El futuro de la guerra moderna en el Sudeste Asiático

Uno de los capítulos que se cayeron de la versión final del libro de “Guerras Posmodernas” fue explicar qué posibilidades quedaban para las viejas guerras modernas en el siglo XX. Y como apuntaba en mi autocrítica al libro el lugar donde hay que mirar es el Sudeste Asiático.

Aquí está un artículo desde la perspectiva realista de Robert D. Kaplan, el autor que hace diez años me puso en la pista de las Guerras Posmodernas.

Dos excepciones a la regla

Me quejaba el otro día de que los expertos de área expañoles no escriban blogs en los que seguir la actualidad de las cosas interesantes que pasan en esos mundos de Dios. Sospechaba y sigo sospechando que no es por falta de interés en escribir y entrar en el debate, sino que simplemente es una falta de expertos.

Tras escribir aquello he de anunciar que he encontrado dos excepciones. La primera es de un blog sin actualizar desde el 29 de mayo de 2011. Pero se trata de nada menos de un español en Oxford, Javier Morales, especializado en Rusia.

Y el segundo caso es de alguien que tenía un blog francamente interesante, lo abandonó por Twitter (!!) y ha impulsado el proyecto Eurasian Hub que cuenta por fin con blog. Me refiero al profesor Francisco Veiga, profesor guay de la Universidad Autónoma de Barcelona y experto en los Balcanes y Turquía.

¿Alguien conoce más casos?

Dar la cara

Hace poco una amiga le mandó el enlace de una entrada de este blog a una conocida que tiene por costumbre recopilar textos que considera interesantes y mandárselo a sus conocidos. Algo así como esa gente que te manda powerpoints con fotos de gatitos o fotos de puestas de sol con frases sobre la amistad pero con más enjundia. Pero mi amiga se encontró como respuesta que el mío se trataba de un blog “anónimo” y que no tenía por costumbre enviar textos “anónimos”.

He jugado siempre a esconderme detrás de mi nombre de guerra en Internet, el “Lobo Estepario”, porque precisamente creé mi primer blog con ese título en la era en que la caverna se echó al monte tras la derrota electoral del Partido Poular en 2004. Yo era un estudiante recién llegado a Madrid y un francotirador solitario que se puso en frente. Ahora suena a chiste pero en aquel entonces en las versiones digitales de respetadísimos medios de comunicación se pedía sin complejo alguno al Ejército que sacara los carros de combate a la calle o soñaban que tras una de aquellas manifestación pidiendo “la verdad sobre el 11-M” el presidente del gobierno tuviera que abandonar la Moncloa en helicóptero. Tal cual. En aquel contexto de soflamas guerracivilistas me temía que un día caminando por las calles de Madrid chocara de bruces con un grupo de de demócratas de aquel calibre que tras reconocerme como el “enemigo” me partieran la cara. Eso o terminar en una lista negra.

Han pasado unos cuantos años. He publicado un libro y he presentado varias comunicaciones académicas, dos de las cuales aparecen como capítulo de libro. Mi nombre aparece en revistas especializadas y portales de defensa. Me han entrevistado en radios on-line. ¿No es un poco absurdo seguir usando pseudónimo?

El martes tuvo lugar en Montevideo una Jornada sobre la Sociedad Red organizada por la Biblioteca de las Indias Electrónicas donde estuve presente mediante una grabación en vídeo donde presenté las ideas fundamentales de mi segundo libro sazonadas con conceptos básicos del primero. El vídeo puede verse aquí. En la primera parte explico cómo la euforia tras la Operación “Tormenta del Desierto” llevó al Pentágono a centrarse en el impacto de las tecnologías de la información en la guerra sin pararse a estudiar la dimensión social del asunto con trágicas consecuencias. En la segunda parte hablo de la emergencia de los actores no estatales transnacionales y de cómo usan estrategias de guerra en red.

Desde hoy volveré a ser Jesús M. Pérez.

Cooperación Militar para el Desarrollo

Dale pescado a alguien y comerá un día. Enséñale a pescar y comerá toda su vida. Pero si le ayudas a acabar con la guerrilla islamista traerás estabilidad de una vez por toda al país.

