Una vez Rosa Jiménez Cano me animó a hacer una acotación cada vez que despotricase contra el periodismo. Que criticara a los malos periodistas y los señalara como tal, en vez de hablar de los periodistas en plural o del periodismo como profesión en general. No sé si olvidé poner en práctica alguna vez su consejo. Así que hoy voy a hablar del “periodismo internacional actual en España” como forma de llamar a una cierta forma de hacer periodismo de asuntos internacionales que encuentro muy extendido en los medios españoles. Así espero que los profesionales competentes y admirables por su trabajo no se sientan aludidos.
1. El periodismo a secas es una profesión condenada al fracaso.
El periodismo es una profesión simple. Se trata de contar lo que pasa. Y lo que pasa son cosas que implican a otros. Los políticos aprueban leyes y gestionan administraciones públicas, los ingenieros construyen puentes, los programadores desarrollan software, los médicos curan enfermedades, etc. Y un periodista se pasa años en una facultad estudiando teoría de la comunicación, ética profesional y cosas así mientras el resto nos dedicamos a estudiar los entresijos del mundo y de la vida. Así que un periodista está condenado a hablar de lo que hacen los demás. Y las probabilidades de que no se entere de nada son elevadas. Qué digo. No se trata de probabilidades. Se trata de que los periodistas se pasan la vida metiendo la pata. En serio. Si alguno me lee que se pare a pensar cuántas veces un amigo que trabaja en un campo profesional cualquiera, un aficionado muy friki en un tema, alguien que es de un lugar geográfico concreto o que por cualquier razón tiene conocimientos de primera mano de un asunto se queja “puff, el que ha escrito esta noticia no se ha enterado de nada”. Yo sin ir más lejos reúno la condicación de nacido en Canarias, jugador de rol y videojuegos en la adolescenia, estudiante de bachillerato científico, estudiante de formación profesional de informática y electrónica, empedernido lector, viajero incansable por Europa, aficionado desde niño a los temas militares, licenciado en Sociología, etc. Así que imagínense la de noticias, desde aquellas sobre virus informáticos en los 90 a cualquiera reciente de guerras en países perdidos que me han hecho soltar a lo largo de mi vida un resoplido y soltar “puff, el que ha escrito esta noticia no se ha enterado de nada”. Mi consejo a los periodistas es que saquen una doble titulación. Estudien sociología, economía, relaciones internacionales, ciencia política o lo que sea. Y sean periodistas especializados que no necesiten “subtítulos” cuando hagan una entrevista.
2. El periodismo que te gusta es malo y tú no te has dado cuenta.
Una vez mencioné el caso aquí. Hace años, un periodista muy admirado por sus colegas de profesión y del que no me paro de encontrar elogios, fue enviado por su medio a cubrir unas elecciones en un país donde no hablan español. Viajó, estuvo en la capital y volvió a España. No me acuerdo si llegué a tener conocimiento de sus crónicas antes de que fueran comentadas en cierta lista de correo donde se debatía sobre la región a la que pertenece el país. En ella participaban académicos, periodistas y traductores tanto españoles como de la zona. Gente que había nacido o vivido allí, trabajan actualmente allí, hablaban el idioma y habían publicado tesis, libros y reportajes. Yo era un lector. Despellejaron las crónicas del periodista tan admirado y su relato sobre la división del país en dos bandos de buenos y malos. La riqueza de matices de las candidaturas electorales, que había sido largamente expuesta por los participantes en la lista de correo, estaban totalmente ausentes. Las ambiciones y motivaciones personales de los candidatos que eran bien conocidas en el país se reducía a la imagen pública construida en la campaña. Puede que si habláramos con el periodista, él mismo puede que nos confesase que no se sintió muy orgulloso del trabajo que realizó. Pudo ser un reportaje que le tocó hacer por imposición del medio para el que trabajara. Pero la cuestión es, ¿cómo sabes tú que el análisis o la crónica que lees es buena? ¿No te queda muchas veces la sensación cuando lees algo sobre España en la prensa extranjera que “sí pero no”? Que el deseo de un titular efectista o una tesis simplista le ha llevado al periodista a dejarse fuera los matices. Pues piensa que es igual cuando los periodistas españoles salen por el mundo. Así que hay que salir ahí fuera a buscar más fuentes, leer medios de otros países y aprender a encontrar el buen periodismo allí donde esté.
