Fotos del viaje a Israel

Miro mi galería de fotos del viaje a Israel y no reconozco el Israel que conoci y percibí.

Fue un viaje en el que presté más atención con los sentidos que con la cámara. Sé que el paisaje humano de la ciudad vieja de Jerusalén, por ejemplo, ofrece muchas oportunidades al fotógrafo. Pero en un lugar de calles tan estrechas hacer fotos disimuladamente era imposible y no me gusta tratar a la gente local como animales en un zoo.

Hubo poco momentos para apreciar lugares tranquilos y recogidos. En el Museo del Holocausto, Yad Vashem, sobra decir que apenas hice fotos.

Puede que aún rescate más fotos y amplíe los pies de fotos. Pero aquí ya tienen 72 fotos.

Arañando el tiempo

Un grupo de irreductibles abandonábamos Israel el sábado por la tarde. Así que a las siete de la mañana estábamos ya desayunando en el hotel para aprovechar la última mañana.

Volvimos a recorrer el barrio árabe de la ciudad vieja. Visitamos la Mezquita de Saladino, la Puerta de Damasco y nos quedamos en la entrada de la Explanada de la Mezquitas con la Cúpula de la Roca a la vista. Los no musulmanes no pueden pasar más allá.

Tras un almuerzo tempranero fuimos a Mea Shearim, en el barrio ultraortodoxo, que en pleno Shabbat era una zona muerta. Nos cruzamos con unos cuantos por las calles. Pero procurarmos dispersarnos para no parecer un grupo de turistas visitando un zoo.

Paramos en una esquina para consultar un plano de la ciudad y tratar de averiguar cómo volver al centro. Una furgoneta de la policía nos dio un susto de muerte haciendo sonar la sirena justo al llegar a nuestra altura. Todos dimos un salto y lo último que vimos fueron varias filas de dientes en la furgoneta. Se echaron una buenas risas a nuestra costa.

Jerusalén estaba totalmente muerte en la mañana de sábado. Quizás por caminar por calles desiertas bajo el sol nos dio la sensación de que era el día más caluroso que habíamos vivido. Regresamos al hotel a tiempo de recoger las cosas y que una furgoneta nos llevara al aeropuerto Ben Gurion.

A los veinte minutos del trayecto todo el mundo dormía. Yo aproveché para mirar el paisaje. Reconocí el desvío al museo de medios acorazados de Latrún y otro al memorial de la Ruta Birmana. Otra vez será.

En el aeropuerto los controles de seguridad fueron largos pero nunca agresivos o incómodos. No hubo mucho problema. Gasté los últimos shekels en un libro que pronto reseñaré. Encontré wifi gratis. Y viajé a Madrid para pasar de los 30 grados a un frío gélido. Dos días depués nevaba.

La última cena

El viernes comenzamos visitando Yad Vashem, el Museo del Holocausto. Nos dieron una autoguía y nos dejaron que cada uno hiciera un recorrido por su propia cuenta. No puedo decir que el tema me fuera desconocido pero siempre descubres nuevos aspectos. La algarabía habitual desapareció cuando nos volvimos a reunir a la salida. En el siguiente viaje todo el mundo estaba muy callado.

El almuerzo del viernes fue con el rabino David Rosen, que en su momento había sido el líder espiritual de los judíos sudafricanos en tiempos del apartheid y en Irlanda. La charla fue bastante interesante y animada, tocando temas que espero ampliar proximamente.

Y tras el almuerzo, por fin, nos dirigimos a la ciudad vieja de Jerusalén. Entramos por la puerta de Jaffa, visitamos la iglesia del Santo Sepulcro, hicimos algo de compras por el barrio árabe, cruzamos las callejuelas casi desiertas del barrio judío y llegamos a un mirador frente al Muro de las Lamentaciones. Acababa de ponerse el sol y comenzado el Shabbat. Desde donde estábamos nos llegaba un cacofonía de cantos y rezos.

