Escenas de una guerra cósmica patética

Cada atentado genera comentarios de algún profano tildando a los terroristas de psicópatas, buscando un término que implique un grado sumo de maldad. Un psicópata, que me perdonen los psiquiatras, es una persona con un trastorno mental que le impide sentir empatía con sus semejantes y no se maneja en las mismas coordenadas morales que el resto de la sociedad. No le conmueve el dolor ajeno y encuentra placer en el daño que hace a otros. Un terrorista en cambio, es una persona que en su cabeza ha roto los tabús sociales que limitan la violencia legítima a determinadas circunstancias mediante un proceso de radicalización política lleno de victimismo. El enemigo ha perdido para él su condición de semejante porque es un amenaza vital. En los discursos justificativos de los grupos terroristas encontramos referencias a la opresión sufrida por clases sociales, grupos étnicos y practicantes de una religión. Recuerdo escuchar a un compañero de clase en mi universidad decir en octubre de 2001 que no había sentido pena ninguna por las víctimas de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York porque eran ejecutivos de empresas multinacionales responsables de la globalización neoliberal.

portada_1050Mark Juergensmeyer habla en su libro Terrorismo religioso de “guerra cósmica” para referirse a como el terrorismo religioso maneja cosmovisiones donde el conflicto es universal y absoluto, una lucha del Mal y el Bien (pág. 170). Por eso el modelo de “Choque de Civilizaciones” de Samuel P. Hungtinton gusta tanto a yihadistas y conservadores cristianos. Así, el 23 de febrero de 1998 “Frente Islámico Mundial”, una alianza de Al Qaeda con grupos de Egipto, Pakistán y Bangladesh, anunció en un comunicado una yihad contra “judíos y cruzados” en la que se decía que era una obligación de todo musulmán atacar a “estadounidenses y sus aliados, civiles y militares”, ya que Estados Unidos estaba en guerra “contra el Islam, su mensajero y los musulmanes”.

9788495440907Sería interesante, como dije hace poco, hacer balance quince años después del “estado de la yihad global”. Sería cuestión de revisar los comunicados de Al Qaeda en estos años y ver cuántos de sus objetivos han sido logrados. Mantengo una opinión contraria a la que expresaron varios lectores en comentarios recientemente. Para mí son significativos la falta de atentados de gran magnitud en Occidente, que las franquicias de Al Qaeda estén localizadas en la periferia del Gran Oriente Medio (con la excecpión de Iraq) y que la Primavera Árabe está siendo protagonizada por fuerzas ajenas al yihadismo. Cuento todo esto porque el último gran evento de esa gran guerra total ha sido el apuñalamiento de UN soldado británico tras el cual, sus autores han sido detenidos. Evidentemente la muerte del soldado Lee Rigby es una tragedia. Pero habría que preguntarse si las portadas dramáticas de la prensa inglesa, actuando de portavoz de los terroristas, están magnificando el efecto de un atentado de proporciones limitadas. Por no hablar de la catarata de análisis sobre el terrorismo de “lobos solitarios” y la “yihad individual” que se publican en estas ocasiones. Creo que un ejercicio de autocontención debe formar parte de la estrategia para reducir la conmoción que buscaban los terroristas.

Ahora que tengo cuenta de Twitter me fijé en algo curioso tras el atentado de Londres. Salieron en tromba un montón de periodistas y activistas a pedir que no se criminalizara a los musulmanes, a lamentar el impacto negativo que tendría el atentado sobre la comunidad musulmana británica, y a repetir el habitual mensaje de que los terroristas se habían comportado de una forma impropia de un buen musulmán. No es que me molestaran esos mensajes pero me resultó curioso el orden de prioridades. Condenar el ataque y transmitir algún tipo de mensaje de ánimo o consuelo a la sociedad británica quedaba fuera de lugar. Y encontré esta misma semana en el discurso del presidente Obama en la National Defense University que rechazaba el concepto “Global War On Terror” para hablar en cambio de “esfuerzos apuntados a desmantelar redes específicas de extremistas violentos”. Un enorme rodeo semántico para no mencionar, como en otra parte del discurso, a los terroristas que actúan inspirados por nociones de la “yihad violenta”, lo que es también una forma del presidente Obama de decir que hay otras formas de yihad. Pero en serio, ¿realmente la gente que habla de “terrorismo internacional” se cree que no hay conexión alguna con la realidad hoy del Islam y ciertas corrientes políticas que inspiran el terrorismo y son el caldo de cultivo de los procesos de radicalizaión. Sabemos que no son mayoritarias pero esconderlas detrás de eufemismo no ayudará a un diagnóstico de la situación que nos permita enfrentarlas.

El troyano islamista

Estoy estos días avanzando lentamente por las páginas densas de Sufismo de Halil Bárcena. He sentido interés por las manifestaciones culturales del sufismo desde hace ya muchos años y ese viaje que tengo pendiente por el interior de Turquía hará una parada inexcusable en Konya. El sufismo es la rama mística del Islam y como todo fenómeno espiritual, tenemos en Occidente versiones light aptas para el consumo de masas como producto New Age. Halil Bárcena remarca por ello en su libro que no puede haber sufismo sin Islam. Y por ello me resulta relevante para un tema que he tratado aquí varias veces. La insistencia de los islamófobos occidentales en que en el Islam no hay lugar para corrientes, escuelas e interpretaciones. Que el Islam es único, monolítico e inamovible. Por tanto, afirman, no hay lugar para un Islam moderado, moderno y humanista, capaz de existir en paz dentro de las democracias occidentales porque el Islam es una religión de una naturaleza intrínseca totalitaria y violenta. El libro de Halil Bárcena demuestra que otro Islam es posible y que el islamismo es un fenómeno contingente.

Mi lectura de Sufismo viene al caso porque hace unas pocos semanas leí en su formato electrónico el libro La Quinta Invasión. Islamismo 711-2011 de José Donís Català, lo que me recuerda que no estoy dejando constancia de mis lecturas fuera del papel. La Quinta Invasión está escrito en un tono grandilocuente y panfletario. Arranca con una anécdota contada por un taxista y entra en el repaso de la historia de Al Andalus contando cómo en el año 475 de nuestra era nación la “nación más antigua de Occidente”. Así que imagínense el resto, incluída una diatriba contra la izquierda caviar, a la que el autor identifica como bohemios burgueses (“bobos”), demostrando de paso que no ha leído a David Brooks. Es de primero de carrera saber que una colección de anécdotas no demuestra nada y como sociólogo espero en un libro así datos, cifras, investigaciones o encuestas de opinión. Información y análisis que demuestren qué pasa en las comunidades de inmigrantes musulmanas. Algo como lo que hizo un equipo de reporteros del Channel 4 británico en su reportaje “Undercover Mosque”. Y es que el autor, aunque no lo diga, me parece claro que trata de reproducir el tono y discurso del libro Londonistan de Melanie Philips.

