¿Tienen obligación los periodistas de entender de asuntos militares?

Hoy el diario barcelonés La Vanguardia mostraba el siguiente pie de foto.

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Lo que lleva ese soldado israelí en la mano es un proyectil de artilleria de 155mm. Algo que no tiene nada que ver con el sistema de misiles “Cúpula de Hierro”.  En la siguiente foto podemos ver una vista más amplia de una pieza de artillería autopropulsada M109 y los proyectiles de 155mm. cerca.

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El caso de La Vanguardia es un pie de foto erróneo que no tiene la más mínima importancia. Pero siempre que señalo este tipo de errores surge el debate si esa es la clase de cosas que un periodista debería saber o no. Sé que los conflictos armados son uno de los muchos fenómenos que se cubren en el área internacional y un periodista no tiene por qué identificar armas. Así que es un error disculpable excepto en esas ocasiones en que los periodistas parecen recrearse en sus crónicas en detalles técnicos y sólo consiguen demostrar su ignorancia. Recuerdo a Ángela Rodicio decir en Bosnia en los 90 en una crónica para TVE “los aviones de la OTAN vuelan alto para evitar los infrarrojos de los radares serbios”. Un disparate. En esa caso su petulancia me parece digna de ser criticada. ¿Pero qué pasa cuando el desconocimiento de lo que se está viendo cambia el sentido de la noticia?

La misma periodista, Ángela Rodicio, hizo una crónica desde Bagdad en 2003 delante de un vehículo blindado destrozado encima del que soldados iraquíes hacían gestos de victoria. Contó cómo aquel blindado estadounidense destruido era la prueba de la feroz resistencia que había opuesto el ejército iraquí a una incursión de una columna blindada estadounidense. Había un problema. Lo que mostraba a sus espaldas era un vehículo de combate de infantería BMP de diseño soviético y que formaba parte de los arsenales del ejército de Saddam Hussein. Se trataba de los restos destruidos en la primera “Thunder Run” de la 3ª División de Infantería, una incursión hecha para tantear las defensas iraquíes en la periferia de Bagdad. La conclusión que sacaron los estadounidenses es que las defensas eran débiles. Al día siguiente lanzaron otra incursión, las defensas iraquíes colapsaron y llegaron al centro de Bagdad, pero los espectadores de TVE que vieron aquella crónica de Ángela Rodicio se fueron a la cama pensando que se avecinaba una batalla larga y cruenta.

El otro día, el 28 de julio, me pasó algo parecido. Vi un rato las noticias de TVE y me encontré una crónica de Yolanda Álvarez desde la Franja de Gaza. Contó cómo un “cohete lanzado por un dron israelí” había impactado en medio de una calle y había provocado una carnicería. La afirmación me pareció extraña porque los drones armados no se emplean para lanzar cohetes (que no tienen sistema de guía), sino que disparan armas de precisión. En el caso israelí, el arma que disparan sus helicópteros y al parecer sus drones, es una versión avanzada del misil Spike conocida como Tammuz. En el siguiente vídeo podemos ver lo que aprecia en su pantalla el operador. Se trata de un disparo real en la Guerra del Líbano de 2006.

Lo que nos enseñó Yolanda Álvarez en aquella crónica no era el punto de impacto de un un misil o de una bomba. Parecía más bien el punto de impacto de un cohete con cabeza explosiva rompedora. Mostró además la fachada de una casa cercana en la que se veían impactos de metralla en el balcón.

Mi conclusión personal es que lo habíamos visto era el lugar donde había caído por error un cohete palestino que por alguna razón se desvió de su trayectoria o tuvo un fallo catastrófico al despegar.

Ese mismo día llegó la confirmación de mi sospecha. El periodista italiano Gabriele Barbati contó, una vez fuera de la Franja de Gaza, que se había tratado de un cohete palestino que falló.

Luego vino la salida de Yolanda Álvarez de la Franja de Gaza y la acusación por parte la Embajada de Israel en España de que actuaba como “correa de transmisión de los mensajes, cifras, imágenes y datos de Hamás”. Falta decir que la acusación ha servido para convertirla en una causa célebre entre los periodistas españoles, con comunicados y hashatags solidarios.

El asunto, me parece, es que informar desde la Franja de Gaza no es muy diferente de hacerlo desde Corea del Norte. Quien entra allí se pone en mano de grupos islamistas que dudo mucho que permitan el periodismo libre. Lo que vemos en los medios es lo que esos grupos permiten que se cuente. Luego queda que cada periodista según su ética profesional nos haga saber las condiciones en las que trabaja. Por ejemplo, Jon Sistiaga en sus crónicas desde Bagdad en 2003 contaba cómo su trabajo estaba sometido a la supervisión del régimen de Saddam Hussein.

Otro día me encontré lo siguiente. La denuncia de en Twitter de que Israel había “bombardeado” la oficina del corresponsal de EFE en Gaza.

#Israel ha bombardeado la oficina del corresponsal de #Efe en #Gaza, según cuenta él mismo.

No faltaron los tweets comentando el hecho con frases como. “El ataque a los medios es deliberado para que no se difunda el genocidio” o “No quieren testigos”. Le comenté a la periodista en cuyo Twitter había leído la noticia que aquello no parecía un lugar donde hubiera caído una bomba. Me contestó que se trataba de un proyectil de mortero. Entonces respondí:

Ahí lo que se ve es el efecto de una onda expansiva de algo que cayó cerca. No hay ni metralla, ni restos carbonizados.

El asunto no pasó de ahí. Me queda la duda de cuánta gente leyó nuestro intercambio. Posiblemente más de una persona se quedó con su primer tweet y la foto, convencidos de que Israel había atacado de forma deliberada la oficina del corresponsal de una agencia de noticias española en la Franja de Gaza.  Y por último, hoy, leí otra denuncia contra Israel de Isabel Pérez, corresponsal española del canal iraní HispánTV y de varios medios españoles en la Franja de Gaza.

La foto muestra varios proyectiles de 120mm. para cañón de carro de combate. A la izquierda se aprecian, inconfundibles, dos proyectiles anticarro APFSDS (Armour-piercing fin-stabilized discarding-sabot). Lo compone un núcleo perforante, generalmente de tungsteno, con aletas y envuelto en una cubierta que se desprende tan pronto sale del cañón. Se emplea contra otros carros de combate. Detrás se ve lo que parece un proyectil con cabeza HE (High Explosive). Y a la derecha, otro proyectil anticarro HEAT (High Explosive Anti Tank), también conocido en español como de “cabeza hueca”. Ninguna es un arma prohibida por las convenciones internacionales y en tres de los casos son armas anticarro, por lo que es altamente improbable que hayan sido empleadas por Israel en “Margen Protector”.

En ningún caso, la foto que Isabel Pérez muestra tiene nada que ver con lo habla. A lo que ella se refiere es al posible uso por parte de Israel de proyectiles antipersonal que usan una especie de flechas metálicas (flechettes) como metralla. Y por otro lado habla de Explosivos de Metal Inerte Denso (DIME en sus siglas en inglés). Por dos veces, en las operaciones israelíes “Plomo Fundido” y “Margen Protector” un activista noruego ha acusado a Israel de usar proyectiles DIME. Se trata de Mads Gilbert, un doctor en cuyo currículum destaca justificar los atentados del 11-S.

