Con La llegada de los líderes de la 5ª Generación se produce un ejercicio de continuidad. El cambio llegó precisamente con la generación de líderes que ahora abandona el poder, los primeros nacidos después de la Revolución China y cuya legitimidad emana de ser hijos de destacados revolucionarios. Conocidos como los “príncipes”, esta nueva generación de líderes son tecnócratas con una educación de élite pero en ningún caso unos advenedizos. Han ido escalando pacientemente posiciones de poder dentro del Partido Comunista y en la administración, dejando por el camino unos cuantos rivales y tejiendo alianzas con cabezas destacadas de los aparatos de seguridad del estado.
Pekín el pasado 13 de enero.
El Partido Comunista chino ha mantenido su legitimidad en un sistema político cerrado liderando el país con un crecimiento y desarrollo explosivo. Pero el reto de esta nueva generación de líderes es solucionar los problemas sociales que empiezan a ser evidentes dentro del actual modelo, como los costes medioambientales o las condiciones laborales infrahumanas, pero sobre todo evitar que el “milagro chino” termine demasiados perdedores aparte de grandes ganadores.
Cerramos el segmento hablando de la dependencia financiera de Estados Unidos y la Unión Europea hacia China, dada las reservas chinas en dólares y la compra de deuda pública de países como España. Será curioso en un futuro ver el margen de negociación que tenga Occidente con China dada esas circunstancias.
El entonces secretario de defensa Robert Gates advertió en contra de la nextwaritis, el síndrome de estar siempre dándole vueltas a las “guerras del futuro” y desatender las del presente. Se refería a la obsesión con armas tecnológicas avanzadas y la “amenaza china” cuando seguía en curso la guerra en Afganistán y seguía sin pacificarse Iraq. Pero las razones dadas por el secretario Gates para no mirar el futuro empiezan a dejar de tener sentido.
En el reciente discurso del estado de la Unión anunció la retirada de 34.000 tropas adicionales de Afganistán. 2014 se ha puesto como fecha de la entrega de responsabilidades al gobierno de Kabul. Y da la sensación de que estén como estén las cosas se proclamará “misión cumplida” y la atención se pondrá en otra parte. Aunque detrás, queden fuerzas especiales, contrastistas privados y drones. Veremos cómo los think-tanks estadounidenses inundarán el mercado de las ideas con ejercicios de prospectiva sobre los conflictos del futuro. Pero ya tenemos un ganador sin haberse dado la salida: Asia-Pacífico.
¿Qué significa dejar atrás Afganistán e Iraq para pensar en Asia-Pacífico? Significa dejar de pensar en campañas de contrainsurgencia contra fuerzas irregulares en las que es fundamental ganarse el apoyo de la población local. Significa dejar de pensar en los femónenos interrelacionados con los conflictos armados que se dan en las guerras posmodernas, como el narcotráfico en Afganistán y la piratería en Somalia. Durante los diez años de la primera fase de la Global War on Terror (2001-2011), la fuerza aérea estadounidense no derribó ni un sólo avión enemigo y la armada estadounidense no disparó ni un sólo misil antibuque o torpedo. En cambio, se dedicaron a misiones de transporte, recolección de inteligencia y reparto de ayuda humanitaria. Ahora nadie esconde que hablar de Asia-Pacífico es un eufemismo para hablar de una hipotética guerra de alta tecnología con China. El modelo ya está diseñado. Se llama Air-Sea Battle y es la obra intelectual de quienes acuñaron el concepto de Revolución en los Asuntos Militares.
Las actuales fuerzas armadas de Estados Unidos no están preparadas para desarrollar la Air-Sea Battle y hacerlo tendrá una factura mareante. Es fácil imaginar los intereses creados para sacarla adelante, por lo que Thomas Barnett la ha llamado “la fantasía autocomplaciente del complejo militar industrial“. Los problemas con Air-Sea Battle son evidentes. Detrás no hay un estudio sobre la evolución del panorama internacional y los conflictos armados. Es una simple hipótesis de guerra que no se plantea cómo evolucionará China, sus fuerzas armadas y sus relaciones con Estados Unidos. Para colmo, corre el riesgo de ser una profecía autocumplida porque en China no ha pasado en absoluto desapercibida. Air-Sea Battle es producto de la misma escuela de pensamiento que durante los años 90 pensó en la próxima gran guerra tecnológica y que llevó a la administración Bush a impulsar un escudo de defensa antimisiles en 2001, pensando en la inexistente amenaza para Estados Unidos de los misiles nucleares iraníes o norcoreanos, meses antes del 11-S.
