visitas de turistas mientras la economía de Cisjordania prosperaba. En algunas zonas empezó a desmantelarse el muro de protección o cambiarse su trazado, reduciendo el impacto en las vidas de los palestinos. Pero tras el conflicto armado entre la Autoridad Palestina y Hamás en 2007, Hamás puso como condición para la reconciliación el cese del pragmático ministro Salam Fayad, empeñado en construir un país antes de proclamar un estado. Tuvimos la ofensiva de cohetes palestinos previos a la Operación “Pilar Defensivo” y esta que arrancó en junio.

Una reflexión final en forma de pregunta, ¿por qué esta clase de artículos nunca incluyen un análisis de la dinámica interna de Hamás? Las retiradas unilaterales israelíes del Líbano en 2000 y de Gaza en 2005, no trajeron la paz. Sería caer en la obviedad de descubrir que Hamas considera su fin último destruir Israel. “Israel existirá hasta el día que lo destruya el Islam” aparece en los preámbulos de su Carta Fundacional.


Porque el establecimiento del Estado palestino acabaría con la guerra. Y es lo único que Israel no se puede permitir: renunciar a la guerra.

Porque Israel no es un país normal. Ha elegido no serlo. Ha elegido ser un país exclusivo para un colectivo que por imperativo religioso se cree una “etnia” en lugar de saberse un colectivo religioso. Y que de tanto confundir etnia con religión, biología con biblia, cromosoma con dios, ha acabado bifurcado en una teocracia agnóstica.

Para ser un Estado judío, Israel tiene la extraña peculiaridad de ser un país multiétnico y multiconfesional. Viven allí judíos, musulmanes, druzos, circasianos, cristianos maronitas, cristianos armenios y practicantes de la fe bahá’i, entre otros. Los árabes-israelíes constituyen la quinta parte del país y (que me corrija alguien si me equivoco) deben ser los árabes que han disfrutado por más tiempo derecho a voto en elecciones libres en todo Oriente Medio. Su número ha crecido del 12% en el momento de la creación del Estado de Israel al 21% actual. Druzos y circasianos cumplen el servicio militar obligatorio. Los primeros tenían restricciones dentro de las fuerzas armadas para lograr acceso a puestos que requieren una habilitación de seguridad. Tras una campaña para su eliminación, hoy hay druzos que son pilotos de combate y comandante de buques.

Hago énfasis en la integración en las fuerzas armadas porque jurar bandera y estar dispuesto a morir por el país me parece un grado superlativo de identificación con un Estado. Majalli Wahabi, un druzo, ocupó el cargo de Presidente de Israel de forma interina en 2007. Como conté aquí una vez, en la campaña de ataques con cohetes de Hezbolá contra núcleos de población civil israelíes en 2006 un tercio de las víctimas fueron árabes israelíes. Árabes matando árabes de forma indiscriminada. Desde aquel momento comenzó un aumento del número de árabes israelíes (cristianos y musulmanes), principalmente de las zonas afectadas por los cohetes de Hezbolá, que se han presentado voluntarios para servir en las fuerzas armadas israelíes. Son pocos de momento pero en las entrevistas todos repiten los mismos argumentos. Hablaban de querer defender “su país” que había sido atacado desde fuera, sentían la necesidad de sentirse un ciudadano más, de devolver lo que habían recibido del Estado…


“¿Ves a éstos? Los de negro. No, a éstos nunca los monto en autostop. Los odio. Muchísimo más que a… más que a los árabes no puedo decir, porque a los árabes no los odio”. El viejo kibbutznik Uri hizo un movimiento de mano hacia unos jóvenes en el arcén de la carretera, vestidos de negro, con sombreros negros sobre los rizos de las sienes. Ultraortodoxos. Haredim, se llaman en Israel.
Una secta nacida en la Europa oriental del siglo XIX, los haredíes eran los mayores adversarios del sionismo agnóstico, pero una vez establecido Israel fueron aprovechándose del atractivo económico de un Estado dedicado a subvencionar a todo judío que quisiera asentarse en su territorio. Tienen tanto en común con un israelí de Tel Aviv como un talibán afgano con un alemán, salvo que no abogan por la lucha armada. Por la lucha, sí: en sus barrios, nadie debe romper las normas que consideran judías. Con una media de seis o siete hijos por familia, sus barrios se extienden cada día, sobre una alfombra roja extendida por los políticos que cortejan su fuerza de votos.

No habrá que esperar hasta dentro de medio siglo, cuando según la curva demográfica serán mayoría. Mucho antes, numeroso israelíes laicos, hartos de que se les escupa a sus hijas si no van con manga larga en verano, se irán, primero de Jerusalén, luego del país. Tel Aviv quedará como un gueto de laicos, un reducto de quienes se consideran los herederos del sionismo verdadero, la ideología agnóstica, marxista, que quiso crear un “nuevo judío” sin rezos ni sombreros. “En el kibbutz nos duchábamos juntos chicos y chicas. Estos están poniendo playas separadas para hombres y mujeres”, decía Uri. El que los haredíes se hagan con el país fundado por quienes quería querían acabar de una vez por todas con los rabinos y las sinagogas, es otro de los tristes chistes de la Historia.

Uri sacó una conclusión: “Si los árabes fueran listos, se quedarían quietecitos unos años. Sin atentados suicidas. Entonces, sin esa continua presión de un enemigo común, empezaríamos a ocuparnos de nosotros mismos. Y nos daríamos cuenta de que nuestras sociedades son irreconciliables. Estallaría la guerra civil”.

Ultraortodoxos. Los hombres de negro. Pregunte a un español sobre Israel, el país que ganó 16 años antes que Austria el festival de Eurovisión con una artista transexual, que imagine al israelí medio y aparecerá con la imagen de los ultraortodoxos. Como aquel vídeo del programa de Buenafuente en que el actor Edu Soto interpretaba a “Rabin Bisbal”, el ganador de la versión israelí de “Operación Triunfo”. O aquella otra viñeta de Manel Fontdevila.

Ahora vayamos a los datos. Los judíos ultraortodoxos son el 11,7%. Es decir, la mitad de la población árabe-israelí. Dada la alta tasa de natalidad de los judíos ultraortodoxos, en las cohortes demográficas más jóvenes hasta los 20 años representan el 29%. Es decir, están lejos de ser una mayoría del país. Los judíos ultraortodoxos son tan relevantes porque el sistema electoral de circunscripción única con el que se elige el parlamento israelí atomiza el voto y convierte a los partidos pequeños en bisagra. Su crecimiento les impedirá por más tiempo sostener su condición minoría a ser protegida mediante subsidios del Estado. Tras la destrucción de la cultura judía europea en el Holocausto, el primer gobierno del recién nacido Estado de Israel decidió subvencionar a los ultraortodoxos como guardianes de las esencias del judaísmo. En su mayoría no trabajan, reciben subsidios del Estado y no hacen el servicio militar. Esto último va camino de acabar. Israel no podrá permitirse sostener a un sector improductivo de su población cada vez más grande. Tarde o temprano a los ultaortodoxos tendrán que trabajar y se verán obligados a una transición demográfica hacia familias nucleares de pocos hijos.

Además, Israel no es sólo Tel Aviv y Jerusalén, ni siquiera los asentamientos más allá de la línea del armisticio de 1949. Israel es también el aérea metropolitana de Haifa. En Haifa, ejemplo de convivencia entre judíos y árabes, dos tercios de la población se consideran judíos seculares. Un último apunte sobre fanatismo religioso. En las elecciones legislativas palestinas de 2006, las últimas antes de la suspensión de la democracia palestina, ganó Hamás. A lo mejor también habría que estudiar lo que pasa en el lado palestino para entender la perpetuación del conflicto.


Este diálogo tuvo lugar en 2001. Desde entonces han cesado los ataques suicidas. Cisjordania está quieta, aguantando en silencio los crímenes diarios de los colonos – criminales de guerra según la ley internacional – y sólo Hamas le daba un poco de esperanza a Israel, un poco de la violencia cotidiana que necesita para sobrevivir. Hasta que, a primeros de junio, se acabó lo que se daba: Hamas dio su acuerdo a un gobierno de unidad palestina, sin exigir siquiera una participación efectiva. La paz parecía a la vuelta de la esquina. ¡Alerta roja!

A todo eso, encima Irán, que tantas veces ha servido de espantapájaros para la esquiva paloma de la paz, con media Europa prediciendo por cuarta, quinta y sexta vez el ataque inmediato e inevitable, está ahora tomándose cafés en Viena, con Bruselas certificando una “buena atmósfera” en las negociaciones nucleares. La situación parecía desesperada.

Nunca sabremos quién dio días después la orden de secuestrar y asesinar a tres adolescentes israelíes en una carretera de Cisjordania, rodeada por unidades militares israelíes. Sí sabemos que el Gobierno israelí utilizó ese secuestro, ocultando que ya se había verificado la muerte de los jóvenes, para construir una campaña de odio contra “los árabes” que habría hecho sonrojarse a un fascista veterano y para lanzar una campaña de detenciones, robos, saqueos y asesinatos por toda Cisjordania. Sin éxito. Sólo tras un bombardeo aéreo que mató a siete miembros de Hamas, por fin la milicia de Gaza empezó a lanzar cohetes. ¡Eureka!