Curiosamente tanto en 2009 como en 2014, Mads Gilbert salió en la prensa anunciado haber encontrado pruebas del empleo por parte de Israel de “un nuevo tipo de arma” que presuntamente serían proyectiles DIME. La única fuente en los medios es su testimonio. Que en la segunda ocasión haya anunciado el mismo nuevo descubrimiento parece buscar un titular efectista. Y efectivamente, podemos leer que según Gilbert se trata de armas lanzadas desde drones queal estallar en el suelo desprenden tanta energía que amputan la parte inferior del cuerpo y causan graves quemaduras”. Una descripción para un arma de ciencia ficción que emplea la palabra mágica: “Drones”, aviones sin piloto. Y es que hoy en día, no hay noticia conmovedora sin la aparición de drones, las máquinas que representan el mal absoluto en el siglo XXI. Como en aquella crónica de Yolanda Álvarez, la nueva heroína del periodismo español. 

Y esto, señores, es el periodismo que se hace en España. Q.E.D.

 

“El ensayo en la literatura canaria” de José María Lizundia

Inspirado en la iniciativa de Bianka Hajdu, este año estoy tomando nota de los libros (en papel y en formato electrónico) que por un lado estoy incorporando a mi biblioteca y por otro lado estoy leyendo. Llevar ambas listas es una forma de recordarme las lecturas pendientes que voy acumulando y frenarme de comprar para almacenar, algo que hago demasiado a menudo. EL ENSAYO EN LA LITERATURA CANARIA imagenUn repaso a lo que compro y leo refleja que rara vez me aparto de los temas de este blog y apenas leo ficción. Una de las pocas excepciones este año ha sido El ensayo en la literatura canaria (y presente socioliterario) de José María Lizundia. Encontré el hueco para leerlo esta semana y lo menciono aquí porque me hizo pensar sobre uno de los temas que traté aquí en “Mediocristán, una cierta visión de España”. Yo hablaba de la mediocridad reinante en España en ciertas áreas intelectuales y en el libro, José María Lizundia nos recuerda como España y Canarias albergaron una generación de pensadores notables (Ortega y Gasset, Marañón, Unamuno…) que floreció antes de la Guerra Civil.  En Canarias destaca las figuras que congregó La Gaceta del Arte (1923-1936) y que convirtieron a Tenerife en un lugar de referencia para el surrealismo. Hablamos de figuras como Eduardo WesterdahlDomingo Pérez Minik y Pedro García Cabrera. A la Exposición Surrealista organizada por la revista en 1935 acudió el mismísimo André Breton. Que Canarias estuviera en primera fila mundial en el ámbito cultural e intelectual en el período de entreguerras dice mucho de cómo se pueden llegar a superar las barreras del aislamiento geográfico. De hecho, en el libro se plantea el dilema primordial para todos los que vivimos en unas islas lejos de la metrópolis: Entender el océano como una barrera que aisla y apega al territorio o un horizonte que transcender. Lo primero ya fue uno de los temas de libro anterior de José María Lizundia, Canarias, diversos nacionalismos (Una visión comparada) de 2010, para volver a aparecer aquí: Cómo el apego al territorio y al paisaje se convierte en Canarias en seña de identidad por encima de la construcción de mitos históricos a la que se dedica todo nacionalismo. O cómo en El ensayo en la literatura canaria queda resumido, optar por la geografía o la historia. La opción por la geografía resuelve un segundo dilema. La fascinación por el territorio en Canarias, algo en lo que participo hasta yo, deriva en apego a la tradición y el inmovilismo frente al espíritu emprendedor y práctico del que opta por el océano como espacio para la exploración, el flujo de ideas y el comercio. Precisamente la semana pasada, en su estrenada etapa como colaborador del diario El Díael propio José María Lizundia nos explicaba cómo en Canarias se ha optado por la primera opción. Curiosamente la dicotomía entre lo telúrico y lo océanico es un tema central del ideólogo del nuevo chovinismo ruso, Alexandr Dugin, para quien las principales fuerzas en choque en este mundo son la modernidad cosmopolita occidental, con su individualismo y sus democracias liberales,representada por el eje anglo-estadounidense, frente a Rusia como defensora de la Tradición, la mitología nacionalista y el colectivismo. Pero de Dugin y el nuevo imperialismo ruso ya habrá tiempo de hablar aquí.

Un personaje con el que José María Lizundia cierra su cartografía del panorama intelectual canario es Juan Manuel García Ramos, profesor de Literatura Hispanoaméricana en la Universidad de La Laguna y presidente del Partido Nacionalista Canario. A García Ramos se le debe un intento de construcción nacionalista de la identidad canaria por una vía diferente a la habitual de los independentistas, que durante años intentaron sin éxito convencer a los canarios que eran africanos pendientes de descolonización. García Ramos propone entender Canarias como territorio atlántico vinculado con América. Pero como señala José María Lizundia, la atlanticidad se trata de un proyecto nacionalista construido sobre la geografía y no sobre una comunidad imaginada. Los canarios se sienten vinculados de alguna forma con Cuba y Venezuela, pero es dudoso que en Martinica y Puerto Rico se sientan parte de algo común con Canarias. La idea del gran espacio atlántico no es mala. De hecho la UE ha  impulsado un proyecto de reflexión, Atlantic Future, que paradójicamente impulsa el CIDOB en Barcelona (aquí un monográfico de su revista y aquí la introducción). Las universidades canarias no están ni se les espera, mira tú por dónde.

Mediocristán, una cierta visión de España

¡F-15I isralíes bombardean Teherán! En marzo de 2012, cuando por ahí decían que se avecinaba el ataque israelí a Irán (yo decía en cambio que no iba a producirse), Masha Gabriel se tomó la molestia de recopilar los vaticinios en la prensa sobre la fecha del dichoso ataque. Mi favorito es sin duda el que hizo en El País quien es su director adjunto, el sin par Lluis Bassets. Dice así:

“Será en verano, época guerrera por excelencia. En mitad de la campaña presidencial, con Obama y Romney enzarzados en la pelea decisiva. Un tiempo de transición, por tanto, en el que se abren las ventanas a iniciativas inusuales. Todo será muy rápido, con bombardeos de precisión realizados por aviones no tripulados. Después vendrá la respuesta, que puede convertirse en guerra. Cuando todo termine, nada será como antes.”

Me temo que hay que entender de estos temas para calibrar el disparate mayúsculo.  Pero claro, yo jugaba con ventaja. Elaboré en su momento un texto sobre las dificultades de un ataque aéreo israelí contra el programa nuclear iraní y me estuve documentando sobre temas como las bombas anti-búnker o las defensas antiaéreas iraníes. Sabía que lo de aviones sin piloto israelíes era un despropósito. Así que, claro, el primer requisito para calibrar a un analista o periodista es tener alguna idea del tema. Eso explica los comentarios laudatorios al reciente análisis de cierto periodista lleno de errores y profundamente tendencioso: “un análisis, claro, conciso e informativo”, “un análisis responsable y lúcido”,  “un oasis en medio del desierto de la desinformación”, “brins de llum entre les tenebres”, “la última esperanza de la prensa española”, etc. 