Bajamos por el laberinto de callejuelas y escaleras empinadas hasta la explanada del Muro. Allí nos dispersamos. Judíos ultraortodoxos con sombreros cilíndricos de piel rezaban inclinándose contra el Muro ocupando toda su extensión. Había un montón de grupos de ultraortodoxos recitando en voz alta y hasta un grupo bailaba en círculo. El ambiente era electrizante. Me mezclé entre ellos hasta poder dejar un papelito. Fue un buen colofón al viaje.

Dejamos la ciudad vieja para ir a cenar en familia a casa de la rabina Nava Hefetz, que forma parte del judaísmo liberal y que curiosamente siendo mayoritaria en EE.UU. no es reconocida en Israel. La conversación se fracturó y yo sentí ese ambiente de despedida. Algunos tenían que marcharse ya aquella noche. Parecía mentira pero una semana tan intensa acababa.

Jueves, comienzo del fin de semana en Israel

La mañana del jueves nos dirigimos a un mirador en una colina, al lado de las instalaciones de la ONU. Desde allí se tenía una buena vista de la ciudad antigua, del Monte de los Olivos y de porciones del muro al este de la ciudad.

Nuestro guía, ya íbamos por el cuarto día, dejándose llevar por el entusiasmo de tanta charla y debate empezó a dejarnos ver su visión política en sus explicaciones sobre Jerusalén Este, los barrios dentro de los Territorios Ocupados, la “valla de seguridad” (=el muro de hormigón), los árabes ciudadanos de Israel… Yo hubiera preferido que se los hubiera ahorrado…

Jerusalén es una ciudad de muchas colinas y es difícil apreciar su extensión desde un solo punto. Viendo tanta quebrada uno entiende que antes de la proclamación de la independencia árabes y judíos se lanzaran a una pelea desesperada por ocupar las alturas estratégicas. Pero esa es una parte de la historia que nadie nos contó.

Tras la visita al mirador fuimos a la casa del profesor Lubotzky, que se encuentra en las afueras de Jerusalén y en suelo de los Territorios Ocupados. Fue todo un detalle recibir un grupo tan grande en el salón de su casa. “Técnicamente” hablando el barrio donde vive es un “asentamiento” y él un colono pero su punto de vista está lejos del estereotipo de chiflado religioso.

Volvimos a Jerusalén con apenas tiempo de dar una vuelta por el mercado de Mahane Yehuda. Almorzamos a la vuelta de la esquina (pan pita, hummus, falafel, shis kebap… por enésima vez) y pudimos saludar a dos de las responsables de la organización que nos invitó a Israel. De allí fuimos al mismísimo Tribunal Supremo donde en plena hora de la siesta una de sus ex-magistradas nos leyó por el aire un artículo académico. Yo no tuve mejor idea que sentarme en la primera fila, frente a ella, y según el resto del grupo fue cayendo dormido la señora dio su charla mirándome a los ojos. Tras unas pocas preguntas salió a toda prisa y nosotros cruzamos la calle para ir al Ministerio de Asuntos Exteriores. Dos altos cargos decidieron ahorrarnos una charla y simplemente se dispusieron a contestar preguntas de mis compañeros de viaje. A mí me sonó a toreo del fino.

Tras la intensidad del encuentro en el Ministerio nos fuimos a cenar a un restaurante marroquí con dos periodistas. Uno de ellos el autor del MESS Report y al que sólo reconocí a la vuelta. ¡Ouch!

La noche del jueves corresponde en Israel a nuestra noche del viernes. Tras la cena nos desperdigamos y yo terminé con un grupito subiendo por la calle calle Ben Yehuda, que estaba llena de gente joven. No recuerdo bien las vueltas que dimos pero terminamos en una terraza tomando algo. Sería el cansancio o la falta de conversación estimulante pero me aburrí. Al menos el paseo de vuelta al hotel nos permitió descubrir la “monumental” plaza George W. Bush y pude pasar por delante del famoso a su pesar Hotel Rey David.