A alguien se le tenía que ocurrir tarde o temprano. Bancroft Global Development, con sede en Sudáfrica y registrada en EE.UU. como organización sin ánimo de lucro, prestaba servicios de desminado en países en guerra. Un sector desconocido pero existente de O.N.G.s trabajando en los Balcanes o Angola dedicada a acabar con los campos de minas.

Cuando las fuerzas de la Unión Africana en Somalia formada por tropas de Uganda y Burundi empezó a sufrir ataques con terroristas suicidas, coches bombas y artefactos explosivos colocados al borde de la carretera contrataron a Bancroft Global Development para formar a los soldados a luchar contra las nuevas amenazas. Un asunto en el que las guerras de Afganistán e Iraq han generado un extenso cuerpo de conocimiento.

Los miembros de Bancroft Global Development ha entrenado a los soldados de la Unión Africana en lidiar con los artefactos explosivos, combate en áreas urbanas y pronto lo harán en el empleo de francotiradores. Entre ellos se encuentran estadounidenses, un ex-Royal Marine británico, un politólogo danés y un antiguo lugartaniente de Bob Denard.

Las cosas están en Somalia y las milicias integristas se han retirado de la capital. Por primer vez en años Mogadiscio está en manos de las fuerzas del gobierno. Queda lugar para la esperanza.

Uno, dos, tres… Flanco Sur

Leo sobre la reforma de las fuerzas armadas rusas, sus problemas demográficos para cubrir plantillas, la profesionalización de parte de la tropa, los problemas de la industria de defensa, los ataques de la insurgencia islamista en Ingusetia y Daguestán. En inglés. No he encontrado ningún blog de algún especialista que escriba en español sobre el asunto.

Leo sobre el auge de China, su desarrollo tecnológico, sus planes de construcción naval, su primer portaaviones, su Collar de Perlas en el Océano Índico, las líneas defensivas de las dos cadenas de islas en el Océano Pacífico, su caza furtivo de 5ª Generación.

Y leo de los planes navales de India, Corea del Sur y Japón. Leo de la alianza tecnológica entre Corea del Sur e Indonesia. Del rearme de los países del Consejo de Cooperación del Golfo, a los que ha sido invitado a unirse Marruecos, donde el fundador de Blackwater ha creado en el mayor de los secretos una especie de Legión Extranjera para Emiratos Árabes Unidos. Todo en inglés.

¿Dónde están los especialistas en español? ¿En su casa escribiendo sesudos papers en inglés sin tiempo para mantener un blog? ¿O simplemente no hay? En estos últimos años he visto cómo en el anglomundo surgía una blogsfera “militar” en la que participan militares, académicos y analistas convertida en un laboratorio de ideas que el establishment político-militar y los medios de comunicación se ha tomado muy en serio. Escribir en un blog y lanzar debate desde él no es un demérito.

Echo en falta blogs como FlancoSur o servicios de noticias como Latoc.info orientados a otras áreas geográficas. Echo en falta más blogs como este mismo, que aporte análisis y prospectiva. Y veo demasiados blogs que se limitan a copiar y pegar o traducir noticias sobre compras de armamento sin contexto alguno en una fascinación adolescente por el hardware militar.

Sospecho que mi falta de éxito en hallar más blogs como Guerras Posmodernas y Flanco Sur se debe simplemente a la falta de especialistas. Habrá que seguir esperando en una época en la que hasta Moratinos comprendió la importancia del Flanco Sur. Mientras, el blog Flanco Sur da un paso y ahora es FlancoSur.com

La guerra del fin del mundo

Hay libros que ocupan un lugar en la estantería durante años sin ser abiertos y un día movido por un impulso los lees de un tirón. “How de body?”, del fotógrafo holandés Teun Voeten, esperaba ser leído desde octubre de 2010. Con proyectos pendientes sobre el Flanco Sur Profundo era hora de empezar a leer sobre las guerras civiles de África Occidental durante la Posguerra Fría.