Por fin, Israel pudo volver a afianzarse. Mesarse los cabellos por estar obligada a “vivir bajo la amenaza yihadista”, invocar el “derecho a autodefensa”, ponerle sirenas de alarma como música de fondo al adoctrinamiento de los niños en los colegios y a las colectas de dinero en Estados Unidos – done un búnker – , en fin, volver a respirar con alivio.

Toda esta larga parrafada se sustenta en la más elemental ignorancia de los acontecimientos de los últimos dos meses. La ofensiva de Hamás con cohetes lanzados contra Israel no arrancó tras los acontecimientos de la muerte de tres chicos judíos y un chico palestino a manos de radicales de la otra comunidad. Comenzó antes, en el mes de junio y tuvo otra fase previa en abril. Si repasamos fechas, el acuerdo de reconciliación entre Fatah y Hamás se firmó el 23 de abril. Así que, suponiendo que las negociaciones previas se desarrollaron a lo largo de abril, Hamás estuvo lanzando cohetes contra Israel mientras sus representantes negociaban con el partido del presidente Abás. En el mes de mayo apenas hubo lanzamientos. Luego, tras la toma de posesión de un nuevo gobierno palestino el 2 de junio empezó otra campaña de lanzamiento de cohetes de Gaza contra Israel.

La conclusión evidente es que los ataques de Hamás contra Israel estás relacionadas con cuestiones internas palestinas. ¿Una facción de Hamás quería descarrilar las negociaciones? ¿Hamás buscaba una respuesta israelí para consolidar su prestigio frente al acomodaticio gobierno de Fatah? Lo interesante es que para Ilya U. Topper aquí el país agredido es el agresor. Aunque no sabemos si ha omitido acontecimientos para sacar sus conclusiones preestablecidas o porque desconoce lo que ha estado pasando en la zona en los últimos meses. No Jews, no news!.


Porque así funciona el círculo vicioso que mantiene con vida al Estado, a sus elites políticas, a sus industrias armamentísticas, a sus lobbies internacionales, a sus ciudadanos con tanta afición a la ceguera: Israel mata a unos cientos de palestinos, suscita algunas condenas internacionales, unas cuantas manifestaciones y con suerte, editoriales en la prensa, y puede afirmar con orgullo que “todo el mundo está en contra de Israel”. Y si todo el mundo está en contra de Israel, evidentemente la culpa es del mundo que no soporta la existencia de Israel y estará en contra de Israel para los siglos de los siglos, amén. De manera que toda cosa llamada Naciones Unidas y toda convención de Ginebra no son más que ardides para acabar con Israel, así que no cumplir con nada de lo que digan es la única vía recta para el pueblo elegido.

El problema aquí es que los estallidos emocionales que la gente ha tenido en público a causa de los últimos acontecimientos en Gaza no son contra Israel, son contra los judíos. Las manifestaciones en París en contra de Israel se saldaron con dos sinagogas y un supermercado kosher atacados. En España, bastó que el Maccabi de Tel Aviv ganara la final de un trofeo al Real Madrid para leer referencias a las cámaras de gas. Los exabruptos en medios de comunicación, ahí está esa infame columna de opinión de Antonio Gala, o en las redes sociales reflejan que cuando rascas en los españoles encuentras los mismo prejuicios atávicos que hacen mención a la usura o el niño mártir San Dominguito de Val. No hemos llegado a Der Stürmer. Seguimos en la Edad Media. Pero como antes, Ilya U. Topper, invierte el orden de los elementos. No se trata de que Israel necesita ser odiado para justificar su existencia. Israel ha hecho las paces con quien ha querido hacerlo pero sigue en conflicto con Hezbolá y Hamás, cuya ideología se nutre del odio a Israel. Hezbolá se inventó un conflicto territorial con Israel para justificar seguir siendo una organización armada, contraviniendo la Resolución 1559 de Naciones Unidas que llamaba al desarme de las milicias libanesas. Sin Israel, Hezbolá tendría que ser un partido político normal. Sin Israel, la verdadera naturaleza de Hamás como un grupo islámico radical, que oprime su población como los talibán en Afganistán o el Emirato Islámico en Siria, sería evidente.


Lo del pueblo elegido sólo lo dicen los rabinos, desde luego. Los ministros se contentan con invocar la divinidad del “antisemitismo”, en cuyo altar se sacrificarán cientos de niños palestinos. Porque sólo el Antisemitismo, con mayúscula, es lo que justifica la existencia de un país declarado “hogar judío”.

Si este círculo vicioso se rompiera, se podría descubrir que en el último medio siglo, el mundo ha aprendido a prescindir de mitos bíblicos y que el concepto de un Estado “étnico” no es acorde a la Carta de Derechos Humanos. Que los fundamentos del sionismo – la ficción bíblica de que un tal Dios prometió a “los judíos” una tierra situada entre Jordán y Mediterráneo, y su derivado seudocientífico de un “pueblo judío” dispersado desde esta tierra por el resto de países – no son más que una estafa. Que Israel es un anacronismo.

Claro que la existencia de Israel se justifica, desde el punto de vista del derecho internacional, simplemente con su existencia: sería contrario a los derechos humanos de sus ciudadanos si alguien quisiera forzarles a disolver su Estado. Pero Israel no puede permitirse el lujo de reconocer el concepto de derechos humanos mientras insista en otorgar más derechos a un neoyorquino con abuela judía que a un nativo que no tenga abuela judía.

Tal y como está planteada ahora, Israel es un Estado imposible, porque sus ciudadanos no son quienes lo habitan sino quienes son afiliados de una religión determinada, aunque no se la crean siquiera. Es decir, sus ciudadanos son personas de todo el planeta siempre que así lo definan los rabinos de Israel: una especia de teocracia cósmica.

Esta paradoja quedará en evidencia y quedará en ridículo al firmarse la paz. Israel tendría que reinventarse como país democrático, es decir, renunciando al sionismo como ideología oficial. Algo que es más difícil con cada día que pasa, cada día en el que se adoctrina a los niños en el colegio, se les enseña a adorar las armas y saberse el pueblo elegido. De manera que el círculo vicioso ha de seguir.

Pero nadie se puede bañar dos veces en el mismo río de sangre y nada en el cosmos descríbe círculos: todo avanza en espiral. Una espiral de violencia que con cada nueva vuelta tendrá que ir a más para producir el mismo efecto de rabia, furia y odio en el resto del mundo y el mismo nivel de nacionalismo fanático entre sus ciudadanos, rodeados – eso creen – de hordas antisemitas. Entre ese nacionalismo fanático armado, dispuesto a quemar vivos a “los árabes”, y el fanatismo religioso de los haredíes, dispuesto a borrar a las mujeres hasta de las fotografías, se halla el futuro de Israel.

Donde acabará la espiral no es fácil de predecir. Pero no será un espectáculo bonito. En todo caso, su fin no será la desaparición del pueblo palestino. Será el suicidio de Israel.

Israel permite inmigrar libremente a judíos de todo el mundo y no permite el derecho del retorno de quienes abandonaron sus casas en la Guerra de Independencia (1948-1949). Puede ser injusto, puede ser terrible. Pero no es muy diferente a la práctica mayoría de los países que favorecen la inmigración con un cierto perfil y se limita otra. Por ejemplo, se favorece la inmigración de personas con un cierto nivel académico (licenciados, doctores…) o determinadas cualificaciones profesionales (ingenieros, médicos…) Sucede en Estados Unidos, Emiratos Árabes Unidos o Australia.

El asunto de los palestinos que abandonaron sus hogares en la Guerra de Indepenencia de Israel (1948-1949) es uno de los asuntos centrales de las negociaciones de palestinos e israelíes. No lo obviemos ni desdramaticemos. Pero tiene una singularidad. Son los únicos refugiados que han transmitido su condición a sus hijos y nietos. Como vimos en mis comentarios al artículo de Olga Rodríguez “Israel, Palestina: Cómo empezó todo”, los refugiados palestinos son los únicos refugiados de aquel conflicto que no que recibieron la ciudadanía de los países que los acogieron. Quedaron en un limbo y su casusa fue empleada como bandera por los tiranos de Siria, Libia, Iraq e Irán. Durante décadas se dijo que el principal conflicto de Oriente Medio era el conflicto palestino-israelí. Que el mundo árabe mantenía un resentimiento a Occidente por su apoyo a Israel. La resolución del conflicto limaría el “choque de civilizaciones”. Desde 2011 hemos visto arder el mundo árabe de punta a punta sin que tenga nada que ver las causas con Israel.

El argumento principal aquí es que Israel provoca odios para justificar la existencia de un país que haga de refugio para los judíos del mundo. Cuando llegue la paz, todo el mundo dejará de odiar a los judíos y entonces habrá cesado la razón de existir de Israel. El país colapsará, los israelíes se revolcarán en el suelo presos de una paradoja ontológica. Menuda huera traca final. Un despliegue de pirotecnia verbal pretendidamente literaria y profunda que comete la perversión de proyectar en los israelíes todos las acusaciones que podríamos hacer al bando opuesto: Fanatismo religioso, falta de democracia, fanatización y adocrinamiento…

El día que cese el conflicto, los palestinos tendrán que construir un país. Entonces se mirarán en el espejo y se tendrán que hacer preguntas difíciles. Alguien tendrá algún día que preguntar por el destino de las ayudas occidentales, por el enriquecimiento de los líderes palestinos y por la falta de libertades políticas. Ser pesimistas sobre el futuro de los palestinos cuando no se pueda culpar a Israel no es mal augurio. Ya ocurrió. Israel se retiró de Gaza en 2005. Evacuó su población de allí y se retiró hasta las “frontera de 1967″. ¿Qué ocurrió? Los palestinos se terminaron matando entre ellos dos años más tarde. Los fanáticos islámicos de Hamás contra los corruptos gobernantes de Fatah. Al final, Palestina no es tan diferente de Libia, Siria o Iraq. La “ocupación israelí” ha sido la gran excusa para mantener a los palestinos oprimidos por organizaciones beligerantes o para mantenerlos en campamentos inmundos en lugares como Líbano o Siria. Cuando son machacados allí, nadie protesta. No Jews, no news.