3. Los periodistas españoles que hacen reportajes en el extranjero intentan hacer de todo menos periodismo.
A ver si les suena este tipo de crónica que me acabo de inventar:
Amanece otro día más sobre el polvoriento paisaje de Afganistán. El sargento Povedilla mira con concentración la pantalla desde la que controla el sofisticadísimo avión sin piloto que vigila el perímetro de la base. El cerebro electrónico del avión traza rutas con fría precisión sobre esta lejana base desde las que las tropas españolas tratan de disputarle el terreno a los talibán. El sargento Povedilla es uno de tantos militares, profesionales de la guerra entrenados para matar, que aquí se enfrentan al desafío de llevar el desarrollo y la democracia a…
Ya les vale a tanto aprendiz de Tom Clancy de pacotilla el abuso de florituras que reducen los artículos a ejercicios de estilo literario. Yo sigo la realidad de muchos lugares por las más diversas fuentes, así que cuando leo un reportaje sobre soldados españoles en un país en guerra me predispongo a buscar sustancia porque quiero saber cómo están las cosas allá. Pero me encuentro una y otra vez con descripciones de lo caluroso y polvoriento de las carreteras afganas o lo mucho que se suda en el atestado interior de un vehículo a prueba de minas. Por no hablar de las veces en las que los periodistas hablan de ellos mismo como protagonistas de la crónica. El caso de las misiones militares internacionales es sintomático por cómo son descritos los militares. O los soldados son tratados como superhéroes en un pedestal por parte de la prensa de derechas o tratados con un distanciamiento deshumanizador por parte de periodistas progres. Se nota la brecha social entre esos licenciados con máster por un lado y por otro la tropa, críos en la postadolescencia, toscos, vitales y bullangueros. Lean entonces y comparen cómo conviven con los soldados y cómo hablan de ellos Robert D. Kaplan en Imperial Grunts o Evan Wright en Generation Kill. Mi conclusión es que el humo y el artificio esconden la renuncia a informar al lector o espectador. Están allí a otra cosa. Van a esos lugares a forjar su leyenda, a dar rienda suelta a sus sueños de escritor o lo que para mí es mucho peor, a salvar el mundo haciendo un reportaje conmovedor que muestre el “lado humano” de las noticias. Y ese es un mal que está carcomiendo el periodismo.
4. El “periodismo comprometido” y el “reportaje del lado humano” se han convertido en las mayores excusas para la pereza intelectual.
Es algo que tardé en comprender al estar enmascarado en las buena intenciones. Me refiero a esos periodistas que van por el mundo tratando de “poner cara” y “dar voz” a las víctimas de los conflictos armados. Loable hasta que caes en la cuenta que el periodista que sólo hace eso ha renunciado a hacer todo lo demás. Te argumentan, quienes lo practican y lo defienden, que ese distanciamiento del contexto histórico y de los intereses geoestratégicos en juego es consciente y deliberado porque detrás de ellos sólo hay excusas y propaganda. La política internacional se juega en los pasillos de Bruselas y en las giras de contactos de los ministros de exteriores que pisan siempre moqueta. Pero estos periodistas prefieren ir a los lugares peligrosos para hablar de la viuda que llora en un campamento de refugiados o con el adolescente que empuña un fusil en el frente porque son víctimas indefensas y actores impotentes ante un destino trágico. Para mí no son más que excusas para no hacer el trabajo de leer, estudiar y comprender. Porque poner la actualidad en su contexto supone leer muchos libros y leer mucho documento de análisis. Cuando se renuncia a estudiar el trasfondo de lo que pasa en el mundo, lo que queda es un periodismo sentimentaloide e insustancial. Se acumulan esos reportajes predecibles, totalmente intercambiables de un lugar a otro y que han terminado por saturar el mercado de las lágrimas. Así que para llamar la atención hay que darle un giro de tuerca y buscar un nuevo ángulo al sufrimiento humano. Se sube el listón de la atrocidades que hay que mostrar para conmover y generar una respuesta del espectador. Pero el problema es que muchas veces lo que vemos no es más que el resultado de la construcción de un relato.
5. Los periodistas están empeñados en salvar el mundo. Y eso no es periodismo.
Aborrecer a los periodistas que “quieren salvar el mundo” puede parecer un acto de cinismo. Pero de lo que estamos hablando son de periodistas que quieren salvar el mundo sin haberlo pisado. Su compromiso político no es el resultado de un despertar de la conciencia a realidades brutales que les golpearon la cara en rincones perdidos del planeta. Por el contrario, se trata de un activismo político con el que entraron en la facultad de periodismo y con el que suben al avión. El viaje en el fondo es innecesario porque ellos en su cabeza ya tienen elaborado el reportaje. Y cuando tienes una causa y estás embarcado en una misión no vas a permitir que un asunto tan trivial como la realidad te estropee un reportaje. Así que aquí llegamos al meollo del asunto. Una actividad que consiste en ir por el mundo, tomar notas y contar una historieta de buenos y malos ajena a la realidad puede llamarse de muchas maneras. Literatura basada en hechos reales o mera propaganda. Pero no es periodismo. Y todos esos “periodistas comprometidos” le están haciendo un flaco favor a la profesión y al público en general. Porque sin conocimiento veraz de la realidad no puede haber un debate público constructivo.