Voeten se encontraba en febrero de 1998 en Sierra Leona con intención de hacer un reportaje sobre los niños soldados que los rebeldes de Sierra Leona estaban desmovilizando en medio del enésimo proceso de paz tras la alianza de una junta golpista con los rebeldes. Voeten confiesa que buscaba exactamente una fotos de niños en formación cerrada y con aspecto marcial sabiendo que el tema recibía atención en los medios europeos. Pero para su decepción en los campamentos de acogida de ex-niños soldados encontró rutina y nada de ceremonias militares. Hizo fotos, entrevistas y amigos en la población local en Makeni, en el centro del país. De pronto la mierda golpeó el ventilador. La junta militar fue derrocada por las tropas de ECOMOG, el brazo armado de la unión de países de África Occidental. Los rebeldes volvieron a alzarse en armas. Tanto rebeldes como soldados partidarios de la junta se lanzaron al pillaje, los robos, el asesinato y las violaciones en uno de los países más pobres y devastados por la guerra del planeta.

Teun Voeten se encontró que todo aquello que aseguraba su inmunidad se volatilizó. De pronto se encontró con lo ilusorio de leyes internacionales, su pasaporte de un país soberano y desarrollado, su condición de periodista de un país neutral en el conflicto… Junto con varios sierraleonenses tuvo que huir campo a través y mantenerse escondido después de ser asaltado y robado. Cuando tras dos semanas la situación se estabilizó y contactó con el exterior se encontró con que asociaciones de prensa internacional se habían movilizado para buscarlo en la selva tras darle por desaparecido. Y cuando volvió a casa, sin él haberse quejado, ya le habían buscado ayuda profesional para enfrentar el trastorno por estrés postraumático.

Sin embargo Veuten salió de Sierra Leona con dudas y preguntas que en un segundo viaje al país trató de comprender. Habló con cooperantes internacionales que le contaron como su trabajo se mueve por modas. En aquel momento tocaba “niño soldados” mientras que los proyectos agrícolas tenían problemas para encontrar financiación. Habló con psicólogos que trataban a los niños soldados y se quejaban de la avalancha de organizaciones y entidades dispuesta a ayudar con más buenas intenciones que coordinación y efectividad. También le hablaron del problema de tratar a adolescentes que habían crecido ejerciendo siempre su libre albedrío y que ahora los psicólogos extranjeros trataban de convertir en obedientes niños buenos. Pero sobre todo Veuten tratan de encontrar el por qué de un conflicto delirante protagonizado por “the most insane rebel movement in the world”.

Veuten entrevista al antropólogo Paul Richards, autor de “Fighting for the Rain Forest” (1996). Richards es contrario al modelo del “nuevo barbarismo” de Robert D. Kaplan y argumenta que en Sierra Leona se vio el choque de unos revolucionarios de origen rural que chocan contra las élites urbanas que siempre se habían repartido el país. Sin emnbargo cuesta encontrar tanta racionalidad en los actores de un conflicto que degeneró y donde los ideales iniciales se perdieron.

Quizás la clave la da el politólogo Johan Peleman, que habla en términos cercanos a las Guerras Posmodernas (pág. 269):

What are we seeing in Siera Leona is the total collapse of the nation-state. Criminal networks rush in to fill the power vacuum, which is an oasis of lawlessness and institucionalized corruption. Those networks have every reason to make sure the state of chaos continues. And vice versa. The local warlord economy can only exist thanks to its alliances with shady international networks.

En Sierra Leona el Frente Revolucionario Unido lanzó una campaña de terror en las zonas diamantíferas del noreste del país mutilando a machetazos a sus víctimas. Sierra Leona vivió el mayor de los horrores llevado a cabo por hordas de niños borrachos y drogados a los que previamente habían separado de sus familias y en muchos casos obligado a matar a familiares y vecinos para cortar todo lazo. Veuten entrevista al obispo de Makeni, el italiano Giorgio Biguzzi, que le cuenta cómo esas prácticas estaban destinadas a romper el tejido social de Sierra Leona construido siempre sobre una red amplia de familiares y parientes. Y cómo las costumbres ancestrales de respeto a los jefes de poblado, ancianos y embarazadas fueron vulneradas a propósito con humillaciones públicas. Un concepto que esbocé pero que quedó fuera de la primera edición de Guerras Posmodernas y al que habrá que volver: Las guerras anómicas.