Desde hace ya tiempo manejo muy pocas fuentes en español. El recuento de fuentes RSS y boletines por correo electrónico que recibo daría un porcentaje extranjero. Poco más de un tercio de las decenas de libros que he comprado este año son de autores españoles. No cabe más que preguntarse, ¿dónde están los Steve Coll, Yaroslav Trofimov, Ronen Bergman, Lawrence Wright, Robert D. Kaplan, Edward Lucas, Misha Glenny y Mark Bowden españoles?

La reinante mediocridad en España a la hora de abordar los temas internacionales es un tema recurrente en mis conversaciones desde hace tiempo. Yo, como con las razones de la crisis, me niego a atribuirlo a razones ahistóricas. “España es así, señora”. Creo que en algún momento ya di alguna clave suelta de por qué. Hoy recopilo unas cuantas.

Hasta el otro día, España era un país subdesarrollado.
Recuerdo mi sorpresa al encontrar que España no aparecía en la lista de países industrializados que los Toffler manejaban en La Tercera Ola, publicado en 1980. Luego caí en la cuenta que, según manejos los criterios de la OCDE o el Banco Mundial, España se convirtió en un país desarrollado entre finales de los años 70 y finales de los años 80. No hace falta estadísticas para constatarlo. Cuando yo veraneaba en casa de mis abuelos en la Canarias rural de principios de los años 80 no había agua corriente. Nos bañábamos con agua calentada con leña en un caldero tiznado enorme e íbamos a cagar no muy lejos de la casa. Yo era un niño urbano que veía todo aquello como algo peculiar y ahora lo recuerdo como una curiosidad.

Si consideramos el desarrollo humano en el contexto del subdesarrollo español de los setenta, hemos de imaginar las bajas tasas de población con formación universitaria y los recursos limitados de universidades y centros de investigación. Pocas personas de la generación de mis padres fueron a la universidad. Pero quizás no haya que ir muy lejos en el tiempo para comprender el alcance del fenómeno. Según estadísticas recientes, sólo un 16,7% de la población mayor de 15 años en Extremadura contaba con estudios superiores (Formación Profesional y Universidad). En Baleares era el 17,5% y en Andalucía el 17,7%. Pensemos entonces en el talento desperdiciado de cuantas personas en otras circunstancias pudieron haber llegado más lejos en sus estudios y aportar más a la vida intelectual española. Y ahora pensemos en todas las personas que llegaron a la universidad en aquella década y que se convirtieron en esa generación tapón que ha copado el mundo intelectual y de la cultura en España. No necesariamente fueron los mejores. Eran lo que las circunstancias les colocó allí.

Falta de tradición académica
Yo fui estudiante de la primera promoción de Sociología en la Universidad de La Laguna. Mi primer día de universidad tuvo lugar el 6 de octubre de 1999. Había pasado menos de un cuarto de siglo de la muerte de Franco, fecha tras la que fue posible crear en España las facultades de Sociología (cátedras y departamentos son anteriores). Seguro que en universidades de Madrid y Barcelona estaban por aquel entonces en 1999 dando todavía clase profesores con los que arrancaron los estudios de Sociología en España. La tradición académica era, por tanto, poca.

Si hablamos de Relaciones Internacionales, tenemos que avanzar hasta el Proceso de Bolonia para asistir al nacimiento en España del Grado en Relaciones Internacionales. Yo tuve la oportunidad de dar una charla a una de las promociones pioneras en la Universidad Europa de Madrid en diciembre de 2011 que se graduó estos días. Es decir, estamos hablando de que hasta llegado el siglo XXI no hubo en España facultades de Relaciones Internacionales. Hasta entonces los expertos en España provenían del perfil de especialización en el segundo ciclo de Ciencia Política o si acaso del mundo del Derecho Internacional Público. Imaginen la predisposición mental de quienes estudiaron asignaturas como sistemas electorales y derecho constitucional para atisbar la irrupción de actores no estatales en el panorama global.

Tampoco existen los estudios regionales en España, a excepción de la licenciatura de segundo grado en estudios de Asia Oriental que impartían la UAM y la UOC (desconozco qué transformación ha sufrido tras el Proceso de Bolonia). Así que imaginemos el panorama de alguien que quisiera en España especializarse en Oriente Medio o Rusia. Es raro encontrar en España instituciones como el Harvard Ukrainian Research Institute o el Weatherhead East Asian Institute de la Universidad de Columbia. Un detalle comparativo. La Universidad de La Laguna ofrece un máster en estudios africanos. Creo que mi biblioteca personal tiene más libros sobre África que la biblioteca central del Campus de Guajara (puede que en centímetros de estantería me gane la ULL por el espacio que ocupan los tochazos de la Historia General de África dirigida por Joseph Ki-Zerbo).

Reciente internacionalización de las empresas
Si uno repasa la lista de países usuarios del avión de transporte CASA C-212, encuentra fuerzas aéreas y servicios gubernamentales en América, África, Europa, Oriente Medio y Sudeste Asiático. Hay otros ejemplos de los años 80 como los camiones Pegaso y los trenes Talgo. Así que no se puede decir que antes de la entrada de España en la Unión Europea no hubiera ejecutivos españoles por el mundo para vender sus productos. Pero la realidad es que hasta el proceso de concentración en dos grandes bancos y las privatizaciones de Repsol y Telefónica allá por los noventa no se vieron grandes empresas españoles saliendo al mundo con intención de consolidarse en mercados extranjeros. El Grupo Inditex salió de España a finales de los años 80. Mango abrió su primera tienda fuera de España en 1992.

Ser un país con empresas que compiten por el extranjero cambia la manera de ver el mundo. Fomenta los estudios de Geoeconomía, las publicaciones periódicas, los eventos e impulsa la demanda de profesionales cualificados que hablen idiomas. Más empresas internacionalizadas significa más interés por lo que pasa en el mundo y por tanto más capital privado dispuestos a invertir en cátedras de estudios internacionales o think-tanks. La venta a capital extranjero de grandes empresas españolas en problemas por la crisis significa que las grandes decisiones se tomarán fuera de España y que habrá menos demanda de análisis y reflexión.

Endogamia en la universidad y en el Ministerio de Asuntos Exteriores
Por tema harto conocido no merece la pena entrar en él. Más divertido es hacer un repaso a los listados históricos de nombres y apellidos de los altos cargos del Ministerio de Asuntos Exteriores. Encontramos mucho de lo que el humorista argentino Enrique Pinti definía en un términos criollos como “soretes de cuádruple apellido”. Alguno estará tentado de correr a apuntar el dato que a la carrera diplomática se accede por oposiciones públicas donde se valora la capacidad de los candidatos. Pero todos sabemos que el primer obstáculo es contar con el dinero para pagarse un “preparador” y que dada la tasa de éxito de los que se presentan por primera vez es una carrera de fondo en la que es mejor contar con la manutención paterna para convertirse en opositor 24/7.

