La quimera de las armas hechas en casa con una impresora 3D

Hace semanas leí sobre la segunda prueba publicada en vídeo de la gente que está tratando de fabricar armas en su casa con una impresora 3D. Esta vez el arma aguantó y el asunto generó toda clase de análisis sobre el futuro que se habría por delante en un mundo donde cada ciudadano podría fabricar armas de fuego en su propio garaje. La realidad es que todo es mucho menos impactante y espectacular de lo que se ha contado. Trataré de explicar por qué.

El fusil más popular en Estados Unidos es el Armalite AR-15, que fue adoptado como arma reglamentaria por las fuerzas armadas de EE.UU. en los tiempos de la Guerra de Vietnam y recibió la denominación M-16. Hoy en día, un montón de empresas diferentes en Estados Unidos fabrican su propia variantes y piezas del AR-15, de tal modo que las posibilidades de modificación por parte del usuario son casi infinitas.

El cajón de mecanismo (“receiver”) del AR-15 se puede descomponer en dos piezas. La superior, donde se engancha el cañón y la parte inferior, donde está el conjunto del gatillo (“lower receiver” o “lower”). Puedes cambiar la parte superior del cajón de mecanismo y/o el cañón para usar el conjunto del fusil con otro calibre o un largo de cañón diferente, que son de venta libre en EE.UU. Según las leyes de Estados Unidos, es la parte inferior del cajón de mecanismo lo que constituye el arma en sí misma porque es el elemento imprescindible para que fucione. En ella se estampa el número de serie y en las tiendas de armas puedes ver que los incluyen en la misma sección que las armas de fuego completas.

El revuelo que se está montando en Estados Unidos es porque alguien ha fabricado sus propios “lower receiver” con una impresora 3D. El resto de piezas (culata, “upper receiver”, cañón, miras, guadamanos, mecanismos internos del “lower receiver”, etc.) los han comprado aparte o tomado de otro fusil. El asunto no tiene nada ver con “están fabricándose sus propias armas en casa con una impresora de plástico inyectado” porque el cañón no puede ser de otro material que metal y se fabrica taladrando una pieza sólida que requiere maquinaria muy específica. Todo se reduce a que están fabricando en casa una pieza que según la ley constituye el arma en sí misma y luce así:

Ahora sólo queda fijarse en el famoso vídeo donde prueban el arma con un cargador de alta capacidad y se ve que sólo una parte pequeña del AR-15 ha sido fabricado en plástico blanco con una impresora. El resto son piezas comerciales:

Actualización: He encontado este reportaje sobre el asunto, que aclara bastante que para sus impulsores se trata de un desafío legal y no tecnológico.

Robert Kaplan y los imperios ibéricos

Hay un asunto que olvidé mencionar en mi reseña de Empire Wilderness de Robert D. Kaplan, el tratamiento que da a la exploración y conquista española del norte de América.

Kaplan habla de los españoles a su llegada al nuevo continente de la misma manera que hizo de los portugueses y su expansión en el Océano Índico en Monsoon. Los españoles aparecen como unos fanáticos católicos ebrios de sangre y codicia que ajenos al espíritu del Renacimiento llegaron al actual territorio de Estados Unidos sólo pensando en encontrar El Dorado. Kaplan pone como ejemplo el relato desapasionado hacia el medio natural de Bernal Díez del Castillo y lo compara con la fascinación por los paisajes de norteamérica de los exploradores anglosajones más de dos siglos después. Comparar la mentalidad de hombres separados por esa distancia en el tiempo no sólo es absurdo, sino que Kaplan simplemente ignora el impulso científico de la Ilustración española bajo Carlos III y empresas como la Expedición Malaspina.