La paz volvió a Sierra Leona y volvió a saltar en mil pedazos atrapando en medio a los observadores de Naciones Unidas que supervisaban otro proceso de desarme de la guerrilla. Fue lo que le sucedió en mayo de 2000 al mayor de los Royal Marines Phil Ashby, que tuvo que huir por la selva sin agua y comida durante días. Lo contó en otro libro que leí hace tiempo: Unscathed. Demasiada historia para tan escasa geografía.

De Libia a Siria

Tal como dijimos la intervención en Libia de la OTAN iba a llevar a una partición de facto del país. Ninguno de los dos bandos es suficientemente fuerte para solucionar militarmente el conflicto. Por una lado en la Cirenaica se mantiene un frente más o menos estable mientras que en la Tripolitana la intervención de la OTAN permitió levantar el asedio a la ciudad y permitir a los rebeldes tímidamente pasar a la ofensiva.

Por ahí he leído que la prolongación de la guerra civil en el país es el reflejo de la debilidad militar de los países europeos de la OTAN incapaces de derrotar a las fuerzas progubernamentales de una país de 6,5 millones de habitantes que tienen tecnología soviética de segunda fila de los años 80.

La realidad es que la activación de una fuerza anfibia de la EUROMARFOR habría puesto fin al conflicto en pocas semanas pero habría puesto a la Unión Europea en una situación parecida a la de Estados Unidos en 2003, convertido entonces en dueño del destino de un país. En España el gobierno se habría encontrado con los indignados con pancartas de “No a la guerra” y la derecha mediática habría hecho la ola. Mientras que en Francia, Italia o Reino Unido la oposición habría cuestionado una nueva misión internacional intensiva en tropas y recursos con la guerra en Afganistán sin resolverse.

Al contrario de lo sucedido en 2003 en Iraq, en Libia hay un gobierno rebelde. Pero, ¿qué papel habrían tenido las fuerzas europeas si tras la caída del régimen empezara una campaña de represalias contra sus miembros y partidarios? ¿Cómo se habría reaccionado a acciones de insurgencia llevadas a cabo por miembros del régimen? No lo sabemos pero sí sabemos quiénes están sufriendo las consecuencias de las soluciones europeas a medias a la crisi libia: El pueblo sirio.

El régimen sirio, uno de los últimos bastiones del socialismo árabe, ha contado con la bula para matar de la opinión pública internacional. Miren de qué se ocupen los que hablan de solidaridad con la causa árabe y verán que no dedican ni una línea a Siria. Conversen con cualquiera indignado con el “genocidio palestino” (sic) y descubrirán que jamás oyó hablar de lo que pasó en Hama en 1982 (mucho menos lo que sigue haciendo Hamás). Es lo que tiene sufrir bajo un régimen dictatorial enemigo declarado de Israel.

A pesar de la falta de entusiasmo popular los países europeos de la OTAN intervinieron en Libia. ¿Por qué no en Siria? Creo que el pueblo sirio, como el ruandés, sufre la inexorable ley del péndulo de las misiones internacionales. Tras una intervención militar internacional fallida, como la de Somalia en 1992, la opinión pública y los gobiernos se vuelven mucho más escépticos ante su capacidad para resolver crisis y actúan de forma pasiva en la siguiente crisis importante. Pero hay otras razones a considerar.

Militarmente el régimen libio es bastante débil a pesar del fin del bloqueo a la venta de armas a Libia. La mayor parte de su armamento data de los años 80, cuando la Unión Soviética vendía versiones capadas (“monkey versions”) a sus aliados de fuera del Pacto de Varsovia.

Tras los asaltos de la población a los cuarteles e instalaciones militares se descubrió que el material de guerra estaba en muy malas condiciones. El régimen estaba más preocupado de las amenazas internas que las externas, por lo que sólo las unidades de la “Guardia Revolucionaria” habÃan empezado a recibir material moderno. La debilidad militar del régimen era tal que se vio obligado a contratar matones de países subsaharianos.