LondonistanEl término “Londonistan” hace referencia a cómo la ciudad se convirtió en un nodo global del yihadismo por la actitud del gobierno británico de no interferir en las actividades de grupos islamistas radicales mientras sus actividades violentas tuvieran lugar fuera de las fronteras del país. Pero este libro, ya bastante famoso, cuenta el resultado de las medidas adoptadas por el gobierno británico para contrarrestar el yihadismo. Asumiendo que el terrorismo islamista era una desviación del Islam combatible enseñando el “Islam verdadero”, el gobierno británico promovió y favoreció instituciones y grupos musulmanes sin molestarse en comprobar si lo que predicaban esos grupos era compatible con una sociedad moderna y democrática. En el fondo, lo que las autoridades británicas hicieron fue practicar el “indirect rule” de los tiempos coloniales bajo el nombre de multiculturalismo: Asumir a las comunidad musulmana como una masa compacta que manejar delegando la tarea en sus líderes. Lo que no queda claro es que los líderes religiosos fueran previamente mayoritarios y representativos, pero eso da igual porque el reconocimiento de las autoridades británicos los aupó a esa condición. El resultado fue la radicalización de comunidades inmigrantes donde islamistas radicales se conviertieron en hegemónicos mientras aquellas personas que aspiraban a una identidad secular se quedaron sin espacio social.

Otro flanco de la lucha contra el yihadismo en suelo británico fue asumir que el terrorismo islamista era el resultado de la opresión, discriminación y pobreza, no de una ideología, por lo que se decidió darle un tratamiento de víctimas a los miembros de una comunidad que estaba siendo un caldo de cultivo del odio y de valores antidemocráticos. Todo ello, sancionado en nombre del multiculturalismo (“son sus costumbres y hay que respetarlas”) y en nombre de la lucha contra la islamofobia. En la práctica consistió presionar a organizaciones cristianas porque su identidad iba en contra de la diversidad, proponer que se suspendieran actos en memoria del Holocausto “por ser un insulto a los musulmanes” o que abiertamente se pidiera que se aplicara un código civil diferente a la población musulmana. Todo ello ataques al sistema democrático, la libertad de expresión y otros fundamentos de las sociedades modernas y avanzadas. Las redes clientelares establecidas en las comunidades islámicas se convirtieron en un arma de doble filo, ya que el empoderamiento de los grupos islamistas los convirtió en una fuerza política notable.

El relato que hace Melanie Philips sobre el Reino Unido es bastante espeluznante. Aunque leyendo el libro no paré de dejar de pensar que muchas cosas que mencionaba eran imposibles de imaginar en España por la vigencia de la Ley de Partidos, la existencia del delito de “apología del terrorismo” y que el virus del posmodernismo no ha infectado tanto el mundo académico español. El problema está en el diagnóstico y las soluciones que presenta Melanie Philips. ¿Igualdad de la ley para todos? ¿Respeto de la liberta de expresión? ¿Defensa de la naturaleza secular de las sociedades occidentales? No, el problema para ella es la pérdida de los valores tradicionales y la disolución del orgullo nacional británico. La solución pasaría por volver a enseñar en las escuelas el orgullo por el Imperio Británico que llevó la Civilización a los pueblos primitivos, volver a ir a misa y educar a las chicas para que se comporten como señoritas, con lo que los islamistas no podrían aprovechar el vacío producido por la falta de valores. Y es que al final Melanie Philips no deja de ser conservadora cristiana bastante carca. Ahí la tienen escribiendo en el Daily Mail, que es ese periódico.

Riot CityEn el extremo opuesto tenemos Riot City de Clive Bloom que escribe sobre los disturbios de 2011 en Inglaterra, tanto de las prostestas de estudiantes universitarias en Londres como los saqueos en varias ciudades inglesas. En el libro pone los disturbios en el contexto histórico de otras revueltas y protestas juveniles en el Reino Unido en los últimos dos siglos, para señalar que no hay nada sorprendente o nuevo. En la parte en la que el libro narra los disturbios de 2001 es una mera recopilación de noticias bastante aburrida porque resulta una enumeración de incidentes. Pero es en la parte del análisis donde el libro llama la atención. Hay que recordar que los disturbios de 2011 arrancan por la muerte de un joven negro caribeño por disparos de la policía. En las siguientes noches, jóvenes de esa comunidad se dedicaron a prender fuego y saquear tiendas, con varios muertos por palizas, disparos o atropellos. Lo que empezó siendo unos de una comunidad étnica se extendió por varias ciudades de Inglaterra, sumándose también jóvenes de toda condición étnica y social. A pesar de los datos, hechos y cifras el autor procura por todos los medios descartar el papel de la etnia y cultura en los disturbios. A pesar de ello, muestra su perplejidad porque fuera un fenómeno meramente inglés, quedando Gales y Escocia al margen. ¿Será, por ejemplo en Escocia, que los inmigrantes se encontraron con una identidad nacional fuerte y por tanto pudieron asumir el relato de una identidad colectiva? Ahí están esas noticia de cómo la comunidad musulmana tiene su propio diseño de tartán oficial. Quizás sea cuestión de un perfil social diferente. Mirando en Internet sobre la comunidad musulmana de Escocia uno encuentra noticias sobre todo de emprendedores y profesionales. Pero lo relevante en esta reflexión son las soluciones que propone el autor. Sus referencias al aburrimiento y las faltas de tanto autoestima como una figura pàterna parecen un diagnóstico sacado de un capítulo de Hermano Mayor. Pero ese tabú de abordar cuestiones tales como por qué en determinados grupos étnicos del Reino Unido ha arraigado cierta cultura de la delincuencia hacen que el análisis cojee.

Y así, leyendo a unos y a otros, no puedo dejar de tener la sensación de que los análisis de conservadores y progres tienen tales sesgos que ni ayudan a esclarecer el problema ni aportan soluciones completas. Porque al fin y al cabo, no se trata de un problema que nos sea lejano.

“Brothers in Arms” de Camille Tawil

Brothers in Arms. The Story of al-Qa‘ida and the Arab Jihadists de Camille Tawil.
SAQI Books, Londres, 2010.

Fuera del mundo de los periodistas y expertos occidentales, que en muchos casos sólo acceden a fuentes secundarias, están por descubrir los acádemicos con dominio del árabe y autores árabes con una producción mucho más discreta mediáticamente pero profundamente interesante donde rescatan el testimonio de los protagonistas de la historia.

En Brothers in Arms, Camille Tawil traza la historia de los yihadistas que combatieron a sus gobiernos en Argelia, Libia y Egipto durante los años noventa. Es una historia que va de fracaso en fracaso frente a regímenes que reprimieron a la disidencia con mano dura. El resultado es que grupos como el GIA argelino y Al-Gama’a al-Islamiyya de Egipto terminaron por renunciar a la violencia. Las organizaciones supervivientes se refugiaron en el único país del mundo con un gobierno musulmán que ofrecía una retaguardia a los grupos yihadistas: La Afganistán de los talibán. Allí terminaron bajo la influencia de un millonario saudí que articuló sus fracasadas luchas locales en una yihad gloabal contra Occidente.

El retrato que hace Camille Tawil de los yihadistas norteafricanos no es muy edificante, con sus enfrentamientos por cuestiones ideológicas, teológicas y organizativas. Su desconexión con la realidad y con el sentir mayoritario de la población musulmana lo veríamos luego en Iraq donde la rama local de Al Qaeda liderada por Abu Musab Al Zarqawi puso a la población en su contra. El relato termina con un giro irónico. Los líderes y militantes yihadistas que encontraron refugio en Afganistán murieron en su mayor parte bajo las bombas y balas estadounidenses tras la invasión de Afganistán. Tuvieron mejor suerte los yihadistas argelinos que renunciaron entonces a ir a Afganistán para unirse a Bin Laden. El terrorismo yihadista nunco estuvo cerca de la victoria y la perspectiva del tiempo, con libros como este, nos permitirá ver lo excepcional del período 2001-2011.