El maldito “inglés nivel medio”.
Brs8WtACcAIM72IEn España se habla fatal el inglés y lo que es peor, se lo lee con dificultad. Si es posible todavía considerarse una persona culta y dedicarse a unos cuantos campos intelectuales o académicos sin saber inglés, es imposible dedicarse a informar o analizar la realidad internacional sin saber inglés con la soltura para leer ladrillos de centenares de páginas. Tomemos un tema que ha ocupado bastante mi tiempo en la primera mitad de 2014: Rusia. Alguien que quisiera abordar la realidad de la Rusia post-soviética contando con libros publicados en español se encontraría con poco más de la obra de la rusa Anna Politkovskaya y los españoles Carlos Taibo y Rafael Poch. No tendría acceso a ninguno de los libros de los periodistas Edward Lucas (The Economist) y Luke Harding (The Guardian), que dan buena cuenta de la “vertical de poder” de Putin. Alguien que no lea inglés se perderá los libros de la periodista y activista Masha Gessen sobre Putin y el caso contra Pussy Riot. El libro sobre este último tema le dará una buena idea del funcionamiento del sistema judicial ruso. Y alguien que no lea inglés tampoco podrá leer lo que cuenta Marshall Goldman sobre la industria petrolera rusa.

Creo que quedaría hablar de los sesgos ideológicos. Pero eso me recuerdo que tengo pendiente la segunda parte de “Cómo acabar con la Geopolítica de una vez por todas”.

“Rusia frente a Ucrania” de Carlos Taibo

Cuenta Carlos Taibo que estaba preparando un libro sobre Rusia cuando contactó con él la editorial para apremiarle a publicar un libro sobre Ucrania. Recordemos que es autor de, entre otros, La Rusia de Yeltsin (1995), La explosión soviética (2000), Rusia en la era de Putin (2006) e Historia de la Unión Soviética: 1917-1991 (2010) junto con libros sobre la transición del comunismo en la Europa del Este y libros sobre los conflictos de Chechenia y Kosovo. Carlos Taibo ocupaba en España en el desolado panorama de los expertos académicas sobre un área geográfica el solitario puesto de experto en Rusia. Se queja en la introducción del libro que ya no lo llaman de la prensa para colaborar con artículos de análisis pero una revisión de su obra escrita nos permite constatar que desde aproximadamente el año 2000 se dedicó a otros temas:

¿Por qué el decrecimiento?: Un ensayo en la antesala del colapso (2014), En Defensa De La Consulta Soberanista En Cataluña (2014), Repensar la anarquía: Acción directa, autogestión y autonomía (2013), Libertarios (2013), De La burbuja inmobiliaria al decrecimiento. Causas, efectos y perspectivas de la crisis (2013), Crítica de la Unión Europea: Argumentos para la izquierda que resiste (2013), España, un gran país: Transición, milagro y quiebra (2012), Que no se apague la luz: Un diario de campo del 15-M (2012), ¡Espabilemos!: Argumentos desde el 15-M (2012), Nada será como antes (2011), 15-M en sesenta preguntas (2011), Decrecimiento explicado con sencillez (2011), Estado de alarma (2011), Su crisis y la nuestra (2010), Decrecimientos (2010), Contra Los Tertulianos (2010), Decrecimiento, crisis, capitalismo (2010), En defensa del Decrecimiento (2010), 150 preguntas sobre el nuevo desorden (2008), Nacionalismo español (2007), Neoliberales, Neoconservadores, Aznarianos (2008), Movimientos antiglobalización (2007), Rapiña global : una introducción a la política internaciónal contemporánea (2006), Movimientos de resistencia: Frente a la globalización capitalista (2005), No es lo que nos cuentan: Una crítica a la Unión Europea realmente existente (2004), ¿Hacia dónde nos lleva EE.UU.? (2004), Globalización neoliberal y hegemonía de Estados Unidos (2003), etc.

Como vemos, estamos ante una especie de César Vidal de la izquierda (16 libros publicados entre 2010 y 2014) que según pasaron los años de la década pasada fue haciendo una trasnsición temática de asuntos internacionales a cuestiones como el 15-M, el Decrecimiento, el anarquismo o la situación de España. Así que no tenía muchas expectativas puestas en Rusia frente a Ucrania: Imperios, pueblos, energía. Tampoco me generó mucha esperanza que en la contraportada aparece que el libro aporta “una reflexión crítica sobre el papel [...] corresponde a Estados Unidos y a la Unión Europea”, convirtiendo una vez más a Rusia en el elefante en la habitación. Sin embargo el autor no muestra reparos a al hora de catalogar al régimen ruso y su papel en la crisis, que se convierte en una parte importante del análisis. Así, el libro dedica mucho mas espacio a las relaciones de Ucrania y Rusia tratando, apenas el papel de Estados Unidos y la Unión Europea. ¿Entonces a qué viene esa frase en la contraportada? ¿Un requisito imprescindible para vender en la España de 2014? El libro no es desde luego el libro definitivo sobre la crisis de Ucrania. Creo que aporta más sobre los antecedentes, al fin y al cabo el autor confiesa que es un reciclaje de materiales preparados para otro libro, que sobre el contexto mismo de la crisis, que quedó explicado por Andrés Rodríguez en “Ucrania, algo más que gas”.

Tres años sin Jorge Aspizua

El 7 de junio de 2011 falleció Jorge Aspizua, el autor de La Harka de Aspizua. Jorge era ante todo para mí un amigo. Nos conocimos porque compartíamos intereses comunes y luego descubrimos que compartíamos una cierta forma de ver la vida. Creo que esto último es lo que más me hace echarle de menos.

La primera vez que me invitó a su oficina, descubrí que nuestras bibliotecas y hasta nuestras colecciones de música se parecían. Creo que fue aquel día cuando nos hicimos de verdad amigos, bebiendo juntos y escuchando a Yehudi Menuhin y Ravi Shankar.

Jorge le daba mucha importancia a la historia militar mientras yo estaba volcado en el futuro de la guerra. Con su blog y hablando con él aprendí a no reinventar la rueda, buscando en el pasado antecedentes, lecciones aprendidas y analogías que proyectaran luz sobre el presente. Jorge siempre enriquecía mi análisis de las cosas. Me pregunto a menudo “y de todo esto, ¿qué hubiera opinado Jorge?”. Otras veces, ante las cosas que pasan en España, pienso que Jorge tuvo la suerte de no pasar la vergüenza de verlas. Pero estoy seguro que habría merecido la pena escuchar su análisis de la actual crisis de Ucrania.

Se fue Pedro y se fue Jorge. Yo les echo bastante de menos.