Todo quedaría en una anécdota sobre cómo los españoles aparecen como los malos en un relato histórico obra de un anglosajón, si en el resto del libro no nos encontráramos la misma clase de ausencias que en Monsoon había sobre la expansión de los británicos en el Océano Índico. Kaplan entra en todo tipo de detalles anecdóticos sobre la ferocidad de españoles y portugueses combatiendo otros pueblos. No para de recalcar la avaricia, codicia y ambición de hombres que, por todo ello, se embarcaron rumbo a lo desconocido con gran riesgo de su vida. Páginas más tardes nos cuenta tal o cual hito de un general estadounidense en las grandes praderas del actual Estados Unidos que parece llegado allí bajo la guía de la Divina Providencia para expandir la Civilización de forma altruista. Episodios como la “Fiebre del Oro” parecen una moda pintoresca y las masacres de pueblos indígenas, cuando protagonizadas por españoles y portugueses resultaban espantosas matanzas, es el inevitable resultado de la genialidad militar y tecnológica de los estadounidenses. Para averiguar sobre el futuro de Estados Unidos, Robert D. Kaplan viajó a México. Allí encuentra una sociedad mestiza pero eso no le hace conectar los puntos sobre el desigual destino de los pueblos indígenas bajo los imperios británicos y español. Al menos en Monsoon cede su voz a la de otros autores que señalaron el interés de los portugueses por estudiar a los pueblos asiáticos o como pusieron a su servicio las habilidades y conocimientos de los locales.

Así que no se trata de reivindicar un filtro rojigualda para los libros de historia, pero sí empezar a comprender como en la literatura anglosajona hay un relato subyacente y un sesgo en cierta forma racista.

España y el discreto encanto de la hidalguía

El otro día, tras unas de esas jornadas maratonianas delante del ordenador con chorrocientas pestañas del Firefox abiertas, leí un artículo publicado en Politikon.es: Pour quoi, Hollande? O a quién beneficia la intervención francesa en Mali. Me pareció francamente malo e impropio de un blog que es toda una referencia. Es lo que tienen las crisis, de pronto saltan a la actualidad y opcupan titulares. Aparecen análisis de paracaidistas que desconecen el contexto y los matices.

Me llamó la atención que no hubiera posibilidad de dejar comentarios. Pero con curiosidad por saber más sobre la autora pinché en el enlace que ofrecía Politikon y encontré esto:

Laia Balcells es politóloga. Hizo el doctorado en la Universidad de Yale y trabaja como profesora en la Universidad de Duke. Antes de irse a Duke, estuvo como investigadora en el Institut d’Anàlisi Econòmica, CSIC y dando clases en la Universitat Pompeu Fabra. Es granollerina de origen, gracienca de vocación y yankee de adopción. Vive entre los dos continentes, con lo que sufre la política comparada en carne propia.

Sucede que la profesora Balcells es especialista en conflictos armados. Supuse que era el típico caso de alguien a quien le piden que escriba sobre un tema de actualidad basándose en una relación más o menos cercana con su especialidad pero que no está familiarizada con el caso concreto. Estos días los académicos, periodistas y blogueros especializados en el Sahel están que no paran de soltar comentarios sarcásticos sobre los análisis de última hora de personas que hasta hace un mes no sabían colocar Malí en un mapa. Así que aquella noche tras actualizar FlancoSur.com me fui a la cama.

Al día siguiente me encontré que no había sido el único al que no le había gustado el artículo en cuestión. Y que ajeno al asunto, antes de que yo leyera se había desatado una pequeña trifulca. Manel Gozalbo de Hispalibertas había hecho llegar su crítica a la autora vía Twitter para encontrarse una reacción bastante infantil. En vez de centrar su defensa en los argumentos apeló al principio de la titulitis. Manel Gozalbo, recuérdenme no buscarle las cosquillas, no se achantó y sacó el sarcasmo:

Me doctoré donde a ti te enseñaron que Libia fue una colonia francesa.

Resulta que lo que yo leí fue una versión corregida donde el monumental gazapo de poner a Libia como ex-colonia francesa había desaparecido, así como cerca de 40 comentarios que fueron borrados pero aún aparecen en la caché de Bing. El asunto derivó a la profesora Balcells acusando a Manel Gozalbo de machismo y bloqueándolo en Twitter, sin que en ningún momento se prestara a defender su artículo. Para colmo, Roger Senserrich intervino con el argumento de que es “una de las 4-5 mayores expertas del mundo en conflictos civiles” y preguntádole a su interlocutor “cuántos artículos sobre conflictos civilies tienes en revistas con peer review”. El asunto se saldó con Manel Gozalbo dando su versión en Hispalibertas, Politikon haciendo desaparecer de su página el widget donde salían reflejadas las interacciones en Twitter para quitarle visibilidad al asunto y la profesora Balcells quejándose en Twitter de “la mala educació a la xarxa” además de pidiendo como condición para volver a colaborar en Politikon que sus entradas no admitan comentarios.

