Tríptico ruso

En el último mes he leído tres libros sobre la Rusia de Putin. Churchill dijo de Rusia que es un “acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma” y mis lecturas me han hecho pensar que se sabe muy poco sobre la realidad de la Rusia actual a pesar de lo mucho que se ha hablado de Rusia en los medios últimamente.

Todo comenzó de casualidad. Un colega me puso en la pista de un libro sobre el colectivo  artístico Pussy Riot porque sabía que llevaba tiempo prestándole atención, en especial al paso por prisión de tres de sus miembros. Ese libro es Word Will Brake Cement: The Passion of Pussy Riot de la periodista y activista LGBT Masha Gessen. El libro recoge la historia del grupo, el proceso judicial al que fueron sometidas tres de sus miembros y su paso por “colonias penales” en Siberia donde las prisioneras son empleadas como mano de obra esclava en condiciones inhumanas. Lo primero que me llamó la atención al conocer el asunto de la detención, juicio y encarcelación es la absoluta falta de garantías procesales en Rusia. El sistema judicial ruso queda representado como una pura farsa donde jueces, fiscales y abogados muestran bastante falta de profesionalidad. En el fondo porque todos saben que participan de una farsa y las sentencias están decididas ya antes del juicio. El asunto apareció de nuevo en el tercer libro que leí sobre Rusia. Y esa sorpresa por descubrir una faceta de la realidad rusa que sale poco en los medios es lo que me llevó a seguir leyendo sobre el país. Pero quizás lo que terminé por encontrar más interesante en el libro no fue la historia del grupo Pussy Riot en sí, sino el retrato de la Rusia contemporánea que en el libro sirve de mero contexto. Las ideas del grupo no son nada revolucionarias desde una perspectiva occidental pero en Rusia resultaron subversivas por tratarse de un país terriblemente machista y conservador. Al ser la Unión Soviética un régimen dictatorial no afloraron en ella los movimientos sociales que conocimos en Occidente durante la Guerra Fría. El feminismo y la revolución sexual pasaron de largo en Rusia. Además, con la condena de los “valores burgueses” conceptos como el de la paternidad responsable se esfumaron (como en Cuba). El relato sobre la infancia y educación de los miembros del grupo coincide en progenitores ausentes y crianza en manos de las abuelas. Ahí encontré una brecha fundamental con Occidente, los valores. Si añadimos el actual peso de la iglesia Ortodoxa, cuyo alianza política con Putin precisamente Pussy Riot pretendía criticar, podemos señalar que existe una gran brecha de valores con Occidente.

El arzobispo de Novgorod y Arzamas en la "Colonia Correcional nº2"

El arzobispo de Novgorod y Arzamás en la “Colonia Correcional nº2″.

Llegué al segundo libro por casualidad, saltando de resultado en resultado de un búsqueda en Amazon. Creo que el libro apareció como una recomendación tras haber estado husmeando libros sobre Rusia. Su autor es Marcel H. Van Herpen, director del think-tank pro-atlantista The Cicero Foundation. Esta afiliación me hizo leer el libro con ciertas precauciones. Hay asuntos que el autor aborda que me dejaron dudas sobre la consistencia de datos y afirmaciones, pero el libro es rico en nota y referencias. La tesis de Putin’s Wars: The Rise of Russia’s New Imperialism es que no se puede entender la historia de Rusia sin entender sus aspiraciones imperiales y que Putin ha construido un régimen autoritario y expansionista. Encontré interesante la idea de que al contrario de los países de Europa Occidental, en Rusia no hubo construcción del Estado al final de la Edad Media antes de la construcción de un imperio. Sino que en Rusia, construcción del Estado e Imperio fueron siempre de la mano, siendo una vía de legitimación del poder de turno. Un gran número de los ciudadanos rusos actuales son descendientes no de ciudadanos rusos sino de antiguos súbditos imperiales. Otra idea interesante del autor, y que comparto porque llegué en su momento a conclusiones parecidas, es que podemos establecer una continuidad entre los designios imperiales de la Rusia zarista y la Unión Soviética. Los años noventa habría que entenderlos entonces como un paréntesis de debilidad e impotencia en la historia de Rusia hasta la llegada de Putin, que retoma el proyecto imperial ruso. Así que sería impropio hablar de “regreso a los tiempos de la Guerra Fría” cuando de lo que se trata de es la recuperación de una continuidad histórica.

Llegamos entonces a la descripción del sistema político ruso bajo Putin. Al igual que en el libro de Masha Gessen se nos cuenta de los pucherazos electorales en Rusia. Pero más interesante me pareció el falso sistema multipartidista, donde un partido mayoritario sirve de plataforma electoral del presidente y los partidos tolerados ejercen de “leal oposición” apoyando sin fisuras al gobierno. Hablamos del Partido Comunista y del Partido Democrático Liberal, que más que comunista y liberal son ultranacionalistas. Otro tema interesante es las agrupaciones que Putin ha potenciado como plataforma de apoyo electoral. Primero fue la asociación juvenil “Nashi”, con sus campamentos de verano y su acoso por la calle a diplomáticos extranjeros. Pero aquellos “veranos del amor” a orillas de un lago provocaron demasiado quejas de los padres y entonces el gobierno ruso puso su atención en los cosacos, que han creado su propio partido político y cuentan con una oficina presidencial por lo que sus milicias responden directamente ante Putin. Por último el libro analiza las guerras de Chechenia y Osetia del Sur. Hace un repaso bastante aterrador de las atrocidades rusas en Chechenia. Basta recordar el título de dos libros de Anna Politkovskaya: Una guerra sucia y Terror en Chechenia. (Tampoco está de más recordar su asesinato el día del cumpleaños de Putin).