“Viaje al negro resplandor de Azerbaiyán” de Marta Arias y Bárbara Ayuso

Azerbaiyán es un país que llamó mi atención leyendo The Oil Road de James Marriott y Mika Minio-Paluello. Los autores relataban de un país donde la democracia es pura fachada, como en Rusia, pero al tratarse de un socio comercial de Occidente el asunto no genera aquí ninguna controversia. Tras la caída de la Unión Soviética, British Petroleum logró el “contrato del siglo”, encargándose de la explotación del petróleo off-shore en las aguas azeríes del Mar Caspio. En nombre de la Responsabilidad Social Corporativa y los buenos propósitos, British Petroleum contaba en el país con programas de fortalecimiento de la sociedad civil pero los autores de The Oil Road se encontraban con directivos y técnicos de las ONGs extranjeras en Azerbaiyán que parecían participar de la farsa general. Ya vimos en Las revoluciones de colores de Carlos González Villa que las revoluciones populares en los países ex-soviéticos pasaron de largo en los países con gobiernos aliados de Occidente.
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Viaje al negro resplandor de Azerbaiyán es un libro en formato electrónico de las periodistas españolas Bárbara Ayuso y Marta Arias que se une a esa esperanzadora tendencia de libros-reportajes publicados por periodistas en canales de distribución no convencionales, como Un Estado y medio de Jordi Pérez Colomé  o Siria, más allá de Bab Al-Salam coordinado por Antonio Pampliega. Digo “esperanzador” porque aunque es un fenómeno que tiene mucho que ver con la crisis (y la “crisis del periodismo“), nos permite a los lectores acceder a libros que de otra forma no hubieran salido al mercado. Las propias autoras arrancan señalando que el español medio apenas podría relacionar Azerbaiyán con el Festival de Eurovisión de 2012 o el patrocinio del Atlético de Madrid. Y así llega a nuestras manos un libro sobre un país poco conocido.

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Viaje al negro resplandor de Azerbaiyán es la crónica de un viaje de diez días a Bakú, la capital del país. Una ciudad que aspira a ser la “Dubai del Cáucaso” con sus rascacielos de cristal y proyectos faraónicos firmados por grandes estrellas de la arquitectura global. Allí aterrizan las dos periodistas camufladas como turistas para no tener problemas con las autoridades. El grueso del libro lo forman el conjunto de encuentros con periodistas y activistas azeríes a través de cuyo relato y las propias observaciones de las autoras vamos conociendo la realidad del país. Las autoras se entrevistan a la periodista Shala Sultanova, el intelectual Emin Milli, el reportero gráfico Mehman Huseynov, el abogado Anar Gasimili, el periodista Idrak Abbassov, el director de periódico Rahim Hajiyev y a los creadores de Sing For Democracy, Fuad Hasanov y Rasul Jafarov, que precisamente aprovecharon Eurovisión para tratar que el resto de Europa conociera la situación del país. Conocemos así el reverso del desarrollismo azerí, donde el avance de la edificación supone el desalojo de los habitantes de las casas que se interponen en el camino, donde a los disidentes se les persigue acusándolos de delitos comunes, donde las agresiones a los periodistas incómodos lo hacen turbas o guardias de seguridad… Se mantiene así la apariencia de democracia y libertad, ya que el gobierno acalla las voces de una forma indirecta. Me pareció interesante encontrar otra vez referencias al uso de los medios sociales en Internet por parte del gobierno para vigilar e identificar a los disidentes, lo que nos debería llevar a reflexionar seriamente sobre la necesidad de alternativas (confieso que todavía no he encontrado tiempo para leer a Morozov).

Llegados aquí tengo que señalar que el libro sufre adolece para mí de ese mal del periodismo español del que no he parado de quejarme, el periodismo que busca el reportaje del lado humano de la historia a la búsqueda del testimonio personal conmovedor y que por todo ello renuncia a proporcionar contexto. Cuando se habla de Azerbaiyán lo primero que viene a la mente son los hidrocarburos, que precisamente le proporcionan al país su lugar en el contexto internacional. El petróleo de Azerbaiyán es explotado por un consorcio liderado por la británica BP y llega a los mercados europeos vía los petroleros que cargan en la terminal final del oleoducto BTC, que atraviesa Azerbaiyán, Georgia y Turquía. Hablar de las violaciones a los derechos humanos y la falta de democracia en Azerbaiyán cobra otro sentido cuando entendemos que es una realidad generalmente desconocida porque los azeríes son víctimas de la Realpolitik occidental. Su destino hubiera sido otro de luchar contra un gobierno sin amigos en lugares como Londres. (Haciendo justicia, el asunto aparece en el artículo “Azerbaiyán, una democracia de cartón piedra que se sueña Dubai del Cáucaso” publicado por las autoras en FronteraD)

 

Que alguien me corrija, pero en Viaje al negro resplandor de Azerbaiyán sólo se menciona un libro, La vuelta a Europa en avión de Chaves Nogales, publicado originalmente en Madrid en 1929. Se menciona también un informe,  A Portrait of Deception. Monitoring Azerbaijan or Why Pedro Agramunt should resign, comentado en una entrada de blog que también se menciona, “La diplomacia del caviar”. No defiendo caer en el desaforado historicismo del Robert D. Kaplan de los noventa pero me gusta su método de trabajo, que hubiera evitado algún desliz como los que se cuelan en Viaje al negro resplandor de Azerbaiyán. A su llegada a Bakú, las autoras mencionan la presencia de “un inmenso árbol de Navidad” en Fountain Square para más adelante hablar del “ambiente de occidentalismo prefabricado que se respira en todos los rincones de la capital”. Y tan prefabricado. Azerbaiyán es un país musulmán (95% de la población, según la Wikipedia). En otro lugar se habla del “aroma artificial de las cosas a las que acaban de quitarle el celofán” y se enumera a los edificios art decó dentro de los elementos que forman “un inmenso escaparate del cosmopolitismo construido ayer”. Pero resulta que Bakú vivió hace más de un siglo su primer boom petrolero, durante aquella primera globalización que duró de 1873 a 1914. Por allí estuvo un tal Alfred Nobel, un químico sueco que montó una empresa petrolera con sus hermanos y con cuyos beneficios contribuyó a pagar unos premios que creó con su nombre. La riqueza creada en aquel boom petrolero se plasmó en casas elegantes y grandes mansiones, como la Villa Petrolea de los hermanos Nobel. Estos dos ejemplos son evidentemente asuntos menores pero, considerando que Azerbaiyán tiene un papel importante en la geopolítica del Cáucaso, creo que un poco más de contexto habría aportado bastante al resultado final. Dicho lo cual, hay que celebrar la aparición de una obra así, que trata temas que aborda la realidad de un país que rara vez sale en los medios de comunicación españoles. Es un ejemplo de que se pueden abordar nuevos temas evitando el cuello de botella de la redacciones y sus servidumbres. Y sobre todo, me quedo con ganas de más reportajes como este.

 

 

Tríptico ruso

En el último mes he leído tres libros sobre la Rusia de Putin. Churchill dijo de Rusia que es un “acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma” y mis lecturas me han hecho pensar que se sabe muy poco sobre la realidad de la Rusia actual a pesar de lo mucho que se ha hablado de Rusia en los medios últimamente.