Todo esto asunto podríamos señalarlo como el enésimo caso de amigotes que se cubren a los otros y aplican ese principio del Credo Legionario de “con razón o y sin ella”. Podríamos hablar de la proliferación de torpes análisis sobre Malí. Pero yo me quiero quedar con la falacia del principio de autoridad. Es un viejo problema con el que he tropezado muchas veces. Y no me refiero a que evadan discutir mis argumentos para pedirme credendciales. El asunto tiene otros matices. Por ejemplo, la insistencia siempre antes de cada entrevista de que les aporte una filiación. Me hace gracia cuando me preguntan “¿pero tú sabes tanto porque eres profesor, militar o qué?”. No se les pasa por la cabeza que una persona llegue a ser experta en algo de forma autodidacta. Así que desgrano mi personal académico y profesional para que sólo entonces emitan un “aaaahhhh” y se queden tranquilas. Como si en algún momento en que he calentado una silla en la Universidad de La Laguna, la Universidad Complutense de Madrid y el Instituto Universitario General “Gutiérrez Mellado” alguien hubiera dedicado un minuto a hablarme de la diferencia entre un carro de combate T-55 y T-62, la historia de Al Qaeda o la doctrina rusa de ciberguerra. Al final, los títulos académicos se convierten en justificantes de lo que ya sabía antes.

Más de una vez he salido decepcionado de una conferencia y al expresar mi desaprobación por lo dicho en ella me he encontrado con una respusta palmaria: “¡Pero si el conferenciante es comodoro de la armada ruritana y diplomado de estado mayor por la escuela de guerra prusiana!”. Como si fuera tan complicado explicar que alguien puede tener unos credenciales académicos y/o profesionales pero meter mucho la pata al hablar de temas tangenciales a su conocimiento. Y por el contrario, he tenido más de una oportunidad de charlar con estadounidenses con trayectorias de relumbrón y he mantenido con ellos charlas bastantes amenas en la que nadie nunca me preguntó por mis títulos. Conozco casos, como Galrahn de Information Dissemination, invitados a dar conferencias y participar en mesas redondas organizadas por la U.S. Navy simplemente por su condición de bloguero friki. Así que sospecho que es un problema español que viene de largo, de los tiempos de capa y espada.

Irán y un extraño déjà vu

Quedé bastante satisfecho con mi artículo “Irán y la guerra naval asimétrica”, que salió en el Tomo 261 nº1 de la Revista General de Marina en junio de 2011. Es un artículo corto, 3.000 palabras y 23 referencias bibliográficas. Pero, como se trataba del primer artículo que enviaba a una revista que publica la Armada Española desde 1877, lo redacté con esmero, con la aprensión de someterme al escrutinio de los profesionales de la guerra naval. Creo que tomé el tema, hice un repaso exhaustivo de sus diferentes vertientes (desde el contexto histórico a la geopolítica de los hidrocarburos) y logré condensarlo.

Así que año y medio después de aquel artículo, que me ganó alguna que otra felicitación, me llamó la atención positivamente que el Instituto Español de Estudios Estratégicos haya publicado el Documento de Opinión “El Estrecho de Ormuz y la estrategia de disuasión agresiva de la República Islámica de Irán”. Yo les propongo aquí un juego. Lean mi artículo de 2011 y luego lean el documento del IEEE publicado en enero de 2013, pero yendo en este último caso directamente al epígrafe 6 titulado “La guerra asimétrica y la mar”. Luego vienen por aquí y me comentan qué les parece.

¿Ha reconocido el gobierno que los antidisturbios se sobrepasaron?