Siria en cambio nunca ha sido sometida a un embargo de ventas de armas. A pesar de la falta de compras en los años 90 por perder la fuente soviética de armas a precios políticos lleva una década modernizando sus fuerzas armadas sin las restricciones a la exportación de tecnología de la U.R.S.S. Sistemas de armas como los misles tierra-aire S-300 y antibuqe Yajont son muy superiores a los desplegados por Libia, representante lo mejor de la tecnología rusa y nunca han sido enfrentados por las fuerzas armadas occidentales.

Las hipotéticas operaciones militares contra Siria no sólo se enfrentarían a armás más sofisticadas sino que enfrenterían enormes problemas logísticos. Los aviones británicos y franceses lanzaron sus primeros ataques desde sus propias bases gracias a aviones de repostaje en vuelo. Posteriormente los aviones de la OTAN se instalaron en varias bases del sur de Italia e incluso helicópteros han participado despegando de buques en el Golfo de Sirte.

¿Con qué bases podría contar la OTAN? En Chipre hay dos enclaves británicos, vestigios de la era colonial con una base aérea. La Grecia continental quizás podría servir de plataforma con distancias hasta Siria mayores a las que hay entre Italia y Libia. Pero Siria comparte frontera con Turquía, país de la OTAN. ¿Qué papel para Turquía en esta crisis? ¿Si el régimen sirio viera amenazada su existencia no cabría esperar represalias con sus armas estratégicas? Y sobre todo, ¿qué papel para Israel? ¿Trataría, como el régimen de Saddam Hussein en 1991, de implicar a Israel en el conflicto?

Incluso suponiendo que las fuerzas de la OTAN fueran capaz de lanzar una campaña aérea contra el régimen sirio para frenar la represión armada de las protestas quedarían dos cuestiones. La primera es la propia validez del poder aéreo por sí mismo para alcanzar objetivos estratégicos. Algo que ha quedado en entredicho varias veces, como en el caso de la Guerra del Líbano en 2006. Y la segunda es ¿bombardeos para qué? En Libia hay un gobierno rebelde y una oposición armada. En Siria la OTAN podría bombardear objetivos militares y claves del régimen ¿pero sería útil sin “boots on the ground”?

Una caída del régimen sirio reconfiguraría el orden internacional en Oriente Medio de una forma muy interesante pero es difícil que veamos una acción militar externa. ¿Quedan alternativas?

15-M, una torpe insurgencia

Decidí no dedicar una línea más al 15-M en este blog. Pero hoy me he encontrado con una “autocrítica” al movimiento en el blog La Gran Casualidad” donde lamenta la insistencia en tomar la Puerta del Sol, convertida en un espacio simbólico y donde el movimiento sólo tiene las de perder frente a la policía. ¡Qué error tan tonto! ¡Qué fallo tan básico!

De toda la vida, las insurgencia se han caracterizado por sólo concentrar fuerzas para golpear allí donde el enemigo es más débil. Nunca se entabla una batalla convencional porque el enemigo es siempre más fuerte en términos convencionales. Nunca se lucha por el control del territorio porque el objetivo nunca es dominar un espacio geográfico sino ganar legitimidad popular. Si la policía blinda la Puerta del Sol ante la visita del Papa y los quincemistas podían haber elegido otra plaza para manifestarse. La prensa simplemente los hubiera seguido hasta allí.

Hay que leer más a Lawrence de Arabia.

“34 days: Israel, Hezbollah, and the War in Lebanon” de Amos Harel y Avi Issacharoff

Tengo acumulados un montón de PDFs sobre la Guerra del Líbano de 2006, convertida en un asunto sobre el que un montón de analistas ha escrito informes de “lecciones aprendida”. Sin embargo no deja de haber cierta polémica sobre la divergencia entre lo que pasó realmente y el relato construido a posteriori. Sospecho que todos esos think tanks estadounidenses que publicaron tantas docenas y docenas de artículos que hablan de fiasco israelí en cierta forma trataban de conjurar lo que era en aquel entonces un fracaso en Iraq señalando las dificultades de Israel con un enemigo “asimétrico”, como es el caso de Hezbolá. Es decir, una aplicación del “mal de muchos, consuelo de tontos”. A pesar de todo, no dejo de creer que hay lecciones que sacar sobre aquella guerra.

