Los libros de enero

De un tiempo a esta parte he adoptado la costumbre de hacer reseñas de los libros que leo. Es una forma fácil de no abandonar el blog y darle contenido mientras ando ocupado en mil cosas. A veces me mueve contar lo que he aprendido con un libro y otras contar lo malo que es. He descubierto que no es fácil. Yo leo para tomar notas o subrayar, siempre pensando en los libros como fuente de información. Y para hacer una reseña se requiere otra predisposición. Otra forma de leer. Así que no reseño todos los libros que pasan por mis manos. Así que voy a incorporar una nueva costumbre: Dar cuenta de los libros que incorporo a mi biblioteca. Empezaré por los que han entrado en las dos últimas semanas.

libros

“Brother in arms” de Camille Tawil.
La autora, una periodista y escritora libanesa, cuenta los vínculos forjaos por los “árabes afganos” durante la guerra de Afganistán en los años 80 y cómo volvieron a sus países de origen para emprendar yihads locales. Los fracasos en lugares como Egipto y Argelia les empujó a la órbita de Bin Laden y sus sueños de una yihad global.

El Sáhara como metarrelato” de José María Lizundia Zamalloa.
Se trata de un ensayo crítico sobre la historiografía del Sáhara Occidental y la construcción del nacionalismo saharaui. Es un libro desmitificador y contraocorriente, por tanto incómodo, pero bastante interesante para un tema del que abundan las memorias sentimentales.

“Dark Market: CyberThieves, CyberCops and You” de Misha Glenny.
Un libro sobre “cibercrimen”, uno de esos temas que se pusieron de moda con la popularización de Internet y luego se desvanecieron. Es del mismo autor que el muy recomendable “McMafia”.

“The Scientific Way of Warfare: Order and Chaos on the Battlefields of Modernity” de Antoine J. Bousquet.
La guerra moderna como producto de la racionalidad científica. Sigo dándole vueltas a las guerras posmodernas.

“The Starfish and the Spider: The Unstoppable Power of Leaderless Organizations” de Ori Brafman.
Es el enésimo libro sobre organizaciones centralizadas v. distribuidas escrito por alguien con aspiraciones de gurú y que se dice tuvo mucho predicamento dentro del Tea Party.

“Planet of Slums” de Mike Davis.
Barrios de chabolas en las megaciudades. Mi acercamiento a la cuestión urbana antes de hablar de guerrillas urbanas, swarming y smartmobs.

Los ojos de la guerra

Otra vez me he visto en la tesitura de organizar las estanterías de libros. He perdido la cuenta de cuántos libros quedaron condenados a una caja en el trastero. Del algunos ni me acuerdo. Y ese es el problema. Retirarlos de la estantería es condenarlos al olvido. Cada reorganización de la biblioteca es una gestión de la economía de la escasez. Y esta última vez he tomado una decisión difícil. Los libros de la guerra de Iraq dejarán su hueco. Al menos irán a una caja en el altillo para tenerlos a mano. Con la retirada de tropas estadounidenses, Iraq es ya historia y sólo quedará como estudio de caso en el campo de la contrainsurgencia.

Y tomé otra decisión. He mandado a una caja los reportajes de guerra. Creo que llegué a tener una colección notable de ellos. Pero de un tiempo a esta parte había dejado de incorporar libros. Y caí la cuenta de algo. En las guerras del Tercer Mundo durante la Guerra Fría y en las guerras civiles de la inmediata Postguerra Fría los reporteros de guerra que trabajan para medios occidentales eran los únicos testigos que nos acercaban la naturaleza de la guerra. Para alguien como yo sus relatos eran crónicas de un horror fascinante. Eran desde luego otros tiempos y otro periodismo. Pero luego llegaron las guerras de Afganistán e Iraq y el mercado editorial anglosajón se llenó de testimonios de veteranos. Las guerras ya no eran tema para libros de testigos accidentales. Sino que eran contadas por sus protagonistas. Así que aquella estantería a revantar apenas tuvo nuevas incorporaciones y hoy ya está ocupada por otros libros.

Al menos para que no queden condenados al olvido, he hecho la lista.

“Salam Pax. El internautua de Bagdad”
Anónimo.
Mondadori. 2003

“In the company of soldiers. A chornicle of combat in Iraq”
Rick Atkinson
Little, Brown. 2004

“Malvinas, diario del regreso”
Edgardo Esteban
Sudamericana. 2005

“La Guerra eterna”
Dexter Filkins
Crítica. 2009

“Despachos de guerra”
Michael Herr
Anagrama. 2001

“Morir para contarlo”
Julio Fuentes
La Esfera de los Libros. 2002

“Más allá de la batalla. Una corresponsal de guerra en Irak”
Mercedes Gallego
Temas de Hoy. 2003

“Paisajes de guerra”
Juan Goytisolo
Aguilar. 2001

“Hospital de campaña. La odisea de un cirujano”
Jonathan Kaplan
Espasa. 2002

“Un día más con vida”
Ryszard Kapuściński
Anagrama. 2003

“El mundo de hoy”
Ryszard Kapuscinski
Anagrama. 2004

“Los ojos de la guerra”
Manuel Leguineche y Gervasio Sánchez (ed.)
Plaza & Janés. 2001

“El club del Bang Bang”
Greg Marinovich y João Silva
Grijalbo. 2002

“El laberinto checheno. Diario de unacorresponsal de guerra”
Anne Nivat
Paidós. 2003

“Homenaje a Cataluña”
George Orwell
Virus. 2000

“Diario de la guerra”
Alfonso Rojo
Planeta. 1991

“Detrás de la cámara. Crónicas personales en tiempos de guerra
Eduard Sanjuán
Salvat. 2002

“Ninguna guerra se parece a otra”
Jon Sistiaga
Plaza & Janés. 2004

“La Tercera Guerra mundial ha comenzado” de Laurent Artur du Plessis

Ahora mismo estoy leyendo un libro por obligación para un trabajo académico y estoy atascado porque sus ideas me chirrían. El autor es la persona a la que tengo que entregar el trabajo… Imagínense mi situación. Sin embargo hay libros con los que no estoy nada de acuerdo y en cierta forma disfruto de su lectura como disfrutas de esas películas de las que dices “es tan mala que te ríes”.

Guardaba desde hacía tiempo La 3ª Guerra Mundial ha comenzado” de Laurent Artur du Plessis, un libro publicado originalmente en Francia en 2002 al que diez años dan perspectiva suficiente para juzgar convenientemente. Y más tras haber vivido 2011, el año en que murió Bin Laden y estalló la “Primavera Árabe”.