Recuerdo leer sobre la importancia que le daba William S. Lind, padre de la teoría de las Guerra de Cuarta Generación, a “desescalar el conflicto”. Usaba situaciones durante la ocupación de Iraq como ejemplo, pero yo pensaba en manifestaciones. Si una organización te monta una sentada en la puerta para que se monte un lío y salir en las noticias, ¿cómo resolver el conflicto de la forma más anodina y más aburrida de tal forma que no sea noticia? 2012 no fue un año en que se resolvieran los incidentes publicos de una forma discreta y aburrida.

Antidisturbios turcos identificados individualmente.

Antidisturbios turcos identificados individualmente.

No hace falta mucho extenderse sobre el comportamiento de los antidisturbios de la policía española en el año 2012. Pero ante la sensación de que las calles se habían convertido en zonas aconstitucionales con el respaldo de las autoridades mirando a otro lado, empezó a salir un goteo de noticias que son a mi entender el reconocimiento implícito de que algo se había hecho mal.

Primero fue la noticia de la creación de la Unidad de Prevención y Reacción (UPR):

Los miembros de la Unidad de Intervención Policial (UIP), conocidos como “antidisturbios”, serán reforzados en Madrid con 378 agentes de una nueva sección policial denominada Unidad de Prevención y Reacción, que los sustituirá o bien los apoyará en su trabajo.

Que “serán reforzados” implique directamente que sean sustituidos es una de esas formas sutiles de demostrar que se ha perdido la confianzan en ellos. Evidentemente se les asignan nuevas misiones con la excusa de que ante la actual conflictividad social los antidisturbios están saturados de trabajo y necesitan apoyo:

Su implantación aliviará la carga de trabajo de las Unidades de Intervención Policial (UIP) en concentraciones, manifestaciones o espectáculos públicos de menor entidad (deportivos, musicales y taurinos), junto a eventos sociales o concentraciones de masas generados por fiestas patronales, religiosas, culturales, mítines o de tipo similar.

Además, se concentrarán en puntos negros de delincuencia, en colaboración y coordinación con comisarías locales y de distrito, e intervendrán de inmediato en auxilio o defensa de los ciudadanos ante calamidades o catástrofes públicas.

Otra tarea de la nueva unidad será el apoyo a los jueces y tribunales en lanzamientos, es decir, desahucios, además de otras actuaciones judiciales.

Mítines políticos y desahucios son eventos donde los ánimos se pueden encrespar bastante. Así que parece que se ha decidido retirar a la UIP de esas misiones para enviar a otros policías con la excusa de que se les libera de tareas menores para que estén disponibles para las grandes concentraciones públicas.

Antidisturbios en Colombia identificados individualmente

Antidisturbios en Colombia identificados individualmente

Y así, de forma discreta un día sabemos por una respuesta parlamentaria del gobierno a Izquierda Unida que las próximas licitaciones de chalecos protectores para los antdisturbios incluyen la especificación de un especio para incluir el número de identificación del policía.

Periodistas buscando su público

Ya conté una vez que, mientras otros adolescentes pasaban sus crisis de la adolescencia de juerga o leyendo a Nietzche, yo me quedé fascinando con los reporteros de guerra. Abandonarlo todo y dejar un bonito cadáver. Más tarde me interesé por las guerras desde el plano académico y constaté que el valor de los reporteros en las guerras se había devaluado. Los grupos revolucionarios y de liberación nacional durante la Guerra Fría querían que alguien contara al mundo su historia. Hoy los señores de la guerra, terroristas y narcotraficantes no quieren testigos incómodos. Así que según qué guerras, la vida de un periodista vale poco. De hecho, todos los años mueren una cantidad enorme en guerras perdidas.