Y aquí señores, termino con otro artículo de una publicación española sobre el conflicto palestino-israelí. Ha resultado aburrido y agotador. Además, sé que es inútil. Hablar del conflicto es entrar en un diálogo de sordos. Cada cual lee lo que refuerzas sus prejuicios. Creo que escribiré un texto didáctico sobre crímenes de guerra a propósito de Gaza y puede que una reflexión general sobre el conflicto. Después de eso espero no tratar más el conflicto palestino-israelí aquí. Me limitaré a tratar los aspectos vinculados con el origen de este blog. Es hora de volver a las Guerras Posmodernas.

“Israel, Palestina: Cómo empezó todo” de Olga Rodríguez

La periodista Olga Rodríguez ha publicado un artículo “Israel, Palestina: Cómo empezó todo”. Al contrario de “La importancia de llamarse Israel”, que comenté aquí, he visto que este artículo sí ha tenido cierta repercusión. Opiniones las hay para todos los gustos. Pero si lo pensamos, es este incesante goteo de artículos que pretenden explicarnos “todo lo que necesitas saber” sobre el conflicto palestino-israelí los que construyen la opinión pública. Recordemos aquella reseña que hice del libro Breve introducción al conflicto palestino-israelí, en la que lo contrastaban con Historia de Palestina. Desde la conquista otomana hasta la fundación del Estado de Israel. El primero es un librito ligero introductorio de un profesor español que plantea el conflicto como una historieta de buenos y malos mientras que el segundo es una obra académica de una profesora alemana que muestra a la Historia con su complejidad y sus muchos matices.  ¿Cuál tiene más probabilidades de ser leído? Como pretendía comentar a amigos y conocidos en las redes sociales mis objeciones al relato presentado por Olga Rodríguez, las presentaré aquí y así me limitaré a poner un enlace.

Cómo empezó todo, preguntan algunos estos días. Esto, lo que está ocurriendo en Gaza, se inició hace mucho tiempo. Comenzó con los pogromos, las persecuciones racistas de judíos primero en Rusia, después en Europa. Comenzó con el antisemitismo europeo, con el nazismo, con el genocidio contra los judíos y con la posterior decisión de Europa, motivada por la culpa de lo ocurrido, de apoyar y fomentar el sionismo -surgido en el siglo XIX- y la masiva emigración judía a Palestina.

La idea de que Europa fomentó el sionismo (la idea de que los judíos formaran un estado-nación propio) me parece discutible. El sionismo surgió como un movimiento que aunaba dos corrientes europeas: El nacionalismo y el socialismo utópico. A los gobiernos europeos les importó un pito que unos cuantos judíos chalados se fueran a un territorio del Imperio Otomano, que un día fue su tierra ancestral, a montar cooperativas agrícolas y luchar contra la malaria en las tierras yermas que los terratenientes rentistas en El Cairo y Damasco les vendieron.

Quienes sí apoyaron la idea fueron los judíos europeos a título individual que aportaron dinero para el establecimiento de aquellas comunidades en lo que hoy llamaríamos “crowdfunding”. Cuando los judíos prosperaron, llegaron de Europa con un “capital humano” que los árabes carecían, empezaron a expandirse y comprar más tierras. La revitalización económica de la zona, en decadencia demográfica y económica desde el siglo XVI, incluso atrajo un cierto flujo de trabajadores árabes de otras regiones de Oriente Medio. A pesar de muchos ejemplos de convivencia pacífica, los judíos socialistas entendían los conflictos en términos de clase social y no de etnia o religión, la relación entre los judíos y buen parte de la población autóctona empeoró. El primer enfrentamiento violento significativo sucedió en Tel Hai en 1920. A finales de aquella década, unos disturbios se saldaron con más de cien judíos y más de cien árabes muertos.

La idea inicial del Reino Unido, Francia y Rusia  era convertir Palestina en una “zona internacional”, ya que era Tierra Santa para las tres religiones monoteístas. La transformación de la Rusia ortodoxa de los zares en la atea Unión Soviética la dejó fuera de la ecuación. En el plano geopolítico, la situación cambió con la Primera Guerra Mundial. El gobierno de Londres se dedicó a hacer promesas a todo el mundo en Oriente Medio para sumar apoyos en su guerra contra el Imperio Otomano. Prometió un país propio a los judíos y la corona de un gran estado árabe al jerife de la Meca. La derrota del Imperio Otomano, recordemos a Lawrence de Arabia, permitió a Reino Unido y Francia repartirse la región. Su nueva posición de poder permitió al gobierno británico traicionar sus promesas a los árabes y, junto con el gobierno francés, trocearon la zona en estados-nación artificiales. Hasta el siglo XX, nunca existió un país soberano llamado Iraq o Jordania. Palestina, como Libia, Siria y Mauritania, es el nombre de una división administrativa romana que recibió ese nombre en vez de Judea para borrar su identidad tras la segunda gran revuelta judía de 135 d.C. El Reino Unido fue el único que encontró que la creación de un estado judío servía a sus intereses, ya que actuaría como un estado tapón que protegería los accesos al Canal de Suez. Pero mantuvo una actitud ambigua siempre, dados sus intereses en sus otros dominios árabes. Ya en 1939, decidió establecer restricciones a la inmigración judía a Palestina, que siguió aplicando incluso cuando tras la Segunda Guerra Mundial los supervivientes del Holocausto quedaron hacinados en campamentos de refugiados en Europa abandonados por todos.

Comenzó cuando el protectorado británico de Palestina miraba hacia otro lado mientras los judíos se organizaban en bandas armadas que cometieron atentados terroristas, matando a gente, contra objetivos británicos y árabes.

 

En 1947 la ONU, motivada por la responsabilidad y culpa europea del horror contra los judíos, aprobó un plan de partición que asignó el 54% de la Palestina del mandato británico a la comunidad judía (llegada la mayoría tras el Holocausto) y el resto, a los palestinos. Jerusalén quedaba como enclave internacional.

La violencia entre judíos y palestinos llevó a ambos bandos a formar grupos armados que cometían atentados terroristas contra el otro bando y contra británicos. Cuesta creer que los judíos atentaran con los británicos mirando hacia otro lado, cuando esos ataques tuvieron como objetivo la fuerzas de seguridad británicas. Quizás convenga recordar el carácter clandestino de los esfuerzos de los judíos para armarse.Hubo casos como el del excéntrico oficial británico Orde Wingate, que reclutó judíos para combatir a los árabes que saboteaban oleoductos y conducciones de electricidad.

Lo que diferenció la relación de árabes y judíos en este aspecto con los británicos fue su posicionamiento en la Segunda Guerra Mundial. Los árabes acogieron con esperanza los avances de las fuerzas germanos-italianas del general Rommel por el Norte de África y el Mufti de Jerusalén a su vez se entrevistó con Hitler. Compartiendo intereses comunes, los británicos reclutaron, entrenaron y armaron unidades militares de judíos para luchar contra las fuerzas del Eje. Algunas actuaron en la actual Siria y Libano, entonces bajo administración de la Francia de Vichy. En una de aquella acciones, Moshe Dayan perdió su ojo izquierdo.

Árabes y judíos organizaron grupos armados y cometieron atentados sangrientos contra ciudadanos del otro grupo. Los terroristas judíos llegaron a matar a un representante de la ONU. La diferencia fundamental es que los judíos se prepararon para convertirse en un país. Crearon su propia administración y lo que es lo más importante, unas fuerzas armadas que respondían al poder político. Según Max Weber, uno de los padres de la Sociología, un Estado es “aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio reclama para sí con éxito el monopolio de la violencia física legítima”. A esta característica añadía además la capacidad de generar leyes. Así que cuando Ben Gurion proclamó el Estado de Israel era el presidente de un país con unas fuerzas armadas.

Los palestinos rechazaron la partición, no crearon una administración pública y nunca tuvieron una fuerza armada centralizada. En este último error persisten hasta la fecha en un empeño digno de “La Vida de Brian”: Fatah, Frente Democrático por la Liberación de Palestina, Frente Popular para la Liberación de Palestina, Frente por la Liberación de Palestina, Frente por la Liberación Árabe, Frente por la Lucha Popular en Palestina, Frente de Lucha Popular Palestina, Frente Revolucionario Popular por la Liberación de Palestina, As Saiqa, Frente Árabe Palestino, Movimiento de la Resistencia Islámica (Hamás), Yihad Islámica Palestina, Ejército del Islam, etcétera, etcétera, etcétera…

En el caso judío, la organización que luego se convirtió en las Fuerzas de Defensa de Israel se enfrentó a otras organizaciones judías. Un mes después de la proclamación del país y ya convertido en un ejército, hundió un barco cargado de armas destinadas para la organización Irgún. Imaginen por un momento que las fuerzas de seguridad de la Autoridad Palestina trataran de desmantelar un grupo yihadista palestina. En la Franja de Gaza pasó al revés en 2007. Hamás se enfrentó a las fuerzas de seguridad palestina, las derrotó, asesinó a miembros de la Autoridad Palestina y se hizo con el poder, que conserva hasta hoy.