Todo comenzó de casualidad. Un colega me puso en la pista de un libro sobre el colectivo  artístico Pussy Riot porque sabía que llevaba tiempo prestándole atención, en especial al paso por prisión de tres de sus miembros. Ese libro es Word Will Brake Cement: The Passion of Pussy Riot de la periodista y activista LGBT Masha Gessen. El libro recoge la historia del grupo, el proceso judicial al que fueron sometidas tres de sus miembros y su paso por “colonias penales” en Siberia donde las prisioneras son empleadas como mano de obra esclava en condiciones inhumanas. Lo primero que me llamó la atención al conocer el asunto de la detención, juicio y encarcelación es la absoluta falta de garantías procesales en Rusia. El sistema judicial ruso queda representado como una pura farsa donde jueces, fiscales y abogados muestran bastante falta de profesionalidad. En el fondo porque todos saben que participan de una farsa y las sentencias están decididas ya antes del juicio. El asunto apareció de nuevo en el tercer libro que leí sobre Rusia. Y esa sorpresa por descubrir una faceta de la realidad rusa que sale poco en los medios es lo que me llevó a seguir leyendo sobre el país. Pero quizás lo que terminé por encontrar más interesante en el libro no fue la historia del grupo Pussy Riot en sí, sino el retrato de la Rusia contemporánea que en el libro sirve de mero contexto. Las ideas del grupo no son nada revolucionarias desde una perspectiva occidental pero en Rusia resultaron subversivas por tratarse de un país terriblemente machista y conservador. Al ser la Unión Soviética un régimen dictatorial no afloraron en ella los movimientos sociales que conocimos en Occidente durante la Guerra Fría. El feminismo y la revolución sexual pasaron de largo en Rusia. Además, con la condena de los “valores burgueses” conceptos como el de la paternidad responsable se esfumaron (como en Cuba). El relato sobre la infancia y educación de los miembros del grupo coincide en progenitores ausentes y crianza en manos de las abuelas. Ahí encontré una brecha fundamental con Occidente, los valores. Si añadimos el actual peso de la iglesia Ortodoxa, cuyo alianza política con Putin precisamente Pussy Riot pretendía criticar, podemos señalar que existe una gran brecha de valores con Occidente.

El arzobispo de Novgorod y Arzamas en la "Colonia Correcional nº2"

El arzobispo de Novgorod y Arzamás en la “Colonia Correcional nº2″.

Llegué al segundo libro por casualidad, saltando de resultado en resultado de un búsqueda en Amazon. Creo que el libro apareció como una recomendación tras haber estado husmeando libros sobre Rusia. Su autor es Marcel H. Van Herpen, director del think-tank pro-atlantista The Cicero Foundation. Esta afiliación me hizo leer el libro con ciertas precauciones. Hay asuntos que el autor aborda que me dejaron dudas sobre la consistencia de datos y afirmaciones, pero el libro es rico en nota y referencias. La tesis de Putin’s Wars: The Rise of Russia’s New Imperialism es que no se puede entender la historia de Rusia sin entender sus aspiraciones imperiales y que Putin ha construido un régimen autoritario y expansionista. Encontré interesante la idea de que al contrario de los países de Europa Occidental, en Rusia no hubo construcción del Estado al final de la Edad Media antes de la construcción de un imperio. Sino que en Rusia, construcción del Estado e Imperio fueron siempre de la mano, siendo una vía de legitimación del poder de turno. Un gran número de los ciudadanos rusos actuales son descendientes no de ciudadanos rusos sino de antiguos súbditos imperiales. Otra idea interesante del autor, y que comparto porque llegué en su momento a conclusiones parecidas, es que podemos establecer una continuidad entre los designios imperiales de la Rusia zarista y la Unión Soviética. Los años noventa habría que entenderlos entonces como un paréntesis de debilidad e impotencia en la historia de Rusia hasta la llegada de Putin, que retoma el proyecto imperial ruso. Así que sería impropio hablar de “regreso a los tiempos de la Guerra Fría” cuando de lo que se trata de es la recuperación de una continuidad histórica.

Llegamos entonces a la descripción del sistema político ruso bajo Putin. Al igual que en el libro de Masha Gessen se nos cuenta de los pucherazos electorales en Rusia. Pero más interesante me pareció el falso sistema multipartidista, donde un partido mayoritario sirve de plataforma electoral del presidente y los partidos tolerados ejercen de “leal oposición” apoyando sin fisuras al gobierno. Hablamos del Partido Comunista y del Partido Democrático Liberal, que más que comunista y liberal son ultranacionalistas. Otro tema interesante es las agrupaciones que Putin ha potenciado como plataforma de apoyo electoral. Primero fue la asociación juvenil “Nashi”, con sus campamentos de verano y su acoso por la calle a diplomáticos extranjeros. Pero aquellos “veranos del amor” a orillas de un lago provocaron demasiado quejas de los padres y entonces el gobierno ruso puso su atención en los cosacos, que han creado su propio partido político y cuentan con una oficina presidencial por lo que sus milicias responden directamente ante Putin. Por último el libro analiza las guerras de Chechenia y Osetia del Sur. Hace un repaso bastante aterrador de las atrocidades rusas en Chechenia. Basta recordar el título de dos libros de Anna Politkovskaya: Una guerra sucia y Terror en Chechenia. (Tampoco está de más recordar su asesinato el día del cumpleaños de Putin).

La tesis del autor de que el designio de Rusia es ampliar su territorio y su área de influencia, con Ucrania como objetivo de especial interés, cobra relevancia tras los recientes acontecimientos en Crimea. No en vano The Cicero Foundation afirma que es el libro que predijo la agresión rusa contra Ucrania”. 

Nadezhda Tolokonnikova, Maria Alekhina

Un cosaco golpeando a una miembro de Pussy Riot con su “nagayka” durante los Juegos Olímpicos de Sochi. Cosacos uniformados auxiliaron a la policía durante los Juegos y aparecieron en Crimea tras la invasión rusa.

El tercer libro que leí es obra del que fuera ente 2007 y 2011 corresponsal en Moscú del diario británico The Guardian, Luke Harding. Mafia State: How One Reporter Became an Enemy of the Brutal New Russia se estructura en capítulos que describen aspectos diferentes de la sociedad rusa o acontecimientos  que Harding cubrió en aquel tiempo. El hilo conductor es el acoso al que se ve sometido desde su llegada por parte del FSB, el sucesor del KGB, lo que refleja bastante el estado de cosas del país. mafia-state-how-one-reporter-became-an-enemy-of-the-brutal-new-russiaHarding se encuentra con que su correo electrónico es manipulado, su correo postal desaparece y que intrusos entran en su casa de forma repetida sin más propósito que cambiar objetos de lugar para dejar así un “mensaje”. En la Rusia de Putin los periodistas y activistas por los Derechos Humanos son acosados por el gobierno y en demasiadas ocasiones sufren ataques o incluso son asesinados a plena luz del día sin que el crimen llegue nunca a resolverse. Como en la cita de Churchill, Rusia aparece como un misterio y asuntos como el funcionamiento interno del régimen oligárquico resultan impenetrables. Harding se encuentra que nadie sabe responderle a ciencia cierta quién estaba verdaderamente al mando de Rusia en el período 2008-2012 mientras Dmitry Medvedev fue presidente de Rusia y Putin primer ministro.