En mi última visita a la Universidad Europea de Madrid les conté a los alumnos de “Cultura digital/empresas culturales” sobre la crisis de los medios de comunicación de masas como instituciones que son de la era industrial. Y puestos a buscar ejemplos de alternativas expuse el caso de dos periodistas. El primero es Michael Yon, veterano de las fuerzas especiales de Estados Unidos y convertido en periodista freelance. Se dedicó a cubrir la guerra de Iraq desde el punto de vista del soldado raso cuando el panorama mediático se dividía en EE.UU. entre los que decían que todo iba bien en Iraq para defender a la administración Bush y los que decían que todo iba mal para atacar a la administración Bush. El suyo no era un periodismo patriotero pero tampoco neutral. Sus lectores hacían contribuciones y compraban su libro para permitirle seguir allí. Empezó a vender crónicas a periódicos que no se podían permitir tener un corresponal. Y así se convirtió en una pequeña celebridad en el mundillo de los aficionados a los temas militares y los interesados en lo que estaba pasando en Iraq.

El otro caso del que les hablé es el de Antonio Pampliega. Lo conocí a través de una carta suya publicada en El País donde contaba cómo se había endeudado para cubrir guerras y países en conflicto, encontrándose el desinterés de la prensa española. Se quejaba del desinterés de los medios por sus crónicas sobre el sufrimiento de gente en lugares perdidos. No cuesta entender cómo eso chocaba con el imperativo informativo de noticias de actualidad. Pampliega no encaja en el arquetipo de reportero apolíneo y escribía sobre los sirios, muertos que a nadie interesa. Las crónicas sobre los muertos y los refugiados son relevantes según de dónde sean.

Alberto Arce contaba en Misrata Calling:

Antes de zarpar, recibo un email del editor de uno de los medios de comunicación más importantes de España: “Tuvimos un equipo en Libia durante semanas y la situación se ha enquistado. Ha perdido interés informativo”. Otro editor, esta vez desde un periódico, me escribe sutilmente en la misma dirección pero traspasando una línea: “Yo tengo mano en la web, pero no me dan presupuesto, solo pagan en el papel. Lo he pasado hacia arriba”. Y arriba se quedó. Sería el último email recibido. A ellos no les interesa. A nosotros, sí. Se llama periodismo pese a la prensa.

Hubo cosas de aquella carta en El País que no me terminó de convencer por su estilo. Y ese énfasis en el “periodismo humanitario” del que me quejaba el otro día me hace preguntar cuál era la historia de sus crónicas. Qué las distinguía y las hacía relevantes. A lo mejor sus crónicas eran brillantes y llenas de interés. No lo sé. A veces hay que saber buscar el relato. Yo les decía a los alumnos de la Universidad Europea de Madrid que se hicieran periodistas especialistas en algo y buscaran su público. Jorge Jiménez reparó en que yo hablaba del mundo de habla hispana y no me limitaba a hablar del mercado español. Internet convierte al mundo entero tu público y más cuando el mayor público de clase media de habla española ya no está en España, sino en Hispanoamérica.

En este tiempo descubrí que Pampliega protagoniza un pequeño documental sobre su caso. Su solución al problema fue vender las crónicas a agencias internacionales. Y va a lanzar un libro sobre Siria como coordinador de los varios autores para el que ha pedido apoyo a los futuros lectores, es decir, crowdfunding. De las 75 aportaciones que pedía ha logrado 272 (la mía fue la 270ª) antes de la fecha límite. Me alegro que encontrara su camino. No pude escoger mejor ejemplo para mi charla.

Cinco tesis contra el periodismo internacional actual en España

Una vez Rosa Jiménez Cano me animó a hacer una acotación cada vez que despotricase contra el periodismo. Que criticara a los malos periodistas y los señalara como tal, en vez de hablar de los periodistas en plural o del periodismo como profesión en general. No sé si olvidé poner en práctica alguna vez su consejo. Así que hoy voy a hablar del “periodismo internacional actual en España” como forma de llamar a una cierta forma de hacer periodismo de asuntos internacionales que encuentro muy extendido en los medios españoles. Así espero que los profesionales competentes y admirables por su trabajo no se sientan aludidos.

