¿Fue el terrorismo yihadista sólo un momento?

En el artículo que acabo de terminar cuento muy someramente cómo el entusiasmo por los avances tecnológicos en el campo militar estrenados en la Operación “Tormenta del Desierto”, la primera guerra de la era de la información, llevó a pasar por alto la verdadera naturaleza de la transformación de la guerra tras el fin de la Guerra Fría. Y entonces, claro, llegó el 11-S. Es una historia que expliqué en mi charla grabada para la Jornada sobre la Sociedad Red en Montenvideo el 16 de agosto pasado. Y que compondrá el primer capítulo de mi segundo libro.

Me he quedado con la sensación de que en mi artículo falta algo. Que hay un salto entre esa historia sobre el fallo colectivo en Estados Unidos en entender la transformación de la guerra durante la primera década de la Posguerra Fría y mi explicación de las guerras posmodernas. Y es lo sucedido en la segunda década de Posguerra Fría. Entre el 11-S y el debate actual sobre la retirada estadounidense de Iraq y Afganistán. La idea me vino de una forma curiosa. Estaba ordenando mis estanterías de libros por enésima vez, teniendo que tomar la dolorsa decisión de condenar libros a una caja al trastero para dejar espacio a libros más útiles y relevantes. Y entonces tuve un mi mano “Osama de cerca” de Peter Bergen, un libro gordo y pesado. Y miré el espacio que ocupan los libros sobre la guerra de Iraq: Los dos tochos de Tom Ricks, la versión de bolsillo de Cobra II o el libro de Scott Ritter sobre la inexistencia de las armas de destrucción masiva en Iraq publicado en 2002. Sí, puedo restregarle a cualquier neocón que yo sabía cosas que Aznar y el CNI no. ¿Pero eso importa ahora?

Bin Laden está en el fondo del mar. Y la retirada definitiva de Iraq está prevista. ¿Importa ahora todos aquellos debates sobre el éxito del “Surge”, el Despertar de al-Anbar y las verdaderas razones de la pacificación del país? Un día miraremos la guerra de Afganistán con lejanía y extrañeza. Con la misma indiferencia con la que los medios de comunicación ignoran actualmente todo lo que está pasando en Iraq.

He añadido a mi biblioteca dos libros escritos recientemente por militares españoles sobre la transformación de los conflictos armados y me ha sorprendido la gran importancia dada al islamismo. Para ellos el orden internacional del siglo XXI se reduce a una pugna global contra el salafismo yihadista. ¿Dónde están los hackers rusos y chinos, los diamantes de la guerra de África Occidental, las maras centroamericanas, los estados fallidos o las empresas militares privadas? En la revista académica del CESEDEN no aparecen. Están atrapados en la narrativa de la “Global World On Terror” porque necesitan dotarle de épica a la profesión militar que ya no gira en torno a la defensa de la Patria y la lucha contra el Comunismo, sino a las nada glamourosas misiones de paz en países perdidos.

Una vez hice el experimento de mirar en la base de datos del ISBN que mantiene el Ministerio de Cultura con datos de los libros publicados en España desde 1972. Y lo voy a repetir. Estos son los datos:

-Libros con la palabra “islamismo” en su título.

Antes del 11-S: 11. Después del 11-S: 29

-Libros con la palabra “yihad” en su título.

Antes del 11-S: 2. Después del 11-S: 25

Evidentemente hay más libros sobre ambos temas con otros títulos. “Qaeda” genera 26 resultados y “Laden” genera 32, todos posteriores al 11-S.

El mundo se llenó de expertos en terrorismo, yihad y Bin Laden. Las masas musulmanes, oprimidas por dictadores apoyadas por Occidente, eran una olla a presión por el profundo sentimiento de humillación por el postergamiento de sus sociedades y las frustaciones económicas y sexuales de los varones jóvenes. ¿Se acuerdan? El mundo musulmán iba a estallar. Islam significa “sumisión a Alá”. Y la voluntad de Alá expresada en el Corán, que no admite interpretación, es que todo musulmán debe participar en la yihad para que el Islam se expanda. Se reinstauraría el Califato desde Marruecos al Sur de Filipinas y entonces vendrían a por nosotros. La Revolución Verde. La Primavera Árabe. ¿Quién lo podría haber anticipado? ¡Nadie!

