Espejismo en el desierto

Ya conté cómo la búsqueda sin éxito de ejemplos puros redes distribuidas en diferentes modelos de conflictos (guerrilla, piratería, crimen organizado, ciberguerra, etc) hizo que fuera dejando caer temas del proyecto de mi segundo libro, Guerra Distribuida. La solución fue optar por una opción intermedia donde abordar las redes, la netwar y el swarming de una forma más general incorporando algunos ejemplos de redes descentralizadas que emplean las nuevas tecnologías.

Ya he publicado dos artículos en revistas, una comercial y otra académica, que anticipan capítulos del libro. Tengo en preparación otros dos artículos que espero terminar antes del fin del verano y que servirán también formararán el grueso de nuevos capítulos. Así que no van a transcurrir cinco años desde que se me ocurrió la idea a que lo entregue para su publicación como sucedió con el primero.

Mientras, sigo trabajando en el primer capítulo. He terminado el primer epígrafe que pueden leer aquí. El primer capítulo será una explicación de las ideas sobre la transformación de la guerra dentro del establishment militar occidental, cómo fallaron en anticipar el poder de las redes por su fijación en la tecnología en vez de los procesos sociales y haré un repaso a los “disidentes” más preclaros en el período 1989-2001.

Todo arranca en la Guerra del Golfo de 1991 el con un espejismo en el desierto.

Swarming naval

Ayer me llegó la confirmación que la Revista General de Marina, la veterana revista académica de la Armada Española, publicará en su número de julio mi artículo “Irán y la guerra naval asimétrica”. En él relato las experiencias iraníes durante los 80 que han llevado al desarrollo de una doctrina militar propia que establece la descentralización de las fuerzas en tierra y el empleo del swarming como táctica fundamental en el mar.

La Revista General de Marina publica en Internet con cierto retraso sus contenidos de forma gratuita, así que en el futuro será posible que todos puedan leer el artículo.

Tras la publicación de “La muerte de Bin Laden y el declive de la yihad global” el artículo sobre “Irán y la guerra naval asimétrica” es el segundo aporte a lo que será mi segundo libro. Mis próximos artículos versarán sobre la ciberguerra distribuida y la guerra en el desierto.

La resiliencia de las redes combativas

El pasado 10 de junio la policía española anunciaba la desarticulación de “la cúpula de la organización “hacktivista” Anonymous en España” con foto del material incautado (ordenadores, routers, un ejemplar de la revista @rroba y una máscara de Guy Fawkes). El asunto ha sido objeto de mil chistes y comentarios en Internet, ya que roza el esperpento anunciar la detención de la supuesta cúpula de un grupo que ha tratado de caracterizarse por funcionar como una red distribuida y es un buen ejemplo del modelo de “resistencia sin líderes” en Internet. Forma parte de esa proverbial ignorancia de las instituciones y los medios sobre Internet.

Sobra decir que la actividad de Anonymous no se vio alterada y a los pocos días había caído el servidor de la página web del Cuerpo Nacional de Policía. La propia policía reconocía que el grupo seguiría actuando a pesar de las tres detenciones. Según David Maeztu el lenguaje empleado formaría parte de las argucias legales para elevar la gravedad del delito a imputar a los detenidos.

Leyendo y reflexionando sobre la aparición de las redes distribuidas en los conflictos resulta que terrorismo y ciberguerra son los dos fenómenos donde estas topologías aparecen en mayor grado de pureza. Sin embargo el desempeño ha sido bastante desigual. Mientras que personas detrás de las redes distribuidas que colpasaron Internet en Estonia en 2007 y Georgia en 2008 nunca fueron realmente identificadas podemos decir que Al Qaeda ha vivido un declive tras su transformación hacia un modelo de terrorismo franquiciado y atomizado. Son las conclusiones preliminares que presento en el artículo “La muerte de Bin Laden y el declive de la yihad global” que aparece en el número de junio de la revista Fuerzas de Defensa y Seguridad. El terrorismo no parece que sea una actividad donde funcione bien el modelo de transmisión de conocimiento técnico “open source” y donde los recursos disponibles por un grupo pequeño puedan causar un gran impacto.