Cuando en la ONU se votó la partición de palestina en dos estados no sólo votaron “sí” Estados Unidos, Reino Unido y Francia junto a otros países europeos a los que podemos atribuir una visión colonial de Oriente Medio o un sentimiento de culpa por el Holocausto. Votaron sí la Unión Soviética, Checoslovaquia y Polonia por sus simpatías hacia el movimiento socialista judío. Una vez proclamado el Estado de Israel como país soberano, los judíos de todo el mundo fueron libres de emigrar al país. Un flujo más imporante que el de los supervivientes del Holocausto fue el de judíos de Oriente Medio que tuvieron que huir de sus países por culpa de los progromos que constituyeron una auténtica “Nakba judía”.

En los primeros meses de 1948 las fuerzas armadas judías clandestinas -escribo judías porque así se autodenominaban, y aún no se había declarado la independencia de Israel- elaboraron el Plan Dalet, cuyo fin era, entre otras cosas, hacerse con el control de la vía que unía Jerusalén con Tel Aviv, una zona que no figuraba como futuro territorio israelí en el plan de partición de la ONU. De ese modo expulsaron a miles de personas y asesinaron a cientos. Es decir, ya hubo entonces un plan de limpieza étnica.

 

Después, cuando los países árabes vecinos declararon la guerra a Israel tras su nacimiento en mayo de 1948, las fuerzas armadas israelíes aprovecharon para ocupar más tierras y expulsar a cientos de miles de palestinos. De ese modo Israel pasó a tener un 78% del territorio (posteriormente, en 1967 Israel ocuparía el 22% restante: Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este).

El camino hacia la independencia enfrentó a las autoridades del futuro Estado de Israel a un desafío existencial por el rechazo árabe a la partición. Los países árabes de la zona se mostraron dispuestos a atacar y destruir al estado judío. Hasta Iraq participó. En caso de guerra, el mapa de la partición creaba cuellos de botella que podían ser cortados por el otro. Además, algunas localidades judías quedarían aisladas en territorio árabe y localidades árabes quedarían en medio de Israel. Pueblos que dominaban puentes, cruces de caminos y carreteras se convirtieron en objetivos estratégicos para cada bando. En Jerusalén hubo una escalada de violencia con atentados para espantar la población de algunas manzanas que se presumían serían vitales en los futuros combates. La explicación que hace del Plan Dalet, un plan de contingencia, es una interpretación personal. Véase si no la diferencia entre la versión de la Wikipedia en español a la que enlaza (6 notas a pie de página) con la versión en inglés (46 notas a pie de página). La ruta por carretera entre Tel Aviv y Jerusalén quedó cortada por los árabes. Los judíos en Jerusalén se vieron aislados hasta la construcción de una alternativa, la Ruta Birmana. Al final de la guerra, población de ambos bandos lo perdió todo. Pero con una diferencia. Los judíos de lugares como Kfar Etzion, que quedó en manos jordanas, al llegar al recién nacido Israel se convirtieron en ciudadanos. Los únicos territorios de Palestina que quedaron en manos árabes no se convirtieron en un país, quedaron en manos de Egipto y la actual Jordania. Los árabes que terminaron en lugares como el Líbano o Siria fueron recluidos en campamentos de refugiados sin derecho a la ciudadanía. A estos, últimos por cierto, los están machacando estos días pero ya sabemos que su vida no vale nada porque los matan otros árabes. La Guerra de Independencia no convirtió a Israel en un país étnicamente homogéneo. Los judíos sabían que tendrían que convivir con otros grupos. En la declaración de independencia, leída por Ben Gurion, exhortaba “aun en medio de la agresión sangrienta que es lanzada en contra nuestra desde hace meses – a los habitantes árabes del Estado de Israel a mantener la paz y participar en la construcción del Estado sobre la base de plenos derechos civiles y de una representación adecuada en todas sus instituciones provisionales y permanentes“. Los árabes dentro de su territorio  constituyen hoy la quinta parte de la población  También pasaron a ser ciudadanos de Israel los miembros de comunidades étnicas y religiosas minoritarias como los drusos y los circasianos, que no vieron con hostilidad el nacimiento del nuevo país.

 Tras la guerra del 48, muchos palestinos intentaron regresar a sus casas, pero las tropas israelíes se lo impidieron, a pesar de que en diciembre de 1948 Naciones Unidas aprobó la resolución 194, incumplida hasta hoy, confirmada en repetidas ocasiones y ratificada en la resolución 3236 de 1974, que establecía el derecho de los refugiados a regresar a sus hogares o a recibir indemnizaciones.   Solo pudieron permanecer dentro de Israel, en muchos casos como desplazados, unos 150.000 palestinos, el 15% de la población, que en 1952 accedieron a la ciudadanía. Son los llamados árabes israelíes.

Ciertamente la cuestión de los refugiados, retorno o indemnización, es un tema central del conflicto junto con las fronteras sobre las que tratar un Estado palestino. Pero indignarse por el incumplimientos de resoluciones de la ONU ha de abarcar las que nunca se mencionan, como la 1559. Llama a la disolución de las milicias libanesas. Obviamente Hezbolá la incumple y fue la causante de la guerra de 2006. Lo singular del caso palestino es que podría parecer que los países árabes consideraron que las consecuencias de la victoria de Israel en su Guerra de Independencia fueron temporales. Que tarde o temprano destruirían a Israel y los refugiados palestinos volverían a su tierra. A nadie se le pasó por la cabeza craer un estado palestino con los territorios en manos árabes: Cisjordania y Gaza. Lo que hoy se considera la gran solución al conflicto, dos estados con la línea de armisticio en 1949 como frontera, es algo que al ser rechazado en aquel momento desencadenó todos los problemas posteriores. La solución llegará un día y entonces miraremos atrás para pensar que todos estos muertos sólo habrán servido para volver a lo que pudo ser posible en 1949.

Fronteras arbitrarias producto de la guerra y poblaciones que lo perdieron todo. Son dos elementos que en aquel entonces eran muy familiares en Europa. Entre 1914 y 1945 el baile de fronteras en Europa Oriental fue espectacular, con tragedias humanas brutales. Hoy en día casi todo esos países forman parte de la Unión Europea, lo que demuestra que superar las heridas de la Historia es posible. Podría seguir pero creo que es el momento de parar. Porque todo el argumento histórico es una falacia. Hamás no está lanzando cohetes por algo que pasó hace 70 años. Al contrario que Fatah, Hamás no reconoce el derecho del Estado de Israel a existir. Está lanzando cohetes por razones que tienen que ver con cuestiones internas derivadas de la pugna por la hegemonía política con Fatah y la pérdida del apoyo iraní, tras posicionarse Hamás en contra del régimen de Damasco tras el inicio de la guerra civil siria. Podemos extraer de la ecuación a Israel para encontrar que el pueblo palestino no sufre unas condiciones particulares, sino que comparte con el resto de países árabes los mismos problemas estructurales.

En 2006 su triunfo en las elecciones legislativas llevó al presidente Mahmud Abás a poner en suspenso la democracia palestina, como los generales argelinos o Fujimori hicieron en los 90, derivando en un conflicto armado en 2007 en Gaza entre Fatah y Hamás. El ascenso del islamismo ante la rampante corrupción de las élites en el poder, el autoritarismo, insurgenicia armada… Hablar de la historia es la típica construcción narrativa de cualquier nacionalismo. Justificar el lanzamiento de cohetes contra núcleos de población civil israelíes por la Nakba no tiene nada de diferente que los argumentos de los nacionalistas serbios en los noventa invocando las matanzas de serbios a manos de los ustachas croatas o el fantasma del rey Lazar en la Batalla de Kosovo Polje. Si los agravios históricos en sí mismos generan conflictos, Polonia y Paraguay serían zona de conflicto. Si las diferencias étnica y lingüísticas en sí mismas generan conflictos, los germano-suizos protestantes y los italo-suizos católicos serían acérrimos enemigos. Hamás tiene vértigo ante la idea de una Palestina en paz. Tras suspender la democracia palestina, Mahmud Abás nombró primer ministro a Salam Fayyad, un economista formado en EE.UU. y con experiencia internacional. Su partido “Tercera Vía” no alcanzó el 3%. Fayyad intentó seguir el camino que siguieron los judíos en Palestina. Primero construir un país para luego tener un Estado. El banco central palestino empezó a trabajar estrechamente con el banco central israelí e hizo planes para lanzar la libra palestina. Cuando Dominique Strauss-Kahn dimitió como presidente del Fondo Monetario Internacional y se planteó por primera vez que el cargo lo ocupara un no europeo, sonó el nombre del presidente del banco central israelí. Fayyad declaró públicamente su apoyo a la candidatura. Simon Peres dijo de él que el Ben Gurion palestino. A finales de 2011 la economía palestina en Cisjordania prosperaba. El único problema era el conflicto Fatah-Hamás. La condición que puso Hamás a Mahmud Abás fue la cabeza de Fayyad, que dimitió en 2013. Tristemente, como dice el dicho, los palestinos nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad.