No sé qué va a pasar con la Primavera Árabe. Pero una cosa es segura, el futuro no va a ser lo que nos contaron.

El último atentado con éxito supervisado por Bin Laden

Para mi artículo sobre la muerte de Bin Laden en el contexto del declive de la yihad global realicé varias tablas de atentados atribuidos a Al Qaeda y sus franquicias regionales. Había dos conclusiones llamativas. La primera es que después del atentado del 7-J de Londres en 2005 no ha tenido ningún atentado de importancia en los países occidentales atribuible a Al Qaeda y sus partidarios. La segunda es que por esa fecha empezaba una larga lista de atentados fallidos en los que la célula terrorista era detenida en una fase poco avanzada del plan, el aspirante a terrorista suicida sólo lograba morir sin producir víctimas o la bomba fallaba por un error en su elaboración.

La semana pasada The Guardian publicó algunas de las conclusiones alcanzadas tras el estudio de material encontrado en la casa donde vivía Bin Laden. Lo que se llama en términos militares estadounidenses Document Exploitation (DOCEX). Según fuentes estadounidenses el 7-J fue “the last successful operation Osama bin Laden oversaw”. Será interesante analizar el declive del núcleo central de Al Qaeda.

La resiliencia de las redes combativas

El pasado 10 de junio la policía española anunciaba la desarticulación de “la cúpula de la organización “hacktivista” Anonymous en España” con foto del material incautado (ordenadores, routers, un ejemplar de la revista @rroba y una máscara de Guy Fawkes). El asunto ha sido objeto de mil chistes y comentarios en Internet, ya que roza el esperpento anunciar la detención de la supuesta cúpula de un grupo que ha tratado de caracterizarse por funcionar como una red distribuida y es un buen ejemplo del modelo de “resistencia sin líderes” en Internet. Forma parte de esa proverbial ignorancia de las instituciones y los medios sobre Internet.

Sobra decir que la actividad de Anonymous no se vio alterada y a los pocos días había caído el servidor de la página web del Cuerpo Nacional de Policía. La propia policía reconocía que el grupo seguiría actuando a pesar de las tres detenciones. Según David Maeztu el lenguaje empleado formaría parte de las argucias legales para elevar la gravedad del delito a imputar a los detenidos.

Leyendo y reflexionando sobre la aparición de las redes distribuidas en los conflictos resulta que terrorismo y ciberguerra son los dos fenómenos donde estas topologías aparecen en mayor grado de pureza. Sin embargo el desempeño ha sido bastante desigual. Mientras que personas detrás de las redes distribuidas que colpasaron Internet en Estonia en 2007 y Georgia en 2008 nunca fueron realmente identificadas podemos decir que Al Qaeda ha vivido un declive tras su transformación hacia un modelo de terrorismo franquiciado y atomizado. Son las conclusiones preliminares que presento en el artículo “La muerte de Bin Laden y el declive de la yihad global” que aparece en el número de junio de la revista Fuerzas de Defensa y Seguridad. El terrorismo no parece que sea una actividad donde funcione bien el modelo de transmisión de conocimiento técnico “open source” y donde los recursos disponibles por un grupo pequeño puedan causar un gran impacto.

La muerte de Bin Laden y el declive de la yihad global

En el número de junio de la revista “Fuerzas de Defensa y Seguridad” saldrá publicado mi artículo “La muerte de Bin Laden y el declive de la yihad global”. En el argumento las ideas que lancé en la entrevista de la semana pasada y adelanto asuntos que abordaré en próximos textos.

Creo que Al Qeda hizo la transición hacia un modelo de terrorismo franquiciado, yihad sín líderes y terroristas actuando como “lobos solitarios” más por las circunstancias impuestas que como una evolución estudiada hacia la guerra distribuida. El terrorismo ha resultado una actividad problémática para la transmisión del conocimiento y la obtención de recursos con redes distribuidas. Será interesante reflexionar en el futuro sobre ello.

