Uno de los efectos de convertirme en navegante de Internet es que dedico muchísimo menos tiempo a ver la televisión. Y uno de los efectos de haberme introducido en la blogosfera es que apenas hago caso a las columnas de opinión de la prensa escrita.
Las columnas de opinión siempre me parecieron un género curioso. La mayoría de las veces tengo la impresión de que el autor ha escrito con la única motivación de cumplir su compromiso de x palabras al día. Así nos encontramos con las estrellitas mediático-periodísticas de turno hablándonos de sus impresiones sobre Operación Triunfo, lo que pasó el otro día comprando en el hipermercado o sus meditaciones profundas al volante de su coche viendo los peatones cruzar la calle mientras esperaba que el semáforo se pusiera verde.
Un blog te permite escribir cuando y desde dónde quieres (no, no trato de excusarme por pasar tanto tiempo sin publicar nada). Y no se trata de una verdad revelada. Para mí es un laboratorio de ideas, un diálogo con mis lectores. Por eso me llama la atención los comentarios que me llegan de vez en cuando aportando un punto de vista diferente, señalándome un punto flanco en mis razonamientos o corriegiendo un dato. ¡¡Chúpate esa!!, parecen decir. Como si yo en algún momento me creyera César Vidal. O un neococo o libelelo de esos, que se sueltan un rollo impresionante para decir que el programa político de la socialdemocracia se inspira en el fascismo y cuatro colegas le aplauden “Ahí, le has da’o. Desenmascarando a esos totalitarios”.
Así que no se frenen. Comenten y critiquen. Dialoguemos. Que yo todavía estoy aprendiendo.