El libro responde a todos los clichés que señalaba en “Apuntes de Yihadología e islamofobia” y al discurso que criticaba en “El ombligo cristiano”. Se nota que está escrito al calor del 11-S aunque añade una dimensión más que tengo pendiente tratar en estos días de crisis con Irán: Los presuntos expertos en Geopolítica que actúan de profetas del apocalipsis. Du Plesis lo deja claro de entrada. Todo su libro se basa en una sola premisa a la hora de analizar el panorama internacional: “[N]o hay ninguna duda de que sucederá lo peor” (pág. 17). Sin ir más lejos “el conflicto entre la India y Pakistán tendrá lugar y seguro que se emplean armas nucleares” (pág. 17).

No encontraremos ninguna nota a pie de página ni bibliografía. Se trata de un ensayo que asume plentamente y de forma entusiasta el concepto de Choque de Civilizaciones de Samuel P. Hungtinton. La “Tercera Guerra Mundial” que anticipa el libro, cómo no, es la guerra del Islam contra Occidente.

Me ahorraré en relatar cómo describe el autor al mundo islámico porque cumple a rajatabla el guión que describí en mis “Apuntes sobre Yihadología e islamofobia”. Se lo pueden imaginar. En el libro el Islam es un ente monolítico en el que todos sus miembros trabajan de forma conjunta en un plan total para dominar el mundo, ya que forma parte de su naturaleza más profunda y esencial el totalitarismo agresivo que ve en Occidente su negación más odiosa.

“El Islam, una teocracia totalitaria” Título del Capítulo 3. pág. 71-121
“El islamismo es un movimiento político-religioso, un totalitarismo teocrático con un proyecto de conquista planetaria” pág. 77.
“El [espíritu] del Islam es la violencia”. “La historia del Islam es la de sus armas” pág. 81
“El Islam laico y tolerante pertenece al reino de lo virtual”. “No suscita ningún interés significativo en el seno de las masas musulmanas” pág. 121.

Si para el autor el Islam es totalitario y expansionista, la situación actual sólo la agrava el auge del integrismo islámico.

[El neowahabismo] es “un proyecto político de conquista mundial que formulan sin ningún tipo de complejo. Todos ellos ponen en marcha de redes de militantes profesionales fanatizados, muchos de los cuales están dispuestos al sacrificio supremo, el de su propia vida” pág. 113.
“Este integrismo islámico, bestial y asesino, está convencido de una victoria total en el seno del mundo arabo-musulmán: en los períodos de grandes disturbios siempre hay un momento en el que el terror consigue obtener plenos poderes” pág. 115.
“La mayoría de los gobiernos arabo-musulmanes son, desde hace mucho tiempo, rehenes de los integristas islamistas” pág. 119

Según el autor la guerra con el Islam es, por tanto, inevitable.Sin embargo se lamenta que el Occidente cosmopolita y autocomplaciente no sea consciente del peligro.

“Son paradojas muy dolorosas que el Ciudadano del mundo no puede llegar a conocer mediante sus consolas del juego electrónicos, sus reality shows y sus planes de empresa, ni tampoco a través de la ideología basada en la revolución de 1968, anclada en infantiles formas de pensar, donde se recurre preferentemente a la utopía para solucionar los grandes problemas de la humanidad” pág. 40.

En el caso de la juventud el problema es aún más grave por culpa de los videojuego : “La juventud occidental naufraga en los juegos electrónicos. Le amenaza la pérdida del espíritu de sacrificio”. pág. 53.

Lo habrán adivinado. Se trata de una crisis de valores por culpa de que Europa ha abandonado los valores cristianos para lanzarse en brazos del materialismo capitalista de Estados Unidos:

“El Occidente actual está amenazado por una gravísima crisis de valores”. “Su capitalismo liberal ha ahogado, sobre todo en Europa, muchos de sus valores tradicionales (familia, trabajo, patria…) bajo oleadas de riqueza. La religiosidad disminuye y Europa es ahora el gran bazar de lo americano, el McDonalds, Hollywood, las películas pornográficas, los reality shows, el materialismo, el hedonismo sin sublimación, todo ello puesto al servicio de las leyes del mercado” pág. 53.

Como ven, una vez más, llegamos a que detrás de un discurso de alerta sobre el amenaza del Islam se encuentra un lamento por la pérdida de los valores tradicionales cristianos. Para el autor constrasta la difusión violenta del Islam comparada con la naturaleza pacífica del cristianismo, que en sus orígenes se “extendió de forma pacífica, por el boca oído y por el prestigio espiritual de sus mártires (que no podían ser más pacíficos), y no por la espada” (pág. 82). Rara vez el cristianismo ejerció la violencia contra otros y en tales casos, como la conquista española de América, fueron “desviaciones respecto a los textos sagrados” (pág. 83).

Aquí tenemos que hacer un alto para señalar que el discurso sobre la “difusión violenta del Islam” sirve siempre como señal de alarma de la solvencia intelectual de quien tenemos delante. Y hemo visto en este caso, cómo ignorancia sobre el Islam y etnocentrismo suelen ir de la mano. Además resulta curioso que el único país que se nombre como exportador del cristianismo de forma violenta sea España, que debe ser el único país con un pasado colonial.

El libro dedica unos cuantos capítulos a hablar de la inminente crisis económica. Lo cual para ser un libro sobre los peligros del Islam escrito en 2002 es un mérito. El autor afirma que la crisis que iba a venir sería peor que la de 1929 y sería la espoleta que iba hacer estallar todo el mundo musulmán.

“[L]as masas se rebelarán y tomarán el poder por la fuerza bajo la dirección de las redes integristas. El mundo árabo-musulmán conocerá así una oleada de revoluciones que recorrerá el mundo desde el Atlántico hasta el Pacífico”. pág. 239
“Las células integristas se movilizarán en tierras del Islam para fomentar los disturbios y alcanzar el poder, ayudados por la crisis económica galopante que impulsará a las masas hacia la violencia desatada” pág. 245.
“Las regiones europeas de mayoría musulmana combatirán por su independencia”. “Estos conflictos recordarán por su extrema violencia, a los del Líbano de los años 1975-1990 o bien a los
de los Balcanes de los años noventa” pág. 307

Diez años después podemos hacer balance del éxito del libro en predecir el futuro y ver la fiabilidad de todos estos profetas del Apocalipsis. Como vemos, la islamofobia no es sólo un prejuicio hacia personas de otra religión. El etnocentrismo que lo caracteriza provoca una ceguera tal que da pie a análisis disparatados. Las masas urbanas de las que habla el libro al final salieron a la calle para luchar por el fin de los regímenes árabes y pedir una cosa que se parece poco al totalitarismo musulmán con el que soñaba Bin Laden. No ha aparecido nada que se parezca al gran califato con capital en Turquía que una el mundo árabe-musulmán del que habla el libro. Este podría ser un buen balance a diez años vista del 11-S: El fracaso intelectual de la derecha de raíces cristianas en entender el siglo XXI.