Buscando el swarming desesperadamente

En la primavera de 2009 aún no había terminado de escribir “Guerras Posmodernas” cuando me llegó la “visión” de lo que sería mi segundo libro. Había dicho poco tiempo atrás que no quería volver a saber nada de proyectos de libro en mi vida pero pronto sentí la necesidad de completar los huecos que dejaba “Guerras Posmodernas”. Puse tanto énfasis en criticar la lógica tecnológica de “las guerras del futuro será cosa de hackers y robots” que la ciberguerra está tratada de forma bastante chapucera. Sentí que dejaba sin tratar la aparición de organizaciones de estructura mucho más horizontal que las tradicionales pirámides jerárquicas de ejércitos y grupos terroristas marxistas-leninistas. Era cuestión de comprender las redes distribuidas que parecían surgir en el mundo del activismo social, las algaradas callejeras, la ciberguerra, el terrorismo y el crimen organizado. Encontré un nombre: Guerras Distribuidas: Guerra, conflicto y activismo en la sociedad red”.

Pronto empezaron las dudas. ¿Era conveniente agrupar en un mismo libro las protestas del 13-M en España con el ataque en red del Primeiro Comando da Capital que colpasó São Paulo en mayo de 2006? Alguien podría decir que trataba de “criminalizar las protestas”, aunque no estuviera yo muy pendiente de lo que pudieran comentar Kaosenlared.net, aporrea.org o rebelion.org El principal problema era que encontraba ejemplos de swarming (enjambres que operaban puntualmente de forma coordinada) pero no redes distribuidas.

El crimen organizado fue el primer campo donde parecía difícil discernir verdaderas redes distribuidas. El caso brasileño era sintomático: Una red fuertemente jerarquizada lanzó puntualmente un ataque en enjambre. Quizás era más interesante estudiar Iberoamérica por separado y hacer énfasis en la aparición allí de actores no estatales en la posguerra fría. Ya había tratado el tema de las maras centroamericanas. Me había interesado por el auge del crimen organizado como amenaza al Estado, lo que podía definirse como un ejemplo de guerra posmoderna (véase I y II). México es un caso interesante a estudiar. Y hay mucho más que contar. Como por ejemplo, hablar de los grupos armados y teorías de guerra asimétrica en Venezuela. Tantas cosas. ¿Material para un futuro libro sobre actores no estatales en Iberoamérica? El resultado es que el crimen organizado se cayó del esquema de mi libro.

El siguiente problema lo presentaron los movimientos sociales y el activismo en red. Más de una década de las protestas antiglobalización en Seattle el 30-N de 1999 y la popularización de Internet pero no habían aparecido las grandes corrientes transformadoras que esperábamos.

[E]l activismo de redes distribuidas apenas ha servido para poner las calles de París y Atenas patas arriba. Sólo han tumbado gobiernos cuando se han cruzado poderes fácticos o gobiernos extranjeros. Ni siquiera la presión de gobiernos no democráticos ha estimulado la popularización de herramientas abiertas y seguras que supongan una alternativa a Facebook y Twitter.

Había un problema de fondo con las herramientas (las mal llamadas “redes sociales” de Facebook y Twitter). Y el triste balance era que el único movimiento que podía considerar una verdadera red distribuida, al menos en una de sus partes, era el reaccionario Tea Party estadounidense. Tras mucho darle vueltas tratando de encajar las piezas sólo pude llegar a la conclusión de que el activismo social debía también caerse del esquema general de mi segundo libro. Me quedó algo así como un árbol podado a fondo, esquelético y feo sin sus hojas.

Pasó el tiempo, hablamos ya de finales de 2010 y principios de 2011, cuando me fui encontrando casos curiosos de swarming. Leí a Lawrence de Arabia. Me entusiasmé con las Toyota Wars en Chad y Sudán. Seguí trabajando sobre los ataques DDOS contra Estonia en mayo de 2007. Y surgió la idea. ¿Y si aparco el ladrillo sobre “Guerra Distribuida” y elaboro algo más ágil sobre swarming? Eso es. El segundo libro va a ir sobre swarming.

La Doctrina Lawrance y la Insurgencia Postindustrial

En enero de 2005 cayó en mis manos un librito publicado por Acuarela que recogía un texto de T. E. Lawrence sobre la guerra de guerrillas. Lo usé para uno de aquellos textos sobre cómo EE.UU. estaba fracasando en Iraq que escribi en sesiones maratonianas frente al ordenador.