Antes de empezar con tanto artículo quise tener una visión amplia y pormenorizada del conflicto por lo que acudí a “34 days: Israel, Hezbollah, and the War in Lebanon” de Amos Harel y Avi Issacharoff, autores del MESS Report del diario israelí Haaretz. Esperaba encontrar un relato detallado de los aspectos militares del conflicto pero los autores prestan atención a la dirección política y militar de la guerra. No estoy en la posición de poder decir cuánto de veraz hay en la versión de Harel y Issacharoff porque no estoy familiarizado con el panorama político de Israel de aquel entonces y porque en esta clase de libros no hay forma de confirmar si el relato presentado de lo que pasó en reuniones del Consejo de Ministros es veraz. Sí queda la sensación de que muchas personas vinculadas con el gobierno y las fuerzas armadas israelíes contaron lo sucedido a puerta cerrada en un intento de echarle la culpa a otros en la tormenta política que se desató en la posguerra mientras se trataba de depurar responsabilidades por los errores cometidos.

La guerra del Líbano llegó seis años después de la retirada israelí del Líbano, una de las promesas de Ehud Barak que se llevó a cabo de una forma un tanto precipitada por la descomposición del “Ejército del Líbano Sur”, la fuerza aliada de Israel. El goteo de bajas había hecho impopular la ocupación y el gobierno de Barak, en horas bajas por razones de política interna, usó la carta de la retirada del Líbano como un golpe de efecto. Sin embargo no consiguió la paz y seguridad para Israel. Hezbolá, que se presentaba así mismo como la “resistencia islámica” y centraba su razón de ser como grupo armado en la ocupación, declaró su intención de seguir atacando Israel a pesar de la retirada. Los ataques puntuales de Hezbolá y sus intentos de secuestrar soldados en territorio israelí nunca fueron respondidos con contundencia porque toda solución militar pasaba por la entrada de tropas israelíes en el Líbano en lo que podía convertirse en una nueva ocupación. Según los autores, Israel dio con ello imagen de debilidad.

En el ámbito militar la atención israelí había estado en el período 2000-2006 centrada en la Segunda Intifada y la Desconexión de Gaza. La Intifada había provocado una crisis económica en el país que se cobró recortes en las fuerzas armadas de Israel. Las unidades del Mando Norte dejaron de recibir los recursos y materiales necesarios mientras que las grandes unidades del ejército dejaron de hacer ejercicios de operaciones de armas combinadas por estar ocupadas con las operaciones de baja intensidad en Cisjordania. Las operaciones militares en el centro del país se convirtió en el mejor trampolín para ascender en la carrera militar por lo que las unidades desplegadas allí atraían a los mejores oficiales que no tenían nada que ganar sirviendo en el plácido norte del país.

A esta exposición de causas complejas y concatenadas en el libro, que para mí demuestra el interés de los autores para llegar al fondo del asunto, se une en el parecer de las autores la circunstancia de la inexperiencia y falta de capacidades de tres personajes importantes de la trama: El primer ministro Ehud Olmert, el ministro de defensa Amir Peretz y el jefe del estado mayor Dan Halutz. Los dos primeros carecían de la experiencia que anteriormente habían aportado ex-generales y héroes de guerra metidos en política. El tercero era un general de la fuerza aérea, existiendo un solo precedente de que alguien de esa rama de las fuerzas armadas alcanzara el más elevado puesto militar en Israel.