Actualización:
He corregido varias erratas, he añadido enlaces y he areglado alguna frase confusa.

La importancia de abrir un libro de Historia

Sobre la tragedia en Gaza podemos hablar largo y tendido. Al contrario que de otros temas, a pesar de la saturación de artículos y análisis que se publican, creo que quedan muchas cosas que decir. Pero hay algo que no aguanto. Todos los que, presos de un ataque de cuñadismo, escriben con la solemne intención de “yo te explico el conflicto palestino-israelí en dos patás“. En este caso al cuñadismo hay que añadirle ínfulas literarias. Y entonces nos salen engendros como “La importancia de llamarse Israel” de un tal Jorge Izquierdo. Nos cuenta esto:

Palestina, que era propiedad de Inglaterra (perdón, quiero decir un protectorado británico), se inventó un nombre ficticio, un estado, llamado Israel. De esta manera, Inglaterra, apoyada por Francia, podía estar “de juerga” por Extremo Oriente y controlar a Egipto. Un Egipto que por aquel entonces comenzaba a estar harto de la dominación inglesa y donde un incipiente nacionalismo, de la mano de Nasser, amenazaba con nacionalizar el Canal de Suez.

Empezamos con que el dominio británico era una administración temporal con fecha de caducidad después de que Francia y Reino Unido trocearan el Imperio Otomano al término de la Primera Guerra Mundial. Oriente Medio se llenó de países con fronteras y nombres arbitrarios a falta de nombres históricos, retomando el nombre de la provincia romana en algunos casos. Como Palestina, un territorio que se pretendió primero reservar como “zona internacional” por Gran Bretaña, Francia y Rusia por albergar lugares sagrados para las tres religiones monoteistas. Pero la revolución en Rusia la dejó fuera del tablero geopolítico en la zona. El Imperio Británico cambió de opinión cuando encontró interesante la creación en la zona de un estado judío aliado que hiciera de barrera entre el Imperio Otomano y el Canal de Suez, el cuello de botella vital que controlaba las comunicaciones con la India.

Los judíos habían estado emigrando a Palestina desde finales del siglo XIX. Huían de la discriminación y las persecuciones violentas con la idea de llegar a tener allí algún día su propio estado-nación que sirviera de refugio a cualquier judío. Una parte de los que llegaron eran socialistas. Así que cuando se votó en Naciones Unidas en 1948 la creación del Estado de Israel votaron a favor, entre otros, la Unión Soviética, Polonia y Checoslovaquia. Los republicanos españoles en el exilio saludaron el nacimiento del país (en las Brigadas Internacionales hubo una enorme proporción de judíos). De hecho la Checoslovaquia comunista fue el primer país dispuesto a firmar un contrato de venta de armamento con las autoridades de Israel antes de su proclamación cuando se sabía que tan pronto se proclamara la independencia del país, los países vecinos árabes lo atacarían. Los países occidentales en cambio, establecieron un embargo e Israel se aprovisionó de materiales militares de formas rocambolescas.

Ahora agarren bien el volante de su DeLorean y comprueben el condensador de fluzo antes de que viajemos en el tiempo. Es difícil imaginar al Reino Unido apoyando el nacimiento de Israel para frenar al “incipiente nacionalismo” de Nasser porque hasta la guerra con Israel sólo lo conocían en su casa a la hora de comer. Fue la participación en aquella guerra lo que le hizo ganar prestigio y galvanizó su compromiso político en una organización por aquel entonces clandestina, el Movimiento de los Oficiales Libres. Es una frase del calibre de aquello que dijo Ramón Jáuregui sobre que la OTAN “permitió que EEUU nos ayudara a vencer a los Nazis”.

Y así podríamos hacer con tantos artículos sobre el contexto histórico que se escriben estos días.

Cómo Israel destruyó el programa nuclear sirio

El 6 de septiembre de 2007 la agencia de noticias siria SANA informó que aviones israelíes habían entrado aquella misma madrugada en su espacio aéreo a través del norte del país procedentes del Mediterráneo y con rumbo este. Tras ser confrontados por las defensas aéreas del país, según un portavoz militar, se habían visto obligados a desprenderse de su carga de armas sobre un área desierta y dar la vuelta. El suceso habría tenido al norte de la ciudad de Ar-Raqqa, cerca de la frontera con Turquía, sin producir víctimas ni daños materiales. Tanto portavoces del gobierno israelí como estadounidense interrogados sobre la noticia negaron tener constancia del suceso.

La única confirmación de que había tenido lugar una presunta penetración del espacio aéreo sirio llegó el 8 de septiembre, cuando el gobierno turco pidió explicaciones tras el hallazgo en su territorio de dos depósitos de combustible que al parecer habían sido arrojados en vuelo por aviones israelíes. Las primeras teorías especulativas publicadas en la prensa hablaron de un posible ataque a un cargamento de armas destinado a Hezbolá, ya que por suelo sirio pasan los suministros que llegan por avión desde Irán y luego se trasladan por tierra a Líbano. La versión oficial del gobierno sirio cambió al fin del mes. Esta vez se informó de que sí había tenido lugar un ataque aéreo pero que había tenido como objetivo un centro de estudios civiles. Luego la versión oficial cambió nuevamente e hizo mención de unas instalaciones militares vacías y a medio construir.

El 14 de octubre de 2007 el New York Times publicó la noticia de que se había producido un ataque aéreo contra unas instalaciones nucleares construidas en Siria con tecnología norcoreana. A partir de ese momento se fue sucediendo un filtrado sucesivo de detalles por distintos medios, como el reportaje de Der Spiegel en febrero de 2009 o el artículo de The New Yorker en septiembre de 2012. No deja de sorprender que se hayan dado a conocer tantos detalles de una misión secreta.

Al parecer entre finales de los años noventa y el comienzo de la siguiente década llegó a conocimiento de las agencias de inteligencia de Estados Unidos que los regímenes de Siria y Corea del Norte estaban colaborando en programas secretos. En los siguientes años fue identificada la naturaleza nuclear de los proyectos que sustanciaban esa colaboración. Y finalmente en la primavera de 2007 se obtuvieron imágenes del interior de un edificio en un lugar llamado Al-Kibar a orillas del río Éufrates y a 30 kilómetros de la ciudad de Deir az-Zor.

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Las fotos mostraban un reactor nuclear de apariencia similar al norcoreano de Yongbyon. Las fotos de satélite de la instalación no mostraban conducción alguna que lo conectara con la red eléctrica siria, por lo que se descartó que fuera una central nuclear de uso civil. Los detalles fueron presentados en una comparecencia ante el Congreso de los Estados Unidos el 4 de abril de 2008 por dos agentes de una agencia de inteligencia no especificada. Parte de la información en manos estadounidenses sobre la planta nuclear procedía de fuentes israelíes, ya que existía un intercambio entre los servicios de inteligencia entre ambos países.

Al parecer, no sentó nada bien en Israel que se hicieran públicos muchos detalles obtenidos en costosas operaciones de inteligencia pero la revelación del papel de Corea del Norte pudo formar parte de un “mensaje” al régimen de Pionyang. Además, la administración Bush estaba deseosa de presentar un éxito después del fiasco que supuso la no aparición de las famosas “Armas de Destrucción Masiva” en Iraq.

Como en el caso de la Operación “Ópera”, hoy sabemos bastantes detalles precisos del ataque, conocido en la prensa como Operación “Huerto”. En primer lugar, miembros del Sayeret Matkal, la unidad de operaciones especiales del Directorio de Inteligencia Militar, se infiltraron en la zona mediante helicópteros para tomar muestras de tierra y poder medir la radiactividad ambiental. Una vez aprobada la operación, fue el turno de la unidad Shaldag, la unidad de operaciones especiales de la fuerza aérea israelí. Su misión fue iluminar el blanco con designadores láser. El ataque lo llevaron a cabo varios F-15I “Ra’am” del Escuadrón 69 “Los Martillos”, con base en Hatzerim. El F-15I se trata de la versión local del F-15E “Strike Eagle”, de la que Israel recibió 25 ejemplares y dotan exclusivamente al Escuadrón 69. Los F-15I han asumido dentro de la fuerza aérea israelí las misiones de ataque de largo alcance. Para ello no sólo emplean los depósito subalares y repostaje en vuelo, sino también tanques de combustible conformables. Han recibido además un sistemas de comunicación por satélite del que se aprecia un pequeño domo inmediatamente detrás de la cabina.

El día de la operación despegaron diez F-15I cerca de la medianoche en dirección al Mediterráneo desde la base de Ramat David, escoltados por varios F-16I “Sufa”. Tres de los F-15I retornaron luego a la base mientras el resto de aparatos volaba hacia el norte. Se introdujeron en el espacio aéreo sirio cerca de la frontera turca. Su primer objetivo fue un radar en Tall al-Abuad para abrir un pasillo en las defensas antiaéreas sirias. El radar fue anulado con equipos de guerra electrónica y atacado con bombas guiadas.