Como caracterizó Lawrence de Arabia a sus fuerzas beduinas, eran “una influencia, una idea, algo intangible, invulnerable, sin vanguardia o retaguardia, flotando como un gas”.

El texto recogía las ideas apuntadas por Lawrence en su extenso “Los siete pilares de la sabiduría” y estos días Acuarela Libros lo ofrece para descargar en su blog.

Me quedo menos de un tercio para acabar “Islas en la Red” y no paro de encontrar pequeñas sorpresas.. En el libro se menciona un ficticio tratado estratégico titulado “La Doctrina Lawrance y la Insurgencia Postindustrial”. En el momento de la publicación las “Toyota Wars” eran conocidas pero Bruce Sterling fue todo un visionario al relacionar a Lawrence, el desierto y la guerra futura. Lo que me hace pensar que mientras William Gibson se llevó la glora literaria es hora de comprender que Bruce Sterling dibujó los mapas del futuro.

Swarming en el desierto

Chad fue el escenario en los años 80 de una guerra civil en entregas según las distintas facciones, definidas por su adscripción étnica y apoyo externo, tomaron el poder en un juego de sillas. Fue testigo de aquello el, en aquel entonces, reportero de guerra Javier Nart y de lo que quedó constancia en su libro “¡Sálvese quien pueda!” (Ediciones B, 2003).

Chad es en país extenso y en su mayor parte desértico. La guerra en ese entorno requería vehículos todoterreno simples y fiables. Fue entonces cuando tomó protoganismo el Totoya Land Cruiser serie 40 que terminó dando nombre a la guerra: Toyota War. Los Toyota Land Cruiser y Hilux se convertirían a la larga en los vehículos más comunes en las guerras de medio mundo.

Cuando Libia decidió prescindir de intermediarios para sus ambiciones sobre el país invadió Chad con sus medios pesados de origen soviético. Los chadianos en cambio siguieron usando sus Toyotas adaptando las tradicionales tácticas de guerra en el desierto.

Según Tom Cooper, uno de los moderadores de acig.org, cuenta en la revista Truppendiest:

[Idris Déby, entonces asesor del presidente chadiano] developed a tactic based on classic desert nomad raids, characterised by attacks at high speeds, penetration into the hearth of enemy bases and their destruction – often from virtual point-blank range

La organización de los ataques tenían toda la forma del swarming:

Emphasising speed, manoeuvrability and firepower, they proved capable of deployments out to 500 km deep within enemy territory. Through movement in scattered formations, dispersed over immense expanses of Sahara Desert, they were to avoid contact with forward enemy positions or any attacks on main fortifications, attempting instead to infiltrate these, then concentrate in the vicinity of the target area and attack exploiting the moment of surprise.

Idris Déby, héroe de las Toyota Wars, terminó siendo presidente de un país terriblemente pobre y corrupto donde en los 90 se reprodujo la ensalada de facciones armadas dispuestas a derrocar a un presidente que había repartido el poder y los recursos entre los suyos. Tras un falido ataque a la capita del país en 2006 los tres principales grupos armados se unieron en una alianza. Saliendo de sus bases en Sudán, una de sus ofensivas en 2008 les permitió alcanzar la capital. Pasaron de largo de la concentración de tropas gubernamentales al este del país.

Según la BBC:

Using the element of surprise, the rebels were able to cross more than 1,000km (620 miles) of terrain virtually unchallenged, and eventually enter the capital with surprising ease

Soldados chadianos

Soldados chadianos sobre un Land Cruiser serie 70 con fusiles israelíes Galil y Tavor 21.

¿Cómo conseguir la coordinación necesaria de una fuerza grande que se mantiene dispersa en el desierto? El swarming requiere de sistemas de comunicaciones sin que necesariamente tenga que ser tecnología punta. En 20 años los combates en el Chad han visto cómo se doblaba la distancia de los raids en el desierto. En ese tiempo apareció la telefonía por satélite. Las guerras del Chad y Sudán han pasado de ser Toyota Wars a ser Thuraya Wars.

Thuraya es una empresa de Emiratos Árabes Unidos. Sus satélites cubrían en 2008 la totalidad de Europa y Oriente Medio además de la práctica totalidad de Asia y casi toda África.