En algún momento caí en la cuenta que no era casual que ser friki (entendido como sinónimo de nerd y geek) implicaba siempre sentir interés por Japón. Parecía que venía en un pack. Posiblemente se debía a que la ciencia ficción y la fantasía eran géneros ampliamente tratados por el manga y el anime (Aquí hubo de esperar a la película de “El Señor de los Anillos” para dejar de considerar la fantasía cosa de adolescentes). También es verdad que hubo un tiempo en que Japón “era el país del futuro”. Desde la robótica al desarrollo urbano. En aquella época Michael Crichton publicó una novela bastante xenófoba sobre cómo los japoneses estaban comprando California (la primera película de “Die Hard” transcurre en la “Torre Nakatomi”) y George Friedman, fundador de Stratfor y tan acertado como siempre, escribió el libro The Coming War With Japan.
Un día, Japón se desinfló. Estalló su burbuja financiera e inmobiliaria. En 1999 me hice con una edición chilena de ¿Qué es Japón? de Taichi Sakaiya. Entre las cosas que explicaba el autor sobre el país, me llamó la atención su idea de que la cultura del país encajaba más en la sociedad industrial con un modo de producción taylor-fordista que en la sociedad de la información. Es decir, la cultura, los valores y el sistema educativo era la óptima para generar una masa de trabajadores disciplinada que producían bienes de consumo en serie pero no fomentaba el pensamiento crítico y la innovación creativa. De Japón salía el hardware pero no el software.
Un expatriado occidental residente en Hong Kong desde hace dieciséis años me explicaba recientemente lo que para él es el principal lastre de la creatividad en el arte chino, lastre que paradójicamente es un subproducto de su propia excelencia. Decía que una civilización que desde hace siglos está convencida de haber logrado la perfección en sus realizaciones materiales está condenada a seguir repitiendo las mismas pautas una y otra vez; llevan cientos de años haciendo las mismas cerámicas, las mismas pinturas, las mismas esculturas, y los artistas contemporáneos raramente se alejan de los patrones clásicos. Si lo hacen es muy excepcionalmente y a costa de autoexcluirse de la corriente principal y, por lo tanto, del consumo masivo. [...]
[L]o que me estaba comiendo no era sino una versión exquisita, perfecta, excelentemente realizada, de los más clásicos dim sums. [...] [C]omo si el mero pensamiento de apartarse del camino marcado por la sabiduría de los antepasados pudiera poner en peligro el equilibrio de las cosas.
Luego descubrí el original de una canción que había visto parodiada en algún vídeo sin entender la broma.
“Gangnam Style” del rapero coreano PSY hace referencia a un barrio pijo de Séul y parodia el estilo de los vídeos del K-Pop, cuya difusión por toda Asia conocí vía la revista Monocle. El vídeo original va ya por más de 359 millones de visualizaciones en Youtube (aquí está la versión con subtítulos en español). El autor decidió entregar al dominio público el vídeo para permitir que se hicieran parodias y versiones. PSY ha aparecido en programas de televisión de EE.UU., como “Saturday Night Live” y se ha convertido en el el primer artista coreano en llegar al número uno de ventas en iTunes.