La “rabiosa novedad” del asalto a las embajadas

El 20 de noviembre de 1979 el mundo musulmán celebró la llegada del año 1400. Esa mañana un grupo de extremistas islámicos armados irrumpió en la Gran Mezquita de la Meca y se apoderó del reciento tomando como rehenes a la muchedumbre de peregrinos que cumplían el último día de su peregrinación. Entre el miedo y el asombro de los allí presentes proclamaron a su cabecilla, Mohammed Abdullah al-Qahtani, como el Mahdi, el redentor del Islam que precedía al fin de los tiempos. Arabia Saudita había visto disparado sus ingresos tras la crisis petrolera mundial de 1973 y la rápida modernización del reino era motivo de escándalo para muchos saudíes.

Tras la confusión inicial y los primeros fallidos intentos de asaltar el recinto, las autoridades saudíes requirieron a la empresa Saudi Bin Ladin Group, responsable de las reformas y ampliación del del lugar más sagrado del planeta para el Islam, los planos de construcción. Requirieron también ayuda al gobierno francés que envió material y a tres agentes del Groupe d’Intervention de la Gendarmerie Nationale convertidos al Islam sobre la marcha para trabajar sobre el terreno. Empleando vehículos blindados las fuerzas especiales saudíes fueron retomando terreno hasta acorralar a los asaltantes en las galerías subterráneas de la mezquita.

El balance oficial de muertos fue de 127 miembros de las fuerzas de seguridad, una docena de peregrinos y 117 asaltantes. La versión no oficial habla en cambio de miles. El lugar más sagrado del Islam había sido profanado y la legitimidad de la casa Saud desafiada. Los gobernantes de Arabia Saudita tomaron el ataque como un síntoma del descontento en el país ante la excesiva occidentalización producto del súbito enriquecimiento del país tras el shock petrolero de 1973. Entre otras medidas, promulgaron leyes más restrictivas sobre el papel de la mujer en la vida pública.

Los primeros momentos del asalto a la Gran Mezquita de la Meca fueron de una enorme confusión sobre la identidad de los atacantes. Las autoridades saudíes tardaron en informar sobre ello y al día siguiente del ataque se convocaron manifestaciones en muchas ciudades de países musulmanes tras la extensión del rumor de que se trataba, nada menos, de una operación militar conjunta de Israel y Estados Unidos para apoderarse del lugar más sagrado del Islam. Un rumor que propagó entre otros el ayatolá Jomeini. En Islamabad, la capital de Pakistán, la manifestación frente a la embajada de Estados Unidos derivó en un tumulto que arrasó la embajada. Ardieron todos los edificios del complejo y los sesenta vehículos de su parque móvil. Una centena de personas, entre personal diplomático y empleados pakistaníes, debieron refugiarse en la última planta del edificio central esperando en vano la llegada de fuerzas de seguridad que dispersaran a la turba que intentaba irrumpir en el recinto protegido donde estaban atrincherados. Pero las fuerzas de seguridad pakistaníes se limitaron a ser testigos pasivos mientras la embajada y la sede de otras instituciones estadounidenses fueron atacadas. El gobierno del general Zia-ul-Haq, llegado al poder en un golpe de estado en 1977, era aliado de Estados Unidos pero estaba tratando de construir una base social para su régimen cortejando a los islamistas y en especial a la organización detrás del tumulto, la Jammat-e-Islami, fortalecida por los petro-dólares saudíes.

Al final del día, con el atardecer, la turba se cansó y se marchó, dejando un saldo de dos militares estadounidenses y dos empleados pakistaníes muertos. La versión oficial dada por Estados Unidos hablaba del imprescindible papel de las autoridades pakistaníes en la liberación del personal de la embajada. Era completamente falso.

Varios días después, el 30 de diciembre una turba intentó asaltar la embajada estadounidense de Kuwait. Tuvo que ser dispersada con gases lacrimógenos y granadas aturdidoras. Dos dias después sucedió otro asalto a una embajada estadounidense. Esta vez pasó en Trípoli, capital de Libia. Las malas relaciones entre Washington y el régimen de Gadafi había llevado a mantener una delegación mínima en el país. Estaba todavía en pleno desarrollo la crisis de los rehenes de la embajada estadounidense en Teherán, así que el personal diplomático llevaba tiempo en alerta. El agente residente de la CIA había tenido además la precaución de preparar un plan de defensa y otro de escape. Destruyó o trasladó a Túnez el material sensible. Así que cuando se produjo el asalto estaban preparados. Tras saltar sobre los muros, la turba alcanzó la planta baja del edificio principal estaban preparados. Los asaltantes recibieron una andanada de botes lacrimógenos. Algún asaltante intentó subir al segundo piso por las escaleras princpales pero solo logró partirse la crisma porque en ellas habían derramado aceite de motor. El personal diplomático consiguió ganar el tiempo suficiente para escapar por un patio trasero que conectaba con otro edificio. Allí se quitaron las chaquetas y corbatas. Se mezclaron entre los estudiantes que se manifestaban contra Estados Unidos y alcanzaron la embajada de Reino Unido.

¿Fue el terrorismo yihadista sólo un momento?

En el artículo que acabo de terminar cuento muy someramente cómo el entusiasmo por los avances tecnológicos en el campo militar estrenados en la Operación “Tormenta del Desierto”, la primera guerra de la era de la información, llevó a pasar por alto la verdadera naturaleza de la transformación de la guerra tras el fin de la Guerra Fría. Y entonces, claro, llegó el 11-S. Es una historia que expliqué en mi charla grabada para la Jornada sobre la Sociedad Red en Montenvideo el 16 de agosto pasado. Y que compondrá el primer capítulo de mi segundo libro.

Me he quedado con la sensación de que en mi artículo falta algo. Que hay un salto entre esa historia sobre el fallo colectivo en Estados Unidos en entender la transformación de la guerra durante la primera década de la Posguerra Fría y mi explicación de las guerras posmodernas. Y es lo sucedido en la segunda década de Posguerra Fría. Entre el 11-S y el debate actual sobre la retirada estadounidense de Iraq y Afganistán. La idea me vino de una forma curiosa. Estaba ordenando mis estanterías de libros por enésima vez, teniendo que tomar la dolorsa decisión de condenar libros a una caja al trastero para dejar espacio a libros más útiles y relevantes. Y entonces tuve un mi mano “Osama de cerca” de Peter Bergen, un libro gordo y pesado. Y miré el espacio que ocupan los libros sobre la guerra de Iraq: Los dos tochos de Tom Ricks, la versión de bolsillo de Cobra II o el libro de Scott Ritter sobre la inexistencia de las armas de destrucción masiva en Iraq publicado en 2002. Sí, puedo restregarle a cualquier neocón que yo sabía cosas que Aznar y el CNI no. ¿Pero eso importa ahora?

Bin Laden está en el fondo del mar. Y la retirada definitiva de Iraq está prevista. ¿Importa ahora todos aquellos debates sobre el éxito del “Surge”, el Despertar de al-Anbar y las verdaderas razones de la pacificación del país? Un día miraremos la guerra de Afganistán con lejanía y extrañeza. Con la misma indiferencia con la que los medios de comunicación ignoran actualmente todo lo que está pasando en Iraq.