Según Alex de Waal:

The advent of the Thuraya phone has radically changed warfare in across the Sahara desert.

[...]

Before the Thuraya phone, guerrilla operations needed tight discipline and extremely careful planning. More often, the commanders gambled on surprise and the momentum of battle, relying on their prowess in combat to carry the day. Today, with the Thuraya phone, commanders in distant theatres can coordinate their actions. Or they can assemble forces from different places at very short order.

Es interesante que alguien proponga que las fuerzas armadas occidentales deberían experimentar con una Horda Toyota.

Guerra Distribuida

En abril de 2004 tuve la idea de escribir “Guerras Posmodernas” cuyo último capítulo terminé en julio de 2009, seguido de un mes de correciones. Finalmente fue presentado en Madrid en mayo de 2010. Con sus 118 páginas el libro ofrecía una explicación de la transformación de los conflictos armados actuales.

Evidentemente un libro así trataba someramente muchos temas. Mi intención era construir un marco teórico que sirviera para analizar los acontecimientos que los medios de comunicación presentan como el resultado de un mundo caótico. La reaparición de la piratería, el auge de las Empresas Militares Privadas, la depredación de los recursos naturales por señores de la guerra o la impotencia de los estados frente al terrorismo transnacional resultan explicables como resultado de las mismas tendencias profundas de transformación del panorama internacional.

La transformación de los conflictos armados de la que hablaba en “Guerras Posmoderna” no es completa. Persisten guerrillas maoístas y nacionalistas, fenómenos de la Guerra Fría y la descolonización, en unos cuantos lugares del planeta. La geopolítica de los hidrocarburos sigue haciendo a la geografía políticamente relevante en lugares como el Cáucaso. Y las ambiciones chinas en el Mar de la China Meridional puede empujar a la unión de los aliados de EE.UU. en la zona, desde Singapur a Taiwán, en una reedición asiática de la Guerra Fría.

Por otro lado quise criticar la visión tecnofetichista de la naturaleza de las guerras del futuro como guerras puramente tecnológicas con ciberataques, aviones sin piloto y armamento inteligente. Así que no hice énfasis en esa visión parcial. Además determinados fenómenos sociales requerían una aproximación más profunda. ¿Por qué pasamos del modelo de las organizaciones marxistas-leninistas con sus células clandestinas a las redes informales y el terrorismo franquiciado? ¿No generan un conflicto las tecnologías de la información que horizontalizan organizaciones en el seno de las fuerzas armadas? La palabra “red” parecía merecer un capítulo para ella sola: Redes sociales, redes terroristas, redes de ordenadores… Organizada todas como redes distribuidas. Así que ese será el títtulo “Guerra Distribuida”.

Desde que publiqué hace bastante meses el esquema de ese futuro libro en aquel entonces con un título provisional encontré problemas para validar el modelo en varios ámbitos. Originalmente quería dedicar el libro a la guerra convencional, la ciberguerra, el terrorismo, el crimen organizado y el activismo social. Y enseguida encontré problemsa en el ámbito del activismo o la guerra convencional. Nunca dejé de sentir que la inclusión del activismo en un libro al lado del terrorismo, la ciberguerra y la guerra convencional podría interprestarse como una sutil criminalización de las protestas sociales. Así que finalmente he decidido dejar aparte el activismo social, sin dejar de seguir en un futuro fenómenos como el “Tea Party”. No encontré muchos ejemplos de redes distribuidas en el crimen organizado y sólo manejaba casos de Iberoamérica. Hasta que caí en la cuenta que los casos de México, Centroamérica o Brasil merecen un libro aparte.

Así que “Guerra Distribuida” abordará lo siguiente:

-Las teorías surgidas en el seno del establishment militar entre 1991 (Guerra del Golfo) y 2001 (11-S) como “netwar” y “Network Centric Warfare”.

-La transformación del terrorsimo en el mundo post 11-S.

-La aparición de la ciberguerra.

No descarto cambios en este esquema básico. Pero guerra convencional, terrorismo y ciberguerra me parecen una tríada más coherente. Y sobre todo, será un libro que tardaré mucho menos en escribir.

Primeros apuntes sobre el Tea Party

¿Es el Tea Party un ejemplo de red distribuida? ¿Es un caso genuino de movimiento social surgido espontáneamente?