“Tribus, armas y petróleo”

El pasado octubre de 2011 salió publicado “Tribus, Armas y Petróleo” de Jesús Gil Fuensanta, Alejandro Lorca y Ariel José James.

Frente al puñado de libros escritos sobre la “Primavera Árabe” centrados en Egipto o que tratan el mundo árabe de forma general, es el primero que conozco publicado sobre Libia. La verdad es que quitando Marruecos representado como vecino o amenaza y la larga lista de libros que tocan el Sáhara Occidental desde una vena más o menos romántica, el Magreb suele ser objeto de poco interés en el panorama editorial español.

El libro, de 122 páginas “reales” de texto tiene tres partes bien diferenciadas. En la primera se hace una introducción a la tribu como institución, sus antecedentes históricos en el desierto libo-egipcio y su papel en la Libia del coronel Gadafi. En la segunda se hace un análisis de la guerra civil libia que es la parte más floja del libro porque Trípoli aún no había caído en el momento de la redacción y las especulaciones sobre la supervivencia del régimen quedan ahora fuera de lugar. En la tercera parte se abre el foco Oriente Medio y se especula sobre el devenir de la “Primavera Árabe”. En el momento de escribirse esa parte ya había caído Trípoli y las reflexiones sobre el futuro del país son mucho más pertinentes que las hechas en la segunda parte. Desde luego que el libro hubiera ganado si los autores hubieran esperado a la finalización del conflicto para remata el libro, pero supongo que se impusieron criterios de oportunidad editorial.

El libro es interesante por los apuntes que hace de la realidad tribal de Libia:

Libia no es una nación-Estado tal como la interpreta Occidente, en los términos estrictamente weberianos, sino una federación de comunidades tribales de costumbres y leyes consuetudinarias, articuladas en la actualidad alrededor de un interés común por el petróleo y el gas. Cuando se rompa un pacto sobre el reparto de las rentas de estas comunidades habrá guerra civil, hasta que vuelva a existir un nuevo pacto.
pág. 54

Se apunta que el discurso exterior del Consejo Nacional de Transición “sigue un modelo demasiado occidental para una sociedad con otra mentalidad, como la libia, es decir suena a lo que los occidentales quieren oir” (pág. 66). Libia ha desaparecido de las noticias y su transición hacia la democracia no está exenta de dificultades, con grupos rebeldes enfrentados y epsiodios esporádicos de violencia. Uno de los retos del 2012 será volver a seguir con atención el Flanco Sur.

“The 33-Day War” de Gilbert Achcar con Michel Warschawski

Uno llega a entender lo mal que andan las cosas por Oriente Medio cuando los dos bandos no se ponen de acuerdo ni en nombrar las cosas más simples. Si los periodistas del diario Haaretz Amos Harel y Avi Issacharoff titularon su libro sobre la Guerra del Líbano de 2006

“34 days: Israel, Hezbollah, and the War in Lebanon” el libanés Gilbert Achcar tituló el suyo “The 33-Day War. Israel’s War on Hezbollah in Lebanon and ist Aftermath”.

Quería tener una visión desde el otro lado de aquella guerra para contrastar versiones. Pero si el libro de Amos Harel y Avi Issacharoff es una obra de periodismo me he llevado un chasco al encontrarme que el de Gilbert Achcar con un capítulo de Michel Warschawski está más cerca del ensayo que otra cosa. Y un ensayo, hay que decir, bastante panfletario.

El libro empieza contándonos el origen y ascenso de Hezbolá como fuerza política mayoritaria dentro de la comunidad shií del Líbano, un país caracterizado por enormes redes clientelares y patronazgo político donde las alianzas cambian de forma sorprendente. Recomiendo sobre ello el libro de A. R. Norton y huir como de la peste del libro de Javier Martín. A los antencedentes y el contexto se dedica bastante espacio (páginas 7 a la 51) de un libro breve donde el texto ocupa 114 páginas. Y en esas llegamos a los acontecimientos del 12 de agosto de 2006.

Si uno repasa la enorme literatura producida en think-tanks, centros de estudios estratégicos e instituciones militares uno lee que Israel entró en aquella guerra sin que sus fuerzas armadas estuvieran preparadas. La tesis de Achcar y Warschawski es que se trató de una guerra de agresión contra el Líbano largamente preparada. Quizás haya que recordar la sucesión de los hechos para caer en la cuenta que todo comenzó con una emboscada de Hezbolá a dos vehículos militares dentro de suelo israelí, acompañada por ataques de cohetes y morteros contra instalaciones militares y poblaciones civiles. Que el hecho inicial fuera una agresión de Hezbolá a la otra parte es irrelevante porque todos sabemos (según Gilbert Anchcar y también el español Francisco Veiga), que en el fondo, Israel tenía planes de invadir Líbano. Es decir, da igual los hechos porque Israel es de mente y corazón un agresor nato. Y eso es lo único que necesitamos saber. Que Israel sin hacer nada ya es un país pecador de pensamiento.

La agresión incial de Hezbolá me lleva a un punto interesante. ¿Cómo justifica un libanés la existencia de Hezbolá como grupo armado? En España ha existido un largo debate sobre las “balas y los votos”. No se puede jugar a participar en la democracia con un grupo armado que mata a tus rivales políticos. Pero en el Líbano es así. Un partido político con diputados en el parlamento y ministros en un gobierno de coalición tiene miembros armados con misiles de todo tipo y cohetes de medio alcance. Lo que en cualquier país suena a locura en Líbano es normal. Y Gilbert Achcar lo justifica diciendo que un grupo como Hezbolá es necesario por las continuas agresiones de Israel contra la soberanía libanesa. Supongo que se refiere a la respuesta de Israel a los ataques e incursiones lanzadas por Hezbolá y grupos palestinos desde suelo libanés. Pero el razonamiento es brillante: Hezbolá debe seguir existiendo como grupo armado para defender el Líbano de las respuestas israelíes a las agresiones de Hezbolá contra Israel. Hezbolá es la solución a los problemas creados al Líbano… por Hezbolá. Quizás haya que preguntarse por qué Israel eligió Líbano como víctima frecuente y no Jordania, por ejemplo.

