Acababa de pasar unos pocos días en Extremadura y nada más llegar a Madrid comí algo en un bar. Me senté en una mesa mirando a la calle, con una boca de metro justo delante. Era como un enorme escaparate, sólo que lo expuesto era lo que sucedía en la calle.
Yo acababa de llegar a la que se supone que a estas alturas es mi ciudad, y el ritmo frenético me resultó de pronto extraño. La boca de metro escupía y engullía gente. Todo el mundo caminaba a toda prisa. Una agitación en la calle que se me antojaba violenta. No parecía que regresaba de Extremadura, sino tal vez de una lejana Extremaduristán. ¿Tan pocos días necesita mi cuerpo para sentir extraño el ritmo de Madrid?
En el Casar de Cáceres lo que veo en la calle al mirar por la ventana es una plaza de palmeras y naranjos, con la torre de una iglesia al fondo coronada por nidos de cigüeñas. Podría pasarme toda la vida haciendo fotos de la torre y sus cigüeñas.