Así llegamos a los eventos del 12 de julio de 2006. Al gobierno israelí se le planteó el dilema de cómo responder. En aquel momento se había presentado un plan de operaciones para la contingencia de un enfrentamiento contra Hezbolá llamado “Aguas Elevadas”. La idea era hacer avanzar dos divisiones de infantería al interior del Líbano a la vez que realizar un envolvimiento vertical con una tercera transportada en helicóptero para cortar el sur del Líbano del resto del país. La intención era cercar a las fuerzas de Hezbolá en el sur del país, cortando su retirada y sus líneas de comunicación. [Personalmente desconozco cómo habría llevado a cabo Israel el traslado de nada menos que una división de soldados por vía aérea y cómo esas fuerzas aisladas en un país hostil habrían mantenido la posición hasta la llegada de los relevos por tierra]. El plan no fue considerado porque se quería evitar la imagen de “soldados israelíes en el Líbano” y se optó por una campaña de bombardeos aprovechando la superioridad aérea de Israel combinada con raids de unidades de operaciones especiales. ¿Qué pasaría una vez empezaran los bombardeos? ¿Cómo se actuaría una vez empezaran a caer más cohetes de Hezbolá en respuesta en territorio israelí? No se discutió. Los testimonios que recogen Harel e Issacharoff en el libro coinciden en que el debate en el seno del gobierno israelí sobre ir a la guerra y qué hacer en tal caso fue breve y precipitado. Como si los ministros no fueran realmente conscientes de las implicaciones estratégicas, políticas y humanas de tomar tal decisión. Sólo la voz de la experiencia, Simon Peres, preguntó “¿y luego qué?”.

Se tenía conocimiento de que Hezbolá contaba con cohetes tierra-tierra de un alcance considerable suministrados por Irán y Siria. Su destrucción fue prioritaria y se consiguió con éxito en la primera noche. Se tenían identificadas además un buen número de escondites de cohetes de menor alcance en edificios civiles en el sur del Líbano que también fueron atacados. Pero el número localizado y destruido fue escaso frente al total en poder de Hezbolá. Empezaron a caer más cohetes sobre Israel. A pesar de los medios (helicópteros, aviones y UAVs) resultó imposible poner freno al lanzamiento de cohetes de corto alcance que eran disparados desde vehículos ligeros o plataformas escondidas en zonas urbanas. Como en el caso de los escondites de armas en edificios de viviendas, el resultado de los bombardeos, una pila de escombros y libaneses llorando la pérdida de viviendas y familiares, se convirtió en munición contra la imagen internacional de Israel.

Se sucedieron los días y la aviación israelí siguió con su juego del gato y el ratón con el swarming de las lanzaderas de cohetes de Hezbolá. Llegó el momento en que además se agotaron los objetivos de Hezbolá identificados antes de la guerra. En esto Harel e Issacharoff se andan con cuidado pero es fácil entender lo que quieren decir cuando explican que a los planificadores de las misiones aéreas se les pasó información de poca fiabilidad. Es decir, a base de objetivos claros y confirmados, la aviación empezó a bombardear edificios simplemente “sospechosos” aumentando el saldo de víctimas entre la población libanesa sin conseguir disminuir los arsenales de Hezbolá. El gobierno israelí se dio cuenta que las operaciones militares no estaban logrando de lo esperado. Y aceptaron la mediación estadounidense y francesa para lograr un alto el fuego. A pesar de todo, Hezbolá no dejó de recibir un castigo muy duro y sus líderes también se mostraron receptivos a la intermediación de terceros. Según los autores hubo un primer momento en el que casi se logró un acuerdo y que saltó por los aires por culpa de la elección de palabras del primer ministro israelí en una comparecencia pública. También una segunda oportunidad se malogró porque la presencia de Condolezza Rice en Israel durante una gira urgente por Oriente Próximo coincidió con el bombardeo de un edificio en Qana que se saldó, según las primera noticias aunque luego se rebajó, con decenas de muertos. En Qana habían muerto más de 100 personas en 1996 refugiadas en un cuartel de los cascos azules por lo que el lugar tenía un valor simbólico añadido. Rice abandonó Israel enfurecida con sus contrapartes israelíes.