Gilbert Achcar además justifica que Hezbolá permanezca armada por dos asuntos: La ocupación israelí de las “Granjas de Shebaa” y los prisioneros libaneses en manos israelies. El primer caso se trata de un territorio que Hezbolá sólo cayó en la cuenta que era libanés tras la retirada israelí del Líbano en 2000. No hay que ser muy listo para darse cuenta que fue una excusa rápida y tonta para justificar su condición continuada de luchador contra la ocupación israelí. Y en el segundo caso tenemos un dilema interesante. El único prisionero que se menciona con nombres y apellidos en el libro es Samir Kuntar (pág. 46), autor de varias muertes en suelo israelí. Una de ellas se trata de la niña de cuatro años Einat Haran, que Kuntar mató dándole culatazos en la cabeza contra unas rocas. Por esas muertes Kuntar cumplía una condena en Israel como terrorista (fue intercambiado por los cadáveres de los soldados muertos en la emboscada de Hezbolá del 12 de agosto de 2006) y Gilbert Achcar considera legítimo que Hezbolá luche por su liberación como prisionero de guerra. Si aquellas muertes de civiles fueron actos legítimos de guerra, ¿entonces por qué quejarse de las acciones de Israel?

Volviendo al mundo real, la existencia de Hezbolá no es normal. Nadie se imagina a un partido político portugués o belga que forme parte de la coalición de gobierno del país dotado de un brazo armado que lance ataques contra suelo español o francés. Así, el 2 de septiembre de 2004 el Consejo de Seguridad de Naciones Unidos aprobó la resolución 1559 que entre otras cosas instaba a la retirada de las fuerzas militares sirias del Líbano (una violación de la soberanía libanesa que nunca pareció molestar a todos los que se quejan de Israel) y al desarme de los grupos armados en el país. En el libro se trata con sarcasmo que su cumplimiento sea demandado por “un país que mantiene un récord histórico de no adherirse a las resoluciones de la ONU” (pág. 55). Dicho lo cual queda la duda si las Resoluciones de Naciones Unidas son importantes y de debido cumplimiento. Si Hezbolá tiene derecho a incumplirlas, entonces su importancia es relativa. Así que, ¿por qué quejarse de Israel? Naciones Unidas no genera de todas formas mucho entusiasmo al autor, que señala con asombro que la Resolución 1701 con la que se puso fin al conflicto “¡trata al Líbano como si fuera el agresor!” (pág. 61). Un pequeño detalle que tiene que ver con que fue Hezbolá quien inició la guerra con un ataque en suelo israelí.

En algo sí estoy de acuerdo al menos con Gilbert Achcar. O al menos la impresión que tuve en 2006 fue que parecía que una campaña tan intensa de bombardeos israelíes tenía como objetivo presionar al gobierno libanes contra Hezbolá (pág. 56). Pero nunca hubo campaña aérea que lograra tal cosa. Poner al que recibe las bombas de un ataque de represalia en contra del agresor inicial que provocó la respuesta. Lo curioso es el tratamiento que le da Gilbert Achcar. El ataque a poblaciones civiles sólo puede considerarse un crimen de guerra. ¿Y entonces los ataques de Hezbolá con cohetes de no mucha precisión contra núcleos de población en Israel? Sobre ello se cita a Hasan Nasrallah, líder de Hezbolá, que se defiende con algo así como “¡Israel empezó primero!”. (pág. 66). Es decir, todo lo que tenga que ver con las leyes internacionales, las resoluciones de Naciones Unidas y las leyes de la guerra será siempre relativo en función de quién hablemos.

El israelí Michel Warschawski le da otro enfoque en el texto incluido como cuarto capítulo del libro (pp. 75-105). La guerra del Líbano de 2006 hay que ponerla en el contexto de la Guerra Global contra el Terrrosimo de la Administración Bush como una guerra por delegación (“proxy war”) en la que Israel hizo el trabajo sucio de EE.UU., tratando de destruir un peón de Irán en el tablero de Oriente Medio. La explicación que da Warschawski al “fracaso” en el Líbano es que el racismo imperialista y colonialista de Israel (juraría que el concepto neo-liberalismo también aparece por alguna parte) llevó a subestimar a Hezbolá. Por ningún lado aparece mención de la falta de atención, fondos, entrenamiento que sufrió el Mando Norte del ejército israelí en el período 2000-2006 que nos contaban Amos Harel y Avi Issacharoff. Da igual los hechos, otras versiones, las investigaciones periodísticas… Se trata de un bonito argumento que queda bien. Y eso resume el libro: Retórica, discurso, eslóganes. Pero poca información y reflexión.

Gilbert Achcar toma la idea de la Guerra del Líbano de 2006 como un episodio más de la Guerra Global de la Administración Bush en el último capítulo y eso ha hecho envejecer mal al libro, que es de 2007. Hoy miramos hacia atrás y entendemos esa guerra en relación con la Operación Plomo Fundido, un episodio más de Oriente Medio.

La guerra del fin del mundo

Hay libros que ocupan un lugar en la estantería durante años sin ser abiertos y un día movido por un impulso los lees de un tirón. “How de body?”, del fotógrafo holandés Teun Voeten, esperaba ser leído desde octubre de 2010. Con proyectos pendientes sobre el Flanco Sur Profundo era hora de empezar a leer sobre las guerras civiles de África Occidental durante la Posguerra Fría.

Voeten se encontraba en febrero de 1998 en Sierra Leona con intención de hacer un reportaje sobre los niños soldados que los rebeldes de Sierra Leona estaban desmovilizando en medio del enésimo proceso de paz tras la alianza de una junta golpista con los rebeldes. Voeten confiesa que buscaba exactamente una fotos de niños en formación cerrada y con aspecto marcial sabiendo que el tema recibía atención en los medios europeos. Pero para su decepción en los campamentos de acogida de ex-niños soldados encontró rutina y nada de ceremonias militares. Hizo fotos, entrevistas y amigos en la población local en Makeni, en el centro del país. De pronto la mierda golpeó el ventilador. La junta militar fue derrocada por las tropas de ECOMOG, el brazo armado de la unión de países de África Occidental. Los rebeldes volvieron a alzarse en armas. Tanto rebeldes como soldados partidarios de la junta se lanzaron al pillaje, los robos, el asesinato y las violaciones en uno de los países más pobres y devastados por la guerra del planeta.