He añadido a mi biblioteca dos libros escritos recientemente por militares españoles sobre la transformación de los conflictos armados y me ha sorprendido la gran importancia dada al islamismo. Para ellos el orden internacional del siglo XXI se reduce a una pugna global contra el salafismo yihadista. ¿Dónde están los hackers rusos y chinos, los diamantes de la guerra de África Occidental, las maras centroamericanas, los estados fallidos o las empresas militares privadas? En la revista académica del CESEDEN no aparecen. Están atrapados en la narrativa de la “Global World On Terror” porque necesitan dotarle de épica a la profesión militar que ya no gira en torno a la defensa de la Patria y la lucha contra el Comunismo, sino a las nada glamourosas misiones de paz en países perdidos.

Una vez hice el experimento de mirar en la base de datos del ISBN que mantiene el Ministerio de Cultura con datos de los libros publicados en España desde 1972. Y lo voy a repetir. Estos son los datos:

-Libros con la palabra “islamismo” en su título.

Antes del 11-S: 11. Después del 11-S: 29

-Libros con la palabra “yihad” en su título.

Antes del 11-S: 2. Después del 11-S: 25

Evidentemente hay más libros sobre ambos temas con otros títulos. “Qaeda” genera 26 resultados y “Laden” genera 32, todos posteriores al 11-S.

El mundo se llenó de expertos en terrorismo, yihad y Bin Laden. Las masas musulmanes, oprimidas por dictadores apoyadas por Occidente, eran una olla a presión por el profundo sentimiento de humillación por el postergamiento de sus sociedades y las frustaciones económicas y sexuales de los varones jóvenes. ¿Se acuerdan? El mundo musulmán iba a estallar. Islam significa “sumisión a Alá”. Y la voluntad de Alá expresada en el Corán, que no admite interpretación, es que todo musulmán debe participar en la yihad para que el Islam se expanda. Se reinstauraría el Califato desde Marruecos al Sur de Filipinas y entonces vendrían a por nosotros. La Revolución Verde. La Primavera Árabe. ¿Quién lo podría haber anticipado? ¡Nadie!

No sé qué va a pasar con la Primavera Árabe. Pero una cosa es segura, el futuro no va a ser lo que nos contaron.

Semblanza de Bin Laden

Osama Bin Ladn (Usama Bin Ladin) fue uno de tantos hijos de un multimillonario que era el plebeyo más rico de Arabia Saudita. El padre de Osama construyó un imperio de la nada y fue una figura superlativa. Sin embargo Osama no era especialmente carismático o brillante en su adolescencia y creció a la sombra de sus otros hermanos que se encargaron de la empresa familiar tras la muerte de su padre.

Necesitado de una causa y de construir su propia leyenda acudió a Afganistán donde su experiencia trabajando en la empresa familiar de obras públicas y su dinero le valió un lugar en la yihad contra los soviéticos. Siendo un ingeniero sin estudios de teología y jurisproducencia islámica encontró un mentor en el palestino Abdullah Yusuf Azzam, referente para los voluntarios árabes en Afganistán. Azzam postulaba por una yihad en defensa de los territorios musulmanes dentro de unos límites morales. Hubiera desaprobado sin duda el 11-S y otras tantas tropelías en el nombre del Islam. Se convirtió en una molestia para demasiadas facciones combatientes en Afganistán cuando se sabía ya que a la retirada soviética le seguiría una lucha entre los muyahidines. Azzam fue asesinado en noviembre de 1989.

Bin Laden se encontró sin quererlo al frente de una organización de combatientes que puso al servicio de sus incipientes sueños de grandeza. Como heredero de un multimillonario tuvo siempre demasiada gente a su alrededor dispuesta a decirle lo que quería escuchar con tal de sacarle dinero. El adolescente taciturno necesitado de una figura paterna se convirtió en un engreído ambicioso dispuesto a cambiar el mundo. Cometió un error típico de las personas que tienen éxito: Creerse que se debió sólo a sus propios méritos sin analizar las circunstancias y condiciones particulares. Tras la invasión iraquí de Kuwait el 2 de agosto de 1990 Bin Laden ofreció reforzar la defensa de Arabia Saudita con veteranos de la yihad afgana. La casa real declinó y pidió ayuda al gobierno de Estados Unidos. Aquello marcó la ruptura de relaciones con el gobierno de su país y el comienzo de la huída hacia adelante: Sudán, Afganistán y Pakistán.

Encontró un segundo mentor en el médico egipcio Aymán al-Zawahiri, figura destacada de la Yihad Islámica Egipcia. En al-Zawahiri ardía una rabia asesina tras su paso por la cárcel, experiencia que le marcó profundamente sobre todo por haber sucumbido a las torturas y delatado a alguien. Parece ser que al principio al-Zawahiri veía en Bin Laden un tonto útil que finaciaría sus sueños de prender la mecha revolucionaria en Egipto, el país árabe más poblado. Pero el terrorismo islamista, con su violencia ciega y absurda, no logró adeptos para la causa. El asesinato de turistas extranjeros puso en peligro la economía egipcia. La Yihad Islámica egipcia fracasó en atraer a las masas. Al-Zawahiri se resignó a un papel secundario al lado de Bin Laden.

En la C.I.A. un grupo de analistas cayeron en la cuenta del peligro que suponía la organización de Bin Laden. Pero se encontraron con un problema. La C.I.A. dividía sus equipos por países relevantes. La organización de Bin Laden no era un país. ¿Cuántos aviones de combate, divisiones acorazadas, submarinos y cabezas nucleares disponía Bin Laden? Ninguna. A los del equipo que estudiaba a Bin Laden los tomaron por chiflados. No era el lugar de la C.I.A. en el que estar si querías hacer carrera.

Los yihadistas, tras facasar en lugares como Argelia y Egipto sin conseguir levantar las masas, terminaron convergiendo en la organización trasnacional de Bin Laden, presentada al mundo en 1998 como “Frente Islámico Mundial”. Por el camino quedaron los hartos y desencantados del exilio, las penurias y los fracasos. Siguieron los más fanáticos de entre los fanáticos dispuestos a aumentar la apuesta. En vez de atacar a los regímenes árabes había que atacar su principal fuente de apoyo: Estados Unidos.

Bin Laden tenía dos referencias: El atentado contra el cuartel de los Marines en Beirut en 1983 y la batalla de Mogadiscio en 1992. En ambos casos la muerte de soldados estadounidenses en un país lejano durante un conflicto incomprendido por la opinión pública estadounidense había provocado la retirada de las tropas. La conclusión de Bin Laden fue que Estados Unidos no tenía estómago para una confrontación directa.

En medio de las dudas y una crisis de liderazgo Bin Laden organizó el atentado del 11-S sabiendo que Estados Unidos respondería inviendo Afganistán. El guión de la guerra contra los soviéticos se repitiría. Afganistán sería la tumba de imperios. Pero algo falló. La resistencia de los talibán se desmoronó enseguida y la invasión estadounidense se convirtió en una carrera alocada mientras que Bin Laden, los talibán y los yihadistas internacionales huían a Pakistán. Allí pasaría los diez últimos años de su vida.