La tesis del autor de que el designio de Rusia es ampliar su territorio y su área de influencia, con Ucrania como objetivo de especial interés, cobra relevancia tras los recientes acontecimientos en Crimea. No en vano The Cicero Foundation afirma que es el libro que predijo la agresión rusa contra Ucrania”. 

Nadezhda Tolokonnikova, Maria Alekhina

Un cosaco golpeando a una miembro de Pussy Riot con su “nagayka” durante los Juegos Olímpicos de Sochi. Cosacos uniformados auxiliaron a la policía durante los Juegos y aparecieron en Crimea tras la invasión rusa.

El tercer libro que leí es obra del que fuera ente 2007 y 2011 corresponsal en Moscú del diario británico The Guardian, Luke Harding. Mafia State: How One Reporter Became an Enemy of the Brutal New Russia se estructura en capítulos que describen aspectos diferentes de la sociedad rusa o acontecimientos  que Harding cubrió en aquel tiempo. El hilo conductor es el acoso al que se ve sometido desde su llegada por parte del FSB, el sucesor del KGB, lo que refleja bastante el estado de cosas del país. mafia-state-how-one-reporter-became-an-enemy-of-the-brutal-new-russiaHarding se encuentra con que su correo electrónico es manipulado, su correo postal desaparece y que intrusos entran en su casa de forma repetida sin más propósito que cambiar objetos de lugar para dejar así un “mensaje”. En la Rusia de Putin los periodistas y activistas por los Derechos Humanos son acosados por el gobierno y en demasiadas ocasiones sufren ataques o incluso son asesinados a plena luz del día sin que el crimen llegue nunca a resolverse. Como en la cita de Churchill, Rusia aparece como un misterio y asuntos como el funcionamiento interno del régimen oligárquico resultan impenetrables. Harding se encuentra que nadie sabe responderle a ciencia cierta quién estaba verdaderamente al mando de Rusia en el período 2008-2012 mientras Dmitry Medvedev fue presidente de Rusia y Putin primer ministro.

Como se trató en los libros anteriores, instituciones claves en una democracia como partidos políticos libres o una justicia independiente resultan una farsa. Rusia es un régimen autoritario donde el aparato de poder del Estado está al servicio de una oligarquía cleptocrática. A los magnates a la sombra del gobierno se les permite seguir con su enriquecimiento ilícito mientras no cuestionen la “vertical de poder” construida por Putin. El régimen aplica la máxima “para mis amigos todo, contra los enemigos ¡el peso de la ley!”. Leyes contradictorias y una burocracia kafkiana colocan a todo el mundo fuera de la ley por simple incapacidad de cumplirla. Cuando las autoridades rusas quieren deshacerse de un enemigo sólo tiene que apelar a un tecnicismo legal (véase el caso de la petrolera Yukos en Oilopoly: Putin, Power and the Rise of the New Russia). Así Harding se encuentra con que la renovación de su permiso de residencia en Rusia pende de un hilo. Sus crónicas sobre la corrupción, el enriquecimiento de Putin y las violaciones de los derechos humanos le coloca en una posición insostenible y finalmente debe abandonar el país. Pero el asunto le lleva a una reflexión interesante. Sabiendo que su continuidad en el país depende de crónicas favorables sobre el gobierno, Harding señala lo extendido que está en el cuerpo de corresponsales extranjeros la práctica de un periodismo benevolente con el gobierno ruso. Pone de ejemplo sangrante a la BBC. Y eso supone en cierta forma una buena explicación de por qué una descripción tan inquietante y desoladora de la realidad rusa que se repite en los tres libros resulte novedosa.

Activistas LGBT tras ser agredidos en una manifestación autorizada en San Peterburgo.

Activistas LGBT tras ser agredidos por turbas homófobas en una manifestación autorizada en San Peterburgo en junio de 2013.

La imagen que uno descubre de Rusia en estos libros contrasta con los argumentos de muchos tertulianos y columnistas que en estos días hablaba de Rusia como un país con un gobierno razonable llevado a una situación insostenible por la perfidia occidental. La reciente crisis de Ucrania se interpreta de una forma muy diferente si repasamos a lo escrito por Huntingon y Brzezinski en los noventa o a los libros de Van Herpen y Harding aquí reseñados. Resulta que todos coinciden en señalar las ambiciones rusas sobre Crimea. Pero me llama la atención que la propaganda del Kremlin calara hondo en ciertos occidentales durante la crisis internacional en torno a las armas químicas sirias en agosto de 2013 o durante la reciente crisis ucraniana. Resulta paradójico que en eso volvamos a los tiempos de la Guerra Fría. Asumen ingenuamente el papel de tontos útiles al servicio de Moscú. De eso hablaremos pronto.