Teun Voeten se encontró que todo aquello que aseguraba su inmunidad se volatilizó. De pronto se encontró con lo ilusorio de leyes internacionales, su pasaporte de un país soberano y desarrollado, su condición de periodista de un país neutral en el conflicto… Junto con varios sierraleonenses tuvo que huir campo a través y mantenerse escondido después de ser asaltado y robado. Cuando tras dos semanas la situación se estabilizó y contactó con el exterior se encontró con que asociaciones de prensa internacional se habían movilizado para buscarlo en la selva tras darle por desaparecido. Y cuando volvió a casa, sin él haberse quejado, ya le habían buscado ayuda profesional para enfrentar el trastorno por estrés postraumático.

Sin embargo Veuten salió de Sierra Leona con dudas y preguntas que en un segundo viaje al país trató de comprender. Habló con cooperantes internacionales que le contaron como su trabajo se mueve por modas. En aquel momento tocaba “niño soldados” mientras que los proyectos agrícolas tenían problemas para encontrar financiación. Habló con psicólogos que trataban a los niños soldados y se quejaban de la avalancha de organizaciones y entidades dispuesta a ayudar con más buenas intenciones que coordinación y efectividad. También le hablaron del problema de tratar a adolescentes que habían crecido ejerciendo siempre su libre albedrío y que ahora los psicólogos extranjeros trataban de convertir en obedientes niños buenos. Pero sobre todo Veuten tratan de encontrar el por qué de un conflicto delirante protagonizado por “the most insane rebel movement in the world”.

Veuten entrevista al antropólogo Paul Richards, autor de “Fighting for the Rain Forest” (1996). Richards es contrario al modelo del “nuevo barbarismo” de Robert D. Kaplan y argumenta que en Sierra Leona se vio el choque de unos revolucionarios de origen rural que chocan contra las élites urbanas que siempre se habían repartido el país. Sin emnbargo cuesta encontrar tanta racionalidad en los actores de un conflicto que degeneró y donde los ideales iniciales se perdieron.

Quizás la clave la da el politólogo Johan Peleman, que habla en términos cercanos a las Guerras Posmodernas (pág. 269):

What are we seeing in Siera Leona is the total collapse of the nation-state. Criminal networks rush in to fill the power vacuum, which is an oasis of lawlessness and institucionalized corruption. Those networks have every reason to make sure the state of chaos continues. And vice versa. The local warlord economy can only exist thanks to its alliances with shady international networks.

En Sierra Leona el Frente Revolucionario Unido lanzó una campaña de terror en las zonas diamantíferas del noreste del país mutilando a machetazos a sus víctimas. Sierra Leona vivió el mayor de los horrores llevado a cabo por hordas de niños borrachos y drogados a los que previamente habían separado de sus familias y en muchos casos obligado a matar a familiares y vecinos para cortar todo lazo. Veuten entrevista al obispo de Makeni, el italiano Giorgio Biguzzi, que le cuenta cómo esas prácticas estaban destinadas a romper el tejido social de Sierra Leona construido siempre sobre una red amplia de familiares y parientes. Y cómo las costumbres ancestrales de respeto a los jefes de poblado, ancianos y embarazadas fueron vulneradas a propósito con humillaciones públicas. Un concepto que esbocé pero que quedó fuera de la primera edición de Guerras Posmodernas y al que habrá que volver: Las guerras anómicas.

La paz volvió a Sierra Leona y volvió a saltar en mil pedazos atrapando en medio a los observadores de Naciones Unidas que supervisaban otro proceso de desarme de la guerrilla. Fue lo que le sucedió en mayo de 2000 al mayor de los Royal Marines Phil Ashby, que tuvo que huir por la selva sin agua y comida durante días. Lo contó en otro libro que leí hace tiempo: Unscathed. Demasiada historia para tan escasa geografía.

“34 days: Israel, Hezbollah, and the War in Lebanon” de Amos Harel y Avi Issacharoff

Tengo acumulados un montón de PDFs sobre la Guerra del Líbano de 2006, convertida en un asunto sobre el que un montón de analistas ha escrito informes de “lecciones aprendida”. Sin embargo no deja de haber cierta polémica sobre la divergencia entre lo que pasó realmente y el relato construido a posteriori. Sospecho que todos esos think tanks estadounidenses que publicaron tantas docenas y docenas de artículos que hablan de fiasco israelí en cierta forma trataban de conjurar lo que era en aquel entonces un fracaso en Iraq señalando las dificultades de Israel con un enemigo “asimétrico”, como es el caso de Hezbolá. Es decir, una aplicación del “mal de muchos, consuelo de tontos”. A pesar de todo, no dejo de creer que hay lecciones que sacar sobre aquella guerra.

Antes de empezar con tanto artículo quise tener una visión amplia y pormenorizada del conflicto por lo que acudí a “34 days: Israel, Hezbollah, and the War in Lebanon” de Amos Harel y Avi Issacharoff, autores del MESS Report del diario israelí Haaretz. Esperaba encontrar un relato detallado de los aspectos militares del conflicto pero los autores prestan atención a la dirección política y militar de la guerra. No estoy en la posición de poder decir cuánto de veraz hay en la versión de Harel y Issacharoff porque no estoy familiarizado con el panorama político de Israel de aquel entonces y porque en esta clase de libros no hay forma de confirmar si el relato presentado de lo que pasó en reuniones del Consejo de Ministros es veraz. Sí queda la sensación de que muchas personas vinculadas con el gobierno y las fuerzas armadas israelíes contaron lo sucedido a puerta cerrada en un intento de echarle la culpa a otros en la tormenta política que se desató en la posguerra mientras se trataba de depurar responsabilidades por los errores cometidos.

La guerra del Líbano llegó seis años después de la retirada israelí del Líbano, una de las promesas de Ehud Barak que se llevó a cabo de una forma un tanto precipitada por la descomposición del “Ejército del Líbano Sur”, la fuerza aliada de Israel. El goteo de bajas había hecho impopular la ocupación y el gobierno de Barak, en horas bajas por razones de política interna, usó la carta de la retirada del Líbano como un golpe de efecto. Sin embargo no consiguió la paz y seguridad para Israel. Hezbolá, que se presentaba así mismo como la “resistencia islámica” y centraba su razón de ser como grupo armado en la ocupación, declaró su intención de seguir atacando Israel a pesar de la retirada. Los ataques puntuales de Hezbolá y sus intentos de secuestrar soldados en territorio israelí nunca fueron respondidos con contundencia porque toda solución militar pasaba por la entrada de tropas israelíes en el Líbano en lo que podía convertirse en una nueva ocupación. Según los autores, Israel dio con ello imagen de debilidad.