La defensa antiaérea siria cuenta con varios sistemas de la era soviética modernizados (S-75/S-125/S-200) y algunos modernos de factura rusa (TOR-M1, Tunguska y Pantsir S-1).La anulación de las defensas antiaéreas sirias fue una parte importante de la operación y de la que menos se sabe. Se especula que el ataque israelí combinó el uso de equipos avanzados de guerra electrónica semejantes al programa “Suter” estadounidense, capaz de infiltrarse en las redes de mando y control de las defensas antiaéreas enemigas, junto con alguna forma de sabotaje mediante virus informáticos o incluso intervención humana que dejó fuera de combate la red de radares sirios. En el ataque tuvo un papel destacado un Gulfstream 550 de la versión “Shavit” de guerra electrónica, perteneciente al escuadrón “Nachshon”. Se trata de un avión de transporte ejecutivo que está dotado, como su gemelo “Aitam” de alerta temprana, de equipos desarrollados localmente en Israel por la empresa Elta.

El veto a la prensa israelí para que se informara de la operación se levantó el 2 de octubre de 2007, después de que el presidente sirio reconociera ante la BBC que había tenido lugar un ataque aéreo israelí a unas instalaciones militares “vacías”. El día 28 de ese mismo mes, el primer ministro israelí Ehud Olmert pidió disculpas a Turquía por la invasión de su espacio aéreo en el transcurso de la operación.

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Las fotos de satélite mostraron que los escombros del edificio habían desaparecido y la tierra aplanada. Al parecer los restos de la instalación nuclear fueron enterrados por miedo a la liberación de radioactividad. A día de hoy un edificio con forma de nave industrial cubre el lugar. Inspectores de la OIEA tuvieron acceso al lugar en junio de 2008 y pudieron tomar muestras del suelo. Detectaron “un número significativo de partículas de uranio antropogénico” (producto de la actividad humana) que era “de un tipo no incluido en los inventarios declarados por Siria de material nuclear”.

“Un Estado y medio: Israel y el conflicto perfecto” de Jordi Pérez Colomé

En 2010 tuve la oportunidad de hacer un viaje a Israel en 2010. Alli tuve la rara suerte de poder hablar con políticos, diplomáticos, académicos, abogados, activistas, periodistas, religiosos y empresarios israelíes judíos de todo signo político junto con políticos, activistas y periodistas árabes palestinos e israelíes. Aquello supuso en ocasiones estar escuchando una charla ya a las ocho de la mañana y terminar el día a las once y media de la noche tras hablar en la sobremesa de la cena. Fue la única forma de poder tener una visión tan amplia en un tiempo tan corto. En el grupo de periodistas europeos con el que viajé convertimos en una muletilla dos frases que no paramos de escuchar “It’s not a black and white situation” y “It’s complicated”. Que los implicados en primera persona de ambos “bandos” nos dijeran que el conflicto no podía reducirse a una historia en blanco y negro da cuenta de los infinitos matices del asunto. Los isralíes a los que contamos nuestra sensación de ser superados por la realidad nos respondían con una sonrisa “si vuelves a casa con la sensación de entender menos que antes de venir, ¡bienvenido a Oriente Medio!”.

El viaje tuvo un efecto inesperado a la vuelta. Cada vez que leía en la prensa española un análisis o una crónica me decía a mí mismo “este no se ha enterado de lo que pasa allí”. No es difícil percibir que muchos periodistas viajan con la crónica ya escrita antes de salir de casa y el viaje al lugar sólo sirve para salpicar el texto de testimonios y descripciones de lugar. Desde entonces dejé de tener reparos en tratar un conflicto del que había evitado escribir aquí para hacer reseñas a degüello de libros de autores españoles. Y tras mi última reseña y bromear en Twitter sobre cómo convertirse en España en un experto sobre Oriente Medio, he leído Un Estado y medio: Israel y el conflicto perfecto de Jordi Pérez Colomé. Se trata de un libro electrónico que el autor ha elaborado tras un viaje a la zona para el que realizó un crowdfounding y que además de en su página web, está disponible en Amazon.es. Y ha resultado ser lo más interesante que he leído sobre el tema en español en mucho tiempo.

Un Estado y medio no se parece a nada que haya leído en español sobre el conflicto palestino-israelí porque te aporta perspectivas nuevas, te muestra la complejidad del asunto y el autor da la cara con sus opiniones personales sin las habituales ínfulas literarias vía narrador omnisciente. En Un Estado y medio se nota que Jordi Pérez Colomé se ha recorrido la zona arriba y abajo sin una agenda ideológica tratando de entrevistar a la mayor cantidad de gente posible de los sectores más diversos para mostrar todos los recovecos del asunto. De esa labor sale un relato lleno de matices, voces, intríngulis y problema que te deja tan saturado como nosotros nos sentimos en aquel viaje, con esa sensación de “¿y esto cómo se arregla?”.

El libro aparte de presta especial atención a uno de los nudos gordianos del conflicto: El asunto de las poblaciones israelíes levantadas más allá de la línea del armisticio de 1949 o como dice la prensa, “las fronteras de 1967″. El libro refleja el vacío legal en el que se inscribe el asunto, la pluralidad de los israelíes judíos que han deciddo establecerse en la zona y el tira y afloja con el gobierno. La conclusión que uno tiene leyendo el libro es que por parte israelí se juega a una política de hechos consumados a toda prisa antes de la siguiente negociación con los árabes. En el bando opuesto encontramos que se ha apostado por retrasar la solución al problema bajo la premisa que en largo plazo todo será peor para Israel. Uno de los árabes palestinos que el autor entrevista apunta a que fin de la hegemonía de Estados Unidos terminará afectando a Israel y otro que la pluralidad de la sociedad israelí terminará por provocar una ruptura interna en el país.

Garabatos de un israelí sobre un papel para explicarle la historia de Oriente Medio a Jordi Pérez Colomé. Luego le cayó un café encima. Quedó hecho una obra de Tàpies. Más fotos del autor aquí.

La cuestión es que en el bando palestino parecen no querer nada que parezca una normalización de la situación y queda en el aire la posibilidad de una tercera intifada de unos lideres que no entienden que perdieron todas las veces que optaron por el camino de la violencia. El propio autor llega a preguntarse si los palestinos no comprenden que la violencia como estrategia ha servido en el fondo para legitimar la causa israelí a los ojos del mundo. ¿Cómo de diferente hubiera sido el conflicto si los palestinos hubieran tenido un Ghandi y no un Arafat? Y en medio de ese panorama, Jordi Pérez Colomé encuentra espacios de convivencia, como escuelas mixtas y centros comerciales. ¿Son un espejismo o una ventana al futuro?

Un Estado y medio se promocionó primero en una preventa que permitía el acceso a entradas de blogs privadas a modo de adelanto y daba derecho a recibir el libro en papel. Yo lo compré como libro electrónico una vez lanzado. Pero estaré atento a próximas iniciativas del autor a lugares interesantes. Creo que abre una vía alternativa al periodismo tradicional. Me gustaría ver más iniciativas como esta de periodistas en español que hicieran un trabajo igual de interesante. Por mi parte, sólo me queda recomendarles la lectura del libro y seguir las aventuras de Jordi Pérez Colomé que anda ahora por Cuba.

“Breve introducción al conflicto palestino-israelí” de Ferrán Izquierdo Brichs

Llevo aproximadamente un año saltando de un tema a otro, con un montón de artículos pendientes de terminar. Para complicarlo todo aún más, me he metido con el conflicto palestino-israelí. El Conflicto. Así que escribiendo y tomando notas como loco, he hecho una pausa para ver qué se escribe en español sobre el tema. Quienes hayan seguido este blog y mi reseña de libros editados en España ya sabrán cómo me gotea el colmillo cuando abordo un libro de algún autor español sobre Oriente Medio. En Estados Unidos tienen a Jeffrey Goldberg, que fue invitado a La Habana por Fidel Castro para charlar sobre la amenaza nuclear iraní. O tienen a Steve Coll, el autor de la monumental Ghost Wars. En España… Bueno, ustedes me entienden.

367breveintroducci—nalconflictoBreve introducción al conflicto palestino-israelí de Ferrán Izquierdo Brichs es un libro de 134 páginas de texto y una sola de bibliografía que pretende dar el contexto histórico del conflicto. El autor es profesor de Relaciones Internacionales en la Universitat Autònoma de Barcelona. Para emprender la singular tarea de leer el libro me he proveído de Historia de Palestina. Desde la conquista otomana hasta la fundación del Estado de Israel de Gudrun Krämer, profesora en la Universidad Libre de Berlín. El suyo es el libro más extenso y exhaustivo publicado en español que he podido encontrar sobre el tema. Recurrí a él como contraste ante la falta de fuentes y referencias en el libro del profesor Izquierdo. El contrate ha resultado interesante

Para empezar, la premisa fundamental de la Breve introducción es que se trata de un “un conflicto colonial”. Tal perspectiva es descartada de entrada por la profesora Krämer que la considera errónea y limitada. En el relato del profesor Izquierdo los inmigrantes judíos llegaron al territorio del actual Estado de Israel y se dedicaron a comprar tierras, lo que terminó empobreciendo a la población árabe (pág. 30). La relación entre ambos fenómenos no queda clara. Aunque curiosamente el profesor Izquierdo señala que los inmigrantes judíos se dedicaron a ofrecer trabajo a los árabes como jornaleros temporales, con lo que los explotaron de forma capitalista, mientras que organizaciones y líderes judíos defendieron que no se contratara mano de obra árabe. Así el profesor Izquierdo acusa a los judíos de una cosa y su opuesta: Los explotaron laboralmente en un contexto de relaciones capitalistas y los excluyeron del mercado laboral. Lo interesante es que el profesor Izquierdo señala (págs. 13-14) cómo los impuestos catastrales turcos, la fragmentación de las tierra entre los herederos y el registro de tierras comunales por parte de terratenientes árabes están en el origen del empobrecimiento del campesinado árabe.