1. El periodismo a secas es una profesión condenada al fracaso.
El periodismo es una profesión simple. Se trata de contar lo que pasa. Y lo que pasa son cosas que implican a otros. Los políticos aprueban leyes y gestionan administraciones públicas, los ingenieros construyen puentes, los programadores desarrollan software, los médicos curan enfermedades, etc. Y un periodista se pasa años en una facultad estudiando teoría de la comunicación, ética profesional y cosas así mientras el resto nos dedicamos a estudiar los entresijos del mundo y de la vida. Así que un periodista está condenado a hablar de lo que hacen los demás. Y las probabilidades de que no se entere de nada son elevadas. Qué digo. No se trata de probabilidades. Se trata de que los periodistas se pasan la vida metiendo la pata. En serio. Si alguno me lee que se pare a pensar cuántas veces un amigo que trabaja en un campo profesional cualquiera, un aficionado muy friki en un tema, alguien que es de un lugar geográfico concreto o que por cualquier razón tiene conocimientos de primera mano de un asunto se queja “puff, el que ha escrito esta noticia no se ha enterado de nada”. Yo sin ir más lejos reúno la condicación de nacido en Canarias, jugador de rol y videojuegos en la adolescenia, estudiante de bachillerato científico, estudiante de formación profesional de informática y electrónica, empedernido lector, viajero incansable por Europa, aficionado desde niño a los temas militares, licenciado en Sociología, etc. Así que imagínense la de noticias, desde aquellas sobre virus informáticos en los 90 a cualquiera reciente de guerras en países perdidos que me han hecho soltar a lo largo de mi vida un resoplido y soltar “puff, el que ha escrito esta noticia no se ha enterado de nada”. Mi consejo a los periodistas es que saquen una doble titulación. Estudien sociología, economía, relaciones internacionales, ciencia política o lo que sea. Y sean periodistas especializados que no necesiten “subtítulos” cuando hagan una entrevista.

2. El periodismo que te gusta es malo y tú no te has dado cuenta.
Una vez mencioné el caso aquí. Hace años, un periodista muy admirado por sus colegas de profesión y del que no me paro de encontrar elogios, fue enviado por su medio a cubrir unas elecciones en un país donde no hablan español. Viajó, estuvo en la capital y volvió a España. No me acuerdo si llegué a tener conocimiento de sus crónicas antes de que fueran comentadas en cierta lista de correo donde se debatía sobre la región a la que pertenece el país. En ella participaban académicos, periodistas y traductores tanto españoles como de la zona. Gente que había nacido o vivido allí, trabajan actualmente allí, hablaban el idioma y habían publicado tesis, libros y reportajes. Yo era un lector. Despellejaron las crónicas del periodista tan admirado y su relato sobre la división del país en dos bandos de buenos y malos. La riqueza de matices de las candidaturas electorales, que había sido largamente expuesta por los participantes en la lista de correo, estaban totalmente ausentes. Las ambiciones y motivaciones personales de los candidatos que eran bien conocidas en el país se reducía a la imagen pública construida en la campaña. Puede que si habláramos con el periodista, él mismo puede que nos confesase que no se sintió muy orgulloso del trabajo que realizó. Pudo ser un reportaje que le tocó hacer por imposición del medio para el que trabajara. Pero la cuestión es, ¿cómo sabes tú que el análisis o la crónica que lees es buena? ¿No te queda muchas veces la sensación cuando lees algo sobre España en la prensa extranjera que “sí pero no”? Que el deseo de un titular efectista o una tesis simplista le ha llevado al periodista a dejarse fuera los matices. Pues piensa que es igual cuando los periodistas españoles salen por el mundo. Así que hay que salir ahí fuera a buscar más fuentes, leer medios de otros países y aprender a encontrar el buen periodismo allí donde esté.