En el ámbito militar la atención israelí había estado en el período 2000-2006 centrada en la Segunda Intifada y la Desconexión de Gaza. La Intifada había provocado una crisis económica en el país que se cobró recortes en las fuerzas armadas de Israel. Las unidades del Mando Norte dejaron de recibir los recursos y materiales necesarios mientras que las grandes unidades del ejército dejaron de hacer ejercicios de operaciones de armas combinadas por estar ocupadas con las operaciones de baja intensidad en Cisjordania. Las operaciones militares en el centro del país se convirtió en el mejor trampolín para ascender en la carrera militar por lo que las unidades desplegadas allí atraían a los mejores oficiales que no tenían nada que ganar sirviendo en el plácido norte del país.

A esta exposición de causas complejas y concatenadas en el libro, que para mí demuestra el interés de los autores para llegar al fondo del asunto, se une en el parecer de las autores la circunstancia de la inexperiencia y falta de capacidades de tres personajes importantes de la trama: El primer ministro Ehud Olmert, el ministro de defensa Amir Peretz y el jefe del estado mayor Dan Halutz. Los dos primeros carecían de la experiencia que anteriormente habían aportado ex-generales y héroes de guerra metidos en política. El tercero era un general de la fuerza aérea, existiendo un solo precedente de que alguien de esa rama de las fuerzas armadas alcanzara el más elevado puesto militar en Israel.

Así llegamos a los eventos del 12 de julio de 2006. Al gobierno israelí se le planteó el dilema de cómo responder. En aquel momento se había presentado un plan de operaciones para la contingencia de un enfrentamiento contra Hezbolá llamado “Aguas Elevadas”. La idea era hacer avanzar dos divisiones de infantería al interior del Líbano a la vez que realizar un envolvimiento vertical con una tercera transportada en helicóptero para cortar el sur del Líbano del resto del país. La intención era cercar a las fuerzas de Hezbolá en el sur del país, cortando su retirada y sus líneas de comunicación. [Personalmente desconozco cómo habría llevado a cabo Israel el traslado de nada menos que una división de soldados por vía aérea y cómo esas fuerzas aisladas en un país hostil habrían mantenido la posición hasta la llegada de los relevos por tierra]. El plan no fue considerado porque se quería evitar la imagen de “soldados israelíes en el Líbano” y se optó por una campaña de bombardeos aprovechando la superioridad aérea de Israel combinada con raids de unidades de operaciones especiales. ¿Qué pasaría una vez empezaran los bombardeos? ¿Cómo se actuaría una vez empezaran a caer más cohetes de Hezbolá en respuesta en territorio israelí? No se discutió. Los testimonios que recogen Harel e Issacharoff en el libro coinciden en que el debate en el seno del gobierno israelí sobre ir a la guerra y qué hacer en tal caso fue breve y precipitado. Como si los ministros no fueran realmente conscientes de las implicaciones estratégicas, políticas y humanas de tomar tal decisión. Sólo la voz de la experiencia, Simon Peres, preguntó “¿y luego qué?”.

Se tenía conocimiento de que Hezbolá contaba con cohetes tierra-tierra de un alcance considerable suministrados por Irán y Siria. Su destrucción fue prioritaria y se consiguió con éxito en la primera noche. Se tenían identificadas además un buen número de escondites de cohetes de menor alcance en edificios civiles en el sur del Líbano que también fueron atacados. Pero el número localizado y destruido fue escaso frente al total en poder de Hezbolá. Empezaron a caer más cohetes sobre Israel. A pesar de los medios (helicópteros, aviones y UAVs) resultó imposible poner freno al lanzamiento de cohetes de corto alcance que eran disparados desde vehículos ligeros o plataformas escondidas en zonas urbanas. Como en el caso de los escondites de armas en edificios de viviendas, el resultado de los bombardeos, una pila de escombros y libaneses llorando la pérdida de viviendas y familiares, se convirtió en munición contra la imagen internacional de Israel.

Se sucedieron los días y la aviación israelí siguió con su juego del gato y el ratón con el swarming de las lanzaderas de cohetes de Hezbolá. Llegó el momento en que además se agotaron los objetivos de Hezbolá identificados antes de la guerra. En esto Harel e Issacharoff se andan con cuidado pero es fácil entender lo que quieren decir cuando explican que a los planificadores de las misiones aéreas se les pasó información de poca fiabilidad. Es decir, a base de objetivos claros y confirmados, la aviación empezó a bombardear edificios simplemente “sospechosos” aumentando el saldo de víctimas entre la población libanesa sin conseguir disminuir los arsenales de Hezbolá. El gobierno israelí se dio cuenta que las operaciones militares no estaban logrando de lo esperado. Y aceptaron la mediación estadounidense y francesa para lograr un alto el fuego. A pesar de todo, Hezbolá no dejó de recibir un castigo muy duro y sus líderes también se mostraron receptivos a la intermediación de terceros. Según los autores hubo un primer momento en el que casi se logró un acuerdo y que saltó por los aires por culpa de la elección de palabras del primer ministro israelí en una comparecencia pública. También una segunda oportunidad se malogró porque la presencia de Condolezza Rice en Israel durante una gira urgente por Oriente Próximo coincidió con el bombardeo de un edificio en Qana que se saldó, según las primera noticias aunque luego se rebajó, con decenas de muertos. En Qana habían muerto más de 100 personas en 1996 refugiadas en un cuartel de los cascos azules por lo que el lugar tenía un valor simbólico añadido. Rice abandonó Israel enfurecida con sus contrapartes israelíes.