Bin Laden quedó reducido a una figura simbólica tras perder Al Qaeda sus bases en Afganistán. La fuerza de los acontecimientos obligó a transfomar a la yihad global en una empresa no descentralizada sino distribuida. La yihad estaría allí donde alguien luchara en su nombre, organizándose y financiándose de forma autónoma. Bin Laden quedaría como una figura simbólica que a través de comunicados marcaría las líneas maestras. Cualquiera que le haya leído con atención descubrirá que más allá de su discuso antioccidental no tenía más la remota idea de cómo sería la sociedad islámica utópica que pretendía construir.

Una vez más la llama no prendió en los países árabes y musulmanes. El apoyo popular, que reflejaban las encuentas tras el 11-S, cayó en picado tras las matanzas indiscriminadas de civiles en Iraq. Los voluntarios dispuestos a cometer atentados tras descargar las instrucciones para fabricar bombas de Internet resultaron ser sólo unos torpes chapuceros. La eficacia policial en Occidente mejoró. Tras el 11-M en Madrid y el 7-J en Londres no se volvieron a cometer grandes atentados en Europa.

Bin Laden murió de la peor manera posible. No lo hizo en primera línea de combate en las montañas, sino en una zona residencial donde quizás fue aparcado como una pieza ya inútil por el servicio secreto pakistaní. Tras décadas las masas árabes al final se alzaron para luchar por un destino que no tiene nada que ver con el que soñó Bin Laden, condenando al salafismo yihadista a la irrelevancia política. ¿Alguien recuerda un comunicado suyo sobre los acontecimientos de Túnez o Egipto? En los últimos meses pudo ver que todo la obra de su vida no sirvió para nada.

Apuntes sobre yihadología e islamofobia

En España existe un problema con los “estudios de área” y los estudios internacionales. Para empezar, la carrera de relaciones internacionales sólo existe como perfil de especialización en la licenciatura de Ciencia Política, cuyos objetos de estudios son el poder y el Estado. Salen así hornadas y hornadas de expertos en las políticas comunes de la Unión Europea, la salud del Eje Euroatlántico y el diálogo EuroeMediterráneo. Pero los fenómenos relacionados con los actores no estatales violentos pasan desapercibidos.

Los estudios de área directamente no existen, a excepción de la carrera de estudios de Asia Oriental que funciona desde hace poco en la Universidad Autonómoma de Madrid y la Universitat Operta de Catalunya. Los expertos de áreas regionales provienen muchas veces de las facultades de Historia, Ciencias de la Información e incluso Filología. Así que si yo quisiera informarme a partir de un autor español sobre la actual crisis tecnológica, intelectual y demográfica de las fuerzas armadas rusas quizás deba recurrir a lo que escriben un politólogo o periodista que jamás tuvo la lengua rusa en sus planes de estudio o de un filólogo que no sabría diferenciar la RMA de la NCW.

David C. Engerman proponía en el número de noviembre de 2008 de Foreign Affairs que al igual que se creó en EE.UU. con dinero público al comienzo de la Guerra Fría el campo académico de los “estudios soviéticos” debería hacerse un esfuerzo por impulsar la investigación académica sobre el fundamentalismo islámico. Siguiendo ese paralelismo titulaba su artículo “Jihadology” en recuerdo del término “Kremlinology”, la oscura disciplina de comprender el funcionamiento de la cúpula política soviética.

En España muchos de los expertos sobre el mundo árabe y musulmán provienen de la carrera de Filología Árabe donde parece que con la matrícula ya de entrada les regalan un pañuelo palestino o proceden de universidades como la Autónoma de Madrid, donde impera en relaciones internacionales el relativismo posmoderno.

Allá por abril de 2001, quienes luego fueron directora general y coordinador general de Casa Árabe – Instituto Internacional de Estudios Árabes y del Mundo Musulmán bromeaban en una conferencia que “Bin Laden es un invento de la CNN”. Ella sigue actualmente en el puesto. El pasado mes de marzo afirmó que en Libia no había guerra civil. La misma agudeza de aquel asesor del Ministro de Asuntos Exteriores que meses antes de que tres españoles terminaran en manos de Al Qaeda en el Magreb Islámico publicó un libro cuya principal tesis era que en el Sahel no existía terrorismo islamista y que su hipotética existencia era sólo una excusa de EE.UU. para tener presencia militar en la zona con la que asegurarse el suministro de hidrocarburos africanos.

Con expertos así la sociedad española está intelectualmente indefensa frente a amenazas a la democracia que no necesariamente pueden venir en forma de atentado terrorista. Así sucede que haya quien confunda las responsabilidades y piense que el 11-M fue un atentado justo y merecido.

¿Quén queda entonces? Esa es la segunda parte del asunto. Al otro lado de la ecuación tenemos a los politólogos y periodistas dispuestos a apuntarse a la avalancha editorial en torno al terrorismo islamista que se disparó tras el 11-S con tanto libro infumable. De pronto, salieron expertos hasta debajo de las piedras explicando lo peligrosos que son el Islam y sus practicantes en la que no era más que una introducción de la agenda política conservadora católica con el disfraz de análisis estratégico. ¿Cómo identificar el trabajo de un yihadólogo aficionado del que no sería recomendable fiarse? Creo que puedo apuntar unos cuantos criterios.

-Acude a citas del Corán para explicar la naturaleza del Islam.

Las religiones y sus prácticas no son obra de dios alguno. Son una construcción social donde juega un papel importantístimo la tradición y la elaboración histórica. Si uno recurre a los libros sagrados para tratar de encontrar explicación sobre prácticas religiosas contemporáneas se encontrará sin respuesta.

Podemos tomar como referencia la religión católica y encontrar una variedad enorme de ejemplos. La división geográfica en diócesis corresponde a una división administrativa del Imperio Romano que aparece en el siglo III de esta era; el dogma de la Inmaculada Concepción es aceptado en el siglo XIX; la existencia del limbo fue cuestionado en 2007 por una comisión teológica dirigida por el actual papa en, etcétera, etcétera…

Si hacemos el ejercicio contrario de ir directamente a las fuentes y leer los libros sagrados nos encontraremos que lo que allí se dice poco tiene que ver que con las prácticas religiosas cotidianas. Por ejemplo, en el Levítico encontraremos que un católico puede realizar sacrificios de animales para expiar los pecados (Lev 1:4); no puede comer carne de conejo (Lev. 11:5); sus hijos varones deben ser circuncidados (Lev. 12:3); no se puede tener relaciones sexuales con una mujer durante la menstruación (Lev 18:19) y tampoco tocarla (Lev. 15:19); no se puede tener en un campo dos cultivos diferentes ni llevar una prenda de ropa con dos tejidos diferentes (Lev. 19:19); la astrología está prohibida (Lev. 19:26); no se puede rapar el pelo y cortar los bordes de la barba (Lev. 19:27); y por no hablar de las relaciones homosexuales que están condenadas con la muerte (Lev. 20:13).

No podemos tratar de explicar el comportamiento de un grupo social en función de lo que dice literalmente su libro sagrado porque no es un modelo estricto de conducta. Las tres grandes religiones monoteístas consideran necesario la interpretación de un experto que ha recibido una educación formal en una institución reconocida. Así los cristianos tienen la exégesis bíblica para que ponga orden en un libro tan caótico y contradictorio como la Biblia. Los musulmanes consideran necesario el Tafsir.