Como se trató en los libros anteriores, instituciones claves en una democracia como partidos políticos libres o una justicia independiente resultan una farsa. Rusia es un régimen autoritario donde el aparato de poder del Estado está al servicio de una oligarquía cleptocrática. A los magnates a la sombra del gobierno se les permite seguir con su enriquecimiento ilícito mientras no cuestionen la “vertical de poder” construida por Putin. El régimen aplica la máxima “para mis amigos todo, contra los enemigos ¡el peso de la ley!”. Leyes contradictorias y una burocracia kafkiana colocan a todo el mundo fuera de la ley por simple incapacidad de cumplirla. Cuando las autoridades rusas quieren deshacerse de un enemigo sólo tiene que apelar a un tecnicismo legal (véase el caso de la petrolera Yukos en Oilopoly: Putin, Power and the Rise of the New Russia). Así Harding se encuentra con que la renovación de su permiso de residencia en Rusia pende de un hilo. Sus crónicas sobre la corrupción, el enriquecimiento de Putin y las violaciones de los derechos humanos le coloca en una posición insostenible y finalmente debe abandonar el país. Pero el asunto le lleva a una reflexión interesante. Sabiendo que su continuidad en el país depende de crónicas favorables sobre el gobierno, Harding señala lo extendido que está en el cuerpo de corresponsales extranjeros la práctica de un periodismo benevolente con el gobierno ruso. Pone de ejemplo sangrante a la BBC. Y eso supone en cierta forma una buena explicación de por qué una descripción tan inquietante y desoladora de la realidad rusa que se repite en los tres libros resulte novedosa.

Activistas LGBT tras ser agredidos en una manifestación autorizada en San Peterburgo.

Activistas LGBT tras ser agredidos por turbas homófobas en una manifestación autorizada en San Peterburgo en junio de 2013.

La imagen que uno descubre de Rusia en estos libros contrasta con los argumentos de muchos tertulianos y columnistas que en estos días hablaba de Rusia como un país con un gobierno razonable llevado a una situación insostenible por la perfidia occidental. La reciente crisis de Ucrania se interpreta de una forma muy diferente si repasamos a lo escrito por Huntingon y Brzezinski en los noventa o a los libros de Van Herpen y Harding aquí reseñados. Resulta que todos coinciden en señalar las ambiciones rusas sobre Crimea. Pero me llama la atención que la propaganda del Kremlin calara hondo en ciertos occidentales durante la crisis internacional en torno a las armas químicas sirias en agosto de 2013 o durante la reciente crisis ucraniana. Resulta paradójico que en eso volvamos a los tiempos de la Guerra Fría. Asumen ingenuamente el papel de tontos útiles al servicio de Moscú. De eso hablaremos pronto.

The Oil Road de James Marriott y Mika Minio-Paluello

El transporte por tierra del petróleo es uno de esos asuntos en los que la Geopolítica sigue teniendo relevancia en pleno siglo XXI. La actual crisis de Ucrania ha puesto de actualidad las relaciones energéticas de la Unión Europea con Rusia y la búsqueda de alternativas, lo que lleva a veces a relacionarse con gobiernos poco presentables.

9781844676460_Oil_RoadThe Oil Road es una combinación de reportaje periodístico y libro de viajes. Los autores se propusieron seguir el recorrido del petróleo que se extrae en aguas azeríes en el Mar Caspio hasta la zona industrial de Ingolstadt en Alemania. Por ello el libro está diferenciado en dos partes. En la primera siguen el recorrido del oleoducto BTC que conecta los yacimientos azeríes en el Mar Caspio con la costa mediterránea de Turquía atravesando por el camino Georgia. En su camino entrevistan a directivos de empresas vinculadas con la industria petrolera, periodistas, activistas y ciudadanos cuyas propiedades quedan cerca del oleoducto. De paso cuentan la historia del petróleo en Azerbaiyán y los entresijos del “Contrato del Siglo” que cerró British Petroleum con las autoridades del país al poco de su independencia tras la caída de la Unión Soviética. Encontramos así un gobierno cuyos atropellos de los Derechos Humanos son acallados en nombre de las buenas relaciones comerciales con Occidente. Como en otros países del espacio ex-soviético hacen acto de presencia las ONGs e instituciones estadounidenses que tratan de fortalecer la sociedad civil. Pero aquí su trabajo está lejos de impulsar una Revolución de Colores y resulta más una pantomima porque el régimen hereditario de los Aliyev es aliado de Occidente. En ese juego participan también ONGs dedicadas a otorgar certificados medioambientales y sociales al proyecto del oleoducto.

Oleoducto BTCEl viaje siguiendo el oleoducto (la línea verde en el mapa) da voz a los habitantes de las localidades por donde pasan, que cuentan las promesas vacías, los inconvenientes y el riesgo de tener una infraestructura petrolera así al lado de su casa. Su relato contrasta con la versión dada a los autores por ejecutivos en las sedes de las grandes empresas en lugares como Londres. El interés estratégico de un conducción que permite evitar suelo ruso justifica todas las tropelías en nombre del progreso y la razón de Estado.

En la segunda parte los autores recogen el viaje del petróleo por mar desde la costa mediterránea de Turquía a la bahía de Trieste y de allí a Baviera mediante el oleoducto Transalpino. Con cincuenta años de existencia y atravesando países de la Unión Europea el relato se vuelve bastante anodino comparado con la primera parte. Finalmente los autores concluyen su viaje en Londres, donde está la sede de Bristis Petroleum y algunos de los bancos que financiaron el proyecto del oleoducto BTC.

 

“Las revoluciones de colores” de Carlos González Villa

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¿Qué mejor momento que el presente para leer un trabajo académico sobre las Revoluciones de Colores? Las Revoluciones de Colores: “Poder blando” e interdependencia en la Posguerra Fría (2003-2005) de Carlos González Villa es un intento de responder a por qué tuvieron lugar revueltas populares que lograron hacer caer gobiernos en ciertos países ex-soviéticos (Ucrania, Georgia y Kirguistán) y el papel de Estados Unidos en ellas. Fue presentado como trabajo final del máster oficial en Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid en 2010 y fue publicado por Eurasian Hub el pasado año como libro electrónico en Amazon.

El texto dedica bastante extensión a presentar el contexto estratégico de la Posguerra Fría en el espacio “ex-soviético”, con la decadente Rusia de Yeltsin en retirada y los Estados Unidos ocupando el vacío. Según el autor, la revitalización de Rusia (que coincide con la llegada de Putin al poder) espoleó a Estados Unidos a intervenir en la región. Pero al contrario que en los tiempos de la Guerra Fría, la acción exterior estadounidense fue externalizada en organizaciones privadas (ONG, think-tanks, fundaciones, etc.) que se encargaron de articular la débil sociedad civil en aquellos países donde las circunstancias eran propicias.