Tras semanas de guerra y sin cesar de caer cohetes en Israel el gobierno finalmente llegó a la conclusión que el único método para impedir el movimiento de las lanzaderas y evitar su disparo era controlar físicamente la franja del sur del Líbano. Se desplegaron cuatro divisiones para enfrentarse a una fuerza irregular. No se establecieron unos objetivos claros (“aislar el sur del país”, “dominar las áreas donde el mayor número de cohetes habían sido disparados”, “dominar los nudos de carreteras”) sino que parece que se esperaba que el ejército entrara en el Líbano, chocara con Hezbolá y hubiera imágenes fotogénicas que ofrecer a la prensa. Años de operaciones en Cisjordania y la Franja de Gaza llevó a que por inercia se lanzaran raids en el Líbano de menos de 24 horas pero sin mucha coordinación. Hubo fallos de ejecución en las operaciones por la falta de experiencia en el empleo de unidades mecanizadas tras muchos años de Intifada. Las unidades entraban en el Líbano, combatían y se retiraban. El terreno ganado a Hezbolá se perdía dejando en los soldados la sensación de que el precio pagado en muertos y heridos era inútil. Los lugares más habituales para el lanzamiento de cohetes y las rutas por las que Hezbolá movía fuerzas, suministros y cohetes no fueron objetivos. Mientras, los cohetes no dejaban de caer en Israel. El ministro de defensa llegó a escoger un pueblo como objetivo militar para ofrecer al público la imagen de soldados clavando la bandera israelí en lo alto de una colina. Llegaron incluso a planearse misiones que costaron vidas cuando ya se había negociado el alto el fuego definitivo y las posiciones conquistadas no iban a servir absolutamente para nada. Sólo para vender a la opinión pública una “victoria”.

El libro no presenta el panorama de derrotas tácticas que alguno cuenta. Sí presenta a Hezbolá como una fuerza bien armada con misiles anticarro modernos y bien preparada para la guerra que había esperado durante años. Por ejemplo los soldados israelíes se llevaron la sorpresa de que lo que les habían descrito como meros “zulos” de armas de Hezbolá eran búnkeres bien construidos. Lo que el libro insite, quizás por estar escrito en clave interna, es el número de bajas provocados por operaciones mal diseñadas o mal ejecutadas por culpa del mando político y militar obsesionado con “conquistar terreno”. La lectura de mis conclusiones de entonces en este mismo blog siguen siendo después de leer el libro igualmente válidas.

La guerra reflejó, una vez más, el fracaso al que se ve abocado el tecnofetichismo tecnológico y las limitaciones del poder áereo para ganar por sí mismo una guerra. Muestra el resultado de las decisiones de políticos timoratos, con un pánico atroz al impacto en la opinión pública de las bajas, con un coste en bajas aún mayor del asumible. Y da que pensar sobre las dinámicas en Oriente Próximo, donde los pasos atrás son interpretados como debilidad y sólo provocan que el otro sea más agresivo. (¿Alguien en la sala defiende “paz por territorios”? ¿Alguien?). Quizás Israel cometió muchos fallos en aquella guerra y la gestión de su cúpula política y militar en aquel entonces pueda sin duda de calificarse como “fracaso” pero no está de más añadir que durante la Operación “Plomo Fundido” el frente norte de Israel estuvo muy tranquilo.

Espejismo en el desierto

Ya conté cómo la búsqueda sin éxito de ejemplos puros redes distribuidas en diferentes modelos de conflictos (guerrilla, piratería, crimen organizado, ciberguerra, etc) hizo que fuera dejando caer temas del proyecto de mi segundo libro, Guerra Distribuida. La solución fue optar por una opción intermedia donde abordar las redes, la netwar y el swarming de una forma más general incorporando algunos ejemplos de redes descentralizadas que emplean las nuevas tecnologías.

Ya he publicado dos artículos en revistas, una comercial y otra académica, que anticipan capítulos del libro. Tengo en preparación otros dos artículos que espero terminar antes del fin del verano y que servirán también formararán el grueso de nuevos capítulos. Así que no van a transcurrir cinco años desde que se me ocurrió la idea a que lo entregue para su publicación como sucedió con el primero.

Mientras, sigo trabajando en el primer capítulo. He terminado el primer epígrafe que pueden leer aquí. El primer capítulo será una explicación de las ideas sobre la transformación de la guerra dentro del establishment militar occidental, cómo fallaron en anticipar el poder de las redes por su fijación en la tecnología en vez de los procesos sociales y haré un repaso a los “disidentes” más preclaros en el período 1989-2001.

Todo arranca en la Guerra del Golfo de 1991 el con un espejismo en el desierto.