El criterio de los expertos es el que ha determinado que los católicos no practiquen la circuncisión, que sea el sacramento de la penitencia en vez de los sacrificios de animales lo que permite expiar los pecados y que puedan llevar camisetas de algodón con lycra. También sucede al revés. Son las convenciones sociales las que pueden crean normas como el velo para las mujeres que no aparece en el Corán.

Las personas tienen en la religión un modelo que sirve de referencia moral pero es siempre generalizado su incumplimiento. La mayoría de las religiones condena el homicidio, el robo y el adulterio pero no por ello dejan de existir. Y ni siquiera es necesario ir a los casos más extremos. En el día a día los musulmanes beben alcohol (RateBeer.com contabiliza 11 variedades de cerveza en Egipto) y los católicos acuden a que les lean el tarot sin que a lo mejor por ello dejen de considerarse buenos practicantes de su religión.

-Prescinden de las ciencias sociales.

Si fuéramos a hablar de la sociedad japonesa hablaríamos del estancamiento económico, de las redes clientelares entre partidos y conglomerados empresariales (keiretsu), del fin del modelo de “un trabajo para toda la vida”, del envejecimiento de la población… Podríamos tocar aspectos culturales como el racismo y machismo en Japón. Y si fuéramos a hablar de Rusia podríamos hablar del ascenso social y político de los siloviki junto a Putin, de la estatalización y concentración de la industria petrolera, de la concentración de los medios de comunicación, de su declive como potencia militar, de la cuestión de las minorías étnicas y religiosas… Entendemos que las diferentes sociedades son complejas, productos de una larga historia y que necesistamos expertos académicos para desgranar los múltiples factores a tener en cuenta.

Sin embargo para entender algún fenómeno social de los países musulmanes nos encontramos una reducción simplista a la naturaleza bárbara de sus habitantes, la manipulación de algún poder externo o de nuevo nos encontramos alguna explicación que remite al Corán del tipo “todos los musulmanes tienen la obligación de practicar la yihad luego sólo podemos esperar de ellos que quieran la guera y no la paz”. ¿Dónde están la demografía, la economía, la sociología, la antropología y la psicología social para explicar las guerras, las revoluciones, el terrorismo y la violencia política?

-Sufren de un profundo etnocentrismo.

La mezcla de la ignorancia sobre el Islam con la falta de una formación académica en ciencias sociales les lleva a interpretar de forma retorcida o simplista los hechos sociales según en qué contexto sucedan.

Uno encuentra intentos de comparación de la expansión geográfica del cristianismo (“una religión de paz”) con la del Islam (“una religión de guerra”) que se limita a considerar la expansión del segundo por Medio Oriente y Norte de África o los choques del Imperio de los Hasburgo con el Imperio Otomano ignorando la difusión llevada a cabo de forma pacífica con las rutas comerciales árabes. Y por supuesto ignorando la expansión del cristianismo llevada a cabo a sangre y fuego por las potencias coloniales europeas. En ese caso se usa un descarado doble rasero: La expansión de entidades políticas cuya religión oficial era el Islam se considera siempre en términos religiosos mientras que la expansión europea obvia el elemento militar y religioso para quedarse en una benévola difusión de la Civilización que entronca con la visión colonial del siglo XIX, la Mission Civilatrice francesa por ejemplo. Volvemos así a convertir a los musulmanes en pueblos sin historia cuyas unidades políticas se han expandido por un imperativo religioso mientras que la expansión de los imperios occidentales se explica siempre por múltiples causas (demográficas, económicas, políticas, etc) que obvian siempre la identidad religiosa.

Obviar la identidad religiosa no es trivial. Porque aunque en los países de Occidente no exista excesiva consciencia de tal, sí está presente en la percepción externa. Cuando EE.UU. encabeza acciones armadas contra Afganistán (2001), Iraq (2003) y Libia (2011) o lanza misiones encubiertas en Pakistán y Somalia en Occidente lo percibimos como una acción de EE.UU. que ha de explicarse por una larga serie de cuestiones. Por ejemplo, el deseo de los Vulcanos de reconfigurar Oriente Medio con un Iraq democrático. Pero en el mundo musulmán se perciben como repetidas intervenciones de una potencia cristiana contra países musulmanes.

-Ignoran la propia historia de Occidente.

Ese sesgo negativo hacia el Islam esconde muchas veces lo que no es más que la condición del autor, un cristiano políticamente conservador que manifiesta su temor por el crecimiento del número de musulmanes en Europa mientras decrece el sentimiento religioso en el continente.

La solución que presentan esa clase de autores es el retorno a la práctica religiosa como salvaguarda de la cultura y los valores occidentales. Y ahí está la clave. ¿Cuáles son los rasgos fundamentales de la cultura y los valores occidentales? Pues precisamente eso que tanto se dice que las sociedades musulmanes no han experimentado: La Ilustración, la elevación de los Derechos del Hombre, la separación de Iglesia y Estado, la educación laica, etcétera, etcétera.

Nos proponen la misa semanal, el machismo, la homofobia y un mayor poder para la Iglesia Católica en los asuntos públicos para salvar Occidente cuando aquí lo que necesitamos es convertir la religión en un asunto privado. Que cada uno rece a quien quiera, se autolimite la dieta como quiera y deje vivir a los demás.

Fitna

No querría entrar en discusiones virulentas innecesarias con algunos ilustres lectores ocasionales de este blog pero me sorprende lo burdo del discurso islamofóbico que puebla el mundo de los estudios de seguridad y defensa. Cosas de la perspectiva que da no ser creyente y haber tenido una formación formal e informal en ciencias sociales. Nos faltan buenos “yihadologistas”.

Ya apunté hace tiempo como lo que se esconde en ese discurso es simple conservadurismo cristiano que se siente amenazado en su pérdida de relevancia social. Y creo que cuando pase el suficiente tiempo la perspectiva nos permitirá ver que el gran conflicto de nuestro tiempo es una “guera civil” en el Dar al-Islam. Los muertos de la gran “yihad global” los están poniendo los musulmanes. Hagan las cuentas y verán.

He revisado y descontando a la Harka el pasado día 16 de noviembre no veo que nadia esté prestando mucha atención a lo que está sucediendo en la frontera entre Arabia Saudita y Yemen.

Llama la atención viendo fotos y vídeos el aspecto panchovillesco de los soldados del país con las fuerzas armadas más importantes de la Península Arábiga que acuden al combate en la plataforma de carga de camiones y todoterrenos. Para colmo no parece que haya dos unidades que empleen el mismo fusil de asalto. Menudo lío la lista: AK-47, AKMS rumanos, HK G3, Sig 550, Steyr AUG y HK G36. Nada menos que tres calibres diferentes. Preocupa pensar que esas son las fuerzas armadas que aseguran un buen porcentaje del petróleo del “mundo libre”.

De lo que digan las autoridades saudíes y los rebeldes yemeníes habrá que creerse la mitad. Pero los últimos días ya se ven en combate helicópteros AH-64 “Apache”, carros de combate M-60 y vehículos de combate de infantería M2 “Bradley” así que la cosa tiene que estar subiendo de intensidad. Ya las malas lenguas decían el 4 de diciembre que los saudíes habían entrado en “pánico” y habían pedido ayuda a los jordanos que llevan un tiempo empeñados en tener unas fuerzas armadas creíblles. Quedaría confirmar la participación iraní para estar seguros de presenciar una delicada guerra por delegación.