Oh, Jerusalén

[Como las tres últimas noches en Israel no dispuse de wi-fi iré subiendo en diferido las crónicas de los últimos días. En mi galería de Flickr.com ya he subido una primera tanda fotos del viaje]

¿Qué tienes cuando un grupo de emigrantes de Alemania, Polonia y Rusia fundan un país en un área desértica? Un país adicto al aire acondicionado. Creo que si viviera una temporada aquí estaría todo el día afónico o en cama.

Nos despertamos en la orilla del Mar de Galilea poniendo rumbo sur siguiendo el río Jordán. Hicimos una parada en otro parque temático religioso montado en torno al bautismo en las aguas del río Jordán. Un lugar terriblemente kitsch, cuya principal atracción nos perdimos. Por las fotos en la entrada de la tienda de souvenris vimos que a cristianos maduritos los meten en el agua con una bata blanca de donde salen chillando de forma histérica. Nos faltó también enterarnos del precio del show.

Seguimos entonces hacia el sur bordeando la frontera con Jordania en una zona que forma parte de los Territorios Ocupados y está bajo control israelí. Llegamos a las afueras de Jericó, un lugar situado a 300 metros bajo el nivel de mar, donde iniciamos el ascenso a Jerusalén. Como es de imaginar, nos agolpamos en la ventana cuando vimos la ciudad antigua y la cúpula dorada de la Mezquita de la Roca.

En Jerusalén nos esperaban dos parlamentarios israelíes, uno del Likud y otro de Kadima, que nos dieron visiones bastantes opuestas sobre los mismos temas. Pudimos ver el hemicilo donde estaba teniendo el recuento de una votación. Desde la zona destinada al público y tras un cristal blindado pude identificar a Benjamin Netanyahu.

Tras el contacto con los políticos israelíes entramos de nuevo en los Territorios Ocupados para almorzar en Belén y hacer otra visita a Biblialandia. Me ahorraré los comentarios sobre la impresión que me causó la Iglesia de la Natividad, sus peregrinos abriéndose paso a codazos, los guías turísticos jugando a ser los jefes del lugar y el mercadeo de todo tipo. Casi encontré alivio al pasar a la iglesia católica adyacente donde unas mujeres rezaban el rosario en árabe. Creo que para un cristiano que se tome en serio sus creencias Biblialandia le tiene que resultar unn espectáculo ofensivo.

Volvimos a Jerusalén sin librarnos de la visita a la tienda de recuerdos en la que el guía se lleva comisión y sin librarnos del atasco en el control de entrada la zona israelí.

En el hotel sin tiempo de nada escuchamos a un representante de la Autoridad Palestina que hablaba inglés con acento español (su familia reside en Chile) y un periodista árabe con ciudadanía de Israel. Esta última resultó la charla más interesante hasta ahora por aportar datos y perspectivas diferentes que además me resultaron nuevas.

A la salida nos perdimos (literalmente) por las calles de Jerusalén, en lo que es un buen indicio de que nunca más debería dejarme llevar por otros cuando yo ya tengo cierto rodaje en moverme por ciudades extrañas. Nos salvó del apuro un adolescente que chapurreaba inglés y que cuando me oyó hablar en español se indentificó como uruguayo. Así llegamos al restaurante donde terminamos el día antes de volver al hotel.

Un día japonés

Ayer por la mañana nos tocaron diana a las 6:30. A las 8:00 estábamos en el centro de Tel Aviv visitando el lugar donde fue asesinado el primer ministro Yitzak Rabin. Pusimos entonces rumbo al norte bordeando el Mediterráneo.