Tras semanas de guerra y sin cesar de caer cohetes en Israel el gobierno finalmente llegó a la conclusión que el único método para impedir el movimiento de las lanzaderas y evitar su disparo era controlar físicamente la franja del sur del Líbano. Se desplegaron cuatro divisiones para enfrentarse a una fuerza irregular. No se establecieron unos objetivos claros (“aislar el sur del país”, “dominar las áreas donde el mayor número de cohetes habían sido disparados”, “dominar los nudos de carreteras”) sino que parece que se esperaba que el ejército entrara en el Líbano, chocara con Hezbolá y hubiera imágenes fotogénicas que ofrecer a la prensa. Años de operaciones en Cisjordania y la Franja de Gaza llevó a que por inercia se lanzaran raids en el Líbano de menos de 24 horas pero sin mucha coordinación. Hubo fallos de ejecución en las operaciones por la falta de experiencia en el empleo de unidades mecanizadas tras muchos años de Intifada. Las unidades entraban en el Líbano, combatían y se retiraban. El terreno ganado a Hezbolá se perdía dejando en los soldados la sensación de que el precio pagado en muertos y heridos era inútil. Los lugares más habituales para el lanzamiento de cohetes y las rutas por las que Hezbolá movía fuerzas, suministros y cohetes no fueron objetivos. Mientras, los cohetes no dejaban de caer en Israel. El ministro de defensa llegó a escoger un pueblo como objetivo militar para ofrecer al público la imagen de soldados clavando la bandera israelí en lo alto de una colina. Llegaron incluso a planearse misiones que costaron vidas cuando ya se había negociado el alto el fuego definitivo y las posiciones conquistadas no iban a servir absolutamente para nada. Sólo para vender a la opinión pública una “victoria”.

El libro no presenta el panorama de derrotas tácticas que alguno cuenta. Sí presenta a Hezbolá como una fuerza bien armada con misiles anticarro modernos y bien preparada para la guerra que había esperado durante años. Por ejemplo los soldados israelíes se llevaron la sorpresa de que lo que les habían descrito como meros “zulos” de armas de Hezbolá eran búnkeres bien construidos. Lo que el libro insite, quizás por estar escrito en clave interna, es el número de bajas provocados por operaciones mal diseñadas o mal ejecutadas por culpa del mando político y militar obsesionado con “conquistar terreno”. La lectura de mis conclusiones de entonces en este mismo blog siguen siendo después de leer el libro igualmente válidas.

La guerra reflejó, una vez más, el fracaso al que se ve abocado el tecnofetichismo tecnológico y las limitaciones del poder áereo para ganar por sí mismo una guerra. Muestra el resultado de las decisiones de políticos timoratos, con un pánico atroz al impacto en la opinión pública de las bajas, con un coste en bajas aún mayor del asumible. Y da que pensar sobre las dinámicas en Oriente Próximo, donde los pasos atrás son interpretados como debilidad y sólo provocan que el otro sea más agresivo. (¿Alguien en la sala defiende “paz por territorios”? ¿Alguien?). Quizás Israel cometió muchos fallos en aquella guerra y la gestión de su cúpula política y militar en aquel entonces pueda sin duda de calificarse como “fracaso” pero no está de más añadir que durante la Operación “Plomo Fundido” el frente norte de Israel estuvo muy tranquilo.

“La guerre probable” del general Vincent Desportes

En mi propósito de no dejar atrás ninguno de los libros “imprescindibles” sobre transformación de la guerra mientras avanzo en la preparación de la segunda edición corregida y aumentada de “Guerras Posmodernas”, terminé de leer estos días la traducción al inglés de la segunda edición de “La guerra probable” del general de división (ret.) francés Vincent Desportes.

El libro data de 2009, un año antes del paso a la situación de retiro del general propiciado por unas “inoportunas” declaraciones sobre la situación en Afganistán. A Desportes se le tenía por una de las mentes más preclaras de las fuerzas armadas francesas. Este libro es su sexta obra en un período de diez años. Y si ahora lo he descubierto es por la acogida que ha tenido en Estados Unidos.

La aparición del libro no es casual. Desportes participa sin dudas del debate suscitado por las guerras de Iraq y Afganistán. Su tesis fundamental es que las guerras del futuro (“Tomorrow’s Wars” es el título en inglés) serán irregulraes y vendrán protagonizadas por actores no estatales. La fuerza bruta sola será inútil y contraproducente. Tendrán mucho de reconstrucción del aparato estatal y ayuda al desarrollo para lograr la estabilización de las áreas de conflicto y en ellas tendrá un lugar muy importante la inteligencia y la información pública. Desportes, en definitiva, está hablando de lucha contrainsurgencia.

La acogida en Estados Unidos del libro de Desportes tiene mucho que ver con la atención puesta allí a la “escuela francesa” de contrainsurgencia mientra tenía lugar el cambio de estrategia en Iraq. Precisamente me queda la duda si el libro, que no dice nada que entre en conflicto con el paradigma de las Guerras Posmodernas, le debe demasiado a la experiencia histórica reciente. ¿Qué pasará cuando las tropas aliadas se retiren de Afganistán? ¿Seguiremos hablando de contrainsurgencia o de Guerras Posmodernas?

El libro no es que me haya descubierto nada nuevo. Pero, por ejemplo, me ha gustado la referencia a la creciente urbanización del planeta y la importancia futura del “combate urbano”. Es una de las ideas que primero eché en falta en Guerras Posmodernas cuando lo vi acabado. Me ha llamado la atención también que Desportes toma como referente a “The Utility of Force” del también general (ret.) Sir Rupert Smith. Otra razón más para retomarlo y acabar el libro de una vez.

La pregunta que queda en el aire es, ¿dónde están los generales Desportes de Iberoamérica?

“Hizbullah. El brazo armado de Dios” de Javier Martín

Suelo esperar a finalizar de leer los libros para hacer una reseña en el blog. Aunque a veces haya excepciones. Y hoy tendremos una de ellas.

Estoy leyendo estos días, entre otras cosas, la edición de 2005 de “Hizbullah. El brazo armado de Dios” de Javier Martín. Los autores españoles no aportan casi nunca nada nuevo porque se limitan a hacer refritos que sirven de ligeras introducciones al tema en cuestión, pero puestos a profundizar en un tema hay que leerlo todo aunque sea para estar al tanto del estado de la cuestión en España y al menos poder criticar. Así que empecé con el libro de Javier Martín antes de pasar a otros en inglés.

Al poco de empezar a leer me encontré el término “ejército judío” para hablar del ejécito de Israel. Gobierno galo, ministro teutón, economía helena, artista nipón… Es un recurso para no reiterar en un texto un gentilicio. Pero el término se repetía siempre en cada referencia al ejército israelí. ¿Alguna vez leí “armada sintoísta” para referirse a la de Japón o “fuerza aérea shií” para hablar de la de Irán?

Resulta además que el “ejército judío” entró en el Líbano “hollando” su suelo. “Hollar” según el diccionario de la Real Academia Española es “pisar, dejando señal de la pisada” pero también “abatir, humillar, despreciar”. Se menciona en el libro también la presencia del ejército sirio en el Líbano, pero no se trata de un “ejército musulmán” ni sus soldados “hollan” el suelo libanés. Los sirios, cualquiera diría, pasaban por allí.