3. Los periodistas españoles que hacen reportajes en el extranjero intentan hacer de todo menos periodismo.
A ver si les suena este tipo de crónica que me acabo de inventar:

Amanece otro día más sobre el polvoriento paisaje de Afganistán. El sargento Povedilla mira con concentración la pantalla desde la que controla el sofisticadísimo avión sin piloto que vigila el perímetro de la base. El cerebro electrónico del avión traza rutas con fría precisión sobre esta lejana base desde las que las tropas españolas tratan de disputarle el terreno a los talibán. El sargento Povedilla es uno de tantos militares, profesionales de la guerra entrenados para matar, que aquí se enfrentan al desafío de llevar el desarrollo y la democracia a…

Ya les vale a tanto aprendiz de Tom Clancy de pacotilla el abuso de florituras que reducen los artículos a ejercicios de estilo literario. Yo sigo la realidad de muchos lugares por las más diversas fuentes, así que cuando leo un reportaje sobre soldados españoles en un país en guerra me predispongo a buscar sustancia porque quiero saber cómo están las cosas allá. Pero me encuentro una y otra vez con descripciones de lo caluroso y polvoriento de las carreteras afganas o lo mucho que se suda en el atestado interior de un vehículo a prueba de minas. Por no hablar de las veces en las que los periodistas hablan de ellos mismo como protagonistas de la crónica. El caso de las misiones militares internacionales es sintomático por cómo son descritos los militares. O los soldados son tratados como superhéroes en un pedestal por parte de la prensa de derechas o tratados con un distanciamiento deshumanizador por parte de periodistas progres. Se nota la brecha social entre esos licenciados con máster por un lado y por otro la tropa, críos en la postadolescencia, toscos, vitales y bullangueros. Lean entonces y comparen cómo conviven con los soldados y cómo hablan de ellos Robert D. Kaplan en Imperial Grunts o Evan Wright en Generation Kill. Mi conclusión es que el humo y el artificio esconden la renuncia a informar al lector o espectador. Están allí a otra cosa. Van a esos lugares a forjar su leyenda, a dar rienda suelta a sus sueños de escritor o lo que para mí es mucho peor, a salvar el mundo haciendo un reportaje conmovedor que muestre el “lado humano” de las noticias. Y ese es un mal que está carcomiendo el periodismo.

4. El “periodismo comprometido” y el “reportaje del lado humano” se han convertido en las mayores excusas para la pereza intelectual.
Es algo que tardé en comprender al estar enmascarado en las buena intenciones. Me refiero a esos periodistas que van por el mundo tratando de “poner cara” y “dar voz” a las víctimas de los conflictos armados. Loable hasta que caes en la cuenta que el periodista que sólo hace eso ha renunciado a hacer todo lo demás. Te argumentan, quienes lo practican y lo defienden, que ese distanciamiento del contexto histórico y de los intereses geoestratégicos en juego es consciente y deliberado porque detrás de ellos sólo hay excusas y propaganda. La política internacional se juega en los pasillos de Bruselas y en las giras de contactos de los ministros de exteriores que pisan siempre moqueta. Pero estos periodistas prefieren ir a los lugares peligrosos para hablar de la viuda que llora en un campamento de refugiados o con el adolescente que empuña un fusil en el frente porque son víctimas indefensas y actores impotentes ante un destino trágico. Para mí no son más que excusas para no hacer el trabajo de leer, estudiar y comprender. Porque poner la actualidad en su contexto supone leer muchos libros y leer mucho documento de análisis. Cuando se renuncia a estudiar el trasfondo de lo que pasa en el mundo, lo que queda es un periodismo sentimentaloide e insustancial. Se acumulan esos reportajes predecibles, totalmente intercambiables de un lugar a otro y que han terminado por saturar el mercado de las lágrimas. Así que para llamar la atención hay que darle un giro de tuerca y buscar un nuevo ángulo al sufrimiento humano. Se sube el listón de la atrocidades que hay que mostrar para conmover y generar una respuesta del espectador. Pero el problema es que muchas veces lo que vemos no es más que el resultado de la construcción de un relato.