Lo interesante es el análisis que hace Evan Osnos en The New Yorker. Compara el gran gigante asiático, China, con la pequeña Corea del Sur. Un producto cultural así transcendió las fronteras porque es una pieza de sátira y parodia que a pesar de reirse de la industria musical del propio país es disfrutable en todo el mundo. La sátira y la parodia son comunes en el humor surcoreano, algo que en China es inimaginable. Y plantea lo mismo que aparecía en el artículo de Jotdown. En China cuesta salirse de los márgenes. Y le da un nombre. El síndrome “Kung Fu Panda”. Una película que combinara con humor sobre dos joyas culturales de China sólo pudo hacerla un grupo de extranjeros. También hace referencia a esta tira cómica del dibujante chino Shimao. Se ven diferentes versiones de gente bailando: Nueva York Style, París Style, Tokio Style… La versión de Shanghái Style muestra a alguien encerrado en un manicomio por “bailar como loco”.
Por último encontré de casualidad un blog abandonado de alguien que se fue a estudiar a Japón sin quedar deslumbrado por el país. Más bien, todo lo contrario. Aquí y aquí explica el problema del sistema universitario japonés.
Y todo esto viene para recordar que para entender lo que pasa ahí fuera implica leer mucho y leer de todo. Los libros son los que te dan profundidad y contexto. Y luego hay que leer de todo. Porque son siempre los pequeños detalles inesperados que encuentras de casualidad en las secciones de sociedad, cultura y ocio los que te muestran los procesos de fondo.
El Océano Índico es el tercero en extensión del planeta. Históricamente fue atravesado por rutas comerciales de largo alcance mucho antes de la era de las grandes exploraciones gracias a la regularidad de los vientos monzónicos que permitieron el establecimiento de una Ruta de la Seda por mar. Está documentado el intercambio de mercancías ya entre los imperios de Roma y China. Mediante rutas marinas el Islam llegó a la isla de Zanzíbar a finales del siglo X y al sur de Filipinas a finales del siglo XI. Hoy las rutas comerciales que lo atraviesan conectan los países productores de hidrocarburos y materias primas de África y el Golfo Pérsico con las zonas industrializadas del Sudeste Asiático y los mercados de Europa. Como gran vía de comunicación entre Europa, África Oriental, el Golfo Pérsico y la región de Asia-Pacífico el comercio marítimo en el Océano Índico supone la la mitad del tráfico mundial de contenedores.
India, que le da nombre al océano, ocupa una posición central en su parte septentrional. Es el segundo país más poblado del planeta y es el cuarto mayor consumidor de energía del mundo. Las proyecciones estiman que el volumen de su población superará a la de China y ascenderá al puesto del tercer mayor consumidor de energía a mediados de la próxima década. Es bien conocido el interés que genera al ascenso de China como gran potencia asiática, a la modernización de su armada y cómo todo ello afectará a la hegemonía naval de de Estados Unidos en el Pacífico. Pero el ascenso de China e India plantea igualmente desafíos estratégicos. Las proyecciones estadísticas para las próximas décadas del siglo XXI de cualquier variable de estos dos países alcanzan cotas superlativas. El desarrollo económico de China e India se sustenta sobre un creciente consumo de materias primas y recursos energéticos que se acelerá según se expandan las clases medias de ambos países con patrones de consumo cercanos a los occidentales.
China se convirtió en un importador neto de hidrocarburos en 1993 y en el transcurso de una década multiplicó por dos su consumo. En 2003 era el tercer mayor importador del mundo de petróleo y el segundo mayor consumidor. El origen del 40% de las importaciones chinas es el Golfo Pérsico y en su transporte por mar hasta aguas del Pacífico han de cruzar el Estrecho de Malaca, por donde atraviesa el 80% de todas las importaciones chinas de hidrocarburos. En el caso de la India, el país es de la misma forma dependiente de una forma creciente de las importaciones de recursos energéticos. India cubre con importaciones el 80% de sus necesidades de petróleo de las que dos terceras partes proceden de Oriente Medio. India importa además carbón de varios países ribereños del Océano Índico: Sudáfrica, Mozambique, Indonesia y Australia.
El Océano Índico se ha convertido en la gran vía de comunicación por la que fluyen las vitales importaciones de recursos energéticos de India y China. Garantizar la libre navegación por sus aguas se ha convertido en una necesidad de primer orden para ambos países. Por ello ambos país están lanzados en una carrera de toma de posiciones y han lanzado ambiciosos planes de construcción naval que convertirán el Océano Índico en un importante tablero geopolítico en las próximas décadas.