The Oil Road de James Marriott y Mika Minio-Paluello

El transporte por tierra del petróleo es uno de esos asuntos en los que la Geopolítica sigue teniendo relevancia en pleno siglo XXI. La actual crisis de Ucrania ha puesto de actualidad las relaciones energéticas de la Unión Europea con Rusia y la búsqueda de alternativas, lo que lleva a veces a relacionarse con gobiernos poco presentables.

9781844676460_Oil_RoadThe Oil Road es una combinación de reportaje periodístico y libro de viajes. Los autores se propusieron seguir el recorrido del petróleo que se extrae en aguas azeríes en el Mar Caspio hasta la zona industrial de Ingolstadt en Alemania. Por ello el libro está diferenciado en dos partes. En la primera siguen el recorrido del oleoducto BTC que conecta los yacimientos azeríes en el Mar Caspio con la costa mediterránea de Turquía atravesando por el camino Georgia. En su camino entrevistan a directivos de empresas vinculadas con la industria petrolera, periodistas, activistas y ciudadanos cuyas propiedades quedan cerca del oleoducto. De paso cuentan la historia del petróleo en Azerbaiyán y los entresijos del “Contrato del Siglo” que cerró British Petroleum con las autoridades del país al poco de su independencia tras la caída de la Unión Soviética. Encontramos así un gobierno cuyos atropellos de los Derechos Humanos son acallados en nombre de las buenas relaciones comerciales con Occidente. Como en otros países del espacio ex-soviético hacen acto de presencia las ONGs e instituciones estadounidenses que tratan de fortalecer la sociedad civil. Pero aquí su trabajo está lejos de impulsar una Revolución de Colores y resulta más una pantomima porque el régimen hereditario de los Aliyev es aliado de Occidente. En ese juego participan también ONGs dedicadas a otorgar certificados medioambientales y sociales al proyecto del oleoducto.

Oleoducto BTCEl viaje siguiendo el oleoducto (la línea verde en el mapa) da voz a los habitantes de las localidades por donde pasan, que cuentan las promesas vacías, los inconvenientes y el riesgo de tener una infraestructura petrolera así al lado de su casa. Su relato contrasta con la versión dada a los autores por ejecutivos en las sedes de las grandes empresas en lugares como Londres. El interés estratégico de un conducción que permite evitar suelo ruso justifica todas las tropelías en nombre del progreso y la razón de Estado.

En la segunda parte los autores recogen el viaje del petróleo por mar desde la costa mediterránea de Turquía a la bahía de Trieste y de allí a Baviera mediante el oleoducto Transalpino. Con cincuenta años de existencia y atravesando países de la Unión Europea el relato se vuelve bastante anodino comparado con la primera parte. Finalmente los autores concluyen su viaje en Londres, donde está la sede de Bristis Petroleum y algunos de los bancos que financiaron el proyecto del oleoducto BTC.

 

“Las revoluciones de colores” de Carlos González Villa

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¿Qué mejor momento que el presente para leer un trabajo académico sobre las Revoluciones de Colores? Las Revoluciones de Colores: “Poder blando” e interdependencia en la Posguerra Fría (2003-2005) de Carlos González Villa es un intento de responder a por qué tuvieron lugar revueltas populares que lograron hacer caer gobiernos en ciertos países ex-soviéticos (Ucrania, Georgia y Kirguistán) y el papel de Estados Unidos en ellas. Fue presentado como trabajo final del máster oficial en Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid en 2010 y fue publicado por Eurasian Hub el pasado año como libro electrónico en Amazon.

El texto dedica bastante extensión a presentar el contexto estratégico de la Posguerra Fría en el espacio “ex-soviético”, con la decadente Rusia de Yeltsin en retirada y los Estados Unidos ocupando el vacío. Según el autor, la revitalización de Rusia (que coincide con la llegada de Putin al poder) espoleó a Estados Unidos a intervenir en la región. Pero al contrario que en los tiempos de la Guerra Fría, la acción exterior estadounidense fue externalizada en organizaciones privadas (ONG, think-tanks, fundaciones, etc.) que se encargaron de articular la débil sociedad civil en aquellos países donde las circunstancias eran propicias.

El recorrido hace una parada previa en la caída de Slobodan Milošević, primer ensayo del modelo. La entonces radio disidente B92 y líderes estudiantiles fueron apoyados económicamente (25 millones de dólares en 1999) y recibieron cursos de formación en Hungría por organizaciones estadounidenses. Aquellos líderes terminarían creando el movimiento opositor Otpor!, el modelo que se replicaría en Revoluciones de Colores. El autor procura dejar bien claro que no se puede considerar que la acción de las organizaciones estadounidenses financiando y apoyando a la disidencia de un país produce resultados garantizados. Precisamente el meollo del texto es el repaso, somero a mi entender, de la Revolución de las Rosas en Georgia (2003), la Revolución Naranja en Ucrania (2004) y la Revolución de los Limones en Kirguistán (2005) haciendo hincapié en las circunstancias que propiciaron el triunfo de la oposición en cada país. El eje común que el autor encuentra es que los movimientos opositores triunfaron “contra regímenes débiles, que en muchos casos no controlan partes enteras de las maquinarias del Estado”. Por su parte, igual de interesantes son los contraejemplos. Azerbaiyán, Kazajistán y Turkmenistán, tres países ricos en recursos naturales, no constituyeron un objetivo estratégico por sus acuerdos comerciales con Occidente. Armenia estaba sólidamente instalada en la órbita rusa y su realinamiento con Washington, que mantiene buenas relaciones con Azerbaiyán, habría supuesto un dilema difícil al ser Armenia y Azerbaiyán enemigos irreconciliables por cuenta del conflicto de Nagorno-Karabaj. Más llamativo es el caso de Uzbekistán, un país donde los movimientos prodemocracia y proderechos humanos hubieran tenido un intenso trabajo. Pero Uzbekistán se convirtió en aliado esencial tras el 11-S por su papel de ruta de infiltración y retaguardia del despliegue estadounidense en Afganistán. Así que Uzbekistán no estuvo en la agenda de las organizaciones encargadas de promover revueltas populares.