El inevitable fracaso de Al Qaeda

El terrorismo como violencia política ha sido siempre el recurso de los débiles. Tras la marea mundial de 1968 las masa proletarias no derrocaron las democracias burguesas. Unos pocos iluminados se echaron al monte en lugares como Alemania o Italia. Convulsionaron la sociedad pero fracasaron. Ese es el destino del terrorismo de Al Qaeda.

Ayer lunes fui entrevistado por Masha Gabriel, directora de Radio Sefarad. Hablamos de lo que supone realmente la muerte de Bin Laden, de cómo el declive de Al Qaeda ya empezó y cómo el terrorismo de las grandes organizaciones centralizadas hace tiempo ya cambió. La entrevista puede escucharse aquí.

Semblanza de Bin Laden

Osama Bin Ladn (Usama Bin Ladin) fue uno de tantos hijos de un multimillonario que era el plebeyo más rico de Arabia Saudita. El padre de Osama construyó un imperio de la nada y fue una figura superlativa. Sin embargo Osama no era especialmente carismático o brillante en su adolescencia y creció a la sombra de sus otros hermanos que se encargaron de la empresa familiar tras la muerte de su padre.

Necesitado de una causa y de construir su propia leyenda acudió a Afganistán donde su experiencia trabajando en la empresa familiar de obras públicas y su dinero le valió un lugar en la yihad contra los soviéticos. Siendo un ingeniero sin estudios de teología y jurisproducencia islámica encontró un mentor en el palestino Abdullah Yusuf Azzam, referente para los voluntarios árabes en Afganistán. Azzam postulaba por una yihad en defensa de los territorios musulmanes dentro de unos límites morales. Hubiera desaprobado sin duda el 11-S y otras tantas tropelías en el nombre del Islam. Se convirtió en una molestia para demasiadas facciones combatientes en Afganistán cuando se sabía ya que a la retirada soviética le seguiría una lucha entre los muyahidines. Azzam fue asesinado en noviembre de 1989.

Bin Laden se encontró sin quererlo al frente de una organización de combatientes que puso al servicio de sus incipientes sueños de grandeza. Como heredero de un multimillonario tuvo siempre demasiada gente a su alrededor dispuesta a decirle lo que quería escuchar con tal de sacarle dinero. El adolescente taciturno necesitado de una figura paterna se convirtió en un engreído ambicioso dispuesto a cambiar el mundo. Cometió un error típico de las personas que tienen éxito: Creerse que se debió sólo a sus propios méritos sin analizar las circunstancias y condiciones particulares. Tras la invasión iraquí de Kuwait el 2 de agosto de 1990 Bin Laden ofreció reforzar la defensa de Arabia Saudita con veteranos de la yihad afgana. La casa real declinó y pidió ayuda al gobierno de Estados Unidos. Aquello marcó la ruptura de relaciones con el gobierno de su país y el comienzo de la huída hacia adelante: Sudán, Afganistán y Pakistán.

Encontró un segundo mentor en el médico egipcio Aymán al-Zawahiri, figura destacada de la Yihad Islámica Egipcia. En al-Zawahiri ardía una rabia asesina tras su paso por la cárcel, experiencia que le marcó profundamente sobre todo por haber sucumbido a las torturas y delatado a alguien. Parece ser que al principio al-Zawahiri veía en Bin Laden un tonto útil que finaciaría sus sueños de prender la mecha revolucionaria en Egipto, el país árabe más poblado. Pero el terrorismo islamista, con su violencia ciega y absurda, no logró adeptos para la causa. El asesinato de turistas extranjeros puso en peligro la economía egipcia. La Yihad Islámica egipcia fracasó en atraer a las masas. Al-Zawahiri se resignó a un papel secundario al lado de Bin Laden.

En la C.I.A. un grupo de analistas cayeron en la cuenta del peligro que suponía la organización de Bin Laden. Pero se encontraron con un problema. La C.I.A. dividía sus equipos por países relevantes. La organización de Bin Laden no era un país. ¿Cuántos aviones de combate, divisiones acorazadas, submarinos y cabezas nucleares disponía Bin Laden? Ninguna. A los del equipo que estudiaba a Bin Laden los tomaron por chiflados. No era el lugar de la C.I.A. en el que estar si querías hacer carrera.