La cosa se pone interesante cuando llegamos a la descripción de los atentados contras las fuerzas israelíes en el Líbano.

“El 4 de noviembre de 1983, un joven partisano de 20 años arrancó un automóvil rojo que un vecino había aparcado delante de su puerta y repartió besos y bendiciones a los cuatro hombres que le miraban de frente, con las pupilas cuajadas de orgullo” (pág. 58)

¿Era un coche rojo y no azul o verde? ¿Cuatro hombres y no cinco o seis, que además miraban de frente? ¿Cómo puede saberlo Javier Martín? No lo sabemos porque no cita las fuentes (Ay, las fuentes. Qué diferencias con el mundo anglosajón). Pero que dé datos tan precisos es el resultado de asumir el papel de narrador omnisciente capaz de penetrar en la mente de aquellos cuatro testigos de la partida del pronto mártir de la causa parar saber que en su mirada había orgullo.

Tenemos aquí un recurso literario y un relato novelado de algo que no podemos saber más que por fuentes del grupo que ayudó a perpetrar un atentado terrorista suicida. Y que por tanto no es más que una pieza de propaganda islamista presentada como relato periodístico. Pasemos a otro atentado.

“Aquel día, se subió a un Mercedes blanco, se abrochó el cinturón de seguridad y recitó la fatiha (primera oración del Corán). Con la mano firme, la mente en Alá y una letanía permanente entre sus labios, recorrió los intrincados caminos del sur libanés hasta llegar a la puerta principal del cuartel, que las tropas israelíes ocupaban en la ciudad meridional libanesa de Tiro” (pp. 74)

Si en el caso anterior cabía un margen de duda sobre que la fuente directa sobre la despedida del terrorista suicida pudo ser uno de los testigos de la despedida que elaborara un relato idealizado en este caso tenemos nuevamente al narrador omnisciente contándonos ¡qué hizo y pensaba un terrorista suicida poco antes de morir! “Mano firme” y “mente en Alá” suena a expresiones sacadas directamente de un martirologio. Aquí entramos en el terreno donde se confunde relato periodístico con la recreación novelada que nuevamente se hace al servicio de una causa.

¿Mantuvieron la “mano firme” y la “mente en Yahvé” los soldados judíos en sus acciones? En la página 76 nos cuentan la muerte de Raghab Harb a manos de “un grupo de pistoleros de élite israelíes” que le “esperaban emboscados”. “Pistolero”, según el diccionario de la RAE, es “hombre que utiliza de ordinario la pistola para atracar, asaltar, o, como mercenario, realizar atentados personales”.

El término mercenario, por cierto, aparece para señalar a un personaje que Javier Martín encuentra “inquietante”: Imad Mughniyeh. El libro que tengo en mis manos es de 2005 y dudo mucho que en aquel entonces, tres años antes de su muerte, se tuviera dudas sobre la afiliación de Mugniyeh. Sin embargo Javier Martín lo presenta como un personaje ávido de sangre sin excesiva formación ni ambición política cuya vinculación con Hizbullah era “difícil de demostrar” (pág. 82).

Estamos ante un recurso típico de los relatos épicos y heroicos de las organizaciones armadas. Cuando una acción o un personaje resulta especialmente reprobable se le pone bajo la sombra de la duda. (Esa es la fuente de todas las teorías conspiranoicas sobre el 11-S lanzadas por simpatizantes de la yihad islasmista). La cuestión es que Mughniyeh no se trataba de un oscuro personaje cuyas vinculaciones fueran difíciles de trazar. Hasta la Wikipedia en inglés lo identifica como “a senior member of Lebanon’s Hezbollah organisation”. Si antes sabíamos por mano de Javier Martín hasta los últimos pensamientos de un terrorista suicida ahora resulta que las vinculaciones con Hizbullah de uno de sus miembros más destacados es un dato discutible e indemostrable.

A Mughniyeh se le responsabiliza del atentado contra las fuerzas internacionales (estadounidenses y franceses) en Beirut el 23 de octubre de 1983. Javier Martín nos proporciona qué pasaba por la cabeza de uno de los conductores de los atentados suicidas camino de su muerte.

“[V]olvió a pensar en Hur al-Ayan, la ninfa de insuperable belleza que le aguardaría a la entrada del paraíso de Alá con los brazos abiertos, dispuesta a lamer sus heridas de mártir” (pág 83).

También nos proporciona los pensamientos de otro terrorista suicida que murió al año siguiente.

“[T]odos su recuerdos pasaron deprisa y la imagen de Alá y del paraíso prometido atoró sus sentidos” (pág. 77).

No digan que no parece sacado de “Más allá de la vida”, ese programa de la televisión donde una mujer habla con los muertos. Y todo esto en las primeras 89 páginas de un libro de unas 250 páginas. Lo que me queda…

“The Devil We Know” de Robert Baer

Mi redescubierto interés por Irán tras el viaje a Israel me ha llevado a leer “The Devil We Know” de Robert Baer, autor del estupendo “Soldado de la CIA” e inspirador del guión de la subvalorada e incomprendida película “Syriana”.

Baer considera a Irán una potencia regional triunfante y emergente incomprendida por Estados Unidos y con la que Washignton tendría que alcanzar un entendimiento. Caracteriza al de Irán como un régimen altamente ideologizado pero más allá de la retórica disimuladamente pragmático. Me parece interesante como destaca el peso del nacionalismo y las aspiraciones “imperiales” de Irán en Oriente Medio, algo que en la mirada occidental hacia el mundo se pasa por alto en países con regímenes fuertemente ideologizados como Cuba o China.

Según Baer las invasiones de Afganistán e Iraq lo único que han logrado es desestabilizar dos países vecinos de Irán y crear las circunstancias para la extensión de la influencia iraní en ambos. El libro dedica gran espacio a ello y me hizo echar en falta a temas más candentes, como las ambiciones nucleares de Irán. Se nota un libro orientado al público estadounidense, de ahí que a veces sea tan “didáctico” y lleno de comentarios “cuando yo era agente de la CIA” que a veces logra casi sonar a batallita del abuelo cebolleta.

Aparte de recomendar una acercamiento realista y pragmático a Irán la segunda tesis más destacable y polémica del libro es su caracterización del mundo árabe suní. Baer considera a las sociedades árabes como altamente disfuncionales y sus regímenes aliados de Occidente poco fiables. Señala el constraste entre el terrorismo de estado iraní, instrumento de su política exterior, y el terrorismo yihadista tan impregnado de nihilismo. Algo interesante si ponemos este libro al lado de “The Secret War With Iran”.