Creo que no está de más insistir en el papel de las élites árabes en el devenir de sus propios pueblos. El desinterés por la situación de los campesinos pobres se entiende al leer sobre la vida y valores de las élites comerciales y empresariales árabes, occidentalizadas y cosmopolitas, como la de Edward Said (críado en Egipto, donde nació Yassser Arafat). Muchos de aquellos terratenientes rentistas no tuvieron reparos en vender sus tierras a los recién llegados judíos porque vivían en Damasco o El Cairo. Al contrario de los relatos de una virginal y próspera tierra cuyo desarrollo fue cortado de raíz por la llegada de la población judía, más allá de la falta de estadísticas otomanas fiables, se trataba según la profesora Krüger de un territorio que había entrado en decadencia demográfica y económica desde el siglo XVI. Asi, la llegada de la inmigración judía dinamizó la economía local y propició paradójicamente la inmigración árabe. Curiosamente a pesar de la perspectiva post/neo marxista del profesor Izquierdo, pasa por alto los conflictos sociales que enfrentaron a empresarios judíos con trabajadores tanto judíos y palestinos. Frente al relato de una comunidad judía dedicada a prosperar sobre la espalda de la población árabe en el que el profesor Izquierdo señala el propósito de los empresarios judíos y los sindicatos judíos de excluir a los árabes del mercado laboral, la profesora Krüger nos relata los conflictos de clase dentro de la comunidad judía y cómo los sindicalistas judíos apoyan a los árabes, llegando a existir un sindicato del ferrocarril mixto.

El profesor Izquierdo apunta que “la propiedad judía de de la tierra en Palestina no llegaba al 7 por ciento en el momento de la fundación del Estado de Israel en 1948″ (pág. 15) y que en el plan de partición de la ONU “el reparto fuera muy injusto para los palestinos” (pág 44). Aunque ese dato nos puede ayudar a juzgar la teoría del profesor Izquierdo de la relación entre inmigración judía y empobrecimiento del campesinado árabe. Sobra decir, que la profesora Krämer presenta un panorama diferente. Los judíos consiguieron comprar, fundamentalmente, tierras yermas y en desuso. Las explotaciones agrícolas judías no fueron muy exitosas y se produjo una emigración de judíos hartos de pelearse con secarrales improductivos. Y es que frente al mito nacional israelí que presenta al pionero sionista labrando la tierra, la profesora Krämer echa manos de las estadísticas para señalar que la mayor parte de la población judía inmigrante se asentó en poblaciones urbanas en la franja costera que va de Haifa a Tel Aviv, si dejamos aparte los asentamientos en Galilea y Ber Sheva.

La siguiente pieza del relato del profesor Izquierdo es que una vez se produjo la inmigración judía, hay que considerar el papel del Reino Unido como potencia administradora tras la Primera Guerra Mundial (recordemos a Lawrence). Para el profesor Izquierdo hay una connivencia entre la administración británica y la población judía, ya que el Imperio Británico simpatizaba en su visión colonial plenamente con el proyecto sionista: “Los nacionalistas judíos formaban parte del colonialismo europeo y del proyecto de dominación británica de la región” (pág. 34) Aquí hay un elemento clave que parece escapársele al profesor Izquierdo. La profesora Krämer, como vimos, señalaba el carácter urbano de la población judía. Esa población urbana no se parecía al estereotipo idealizado del “sionista de piernas fuertes y camisa remangada” pero no se puede decir que emprendieran un proyecto menos épico. La población urbana judía (comerciantes, profesionales liberales, artesanos, obreros industriales…) se lanzaron a construir una sociedad plenamente moderna, con sus instituciones educativas, organizaciones sindicales, periódicos, teatros… La brecha entre judíos y árabes musulmanes en cuanto años de escolarización media y alfabetización no paró de crecer. Eso supuso que la comunidad judía resultó estar más formada, organizada y unida a la hora de luchar por sus derechos. La profesora Krämer cita la descripción de viajeros a su paso por la zona en el período de entre guerras que cuentan como los judíos resultaban un incordio para la administración británica, que no necesariamente simpatizaba con ellos, porque peleaban de forma incansable por sus intereses. La profesora Krämer no pasa por alto que para los funcionarios británicos era más fácil identificarse con los judíos urbanitas y occidentalizados, que además tenían más facilidades para lidiar con la administración británica porque en sus filas había personas que hablaban inglés (recordemos que las élites árabes que estudiaban en Siria y Líbano lo hacían en francés).

Hay un detalle pequeño pero importante sobre la convergencia de intereses británicos y judíos que el profesor Izquierdo olvida o pasa por alto en su relato de que la prueba definitiva del apoyo británico a la causa sionista es que durante las las revueltas árabes de 1936-1939 se encuadró y armó a judíos en unidades militares. Resulta que las autoridades británicas decidieron tras el fin de las revueltas en 1939 (seis años después de la llegada de Hitler al poder) cerrar la puerta a la inmigración judía. Pero el pequeño detalle que falta en el relato es la Segunda Guerra Mundial. Con la amenaza de las fuerzas de la Francia de Vichy al norte y el avance del Afrikan Korps nazi por el desierto del Norte de África, los líderes judíos ofrecieron el alistamiento de judíos en las fuerzas británicas por la cuenta que les traía.

En esto llegamos a la proclamación del Estado de Israel y el relato a partir de aquí no aporta ninguna sorpresa. En la guerra de independencia israelí o la Nakba (“la conquista y limpieza étnica sionista de 1948” pág. 35), ustedes eligen, se nos presentan dos bandos con poder militar desigual. A los israelíes se les representa como armados hasta los dientes y altamente preparados gracias a los británicos (pág. 46), frente a los pobremente formados y peor pertrechados árabes. Una imagen que no tiene nada que ver con lo que por ejemplo cuenta Kenneth M. Pollack en el ya clásico Arabs at War: Military Effectiveness, 1948-1991. Pero ya sabemos que no debemos esperar que un profesor universitario español esté al corriente de historia militar cuando trata la historia de un guerra.

Si la tesis del profesor Izquierdo es que la creación del Estado de Israel responde a un proyecto de corte colonialista, la historia del conflicto palestino-israelí se reduce a la de los designios imperialistas de los líderes israelíes. La existencia de un complejo militar-industrial israelí, interesado en la prolongación del conflicto, explicaría la negativa de los líderes israelíes a hacer la paz con los árabes. Estos por su parte, aparecen atrapados por la presión de sus opiniones públicas que los empujan insensatamete a la guerra contra Israel (págs. 69) después de que el conflicto con Israel se convirtiera en fuente de legitimidad política (pág.71). De la misma forma que la OLP, nos dice el profesor Izquierdo, no tuvo más remedio que apoyar a Saddam Hussein tras la invasión de Kuwait en 1990 por la presión del pueblo palestino (pág. 87). Más aún, en el caso de guerras que arrancaron claramente por una agresión árabe, como la del Líbano de 2006, el profesor Izquierdo se las arregla para presentarlas como agresiones israelíes, un giro que ya es un clásico en la historiografía española: “La impotencia árabe y la incapacidad de reaccionar ante las provocaciones de Tel Aviv marcaron la pauta que se mantiene hasta hoy, tal como se demostró en el verano de 2006″ (pág. 76) y “Hezbolá demostró que también tenía capacidades de respuesta al causar más de 100 bajas de militares israelíes, y bombardeó el norte de Israel matando a decenas de civiles” (pág. 77). Como ven, la guerra de 2006, se inició por una provocación israelí a la que siguió una respuesta de Hezbolá.

En todo este relato del conflicto, como han visto, los palestinos son los grandes ausentes y las nuevas dinámicas de los últimos veinte años son apenas tratadas. Fugazmente se menciona en una frase la corrupción de los dirigentes de la Autoridad Palestina para explicar el auge de Hamás (pág. 103) y la desconexión de Gaza (que el profesor Izquierdo fecha erróneamente en 2006) se menciona sólo para señalar lo difícil que sería realizar algo semejante en Cisjordania. El profesor Izquierdo llega a afirmar “los palestinos son objetos, no sujetos, en este conflicto” (pág. 129). Es decir, para el profesor Izquierdo los palestinos carecen de voluntad y conciencia en este conflicto, reducidos por tanto a menores sin responsabilidad jurídica o derechos políticos. Nunca nadie desde la izquierda académica europea lo había descrito mejor. Los palestinos carecen de responsabilidad alguna sobre sus acciones, debiendo ser tarea de los occidentales buenos salvarlos de su aciago destino.

Añadiré unos pocos apuntes más. Tratándose de un libro que pretende ofrecer el contexto histórico de un conflicto nos encontramos con breves incisos narrativos donde se nos habla de las penosas vivencias de algún palestino. Uno solo de esos incisos narrativos nos presenta los pensamientos de un israelí, que expresa su contrariedad por los negocios armamentísticos de Israel con países dictatoriales en los años setenta. ¿De dónde salen esos relatos? ¿Son un impromptu literario del autor o relatos personales tomados de alguna fuente periodística? No lo sabemos. Apuntaría que aquellas relaciones se enmarcaron en la lógica de la Guerra Fría y en cuestiones como el mercado que encontró Israel para su tecnología de modificación de la familia del avión Mirage III/5 en países como Sudáfrica, Chile y Argentina, que contaban con él en sus fuerzas aéreas. Lo que sí me llama la atención es la insistencia del profesor Izquierdo en usar términos como “campo de concentración” (pág. 97), “progromo” (pág. 108) o “apartheid” (pág. 121) para hablar de las políticas y acciones israelíes. O en su afirmación de que los vínculos comerciales y tecnológicos que estableció Israel con el Chile de Pinochet o la Sudáfrica del apartheid fueron el resultado natural de afinidades ideológicas. Pero llegados a estas alturas no voy a descubrir nada nuevo sobre las intenciones del autor con este libro.