Los yihadistas, tras facasar en lugares como Argelia y Egipto sin conseguir levantar las masas, terminaron convergiendo en la organización trasnacional de Bin Laden, presentada al mundo en 1998 como “Frente Islámico Mundial”. Por el camino quedaron los hartos y desencantados del exilio, las penurias y los fracasos. Siguieron los más fanáticos de entre los fanáticos dispuestos a aumentar la apuesta. En vez de atacar a los regímenes árabes había que atacar su principal fuente de apoyo: Estados Unidos.

Bin Laden tenía dos referencias: El atentado contra el cuartel de los Marines en Beirut en 1983 y la batalla de Mogadiscio en 1992. En ambos casos la muerte de soldados estadounidenses en un país lejano durante un conflicto incomprendido por la opinión pública estadounidense había provocado la retirada de las tropas. La conclusión de Bin Laden fue que Estados Unidos no tenía estómago para una confrontación directa.

En medio de las dudas y una crisis de liderazgo Bin Laden organizó el atentado del 11-S sabiendo que Estados Unidos respondería inviendo Afganistán. El guión de la guerra contra los soviéticos se repitiría. Afganistán sería la tumba de imperios. Pero algo falló. La resistencia de los talibán se desmoronó enseguida y la invasión estadounidense se convirtió en una carrera alocada mientras que Bin Laden, los talibán y los yihadistas internacionales huían a Pakistán. Allí pasaría los diez últimos años de su vida.

Bin Laden quedó reducido a una figura simbólica tras perder Al Qaeda sus bases en Afganistán. La fuerza de los acontecimientos obligó a transfomar a la yihad global en una empresa no descentralizada sino distribuida. La yihad estaría allí donde alguien luchara en su nombre, organizándose y financiándose de forma autónoma. Bin Laden quedaría como una figura simbólica que a través de comunicados marcaría las líneas maestras. Cualquiera que le haya leído con atención descubrirá que más allá de su discuso antioccidental no tenía más la remota idea de cómo sería la sociedad islámica utópica que pretendía construir.

Una vez más la llama no prendió en los países árabes y musulmanes. El apoyo popular, que reflejaban las encuentas tras el 11-S, cayó en picado tras las matanzas indiscriminadas de civiles en Iraq. Los voluntarios dispuestos a cometer atentados tras descargar las instrucciones para fabricar bombas de Internet resultaron ser sólo unos torpes chapuceros. La eficacia policial en Occidente mejoró. Tras el 11-M en Madrid y el 7-J en Londres no se volvieron a cometer grandes atentados en Europa.

Bin Laden murió de la peor manera posible. No lo hizo en primera línea de combate en las montañas, sino en una zona residencial donde quizás fue aparcado como una pieza ya inútil por el servicio secreto pakistaní. Tras décadas las masas árabes al final se alzaron para luchar por un destino que no tiene nada que ver con el que soñó Bin Laden, condenando al salafismo yihadista a la irrelevancia política. ¿Alguien recuerda un comunicado suyo sobre los acontecimientos de Túnez o Egipto? En los últimos meses pudo ver que todo la obra de su vida no sirvió para nada.

Yemen y el futuro de Al Qaeda (y II)

La naturaleza de Al Qaeda puede entenderse en términos profanos: Tratando de subvertir el orden político ha pretendido ser vanguardia revolucionaria de las masas musulmanas. Es en esos parámetros en los que tendríamos que analizar su éxito o fracaso.

Desde 2001 ningún gobierno de entre los países mayoritariamente musulmanes ha sucumbido a una revolución o a una insurgencia que haya colocado en el poder a un gobierno que comparta el ideario político de Al Qaeda. Desde 2001 no se ha vuelto a repetir un atentado espectacular y masivo como el 11-S. El derrumbe del World Trade Center de Nueva York pareció inagurar una nueva era de megaterrorismo pero los acontecimientos que siguieron distaron de ser los esperados por los planificadores de los atentados.

