“Misrata calling” de Alberto Arce

Me preguntaba Bianka si aparte de los libros del 2012 que recomendé, había otros en formato electrónico. La verdad es que los libros en formato electrónico que compré el año pasado tenían también edición en papel. Así que no hubo esa separación para mí de formatos. El problema que he encontrado es que, al reunir los libros que compro mes a mes para una foto, estoy dejando fuera los que no tengo en papel. Es algo que tendré que solucionar en 2013.

Uno de esos libros que compré en 2012 en formato electrónico y no salió en mis listas mensuales es Misrata Calling de Alberto Arce. Lo compré a finales de diciembre y lo leí de dos tirones. Se trata de uno de esos libros de guerra como a mí me gustan. Descarnados, honestos e intensos. El autor se plantó en la ciudad libia de Misrata en plena guerra civil con el dinero de una indemnización por despido cuando desde los medios españoles le habían dicho que la guerra ya no tenía interés.

Alberto Arce llegó a Misrata con Ricardo García Vilanova. Y adivinen. Su documental “Misrata, victoria o muerte” ganó el premio Rory Peck, el “Pulitzer de los freelance“. Lo que llevó a la editorial que sacó el libro de Arce a hacer la siguiente dedicatoria: “A todos los jefes de medios españoles que ignoraron y humillaron con propuestas de trabajar gratis a Alberto Arce y Ricardo García Vilanova: joderos.”

Misrata Calling cuenta la guerra tal cual. Alberto Arce cuenta todo eso que no sale en las crónicas y parece que lo hace sin autocensura. Nos cuenta sus momentos de miedo, su empatía con los jóvenes rebeldes que desborda la neutralidad profesional y también su indiferencia, desprecio o desconfianza que siente hacia personas con las que se cruza. No cae en los lugares comunes y no esconde cómo llega a disfrutar por momentos del intenso espectáculo de la guerra. Por eso su discurso resulta creíble y honesto. No pretende ser un ángel o un mesías, aunque sepa que “el bando débil depende de su imagen, de la prensa, de la representación de que ellos se haga ante quienes vayan a nutrirles de armas y fondos, de muerte y opciones de supervivencia”.

Hay dos cosas que me parece merece la pena destacar de las viviencias de Alberto Arce. La primera es la perplejidad que encuentra en los jóvenes que han dejado su vida en Europa para defender su ciudad y hablan de la guerra en términos religiosos. Su guerra es una yihad y el grito de Al·lahu-àkbar es omniprescente en el frente. Pero no entienden que nada de eso tenga que ver con Al Qaeda, el odio a Occidente y la forma política que haya de adoptar el país cuando acabe la guerra. La yihad es un asunto íntimo y personal que tiene que ver con la decencia moral y el defender a la familia.

El segundo asunto es, imagínense cómo me gotea el colmillo, la indignación de Alberto Arce ante el discurso a favor del régimen de Gadafi de parte de la izquierda europea. Él, que estaba allí con los rebeldes en primera línea, recibió insultos y ataques personales por “parte de decenas de personas que se llaman izquierdistas, solidarios, internacionalistas y antiimperialistas [...] siempre desde la comodidad de sus casas”.

La legión de monstruitos que desde Europa les hacen eco en nombre de la izquierda más prostituida, doctrinaria y sepulturera empuja las balas que matan a los rebeldes de esta azotea. [...] Lo que para ellos son mercenarios de la OTAN e integristas islámicos no eran más que una panda de adolescentes en chándal, sin balas ni entrenamiento.

Alguien algún día tendrá que hacer un tratado psiquiátrico sobre la izquierda europea y los dictadores tercermundistas de toda condición. Así que de Siria, hablamos otro día.