Como ya dije el tratamiento del asunto me pareció somero, aunque los argumentos del autor me parecieron convincentes. Lo que me queda es la sensación de que hay una historia por reconstruir. Cuentan Peter Ackerman y Jack Duvall en A Force More Powerful  que Freedom House pagó la impresión de 5.000 ejemplares del libro From dictatorship to democracy: A conceptual framework for liberation de Gene Sharp de la Albert Einstein Institution para ser repartidos entre los disidentes serbios. Otra obra de Sharp, los tres volumenes de The Politics of Nonviolent Action, fue resumida y traducida al serbio por Otpor!. Sus miembros recibieron además en mayo de 2000 un seminario en Budapest a cargo del coronel (ret). Robert Helvey sobre acción no violenta. A partir de ahí encontramos a antiguos miembros de Otpor! encuadrados en el Center for Applied Nonviolent Action and Strategies (CANVAS) dando seminarios en lugares como Ucrania antes de la Revolución Naranja o sin moverse de Serbia a egipcios antes de la Primavera Árabe. Algún día sabremos algún día cuánto dinero salió de Washington para financiar todas esas operaciones.

“Las bombas del 11-M” de Juan Jesús Sánchez Manzano


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Juan Jesús Sánchez Manzano fue el comisario jefe de los TEDAX entre 2002-2006. Estaba de servicio el 11-M y dirigió las labores de los desactivadores de explosivos del Cuerpo Nacional de Policía en aquellos días. Cuando pronto se cumplirán diez años de aquella tragedia ha decidido saldar cuentas dentro de los límites que le imponen ser un policía en activo. El comisario Sánchez Manzano fue objeto de una campaña de desprestigio brutal a manos de los medios que plantearon teorías conspiranoicas sobre el 11-M que, como el tiempo ha demostrado, sólo servían a intereses espurios lejos de la búsqueda de la verdad sobre lo que pasó aquellos días. La recopilación que hace de las barbaridades que se dijeron sobre él asombra y lleva a preguntarse, como hace él mismo, qué motivó a que sus superiores no le dejaran defenderse y al gobierno de Rodríguez Zapatero a no salir al paso de los disparates dichos sobre la actuación policial el 11-M. Y es que las cuentas pendientes del comisario Sánchez Manzano son con unos y otros.

El libro cuenta el trabajo de los TEDAX en el 11-M, cómo el autor preparó su comparecencia en la comisión parlamentaria, su papel en el juicio a los responsables del atentado y cómo se convirtió en blanco de los medios conspiranoicos (El Mundo, la COPE y Libertad Digital principalmente) que lo llegaron a acusar de, nada menos, de haber plantado pruebas falsas y obstaculizar a la justicia.

Del 11-M cuenta cómo a las 24 horas la policía había determinado que los materiales y modus operandi empleados por los terroristas no correspondían a ETA. El comisario Sánchez Manzano cuenta que transmitió toda la información disponible a su cadena de mando en la forma y extensión reglamentaria. Cómo desde el Ministerio del Interior se insistió en la pista de ETA le resulta incomprensible al autor, aunque apunta al nerviosismo de políticos, mandos policiales y personal del CNI que no pararon de llamarle. En el libro se recogen cómo el subdirector de El Mundo, Casimiro García Abadillo, contó tanto en un artículo semanas después y en su libro 11-M: La venganza que en la cúpula del PP circuló el análisis “atentado de ETA, ganamos las elecciones; atentado yihadista, gana el PSOE”. Aquello, añado yo, debió provocar un sesgo de confirmación ante los rumores sin fundamento que circularon ese día. También debemos mencionar que aquellas confesiones de García Abadillo se realizaron antes de la deriva conspiranoica de El Mundo. Algún día alguien nos contará cómo Pedro J. Ramírez puso sus esperanzas en Rodríguez Zapatero para obtener una licencia de TV analógica en abierto, que terminó recibiendo el grupo Mediapro para crear La Sexta, pero por despecho y venganza se lanzó a publicar teorías conspiranoicas sobre el 11-M como ariete contra el gobierno.