EE.UU. ciertamente invadió Afganistán para quedarse empantado pero el régimen talibán se derrumbó inesperadamente privando a Al Qaeda de sus bases de entrenamiento y obligando a su núcleo principal a vivir en la clandestinidad en las áreas tribales de Pakistán. A partir de ahí, de forma deliberada o no, la organización se vio obligada a evolucionar en su estructura hacia un modelo distribuido en el que el núcleo central se limita a establecer las directrices estratégicas y son los nodos locales con sus propios recursos los que comenten atentados. A cambio, los grupos locales obtienen el privilegio de adoptar el nombre de la organización global en un modelo de “terrorismo franquiciado”.

En muchos casos ni siquiera existe un vínculo entre el núcleo central y las células terroristas. El adoctrinamiento y la información técnica para cometer los atentados se obtienen de Internet siguiendo el modelo de “resistencia sin líderes” que preconizaba Mustafá Setmarian alias Abu Musab al Suri. Los campos de entrenamiento se sustituyeron por material de fuentes abiertas (véase también a John Robb al respecto).

La incapacidad del núcleo central de organizar grandes operaciones ante la presión a la que ha estado sometida quedó compensada en el nuevo modelo de organización por la facilidad de las células para escapar el escrutinio de las fuerzas de seguridad occidentales. Sin embargo las células pequeñas y los terroristas solitarios aficionados han mostrado sus limitaciones.

En el 11-M un error en la concepción de los artefactos con teléfonos móviles permitió rastrear el origen de los aparatos. Tras los atentados del 7-J en Londres un segundo grupo trató de cometer una nueva cadena de atentados en Londres fallándoles los explosivos. El Reino Unido disfrutó de la inoperancia de los terroristas varias veces más: Dos coche bombas fueron descubiertos antes de que estallaran el 29 de junio de 2007 al levantar sospechas en Londres y al día siguiente un terrorista fue incapaz de estrellar un coche bomba en el interior del aeropuerto de Glasgow.

Richard Reid, el “terrorista del zapato”, fue descubierto por una azafata y reducido por los pasajeros al intentar detonar una carga explosiva en la suela de sus zapatos. Cinco años pasaron hasta un nuevo intento de atentado en aviones de pasajeros en 2006. El plan fue desarticulado en el Reino Unido. El intento del pasado día 25 de diciembre se saldó con el terrorista con quemaduras severas al no conseguir que la pentrita escondida en sus calzoncillos detonara. En vez de eso el material explosivo ardió.

Donde Al Qaeda, sus aliados y sus seguidores han alcanzado enorme letalidad ha sido en suelo musulmán. Atentados en Estambul o Ammán dirigidos contra sedes consulares, edificios de negocios y templos frecuentados por judíos de las comunidades locales y extranjeros provocaron casi 120 muertos, la inmensa mayoría musulmanes. La cuenta de víctimas mortales en atentados terroristas en Iraq, Afganistán y Pakistán cometidos por grupos afiliados o aliados a Al Qaeda donde el 100% de las víctimas fueron musulmanas sería interminable pero ayudaría a completar la perspectiva.

Donde Al Qaeda se juega su futuro es en los países musulmanes y su legitimidad ha retrocedido por más que se quiera presentar la imagen de que “faltan voces musulmanas que condene la violencia”. Hay dentro de los islamistas un debate ignorado en Occidente sobre los límites de la yihad global que la devuelven a sus inicios con Abudlá Azzam y que en los próximos años podría dar resultados sorprendentes. Y podría añadirse una posible crisis en el pensamiento estratégico del movimiento.

El reciente intento de atentado contra un vuelo de pasajeros entre Amsterdam y Detroit es el reflejo de una debilidad y marca el camino sangriento y brutal hacia la irrelevancia de Al Qaeda.