El ombligo cristiano

Una de las cosas que me sorprenden del panorama académico e intelectual español en materia de seguridad y defensa es la consideración que se tiene al Grupo Español de Estudios Estragégicos, un think-tank en la órbita del PP. Personalmente creo que le tiene porque son uno de los grupos más antiguos en un panorama desierto. Quizás también ese respeto que profesan algunos es producto de una cierta envidia a cómo se lo montan los de la derecha. Y poco más.

A esto se dedican en España cuatro gatos. Tenemos publicaciones con artículos de análisis y reflexión en el seno de las fuerzas armadas cuya existencia pasa totalmente desapercibida a la ciudadanía. Un contraste total con la accesibilidad a las publicaciones militares estadounidenses y francesas. Por otro lado tenemos centros de investigación sobre conflictos armados y relaciones internacionales fundados dentro de universidades y ONG con un irrespirable aroma progreguay que no es más que un reflejo del desinterés de la izquierda por las cuestiones de seguridad y defensa. Que la revista “Papeles” del antiguo Centro de Investigaciones para la Paz haya abandonado la trayectoria con la que nació en 1985 para convertirse en “Papeles de Relaciones Eco-Sociales y Cambio Social” es sólo un síntoma. Y así nos va.

Mientras, cualquier barroco aprendiz de corta-y-pega publica un libro y el GEES cuelga en su página web artículos que empiezan con párrafos como el que sigue:

A los ojos occidentales, el mundo islámico resulta extraño, una colección de escritos sin sentido, ritos incomprensibles y costumbres absurdas.

El autor, al parecer, es un militar uruguayo. Y su extrañeza sea debido a que se trata de un ateo que nunca haya leído la Biblia cristiana ni en su país abunde la amplia colección de “ritos incomprensibles y costumbres absurdas” que caracteriza a la mayoría de religiones a los ojos del observador externo. A mí la frase me parece un desparrame de chorradas etnocéntricas. Sólo hay que ver las noticias en la televisión española durante la Semana Santa o los documentales sobre algunas fiestas patronales para comprobar cómo en pleno siglo XXI por acá se maltrata a un animal, por aquí pasan la noche tocando el tambor o por allá dan saltos vestidos con ropas de colores.

Lo que llevo tiempo comprobando es que tras el discurso islamófobo adornado como análisis desde la perspectiva del Choque de Civilizaciones se esconde un discurso conservador cristiano (teocón) que sostiene que Occidente está en guerra contra el Islam. Y que mientras el mundo musulmán tiene un fuerte sentido de la identidad, aquí nos hemos convertido en unos piltrafrillas que no aguantaríamos media hostia porque hemos perdido nuestras raíces cristianas. Me imagino su receta para remediarlo.

No deja de tener gracia que quisieran definir Europa en función de unas raíces comunes cristianas. Porque yo juraría que precisamente lo que diferenció a Europa del resto fue la Ilustración y la Modernidad.

Mientras, les lanzo una duda. Si quieren que nos tomemos en serio eso de la Alianza de Civilizaciones. ¿Hay alguien por ahí que se haya molestado en justificarlo intelectualmente?

Afganistán y el origen de la yihad

La invasión soviética de Afganistán fue presentada por la administración Reagan como una muestra del expansionismo soviético, una adaptación a las reglas de la Guerra Fría del Gran Juego de Asia del siglo XIX. Afganistán, se dijo, era el primer paso. El siguiente, anunciaron, sería Pakistán, la salida al Oceáno Índico que una vez el imperio zarista soñó y la llave para controlar el cercano Estrecho de Ormuz.

Era mentira. A finales de los años setenta Afganistán estaba gobernada por un partido comunista cuya recalcitrante ortodoxia marxista-leninista asustaba hasta en Moscú. Los intentos de modernizar el país por decreto, escolarización de las niñas y colectivización de la tierra entre otras medidas, había encontrado la resistencia de la población rural. Estallaron revueltas reprimidas duramente por el gobierno de Kabul. Se entró en una espiral de violencia que empujó a muchos campesinos a echarse al monte y a sus familias a refugiarse en la vecina Pakistán.

La CIA intervino apoyando a la oposición afgana. Quería causarle problemas a la U.R.S.S. en un país fronterizo poblado por los mismos grupos étnicos que dos de sus repúblicas centroasiáticas, Uzbekistán y Tayikistán. En Moscú la situación se analizó como una amenaza para la estabilidad de dichas repúblicas. En 1979 había caído el shah de Persia y en la U.R.S.S. se temía la expansión del islamismo político al Asia Central. Que hubiera partidos islamistas entre la oposición afgana se veía como una amenaza directa. Moscú intervino finalmente. La Unión Soviética invadió Afganistán el 24 de diciembre de 1979.

Cuando Ronald Reagan se convirtió en presidente de EE.UU. la CIA tomó una postura aún más agresiva respecto a la situación en Afganistán. El objetivo no era ya causar problemas a la U.R.S.S. Era atrapar al país en una guerra larga y costosa. Se trataba de hacerle pagar a la U.R.S.S. la derrota en Vietnam. Era una venganza y era personal. Pero la administración Reagan no se quería empantanar en otra guerra sucia y lejana en Asia. Era mejor delegar en aliados que aportaran el conocimiento del terreno y la experiencia de alguien local. Ese aliado fue Pakistán y su todopoderosa agencia de inteligencia, el Inter Service Intelligence. Como luego se comprobaría con cada actor implicado en la trama, Pakistán y en concreto el ISI tenía su propia agenda.

Afganistán era para las autoridades paquistaníes su particular “patio trasero”. La etnia pashtún se extendía a ambos lados de la frontera. De hecho Afganistán nunca la había reconocido oficialmente. Para los pashtunes la frontera que dividía los países era una entelequia administrativa, Y para los líderes pakistaníes convertir de facto a Afganistán en una extensión de Pakistán era la forma de obtener profundidad estratégica en caso de un hipotético conflicto convencional con la India.

EE.UU. puso el dinero y los suministros militares y el ISI se encargó de repartirlos. En los campos de refugiados y en los locales donde se bebía té y se discutía de política en las ciudades fronterizas se repetía el fragmentado espectro político afgano. Estaban por un lado los pashtunes monárquicos que contaban con el rey Zahir Shah, depuesto en 1973, como símbolo de la unidad del país. Pero fomentar el nacionalismo pashtún podría ser una arma que se volviera contra el propio régimen pakistaní. Estaban los tayikos del comandante Ahmed Shah Massud, que se habían mostrado combatientes fieros y eficaces en su inexpugnable valle del Panshir. Pero sus dominios estaban tan lejos de la frontera pakistaní que establecer un flujo grande de suministros hasta allí hubiera sido imposible. Habían también partidos interétnicos e islamistas moderados cuya implantación había estado siempre limitada a las élites urbanas. El ISI eligió a los islamistas radicales.

Desde la perspectiva del régimen pakistaní apoyar a un partido islamista era una vía para obtener una legitimidad religiosa, que dado el carácter dictatorial carecía en el terreno de la política. Para la CIA convertir la guerra contra el invasor soviético en una guerra santa era una forma de buscar la implicación de los regímenes conservadores de la Península Arábica y de países como Egipto. Todos necesitaban presentarse ante sus respectivas poblaciones como piadosos musulmanes que ejercían la solidaridad con los hermanos de Afganistán. Las embajadas pakistaníes otorgaron visados a todos los voluntarios que quisieron ir a luchar a Afganistán. Países como Egipto o Arabia Saudí pretendían así deshacerse del lumpen proletariado más militante que en vez de morir luchando contra el gobierno local lo haría ahora de forma heroica como carne de cañón en tierras afganas. A pesar de todo los voluntarios árabes, a los que con el tiempo se les llamaría “árabes afganos”, nunca fueron un contingente excesivamente numeroso dentro de la resistencia afgana a la ocupación soviética.