[Esta es la introducción a uno de dos artículos que estoy preparando sobre la rivalidad geopolítica de India y China en el Océano Índico]
Ya adelanté por aquí una y otra vez la rivalidad entre India y China en el Océano Índico bajo la que hay que entender los movimientos indios. Uno de esos fenómenos geopolíticos que bien merecerían la atención de un blog en español pero que yo aquí sólo me animo a recordar.
La India y China han iniciado una lucha estratégica no declarada por el control del océano Índico, nudo del transporte petrolero y, según mantienen buena parte de los analistas, políticos y diplomáticos indios, posible foco de futuras tensiones.
Para la India, el Índico -al que da nombre- ha sido siempre y casi de un modo sentimental “su” mar, pero esa concepción se ve desafiada por la creciente presencia de China y su intento por garantizarse el suministro de combustibles y materias primas.
El camino era obvio. Primero las empresas chinas fabricaron productos baratos aprovechando la ventaja de su mano de obra barata mientras fabricaban por encargo productos con tecnología y marca comercial de terceros. A continuación copiaron y mejoraron los productos que fabricaban para otros comercializándolos ahora con su propia marca. Véase lo que ha pasado en la industria militar. Pero los márgenes son bajos. El verdadero negocio en la era de la información son los intangibles: La marca, el diseño, la denominación de origen, la fabricación respetuosa con el medio ambiente y los derechos humanos…
La noticia cita al gerente internacional de la empresa:
“[Alcanzar una reputación global] es un proceso en que hay que descubrir, sin traicionar nuestra herencia ni nuestra marca, qué parte de nuestro ADN despertará reacciones en el consumidor estadounidense. Aún estamos buscando, para ser totalmente sincero. Y no estamos apurados”.
“Nuestro fundador, el señor Li Ning, siempre dijo que su visión no era construir la Nike china, sino construir una Li-Ning mundial”
He oído el mismo cuento ir cambiando un montón de veces. “Que los chinos sólo fabrican productos anticuados e poca calidad”. Tiempo después. “Que los chinos sólo fabrican bajo licencia tecnología extranjera”. Tiempo después. “Que los chinos sólo saben copiar y mejorar tecnología extranjera sin innovar”.
A principios de noviembre un submarino fue detectado en aguas japonesas, cerca de un archipiélago cuya soberanía se disputan Japón y China. De tal manera que según la fuente las islas encontraremos que las islas son denominadas Senkaku (japonés) o Diaoy (chino). Tras elucubraciones que apuntaban a un submarino nuclear chino, finalmente el propio gobierno chino pidiendo disculpas confirmó las sospechas apuntando a “problemas técnicos” que habían llevado al submarino hasta aguas japonesas.
Si en las islas en cuestión, un grupo nacionalista japonés había erigido un faro reclamando así la territorialidad nipona de las islas, recientemente la Guardia Costera Japonesa se ha hecho cargo del faro.
Algún día recordaremos que lo que esté por llegar empezó hoy. Como ya señalaba la Bitácora de las Indias el pasado septiembre los hidrocarburos, en este caso la mera sospecha de su existencia en el lecho marino, son el eje en el que giran los ignorados intereses geoestratégicos de actores emergentes.
Por otro lado tenemos un Japón que poco a poco va perdiendo complejos. La memoria de la 2ª Guerra Mundial, y en especial Hiroshima y Nagasaki, marcó a las generaciones de la posguerra. La Constitución japonesa prohibía que Japón tuviera unas fuerzas armadas de caracter ofensivo, llamándose en cambio “Fuerzas de Autodefensa“. Y bajo el paraguas militar de EE.UU., Japón mantuvo un perfil internacional bajo. La madurez de Japón como poder diplomático, cultural y económico ha venido acompañada de voces dentro del propio Japón pidiendo un poder militar a la altura. Se habla ya de modificar la constitución. El desafío del Gran Juego de Asia está servido.