Yemen y el futuro de Al Qaeda (I)

El pasado día 25 de diciembre el ciudadano nigeriano Umar Faruk Abdulmutallab trató de hacer estallar un artefacto explosivo que llevaba escondido en su ropa interior durante un vuelo entre Amsterdam y Detroit. Volaba sin acompañantes, sin equipaje facturado y con un billete de sólo ida. Su familia preocupada por su radicalizacion política había advertido a las autoridades nigerianas e incluso también a la embajada estadounidense en el país. El gobierno de EE.UU. anda tratando de averiguar cómo es posible que Abdulmuttalab tomara aquel avión. Pero quizás el hecho más significativo sea que el intento de atentado terrorista fuera reivindicado desde Yemen.

Yemen es un país peculiar: Es la única república de la Peninsula Arábiga y es un país pobre cuyo gobierno combate ahora mismo una revuelta separatista en el sur (que ya provocó una guerra civil en 1994) y una insurgencia de los zaydíes liderados por la familia Al Huthi, que da nombre a los insurgentes. Este último conflicto ha saltado la frontera y Arabia Saudita ha intervenido en favor del gobierno de Yemen que acusa por su parte a los “huthis” de recibir ayuda de Irán.

La combinación de estado débil, país pobre y sociedad tradicional articulada en clanes es un panorama que Yemen comparte con el Sahel, Somalia y partes de Pakistán. Allí donde el Estado es inexistente porque no presta los servicios básicos y no ejerce el “monopolio de la violencia legítima” Al Qaeda consigue implantarse. Pero que Yemen constituya una base de Al Qaeda no es ninguna novedad. Ya en el año 2000 sus aguas fueron escenario de dos intentos de atentado contra barcos de la U.S. Navy. El primero fracasó cuando la lancha empleada se hundió con el peso de los explosivos. El segundo intento logró su objetivo y provocó la muerte de 17 marineros del destructor USS Cole. En septiembre de 2008 la embajada de EE.UU. sufrió un ataque en el que murieron un total de 19 personas. Sin olvidar tampoco el atentado contra turistas españoles allá por julio de 2007.

La novedad en el intento de atentado en el vuelo a Detroit es que Al Qaeda en el Yemen ha internacionalizado su actividad terrorista. Pero las causas se encuentran más en su debilidad que su fortaleza.

En enero de 2009 se anunció la “fusión” de Al Qaeda en Yemen y en Arabia Saudita para constituir “Al Qaeda en la Península Arábiga”. Como en el caso de las fusiones empresariales el estudio de los detalles refleja la desigualdad de las organizaciones que se unen. En este caso se trató de una absorción en toda regla por parte de Al Qaeda en el Yemen de su debilitada y fracasada vecina. Como en el caso del Grupo Salafista para la Predicación y el Combate argelino o el Grupo Islámico egipcio egipcio la incapacidad para obtener arraigo popular, la represión por parte de las fuerzas estatales y el abandonao de la violencia por parte de muchos miembros ha provocado una huída hacia adelante de los que quedan en el grupo tambaleante. Que esas son las causas reales de la unión a Al Qaeda por parte de grupos locales no debe olvidarse cuando se agita el fantasma de la amenaza terrorista. Que haya sucedido a Al Qaeda en Arabia Saudita es más que significativo.

El destino de Al Qaeda es fracasar como otras olas de terrorismo espectacular anteriores. Lo hará dejando un rastro de muerte y conmoción. Pero la historia de Al Qaeda desde 2001 es la historia de un declive.

[Continuará]

¿Y si la llama se apaga?

El pasado sábado El País recogía las declaraciones del jefe de la CIA en las que afirmaba que Al Qaeda estaba siendo “esencialmente derrotada en Iraq y en Arabia Saudí”. El País recogía con días de retraso un debate lanzado entre los expertos desde distintas tribunas sobre los indicios de que Al Qaeda está siendo derrotada a nivel global: La campaña de atentados indiscriminados lanzados por Al Zarqawi en Iraq que redujo la simpatía en el mundo musulmán hacia los yihadistas, la creciente irrelevancia de Bin Laden, la incapacidad de Al Qaeda (“núcleo central”) de organizar un gran atentado espectacular en Occidente, etc… No faltan voces que opinan que todo optimismo al respecto es ilusorio. Yo mismo he ido dejando pendiente el escribir sobre la transformación de Al Qaeda en algo diferente a lo que era antes del 11-S. Comprender las diferencias podría quizás llevarnos a entender que nuestros análisis sobre las victorias y derrotas de Al Qaeda ha de ser necesariamente a la fuerza diferentes.