Dejamos atrás parques empresariales y Herzliya que representan un Israel más lustroso que el conocimos al viajar a Sderot y que contrasta con las poblaciones árabes. Cuando pasamos al lado de la antigua Cesarea tomamos rumbo noreste yanticipamos lo que vendría a continuación: Biblialandia, ese extenso parque temático al aire libre abarrotado de peregrinos dispuestos a creer que los cimientos de un iglesia paleocristiana es la “Casa de Pedro” y que una sinagoga del siglo III o IV de la era cristiana es la “Sinagoga de Jesús”.

Primero cruzamos a lado del Monte Carmelo para dejar atrás el Mediterráneo. Sobre una colina divisamos Kfar Kana, el lugar de las Bodas de Caná y que es hoy un suburbio de Nazaret.

Cuando llegamos a orillas del Mar de Galilea paramos en Genosar para visitar un museo construido para una barca del siglo I de esta era en la algunos quiere ver, nada menos, “la barca de Jesús”. Evidentemente el hall de la entrada, la cafetería self-service y la tienda de souvenirs hacían pequeño el espacio dedicado a la barca, reducida a mera excusa. De allí nos llevaron a nuestra primero inmersión entre peregrinos rusos y nigeranos en Biblialandia: Kfar Nahum (Cafarnaúm), que es hoy una comunidad fransciscana.

Para mí lo interesante es lo que nos esperaba mucho más al norte, cuando tras atravesar Kiryat Shmona llegamos al “Dedo de Galilea”, uno de los puntos más septentrionales del país desde donde un mirador se contempla el Líbano a un lado y al otro los Altos del Golán. Hicimos una sesión intensa de japoneseo acompañados del portavoz del Mando Norte de las Fuerzas de Defensa Isrealíes. Luego pasamos por un punto donde sólo una carretera separaba un kibbutz de la frontera libanesa, desde cuyo interior nos miraron extrañados un grupo de cascos azules nepalíes mientras seguíamos con nuestra intensa sesión de fotografías a discrección. Hay que decir en descargo de los nepalíes que su extrañeza aumentó cuando me subí al guardarraíl para hacer fotos

Con el sol poniéndose y ya cansados caímos en la cuenta que eran poco más de las tres de la tarde. Pero el día no había acabado para nosotros. Nos llevaron a una cata de vinos presidida por un general retirado de origen franco-italiano cuyas bodegas exportan a medio mundo y han conseguido un montón de premios. Como no bebo vino no participé del jolgorio general pero sí disfruté del epicureísmo del anfitrión. En extremos opuestos del Mediterráneo la vida se entiende igual.

Regresamos a Tiberiades para en un restaurante cercano al hotel ser saturados en un desfile de platos que no sabíamos donde colocar mientras compartíamos mesa con un miembro de la comunidad árabe que nos contó largo y tendido los problemas del colectivo en Israel.

Y así terminó el día, con un paseo corto de vuelta al hotel. Hoy salimos para Jerusalén.

Málaga pero con carteles de letras raras

El domingo, el vuelo de Iberia salió dos horas y cuarto tarde de Barajas por culpa de un motor con una fuga de combustible que no hubo forma de reparar y que obligó a cambiar de avión. Sumando la espera sentado dentro del avión estropeado a la duración de un vuelo que cruza el Mediterráneo de punta a punta, me quedó la sensación de que pasé el domingo metido en un avión.

Madrugué porque temía largos y pesados controles de seguridad para embarcar. La verdad es que fueron los rutinarios y al poco rato de ir volando dejé a un lado el ejemplar de La Guerra del Yom Kippur que Sonia me regaló para dormir.

Llegamos finalmente a las cinco y media de la tarde para encontrarnos que en Tel Aviv ya era de noche. Resultado, supongo, de fijar una hora oficial que no concuerda con el huso horario en el que está la ciudad, pero que pone a Israel a sólo una hora más tarde de Madrid, París, Roma y Berlín.