El recorrido hace una parada previa en la caída de Slobodan Milošević, primer ensayo del modelo. La entonces radio disidente B92 y líderes estudiantiles fueron apoyados económicamente (25 millones de dólares en 1999) y recibieron cursos de formación en Hungría por organizaciones estadounidenses. Aquellos líderes terminarían creando el movimiento opositor Otpor!, el modelo que se replicaría en Revoluciones de Colores. El autor procura dejar bien claro que no se puede considerar que la acción de las organizaciones estadounidenses financiando y apoyando a la disidencia de un país produce resultados garantizados. Precisamente el meollo del texto es el repaso, somero a mi entender, de la Revolución de las Rosas en Georgia (2003), la Revolución Naranja en Ucrania (2004) y la Revolución de los Limones en Kirguistán (2005) haciendo hincapié en las circunstancias que propiciaron el triunfo de la oposición en cada país. El eje común que el autor encuentra es que los movimientos opositores triunfaron “contra regímenes débiles, que en muchos casos no controlan partes enteras de las maquinarias del Estado”. Por su parte, igual de interesantes son los contraejemplos. Azerbaiyán, Kazajistán y Turkmenistán, tres países ricos en recursos naturales, no constituyeron un objetivo estratégico por sus acuerdos comerciales con Occidente. Armenia estaba sólidamente instalada en la órbita rusa y su realinamiento con Washington, que mantiene buenas relaciones con Azerbaiyán, habría supuesto un dilema difícil al ser Armenia y Azerbaiyán enemigos irreconciliables por cuenta del conflicto de Nagorno-Karabaj. Más llamativo es el caso de Uzbekistán, un país donde los movimientos prodemocracia y proderechos humanos hubieran tenido un intenso trabajo. Pero Uzbekistán se convirtió en aliado esencial tras el 11-S por su papel de ruta de infiltración y retaguardia del despliegue estadounidense en Afganistán. Así que Uzbekistán no estuvo en la agenda de las organizaciones encargadas de promover revueltas populares.

Como ya dije el tratamiento del asunto me pareció somero, aunque los argumentos del autor me parecieron convincentes. Lo que me queda es la sensación de que hay una historia por reconstruir. Cuentan Peter Ackerman y Jack Duvall en A Force More Powerful  que Freedom House pagó la impresión de 5.000 ejemplares del libro From dictatorship to democracy: A conceptual framework for liberation de Gene Sharp de la Albert Einstein Institution para ser repartidos entre los disidentes serbios. Otra obra de Sharp, los tres volumenes de The Politics of Nonviolent Action, fue resumida y traducida al serbio por Otpor!. Sus miembros recibieron además en mayo de 2000 un seminario en Budapest a cargo del coronel (ret). Robert Helvey sobre acción no violenta. A partir de ahí encontramos a antiguos miembros de Otpor! encuadrados en el Center for Applied Nonviolent Action and Strategies (CANVAS) dando seminarios en lugares como Ucrania antes de la Revolución Naranja o sin moverse de Serbia a egipcios antes de la Primavera Árabe. Algún día sabremos algún día cuánto dinero salió de Washington para financiar todas esas operaciones.

“Las bombas del 11-M” de Juan Jesús Sánchez Manzano


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Juan Jesús Sánchez Manzano fue el comisario jefe de los TEDAX entre 2002-2006. Estaba de servicio el 11-M y dirigió las labores de los desactivadores de explosivos del Cuerpo Nacional de Policía en aquellos días. Cuando pronto se cumplirán diez años de aquella tragedia ha decidido saldar cuentas dentro de los límites que le imponen ser un policía en activo. El comisario Sánchez Manzano fue objeto de una campaña de desprestigio brutal a manos de los medios que plantearon teorías conspiranoicas sobre el 11-M que, como el tiempo ha demostrado, sólo servían a intereses espurios lejos de la búsqueda de la verdad sobre lo que pasó aquellos días. La recopilación que hace de las barbaridades que se dijeron sobre él asombra y lleva a preguntarse, como hace él mismo, qué motivó a que sus superiores no le dejaran defenderse y al gobierno de Rodríguez Zapatero a no salir al paso de los disparates dichos sobre la actuación policial el 11-M. Y es que las cuentas pendientes del comisario Sánchez Manzano son con unos y otros.

El libro cuenta el trabajo de los TEDAX en el 11-M, cómo el autor preparó su comparecencia en la comisión parlamentaria, su papel en el juicio a los responsables del atentado y cómo se convirtió en blanco de los medios conspiranoicos (El Mundo, la COPE y Libertad Digital principalmente) que lo llegaron a acusar de, nada menos, de haber plantado pruebas falsas y obstaculizar a la justicia.

Del 11-M cuenta cómo a las 24 horas la policía había determinado que los materiales y modus operandi empleados por los terroristas no correspondían a ETA. El comisario Sánchez Manzano cuenta que transmitió toda la información disponible a su cadena de mando en la forma y extensión reglamentaria. Cómo desde el Ministerio del Interior se insistió en la pista de ETA le resulta incomprensible al autor, aunque apunta al nerviosismo de políticos, mandos policiales y personal del CNI que no pararon de llamarle. En el libro se recogen cómo el subdirector de El Mundo, Casimiro García Abadillo, contó tanto en un artículo semanas después y en su libro 11-M: La venganza que en la cúpula del PP circuló el análisis “atentado de ETA, ganamos las elecciones; atentado yihadista, gana el PSOE”. Aquello, añado yo, debió provocar un sesgo de confirmación ante los rumores sin fundamento que circularon ese día. También debemos mencionar que aquellas confesiones de García Abadillo se realizaron antes de la deriva conspiranoica de El Mundo. Algún día alguien nos contará cómo Pedro J. Ramírez puso sus esperanzas en Rodríguez Zapatero para obtener una licencia de TV analógica en abierto, que terminó recibiendo el grupo Mediapro para crear La Sexta, pero por despecho y venganza se lanzó a publicar teorías conspiranoicas sobre el 11-M como ariete contra el gobierno.

En los acontecimientos que sucedieron después tuve mi pequeño papel. Fui miembro fundador de Desiertos Lejanos, el blog que se encargó de desmontar las disparatadas teorías conspiranoicas que alentaron medios y secundaron políticos del Partido Popular. En aquellos días nos sentimos solos en medio de aquel delirio. La explicación la he encontrado en el libro. Del alguna forma el gobierno de Rodríguez Zapatero entendió que el Partido Popular estaba entrando en un lodazal apoyando las teorías conspiranoicas y siguió la máxima de “cuando tu enemigo esté cometiendo un error, no lo distraigas”. Recordemos que eran aquellos tiempos en el que el Partido Popular se posicionó en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo o las negociaciones con ETA, medidas que la mayoría de la opinión pública española apoyó. Así se explica entonces que ante el chaparrón de mentiras, ni el gobierno diera explicaciones ni se les permitiera darlas a los profesionales bajo ataque. Es más, Sánchez Manzano cuenta cómo fue llamado a capítulo para dar explicaciones por el rumor de que en el atentado se había usado Titadyn, una marca comercial de dinamita robada por ETA en Francia. En aquel momento percibió que lo que buscaba el Ministerio del Interior era alguien al que endosarle la culpa.

El triste balance es que nadie pagó por todas aquellas mentiras y tergiversaciones que tan pronto el Partido Popular volvió al poder fueron olvidadas. Esa es la triste prueba de que las teorías conspiranoicas no fue más que una cínica campaña de desinformación para atacar al gobierno y con la que algunos ganaron dinero vendiendo libros y periódicos.