Pero por un momento pensemos. ¿Y si Al Qaeda es derrotada? ¿Y si la actual ola de terrorismo yihadista se desvaneciera como lo hizo el terrorismo ultraizquierdista surgido en Europa tras mayo del 68? (Cosa que planteábamos en este blog en el verano de 2005) Sería curioso imaginar el rumbo de la política exterior estadounidense. ¿Tendríamos nuevas Ruandas y Bosnias en una nueva etapa aislacionista? Sería curioso pensar en el tiempo y recursos dedicados a una amenaza que dejara de existir. ¿Qué sería de todos esos alqaedólogos de última hora? Pero sobre todo, ¿qué serían de nuestras libertades y derechos perdidos?

Este blog seguiría teniendo sentido. Iraq, Afganistán y el movimiento yihadista son sólo los árboles que no dejan ver el bosque: Sinaloa, Darfur, las costas de Somalia…

Nota: He eliminado la moderación a priori de comentarios. Por el camino algún comentario se ha perdido por ser yo un manazas. Pido disculpas a los damnificados. Tras el retorno quedan muchas cosas por mejorar.

Bin Laden y los mitos necesarios

El 11-S muchas personas de izquierda se enfrentaron ante un dilema moral. Sus más elementales instintos humanos les hicieron horrorizarse ante un acto pavoroso del que se decía, calculando el número de trabajadores de las Torres Gemelas, había causado decenas de miles de víctimas. ¿Cómo no sentir horror y asco ante la muerte y la destrucción? ¿Cómo no sentir empatía con los ciudadanos de la única hiperpotencia global? ¿Cómo no condenar un acto cometido presumiblemente por aquellos a quienes hasta el momento se tenían por campeones de los débiles y abanderados del antimperialismo?

Muchas de aquellas personas de izquierda sintieron revolverse sus entrañas. Se sentían incapaces de sentir conmiseración por las víctimas y asco por los verdugos. La realidad les resultaba insoportable. Poco a poco en su cabeza se fue abriendo paso una terrible necesidad de reordenar la realidad. Aquellos ejecutivos estadounidenses bien trajeados que se alejaban de la Zona Cero cubiertos de polvo y cenizas no podían ser víctimas dignas de afecto. Aquellas mujeres que mostraban una foto de un familiar y miraban a la cámara preguntando si alguien había visto a sus seres queridos pero sin terminar la frase al romper a llorar no podían ser objeto de pena. Los estadounidenses no eran dignos de recibir el status de víctima. La muerte de miles de ellos no podía ser un acto que lamentar.

Y así se abrió paso una idea. Todo debía ser mentira. Un acto tan brutal y espeluznante que nos obligaba a sentirnos neoyorkinos también nosotros aquel día sólo podía ser una maniobra deliberada de poderes ocultos en la sombra. Un criminal del calibre de Bin Laden sólo podía ser agente a sueldo de Washington. El 11-S debía ser sin duda una operación clandestina de la CIA o del mismísimo Mossad, un plan perfectamente articulado por los más implacables halcones neocón de la administración Bush.

Miles de personas de izquierda respiraron entonces aliviadas en todo el mundo. Habían encontrado por fin poderosas razones para no participar en el horror y la conmoción generalizada. En el peor de los casos, se dijeron, si el tal Osama Bin Laden existía sólo estaba haciéndole pagar a EE.UU. por todos sus desmanes en el mundo. Miles de personas de izquierda volvieron a mirar otra vez a sus televisores, y mientras el resto del mundo miraba con horror y costernación las mismas imágenes ellos no sintieron nada.

Hoy en radiocable.com me han entrevistado. Hablé de la guerra de Afganistán en los años ochenta, el papel de Bin Laden en ella y el origen de la yihad global. Desmontando el mito de “Bin Laden fue agente de la CIA” salió un titular: “Bin Laden no necesitaba los cheques de la CIA para llegar a fin de mes”.