Salí deprisa del avión rumbo a los controles de pasaportes dejando atrás al resto de pasajeros. Avancé a paso firme con mi típica cara de “sé a dónde voy porque he estado miles de veces aquí” cuando la verdad es que no había señalización alguna y no estaba seguro si era el camino correcto. Creí ver algún que otro control “aleatorio” de viajeros y apuré el paso al observar las hordas de viajeros avanzando hacia el corredor principal por los pasillos laterales (con la relativa tranquilidad de este año el país ha alcanzado estos días la cifra record de 3 millones de turistas).

Cuando finalmente llegué ante el control de pasaportes me encontré a una chica bastante guapa (¿una estrategia de relaciones públicas de Israel?) a la que le entregué mi pasaporte y solté un “shalom” dicho con mi mejor “yenesepacuá”. Tecleó y me preguntó el motivo del viaje. Le dije que asistir a un seminario y aproveché para enseñarle la carta de invitación en hebreo. Acuñó mi pasaporte, puso una hoja que me quitaron al pasar a la zona de recogida de equipajes y se acabó. Ya está. Entré en Israel. Así de fácil.

Salí del aeropuerto en un Hummer H3 que en aquellas autopistas con letreros trilingües (hebreo, árabe e inglés) me hizo pensar en ir en un vehículo blindado por la “Route Irish”. Los carteles en árabe fue una sorpresa viniendo de un país donde las sensibilidades lingüísticas están tan exacerbadas. Pero aquí entre un cuarto y un quinto de los ciudadanos son árabes.

Entramos en Tel Aviv por la calle Kibbutz Galuyot, pasando por manzanas que no desentonarían en cualquier otra ciudad de Oriente Medio. Luego tendría oportunidad de descubir en el sur de Tel Aviv y Yafo el lado más pobre y decadente que no sale en los folletos turísticos.

Tras un introducción al país, a la que gracias a Iberia llegué tarde, terminamos en un restaurante judío yemenita que por muy exótico que resultase a priori me recordó la comida del resto de la región.

El lunes nos tocaron diana a las 7:00 para empezar a las 8:30 (¿quién necesita hora y media para prepararse?). Tras dos charlas dadas por un periodista y un experto en derecho internacional marchamos al sur. El paisaje me resultó familiar. Como si no estuviéramos lejos. No fui el único. Una periodista de RNE lo definió como “Málaga pero con carteles de letras raras” . Yo no lo habría definido mejor.

Paramos por el camino para almorzar unos bocadillos en un área de descanso (“picnic area”) vieja y salpicada de basura. El sobrevuelo de los helicópteros Cobra y Apache anunciaban la proximidad de la Franja de Gaza.

Llegamos a las afueras de Sderot, la población de mayor tamaño dentro del alcance de los cohetes Qassam. Pudimos ver la ciudad de Gaza desde lejos mientras nos daban otra charla sobre Gaza y la seguridad de la zona. Finalmente entramos en Sderot.

En una comisaría de policía vimos restos amontonados en estanterías de cohetes Qassam y pasamos a un centro cultural donde recibimos una visión diferente del conflicto dada por miembros del grupo Otra Voz. Todos nos alegramos de activistas como ellosy valoramos la charla. Pero ellos mismos reconocían su condición minoritaria en la sociedad israelí.

Regresamos ya de noche a Tel Aviv. Terminamos en un restaurante georgiano donde sobre un piano tenían una foto de Stalin de joven (tomada para su ficha por la policía zarista). Aproveché para descubrir que la comida georgiana comparte con la armenia la impronta del imperio otomano. (Ya alguien nos advirtió que saldríamos del país hartos de comer siempre lo mismo). Sabiendo que por la mañana marchábamos a Galilea no nos quedaron ganas de aventuras y nos fuimos de vuelta al hotel.

Hay mucho de lo que escribir más allá de las impresiones personales y las anécdotas. Pero ese material lo dejaré para entradas en el blog fuera del “Cuaderno de Viaje”.