5. Los periodistas están empeñados en salvar el mundo. Y eso no es periodismo.
Aborrecer a los periodistas que “quieren salvar el mundo” puede parecer un acto de cinismo. Pero de lo que estamos hablando son de periodistas que quieren salvar el mundo sin haberlo pisado. Su compromiso político no es el resultado de un despertar de la conciencia a realidades brutales que les golpearon la cara en rincones perdidos del planeta. Por el contrario, se trata de un activismo político con el que entraron en la facultad de periodismo y con el que suben al avión. El viaje en el fondo es innecesario porque ellos en su cabeza ya tienen elaborado el reportaje. Y cuando tienes una causa y estás embarcado en una misión no vas a permitir que un asunto tan trivial como la realidad te estropee un reportaje. Así que aquí llegamos al meollo del asunto. Una actividad que consiste en ir por el mundo, tomar notas y contar una historieta de buenos y malos ajena a la realidad puede llamarse de muchas maneras. Literatura basada en hechos reales o mera propaganda. Pero no es periodismo. Y todos esos “periodistas comprometidos” le están haciendo un flaco favor a la profesión y al público en general. Porque sin conocimiento veraz de la realidad no puede haber un debate público constructivo.

Volvió El Alijar

Desde que se fueron Jorge Aspizua y Pedro Lucio para siempre, la blogsfera española de temas de seguridad y defensa quedó bastante huérfana. Antes habían cerrado Blimdablog por razones no muy difíciles de imaginar y El Alijar, tras el revuelo provocado por ciertos comentarios hechos allí.

Pues hoy tras pasarme un lector el chivatazo me he encontrado que El Alijar ha vuelto, recuperando además (¡olé!) su histórico de publicaciones. Podría limitarme a contar que El Alijar contaba a Pedro y a Jorge entre sus amigos para señalar que luchaba en el bando de los buenos. Pero ahí están esas entradas sobre las ideas dal ex-secretario de defensa Robert Gates o aquella propuesta sobre África para demostrar que además sabía de lo que hablaba.

Hoy me siento un poco menos solo.

Primavera de ciberguerra, guerras híbridas y guerra en red

No estaba muerto. Ni de parranda. He bajado mucho el ritmo de publicación en el blog. Ando encerrado entre libros y tratando de producir lo más posible. Publish or perish. Ya terminé un articulo de crítica a la Geopolítica clásica que se me ocurrió tirado en el aeropuerto de Santiago de Chile y que condensa las ideas que vengo dándole vueltas a la cabeza desde el XIX Curso Internacional de Defensa en Jaca. Saldrá publicado próximamente en la Revista General de Marina de la Armada española.

He comprendido que estas tareas de demolición de lo viejo son necesarias para introducir lo nuevo. Y que antes de trabajar en la segunda versión y definitiva de Guerras Posmodernas es necesario trabajar en los grandes conceptos. En mayo serán las IV Jornadas de Estudios de Seguridad, organizadas por el Instituto Universitario “General Gutiérrez Mellado”. He enviado una propuesta de comunicación sobre la ciberguerra rusa contra Georgia durante la guerra de agosto de 2008 desde la perspectiva de las guerras híbridas de Frank Hoffman. Creo que hay ninguna literatura en español sobre casos reales de ciberguerra y bastante escasa sobre guerras híbridas. Además, es un tema de mi segundo libro sobre guerra distribuida. Y por eso de seguir “creando sinergias” espero terminar en paralelo un artículo sobre la ciberguerra rusa contra Estonia en 2007. Cuando tenga esos dos textos podré empezar a ensamblar el libro.

Wikileaks, la gimnasia, Stratfor y la magnesia

La edición digital del moribundo diario Público ha mostrado correos internos de la empresa Stratfor que miembros de Anonymous facilitaron a Wikileaks. Stratfor es una empresa de análisis estratégicos que ofrece sus servicios por suscripción. En su momento, cuando se anunció que Anonymous había obtenido acceso a los servidores de Stratfor, salió publicado el listado de clientes y se dijo que además había obtenido los datos de las tarjetas bancarias de los clientes.

Una “verdadera CIA en la sombra” que “se financia en gran parte con dinero público de los países occidentales” la ha llamado Público, cuando en realidad no es más que una empresa de análisis que tiene por clientes a entidades públicas, empresas privadas e individuos. Ridiculizan que Stratfor use fuentes abiertas, sin entender cómo funciona el mundo de la inteligencia. El tratamiento en las noticias de esta exclusiva para España (Wikileaks vuelve a actuar de cuello de botella de la información) es bastante sensacionalista. Otra vez mucho ruido y pocas nueces.