EE.UU. llegó a un acuerdo para que que Arabia Saudita igualara toda cantidad que la CIA canalizara hacia la resistencia afgana. Pero al margen de las contribuciones de EE.UU., Pakistán y Arabia Saudita hubo un flujo de dinero privado recogido en colectas en las mezquitas y contribuciones particulares. A través de ONG musulmanas ese dinero llegó a Pakistán en paralelo al gestionado por el ISI. En ese ambiente de señores de la guerra, espías, voluntarios, periodistas, cooperantes y oportunistas creado en las provincias pakistaníes fronterizas con Afganistán por el impulso del dinero llegado de el exterior aparecieron personajes como Osama Bin Laden, Ayman Al Zawahiri y Abulá Yusuf Azzam.

Bin Laden en AfganistánBin Laden era uno de tantos hijos de un famoso empresario de origen yemení cuya fortuna había crecido a la sombra de la casa real saudí. Usó sus contactos para recaudar dinero, su experiencia empresarial para administrarlo y su conocimiento del sector de las obras públicas para la construcción de infraestructuras. Años más tarde sería mundialmente famoso y sus seguidores, siguiendo instrucciones de él o quizás no, se encargarían de escribir biografías apócrifas en el que se le describe como un fiero muyahidín, voluntario de primera hora en la guerra. La realidad es que no apareció por Pakistán hasta mediados de los años ochenta, cuando ya empezaba a notarse el agotamiento soviético, y quienes le trataron cuentan que por aquel entonces se sentía agradecido por la contribución estadounidense a la yihad afgana.

La convivencia de los radicales islamistas provocó en ellos un cambio de su visión política del Islam. A Estados Unidos le había interesado la consideración de la guerra afgana como una yihad para atraer aliados en el mundo musulmán. Para los islamistas la yihad no acabaría cuando concluyera la guerra en Afganistán. Aquel era sólo el primer paso. Organizaron sus propios campos de entrenamiento al margen de los que el ISI dirigía. Contaban con el dinero que millonarios como Bin Laden aportaban y el flujo de dinero privado que recogían las ONG.

Según se fue acercando el fin de la guerra las diferencias entre las distintas facciones afganas se fue haciendo más evidente. Hasta aquel momento habían tenido un enemigo común que les había dotado de una identidad colectiva como muyahidines. Ahora quedaba decidir cómo sería gobernado el Afganistán de la posguerra. Por su lado dentro de las filas de los islamistas radicales también surgieron diferencias. La cuestión era el siguiente paso tras la guerra de Afganistán.

Una corriente la representaba Abdulá Azzam, palestino de origen y al que se sitúa en el origen de HAMAS. Era el cabeza de una organización llamada Oficina Afgana de Servicios, que se había encargado de recaudar dinero y acoger a los voluntarios islamistas llegados de todo el mundo. Azzam había procurado que esos voluntarios se redistribuyeran entre los distintos grupos afganos de combatientes. Opinaba que el siguiente objetivo debían ser las tierras del Islam bajo ocupación de los infieles, lo que se podía aplicar a Palestina. Azzam consideraba además que la yihad debía llevarse a cabo dentro de unos límites morales que implicaban no cometer ataques indiscriminados contra civiles indefensos, mujeres y niños. Pero ante todo había que esperar al fin de la guerra en Afganistán y procurar la victoria final.

La otra corriente la representaba Osama Bin Laden, vinculado también a la Oficina Afgana de Servicios pero con el paso del tiempo había caído en la órbita ideológica de Ayman Al Zawahiri. Tras las burlas de los afganos por la torpeza de los árabes sin experiencia llegados como voluntarios con más ánimos que otra cosa, Bin Laden había decidido organizar su propio campamento dentro de Afganistán y su propio grupo de combatientes aparte de las otros grupos afganos. Tras unos cuantos fracasos inciales el grupo de Bin Laden resistió un asalto de las fuerzas soviéticas contra su campamento lo que le permitió al fin presentarse como un verdadero muyahidín. Su opinión respecto al destino de los voluntarios árabes era continuar la yihad, entendida ahora como una lucha global. Tras la derrota de la U.R.S.S. el objetivo debía ser la otra gran potencia, Estados Unidos. En esa lucha no debía haber límites morales. Los civiles eran objetivos legítimos.

En 1989 una bomba mató a Azzam cuando un viernes iba de camino a la mezquita. Su relación con Bin Laden por aquel entonces era buena. Sus enemigos se encontraban entre los miembros de otras facciones islamistas. Pero la muerte de Azzam dejó vía libre para que Bin Laden tomara el control de la organzación.

Algunos afganos advirtieron a sus contactos de la C.I.A. sobre aquellos islamistas que habían organizado campamentos aparte del resto de los muyahidines y que hablaban de una yihad global. Pero con el fin de la Guerra Fría cesaron las actividades de la CIA en Afganistán. Se había derrotado a los soviéticos. ¿Qué más podía importar? Sólo quedó atrás un grupo reducido de agentes encargados de tratar de comprar los misiles antiaéreos portátiles FIM-92 Stinger que la C.I.A había repartido entre los muyahidines “como chupa chups” (like lollipops). Los presupuestos militares y de inteligencia se redujeron. Y al igual que los agentes de la CIA los voluntarios árabes regresaron a su países de origen convencidos de ser responsables de la caída de la Unión Soviética. El resto es historia.

Nota:

He escrito esta entrada de mi blog movido por lo que cuenta la Wikipedia en español sobre Osama Bin Laden. No es que el artículo sea malo. Es una puta mierda producida por una pandilla de gilipollas progres indocumentados. Una vergüenza total para la Wikipedia. La próxima vez que oigan a alguien decir que “Bin Laden fue entrenado por la CIA” o “Bin Laden fue agente de la C.I.A.” sepan que están ante alguien que no sabe de lo que habla.

Recomiendo la lectura de dos libros Premio Pulitzer:

-The Looming Tower: Al Qaeda and the Road to 9/11 por Lawrence Wright. Si no tienen tiempo ni ganas para leer este es el libro. Es bastante ameno y fácil de leer. Arranca con Sayyid Qutb, sigue con la yihad afgana y se centra en la la vida de Osama Bin Laden y los vaivenes de su relación con Ayman Al Zawahiri, alternando con la historia de las unidades antiterroristas de EE.UU. y cómo su incomunicación llevó a la incapacidad de detener el 11-S.

-Ghost Wars de Steve Coll . Es una obra monumental para quien quiera profundizar a fondo. Yo lo leí por rachas y completarlo me llevó meses. El libro es un relato pormenorizado del papel de la CIA en la guerra afgana y en la posterior lucha contra el terrorismo yihadista. El libro arranca con el asalto de la embajada estadounidense en Islamabad el 21 de noviembre de 1979 y concluye con la muerte de Ahmed Shah Massud el 9 de septiembre de 2001.