En los acontecimientos que sucedieron después tuve mi pequeño papel. Fui miembro fundador de Desiertos Lejanos, el blog que se encargó de desmontar las disparatadas teorías conspiranoicas que alentaron medios y secundaron políticos del Partido Popular. En aquellos días nos sentimos solos en medio de aquel delirio. La explicación la he encontrado en el libro. Del alguna forma el gobierno de Rodríguez Zapatero entendió que el Partido Popular estaba entrando en un lodazal apoyando las teorías conspiranoicas y siguió la máxima de “cuando tu enemigo esté cometiendo un error, no lo distraigas”. Recordemos que eran aquellos tiempos en el que el Partido Popular se posicionó en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo o las negociaciones con ETA, medidas que la mayoría de la opinión pública española apoyó. Así se explica entonces que ante el chaparrón de mentiras, ni el gobierno diera explicaciones ni se les permitiera darlas a los profesionales bajo ataque. Es más, Sánchez Manzano cuenta cómo fue llamado a capítulo para dar explicaciones por el rumor de que en el atentado se había usado Titadyn, una marca comercial de dinamita robada por ETA en Francia. En aquel momento percibió que lo que buscaba el Ministerio del Interior era alguien al que endosarle la culpa.

El triste balance es que nadie pagó por todas aquellas mentiras y tergiversaciones que tan pronto el Partido Popular volvió al poder fueron olvidadas. Esa es la triste prueba de que las teorías conspiranoicas no fue más que una cínica campaña de desinformación para atacar al gobierno y con la que algunos ganaron dinero vendiendo libros y periódicos.

 

 

 

 

 

“The Way Of the Knife” de Mark Mazetti

TheWayOfTheKnife-cvrQuienes creen en las teorías conspirativas en torno a la política externa de Estados Unidos y sus operaciones secretas ignoran la abundante literatura de reportajes periodísticos y libros de testimonios personales que se publican continuamente. The Way Of the Knife de Mark Mazetti es uno de esos libros donde se cuentan los entresijos de operaciones clandestinas, negociaciones a puerta cerradas y se explica eventos que pasaron desapercibidos en su momento con una proliferación de detalles que jamás veremos en la obra de ningún periodista español. De ahí que el apartado de agradecimientos y el índice onomástico en estos libros sea siempre tan largo.

El libro cuenta cómo, tras el 11-S, el gobierno Bush dio rienda suelta al Pentágono y la CIA en su guerra global contra el terrorismo yihadista. Los problemas de coordinación entre ambas organizaciones, las fuerzas armadas y el servicio de inteligencia, llegó a que cada una asumiera funciones que entraban en el terreno de las responsabilidades de la otra. Así, las fuerzas especiales tras quejarse de la falta de información actualizada y puntual para sus acciones terminaron por montar sus propias operaciones de inteligencia en suelo extranjero. Por su parte, la CIA al recibir el mandato de localizar y eliminar terroristas, terminó creando equipos armados. En ambos casos, se recurrió a la iniciativa privada en un contexto de gasto descontrolado y falta de supervisión parlamentaria.

Del relato hecho en el libro me llamó la atención la continuidad de fondo entre los gobiernos de Bush y Obama, algo que debería disipar aún más la falsa imagen de presidente “blandito” que a muchos les gusta atribuir. Pero sobre todo me llamó la atención el papel de Pakistán y su servicio secreto, el Inter Service Intelligence, que podría calificarse de contradictorio y en el caso de algunos de sus ramas de directamente beligerante contra Estados Unidos y sus aliados en Afganistán. Algo que habrá que tener en cuenta algún día en la evaluación del fracaso occidental en Afganistán.

Los libros del verano

Hoy me puse a ordenar mi espacio de trabajo y mi biblioteca. Caí en la cuenta que llevaba tiempo sin publicar por aquí los listados de los libros que incorporo a mi biblioteca. Por una vez espero no olvidarme de los libros en formato electrónico. Tengo todavía una relación complicada con ellos. No todos los libros en ese formato te prorporcionan la equivalencia de la posición de lectura con la página de la versión de papel, lo que complico el manejo de citas bilbiográfica. Al final me tengo que apañar para encontrar por cualquier medio una versión en papel o formato PDF. Luego están los libros publicados hace ya bastante años de lo que no hoy edición electrónica o aquellos que consigo a precio de risa de segunda mano. Por ejemplo, hace poco encontré en Internet dos libros a un penique cada uno. Más del 99% del precio que pagué por cada uno fueron gastos de envío.

Retos geopolíticos actuales (2013) de Pedro Lozano Bartolozzi. Uno de los escasos títulos sobre Geopolítica en español que resulta ser un ejemplo de la trivialización del término que puso de moda Henry Kissinger y así, en vez de Geopolítica tenemos relaciones internacionales. Con todo, un libro bastante flojito que supongo encontrarán interesante los estudiantes de primero de carrera que acaban de aterrizar en estos temas.

Beyond Baghdad: Postmodern War and Peace (2003) de Ralph Peters. Con ese título era inevitable que terminara en mi biblioteca. Peters es un militar retirado que aparece como experto en medios de derecha en Estados Unidos y es autor del famoso mapa donde se propone redibujar Oriente Medio. Lo tengo todavía pendiente por leer, junto con otros libros de los años noventa sobre el futuro de la guerra.

Between Terror and Democracy: Algeria since 1989 de James D. Le Sueur .
The Algerian Civil War 1990-1998 de Luis Martinez (pseudónimo).
Dos libros sobre Argelia en la década de los noventa. Se trata de material que estoy acumulando para un proyecto futuro.

Luego, tenemos los libros en formato electrónico.

La cuestión Malvinas de Fernando A. Iglesias. El conflicto de las Malvinas como hilo conductor de una crítica del discurso del nacionalismo argentino. Y lo hace un intelectual argentino, nada menos.

