Turista en Madrid, regreso de Extremadurist�n

Acababa de pasar unos pocos días en Extremadura y nada más llegar a Madrid comí algo en un bar. Me senté en una mesa mirando a la calle, con una boca de metro justo delante. Era como un enorme escaparate, sólo que lo expuesto era lo que sucedía en la calle.

Yo acababa de llegar a la que se supone que a estas alturas es mi ciudad, y el ritmo frenético me resultó de pronto extraño. La boca de metro escupía y engullía gente. Todo el mundo caminaba a toda prisa. Una agitación en la calle que se me antojaba violenta. No parecía que regresaba de Extremadura, sino tal vez de una lejana Extremaduristán. ¿Tan pocos días necesita mi cuerpo para sentir extraño el ritmo de Madrid?

En el Casar de Cáceres lo que veo en la calle al mirar por la ventana es una plaza de palmeras y naranjos, con la torre de una iglesia al fondo coronada por nidos de cigüeñas. Podría pasarme toda la vida haciendo fotos de la torre y sus cigüeñas.

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Primavera en Extremadura

Dicen que portugueses y noruegos se convirtieron en exploradores por vivir en países con una escasa profundidad estratégica. Los noruegos tenían las montañas y los portugueses al imperio español a sus espaldas. Pero cualquiera que haya vivido cerca del mar sabe que es la visión permanente de un horizonte lejano lo que te lleva a preguntarte qué habrá más allá.

Extremadura es en primavera un verde infinito de colinas suaves y un horizonte que se pierde en la distancia. ¿Qué habrá más allá?

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Renace LasIdeas.org por primavera (¡Gracias Jacinto! ¡Gracias Daniel!). Y esos horizontes extremeños son para mí ahora también horizontes abiertos a nuevas aventuras en una nueva vida nómada.

Pronto.