Israel y Turquía recuperan relaciones ante el rumbo de la crisis siria

Tal como anticipamos en noviembre de 2012, finalmente Israel y Turquía han terminado por hacer las paces empujados por la evolución de la guerra civil siria. Benjamin Netanyahu lamentó los errores en la planificación del asalto al Mavi Marmara que condujeron a la pérdida de vidas humanas. Curiosamente los términos empleados no son muy diferentes a los empleados por él mismo en 2010. Así que podemos decir que ha sido Turquía la que ha cambiado finalmente su postura, aunque siempre tendremos a la prensa española para dar el titular equivocado.

Turquía e Israel, como países no árabes en un vecindario complicado, eran aliados naturales. Israel vendía tecnología militar a Turquía, como el programa de modernización del carro de combate M60T o el avión sin piloto IAI Heron, mientras que Turquía ofrecía a la fuerza aérea israelí un amplio espacio aéreo para ejercicios. El enfriamiento de relaciones entre ambos países coincidió con el desarrollo turco de su propio carro de combate y su propio avión sin piloto, mientras que la fuerza aérea israelí era invitada a ejercicios en Italia y en Grecia.

La evolución de la crisis siria ha empujado a Turquía ha reconciliarse con el aliado necesario con el que hacer frente a la la guerra civil en el país con el que comparte su frontera más extensa. Tras dos años, ninguno de los dos bandos parece capacitado para imponerse de forma clara en el corto plazo. Los rebeldes han sido capaces de capturar decenas de bases militares, destruir centenares de blindados y dejar fuera de combate (capturar, derribar o destruir) más de la mitad de la flota de helicópteros de transporte del régimen. Sin embargo, no han sido capaces de coordinarse en el nivel estratégico debido a su atomización. El cerco sobre Homs nunca se terminó de completar y Damasco sigue conectada con el norte del país. Aron Lund titulaba “The Free Syrian Army Doesn’t Exist” de forma bastante provocativa en Syria Comment.

Mientras Occidente observaba el conflicto sin intervenir, el dinero de las petromonarquías árabes ha permitido a los grupos yihadistas acumular fuerzas y dotarse de armamento como los misiles tierra-aire portátiles chinos FN-6 y los lanzagranadas anticarro M79 OSA comprados a Croacia. El dinero significa además comida, medicamentos y dinero en mano que entregar a los combatientes y sus familias. Las atrocidades cometidas por el régimen, además, radicalizan a los rebeldes y dejan la puerta abierta a un ciclo de venganzas que no auguran nada bueno para la postguerra en un país que es un mosaico étnico-religioso que podría estallar como Líbano en los años 70.

Estados Unidos ha entregado ayuda “no letal” a los rebeldes sirios, les ha proporcionado entrenamiento en Jordania y ha empezado a ofrecerles información sobre las fuerzas rebeldes. Está por ver si no es demasiado tarde ante la hegemonía de los yihadistas. Y si consolidar un bloque nacionalista no-yihadista sólo servirá para que a la caída del régimen de Assad comience una segunda guerra civil.

Tel Aviv no es la capital de Israel

Primero fue la editorial del diario El País del pasado día 9:

La estancia en Gaza de Meshal, al que Israel ha intentado eliminar a lo largo de los años, ha sido posible gracias a la tregua que ha pactado Tel Aviv.

Luego leí a David González en Miradas de Internacional:

Se considera que Tel Aviv controla entre 75 y 500 ojivas nucleares

Y por último fue Iván Giménez en Realpolitik.

Entre Washington y Tel-Aviv hay una diferencia en la manera de referirse al programa nuclear iraní

Tel Aviv. Tel Aviv. Tel Aviv. ¿Por qué tanta insistencia en situar la capital de Israel en Tel Aviv? El gobierno, el parlamento y el tribunal supremo de Israel están en Jerusalén. Cualquier turista que pase por allí lo puede ver. Es cierto que hay países que no reconocen a Jerusalén como capital del Estado de Israel y han instalado sus embajadas en Tel Aviv, donde de paso hay playa y mucha vida nocturna. Pero en Tel Aviv no están las instituciones fundamentales del estado. Allí no se pacta, controla o decide nada. El que no acepte Jerusalén como capital de Israel que se limite a usar “el gobierno de Israel”. Pero dejen ya de inventarse la capital de Israel

Pero, ¿qué quiere Israel en Gaza?

Decía hace poco que me costaba entender las razones de los grupos islamistas palestinos para provocar el reciente conflicto en Gaza. Se repetían las noticias sobre el crecimiento económico. Por ejemplo, la inaguración de un hotel de 5 estrellas gestionado por una empresa española. Así que escalar las agresiones a Israel era totalmente estúpido. David Harris dijo en El País que “Hamás malinterpretó a Israel”. Jordi Pérez Colomé apuntó a razones de la política interna de HAMAS: “La lucha por la dirección hace que los dirigentes locales quieran ser vistos como la vanguardia de la lucha contra Israel”. Puso además como referencia un artículo de Hussein Ibish.

Hay en efecto una lógica interna. Se trata de un cálculo de costes y beneficios. Y claro, sólo esta semana caí en la cuenta. La Asamblea General de Naciones Unidas concede a los territorios palestinos la condición de Estado “observador”. Se trataba de provocar una reacción armada de Israel para poner al país, en un segundo plano durante la Primavera Árabe, otra vez en las portadas de los periódicos y en la cabecera de los telediarios atacando Gaza. Los tiempos no podían ser mas oportunos. Pero, ¿qué hay de Israel? El propio Jordi Pérez Colomé cuenta:

La crítica que se le hace a Israel es que esta situación no es ninguna solución. Habrá pronto otra guerra. Es verdad. Pero Israel no parece hoy dispuesto a jugar a nada más que a alargar la inestabilidad y esperar que otra generación encuentre un momento mejor para solventar la cuestión para siempre.

Israel cree que conceder soberanía a palestinos es ceder la seguridad. ¿Qué pasaría si Cisjordania fuera como Gaza y lanzaran cohetes a Jerusalén y Tel Aviv, que están ahí mismo? Habría guerra.

Y me extraña. Porque mientras en el caso palestino a unos y otros no les cuesta encontrar una lógica interna al sinsentido de provocar una guerra, en el caso de Israel se le presenta como un actor desnortado e irracional. ¿En serio es tan complicado entender la política israelí? Marcelo Wio hacía en Revista de Medio Oriente un interesante análisis del discurso de la prensa española sobre el conflicto en Gaza. Encontraba que Israel aparecía siempre como sujeto activo y señalaba:

De esta manera, y en el caso que nos ocupa, Hamas y los grupos terroristas que operan desde Gaza adquieren un rol secundario, casi pasivo, con lo que el lector válidamente puede interpretar que es Israel quien controla el desarrollo de los eventos y, como tal, en quien reside la decisión de terminar o no los enfrentamientos.

Recordaba el otro día que HAMAS incumplía los tres requisitos del Cuarteto que fueron apoyados por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en su Resolución 1858 de 2008. Hamás no reconoce el estado de Israel, no asume los acuerdos firmados por la Autoridad Palestina y no ha renunciado a la violencia como instrumento político, mantieniendo en sus estatutos como objetivo la destrucción de Israel. Sólo así se entiende entonces la postura de Israel. Le toca aguantar el chaparrón de cohetes de HAMAS y responder con la contundencia necesaria hasta que cesen los ataques. Y así hasta el siguiente ciclo de violencia. Claro está, en este conflicto el comportamiento de Israel resulta confuso para los periodistas que ven como víctimas pasiva a un grupo que gobierna de forma dictatorial la Franja de Gaza desde 2007 y cuyo estrategia son los ataques indiscriminados con cohetes contra núcleos de población. ¿Podría haber alternativas? ¿Podríamos imaginar una solución pacífica? Parece olvidarse que Israel se retiró de la Franja de Gaza en 2005. Y ya en el pasado se sentó a negociar con antiguos enemigos, firmó la paz, obtuvo el reconocimiento diplomático, entregó terroritorios y hubo paz. La paz con Egipto en 1979 es el ejemplo. Hasta hace poco era la frontera más pacífica de Israel. Por eso se destinó a ella como experiencia piloto el Batallón Caracal, la primera unidad de infantería del ejército israelí donde se admitieron mujeres. Hay vuelos que conectan El Cairo y Tel Aviv. Y los turistas israelíes aterrizaron en Sharm El Sheik. La devolución de la península del Sinaí, por cierto, se hizo teniendo como en 2005 que evacuar por la fuerza a los ciudadanos instalados allí más recalcitrantes, como descubrí por casualidad viendo un programa de TVE que presentaba un reportaje de la época. Es una prueba de la capacidad de Israel de llegar a compromisos, firmar tratados y cumplirlos. Algo que está por ver que el lado palestino llegue algún día a tener.