Dying for the Truth: Undercover Inside the Mexican Drug War por la autora anónima del Blog del Narco. El libro tiene la particularidad de ser una edición bilingüe. Confieso que recurrí a la versión en inglés para entender algún párrafo. Otro libro que compré para preparar proyectos futuros.

España está en crisis. El mundo no: Todo lo que pueden y deben hacer emprendedores, directivos y pymes para abrirse al exterior de Josu Ugarte. Un libro que tengo pendiente de leer pero que sólo ya el primer capítulo que leí me resultó bastante jugoso por lo que nos cuenta de China.

GLOBALISTAN: A guide to the remixed world of the 21st Century de Pepe Escobar. Periodista progre y Geopolítica. Una mezcla explosiva. Tuve que haberlo visto venir. Claro, como era colaborador de Asian Times me pensé que era un autor serio. El libro en sus páginas interiores aparecía con el subtítulo “How the Globalized World is Dissolving into Liquid War” y pensé que aportaría algo desde la perspectiva de Zygmunt Bauman. Error. Como buen posmoderno, Pepe Escobar hace literatura y no análisis. Para colmo intenta ir de ocurrente. Definitivamente hay que acabar con la Geopolítica de una vez por todas.

The Insurgents: David Petraeus and the Plot to Change the American Way of War de Fred Kaplan. Un libro imprescindible sobre el tema. Lo reseñé aquí.

“Task Force Black” de Mark Urban

Miembros del SAS británico en Iraq

Miembros del SAS británico en Iraq

He leído unos cuantos libros que cuentan las experiencias del personal de inteligencia y fuerzas especiales en las guerras de Afganistán e Iraq. Hay un montón de ellos publicados en el mundo angloparlante que terminan por conseguirse de saldo en sus ediciones de bolsillo. Suelen dividirse en libros escritos por quienes vivieron los hechos y libros escritos por periodistas que recopilan experiencias de otros. Algún que otro libro contado en primera persona tiene frases del tipo “y entonces viendo que el teniente Flanagan balbuceaba en una esquina, agarré la ametralladora y cargué yo solo colina arriba contra los cincuenta talibán”. Luego sale el libro del teniente Flanagan dándole la vuelta a la historia y por último un periodista que estaba empotrado en la unidad desmiente a ambos contando que aquel día en realidad no pasó nada. Por su parte, el problema de los libros de periodistas que tratan de contar cosas del mundo de la inteligencia militar y las operaciones especiales es que se ven obligados a estirar anécdotas de segunda mando para rellenar capítulos. El resultado no suele estar a la altura de lo que prometen las frases dramáticas y superlativas que llenan la portada.

Task Force Black: The Explosive True Story of the Secret Special Forces War in Iraq de Mark Urban no se parece a ninguno de los libros del género que haya leído. Para empezar su autor es un periodista que en sus ratos libres ejerce de historiador militar, así que no es un paracaidista en el asunto. El propósito de su libro es contar el papel del Special Air Service británico en la ocupación de Iraq agregado a otras unidades de operaciones especiales estadounidenses dedicadas a la caza de “objetivos de alto valor” en el área de Bagdad. Pero el libro no es una colección de anécdotas y batallitas, nunca mejor dicho, sino que pone la evolución de las operaciones del SAS en el contexto de la guerra y el juego político del Reino Unido en sus relaciones con Estados Unidos. Para empezar, la sola presencia de fuerzas británicas en Bagdad tuvo un valor político, escenificando que se trataba de una alianza de iguales en la que el SAS jugaba en la misma liga que las unidades más secretas de Estados Unidos. Encontramos así que al SAS se le asigna la búsqueda de personalidades del régimen de Saddam Hussein en la creencia durante los primeros meses de la postguerra que eran aquellos quienes estaban urdiendo la resistencia contra las fuerzas de ocupación. Luego, el SAS se sumó a la caza de los yihadistas voluntarios llegados de ambos países. Mark Urban destaca la ceguera estadounidense sobre la naturaleza de la insurgencia, recordemos lo contado en The Insurgents por Fred Kaplan, pero sin justificarla trata de explicar cómo en aquellas circunstancias se carecía la perspectiva que ahora tenemos. Otro asunto interesante es cómo las noticias sobre tortura a prisioneros llevó a los británicos a no entregar los insurgentes capturados a las fuerzas estadounidenses. Eso les llevó a encargarse de misiones sin importancia hasta que las celdas de los centros de detención fueron mejoradas y otras medidas fueron tomadas para humanizar el trato a los prisioneros. Mark Urban destaca el papel de algunos comandantes del SAS sobre el terreno, los comandantes de la unidad y del Director de Fuerzas Especiales en imprimirle a sus soldados una visión y una dirección mientras que algunos otros dudaron del papel a jugar en Bagdad cuando las unidades regulares estaban desplegadas en la provincia de Basora.