Es interesante como Michael Tomasky en The New York Review of Books trataba al movimiento con cierto desdén allá por septiembre de 2009. Lo consideraba uno de tantos efímeros movimientos de protesta en el panorama político de EE.UU. y señalaba las conexiones con la derecha tradicional, una acusación recurrente como veremos luego.

Pero, ¿qué es el Tea Party? Steve Fraser y Joshua B. Freeman lo explican poniéndolo en el contexto histórico de los movimientos populistas de EE.UU. Según ellos se trata de una revuelta de las clases medias blancas que ven sus valores culturales en retroceso y se sienten desvinculadas de las élites del país.

Hay además que entender que el Tea Party supone un paraguas bajo el que se agrupan distintas corrientes, tal como explica Jordi Pérez Colomé.

John Robb, creo, tiende muchas veces a dejarse llevar por el entusiasmo por lo que ve “disrupciones de sistema” o “insurgencias de fuentes abiertas” en todas partes según su modelo de las “Guerrillas Globales” En febrero de este año llamaba al movimiento “open source political protest”.

Jonathan Rauch ha estado siguiendo una de las corrientes, los Tea Party Patriots. Hace observaciones interesantes de primera mano, aunque sospecho que se arma un lío entre conceptos de red descentralizada y distribuida. Curiosamente los miembros del movimiento han tomado como libro de cabecera a “La estrella de mar y la araña”, un libro que cuando lo tuve en las manos me pareció algo simplón. Por cierto, Rauch señala elementos que pueden convertirse en grandes debilidades del movimiento. Aunque nacido como una insurgencia política contra el establishment, habrá que ver qué hará el Partido Republicano.

Sobre el papel de los grupos de poder Chris Good, en The Atlantic Monthly, hablaba en abril de 2009 del papel de organizaciones de la derecha “tradicional” en la financiación y movilización previa a uno de las actos que supuso la puesta de largo del Tea Party. Jane Mayer por otro lado lo hacía en agosto de este año sobre el papel de dos hermanos millonarios en la financiación del Tea Party.

El problema de las herramientas

Es significativo que en la primera década de siglo hayamos pasado de hablar del Movimiento Antiglobalización y el “otro mundo es posible” a preguntarnos dónde quedaron los sueños de un Futuro mejor.

Es cierto que la la perspectiva del tiempo nos permite mirar con ojos críticos las consignas de 1999 y podemos evitar así caer en la añoranza de una ilusión. Aquellos agricultores franceses que destrozaron un McDonald’s resultaron simpáticos porque rechazaban la lógica capitalista de la comida basura. Pero era la misma clase de respuesta a volcar en la frontera camiones españoles cargados de tomates. Su violencia sólo era el reflejo de su falta de ideas.

Pero no se trata de falta de ideas. Cuando soñábamos con aquel futuro en el que nos imaginábamos más libres la tecnología jugaba un papel emancipador. Al igual que la democracia significaba “un hombre, un voto”, Internet permitía que cada persona tuviera voz. En esa cacofonía que el escritor o el columnista tecnófobo español de turno desprecia encontramos nuestros pares. Encontramos referencias, reflexiones, pistas y nuevos mundos en las voces de otros. Por eso es desalentador como ahora Internet equivale para muchos a unos pocos servicios privativos y cerrados.

Concluía Juan Freire hace poco:

[T]witter no es una herramienta autónoma aunque genere espacios temporalmente autónomos que, paradójicamente, conviven dentro de las “industrias del control”. Un presente paradójico donde mundos opuestos emplean las mismas armas y conviven dentro de los mismos espacios. El problema, para los que apostamos por la narrativa de las redes, es la asimetría de origen provocada porque una de las partes es la que controla habitualmente las infraestructuras.

Que las cosas van por el camino equivocado lo tenemos en el caso Haystack. Unos tipos anuncian a bombo y platillo que han desarrollado un software que permite la navegación por Internet visitando de forma disimulada webs comprometidas. Se entrevistan con políticos. Anuncian que el software ya está en servicio en Irán. Y cuando expertos e interesados piden más datos echan balones fuera. Finalmente dejan que el código sea revisado por expertos y se descubre que el sistema tiene fallos graves.