La historia de fondo es las visiones contradictorias sobre el origen de la insurgencia iraquí. Hasta la aplicación de la doctrina de contrainsurgencia se pensaba que el origen de todo era el rechazo a la ocupación extranjera, por lo que alguno defendía que las fuerzas multinacionales debían limitar sus operaciones al mínimo y abandonar el país lo antes posible. Sin embargo, el país estaba sumido en los prolegómenos de una guerra civil, lo que llevó a las tribus suníes a traicionar a Al Qaeda y aliarse con Estados Unidos para no ser aplastadas por la mayoría chiita y la intransigencia de los insurgentes yihadistas extranjeros. Mark Urban describe someramente un panorama de sectarismo y corrupción bastante desolador. Hoy se discute si realmente las nuevas estrategias tuvieron éxito y la situación en la país cambió por sí misma favorablemente para las fuerzas estadounidenses. En cualquier caso, el libro permite reflexionar sobre lo especulativas que son todas las reflexiones sobre la naturaleza de la insurgencia en un país en guerra y lo difícil que es que la democracia en paz triunfe. Lo que me deja el libro es más interés por lo que pasó en la región de Basora donde estuvieron desplegadas las tropas británicas. Un asunto del que he ido anotando títulos de libros en los que se habla de fracaso. Sería interesante saber si alguien hará un recuento de la experiencia española en Afganistán.

“The Black Banners” de Ali H. Soufan

Estos días he estado leyendo The Black Banners: Inside the Hunt for Al Qaeda del ex-agente del FBI Ali H. Suffan. El título hace referencia a un hadiz profético que habla de los estandartes negros que algún día se alzarían en Jorasán y avanzarían imparables hasta Jerusalén. De ahí que varias organizaciones yihadistas usen una bandera negra y que Bin Laden fechara alguno de sus comunidades en Jorasán estando en Afganistán.

He leído el libro para documentarme para un próximo artículo que estoy preparando sobre la evolución de la yihad global y me he encontrado un libro un tanto diferente del que esperaba. El autor trabajó para el FBI en su oficina de Nueva York, que por una cuestión de organización interna asumió todos los casos de yihadismo tras el primer atentado contra las Torres Gemelas. Soufan es de origen libanés y resultó ser el único hablante nativo de árabe en aquella oficina hasta el 11-S y uno de los pocos dentro del FBI en todo Estados Unidos. Así que se vio en primera línea en la investigación de los atentados contra las embajadas africanas en 1998, el “plan del Milenio” en Jordania y el atentado contra el USS Cole en aguas de Yemen en 2000.

Decía que era un libro diferente porque lo más instructivo del libro es la explicación que da Soufan de cómo transcurrieron los interrogatorios a los presuntos terroristas. Soufan aprovechaba sus conocimientos del Islam y su condición de hablante nativo para abordar de forma distendida a los sospechosos, dar rodeos e ir estrechando poco a poco el círculo. En esto, el libro me recordó a las técnicas descritas en los dos libros que aquí traté y escritos por interrogadores militares que trabajaron Iraq. Y no es que el libro no aporte nada sobre Al Qaeda. Es que a mitad del libro se cuenta cómo el autor fue contactado por el periodista Lawrence Wright, que aprovechó mucha información para The Looming Tower, uno de los libros que considero fundamental para entender la yihad global. Así que esa sensación de “esto ya lo había leído en alguna parte” tiene su explicación.

La importancia que da a las técnicas de interrogatorio cobra sentido con el terremoto del 11-S. Si hasta el momento la investigación de los atentados contra Estados Unidos se había llevado con tiranteces entre el FBI y la CIA, la “Global War on Terror” se puso en manos militares y de la CIA. Los interrogatorios hechos por agentes expertos en Al Qaeda dieron paso a las sesiones de torturas hechas por recién llegados a la lucha contra terrorista. Soufan explica así que en los primeros años tras el 11-S se anunciara erróneamente en un principio la posible implicación de Al Qaeda en los ataques de ántrax en Estados Unidos o que una y otra vez se anunciara que había caído el “número 3″ o el “número 4″ de Al Qaeda.  Según Soufan el atentado contra el petrolero Limburg en 2002 pudo evitarse pero la CIA no supo valorar la información que tenía entre manos.

Es difícil valorar cuánto de razón tiene, cuánto hay de autobombo del autor y cuánto forma parte de la rivalidad entre FBI y CIA que aparece a lo largo del libro. Soufan respalda su versión con documentos desclasificados y el resultado de comisiones de investigación. Pero hay un hecho significativo que parece darle la razón. Sólo cuando se produjo en cambio de gobierno en Estados Unidos y se decidió acabar con las torturas, efumísticamente conocidas como Enhanced interrogation techniques, se avanzó en la investigación del paradero de Osama Bin Laden.

Pero  sin duda el acento central del libro para mí es el 11-S. En The Looming Tower de Lawrence Wright había leído cómo el equipo del FBI que investigaba en Yemen el atentado contra el USS Cole fue identificando la red que lo había montado y sus conexiones con Al Qaeda pero nunca recibió de la CIA la información solicitada sobre algunos sospechosos que resultaron estar en aquel entonces en Estados Unidos preparando el 11-S. Si la CIA hubiera entregado la información disponible habría permitido al FBI detener a varios implicados en la trama y quien sabe si detener el atentado. Aquí entramos en terreno conspiranoico de por qué la CIA nunca entregó la información solicitada. Pero el libro da varias claves. La primera es la Foreign Intelligence Surveillance Act, una ley que se creó para compartimentar la tarea de la CIA y la FBI. La idea era que dado que la CIA podía pinchar teléfonos con criterios más laxos que el FBI (que requería una orden judicial), se podía usar como triquiñuela para saltarse los derechos de los investigados.

La segunda cuestión es la rivalidad entre ramas de la administración. La CIA no sale muy bien parada del libro. Soufan describe a la mayoría de sus agentes como unos chulitos de barrio sin la sutileza, la mano izquierda y la atención al detalle que requiere la investigación criminal practicada por el FBI o la policía. En el libro se cuenta como lo agentes del FBI en Yemen levantan ampollas por la actitud ambigua del gobierno del país hacia el yihadismo, obstaculizando la investigación, lo que lleva a intervenir a la embajada estadounidense para tratar de frenar al FBI y mantener las buenas relaciones con el gobierno yemenita. Por su parte, Soufan cuenta que el gobierno Clinton se convirtió en hostil hacia el FBI cuando a la agencia le tocó investigar la vida privada del presidente a raíz del famoso impeachment. En definitiva, un panorama que hemos visto descrito tantas veces en las películas, donde agentes con demasiada testosterona se enfrenta por los límites de jurisdicciones y responsabilidades. Según el autor, las cortapisas a su trabajo y la errada lucha contra el terrorismo fue lo que le llevó a dimitir para evitar tener un infarto antes de cumplir cuarenta. Desde luego, alguien debería escribir un día un libro sobre el desastre que supuso la administración Bush para los Estados Unidos.

“The Insurgents” de Fred Kaplan

Fred Kaplan es el autor de “War Stories” en Slate.com Recuerdo seguir con interés sus columnas allá por finales de 2004-principios de 2005 cuando escribí una serie de entradas (1, 2, 3 y 4) en mi blog sobre por qué Estados Unidos estaba perdiendo la guerra en Iraq. En The Insurgents cuenta cómo el interés por la lucha Contrainsurgencia fue mantenido por un grupo muy reducido de oficiales dentro del U.S. Army. después de la debacle de Vietnam y cómo fueron ascendiendo en el escalafón militar hasta montar una auténtica “guerra de guerrillas” intelectual que creó una nueva doctrina militar estadounidense a tiempo de cambiar el rumbo de la guerra en Iraq.

Fred Kaplan repite varias veces en su libro que no pretendía escribir una hagiografía del general Petreaus, que sale en el título y en la portada, pero su relato es una historia de buenos y malos. Los buenos son los militares que decidieron estudiar las experiencias de la lucha contrainsurgencia en Argelia, Malasia y Vietnam, realizando estudios académicos en universidades civiles mientras el resto del establishment militar se preparaba para parar a los soviéticos en una hipotética guerra en Europa o se obsesionaba con la tecnología tras la Guerra del Golfo de 1991. Hablamos no sólo de Petraeus, sino de gente como John Nagl y David Kilcullen o de generales como John Galvin, Pete Chiarelli y Jack Keane que alentaron, ayudaron y protegieron a los oficiales “disidentes”. En el bando de los “malos” destaca un personaje por encima de todo. Alguien que tras leer este libro tengo la sensación que es la reencarnación absoluta del mal o de lo que es peor, la incompetencia absoluta: Donald Rumsfeld.

El libro arranca con la creación del Departamento de Ciencias Sociales en la academia de West Point tras la Segunda Guerra Mundial El departamento fue fundadado por el general George A. Lincoln. Las Ciencias Sociales sonaban ajenas al ámbito militar y los interesados en ellas no podían quitarse de encima el sambenito de progres, así que profesores y alumnos fueron conocidos como la “Lincoln Brigade”, en recuerdo a los voluntarios estadounidenses que combatieron en la Guerra Civil española en el bando republicano. Miembros de la “Lincoln Brigade” de West Point fueron la mayoría de protagonistas de la historia, que mantuvieron los lazos durante sus carreras militares. Y es que si algo destaca en el libro, es la importancia de los contactos y padrinos en los pasillos del Pentágono, la Casa Blanca y el Capitolo para lograr una carrera de éxito en las fuerzas armadas estadounidenses (“De comandante para arriba, todo es política” dicen en España) Quien crea que Estados Unidos es una meritocracia donde sólo los mejores llegan lejos, debería reconsiderar su postura leyendo el libro. Precisamente la capacidad del general David Petraeus para atraer la atención de la prensa y vender una imagen de gestor eficaz le permitió avanzar en el escalafón y arrastrar consigo en su ascenso a otros militares que querían cambiar la manera de entender la guerra, asumiendo que lo que sucedía en Iraq era una insurgencia y que era una guerra que se estaba perdiendo. Aquí entra el “malo”. Sorprende hasta casi el escándalo lo que cuenta el libro de Donald Rumsfeld. Empeñado en atenerse a la guerra tecnológica con pocas tropas, se desinteresó rápidamente por Afganistán para centrarse en la invasión de Iraq. Pero una vez caído el régimen de Saddam Hussein se desinteresó nuevamente de la guerra y no permitió que la violencia creciente fuera caracterizada por nadie como una insurgencia, entorpeciendo los intentos de los militares de enfrentarse al problema. Significativa resulta la historia del general David Barno, que a partir de 2003 intentó implantar la primera estrategia integral en Afganistán pero cuya línea de trabajo no fue apoyada y fue totalmente abandonada por el siguiente general. La obcecación de Rumsfeld y la falta de resultados le costó el puesto. Pero si hacemos balance, podemos añadir que la peor consecuencia de sus errores fueron los muertos.

El libro tiene su clímax cuando, tras haber dirigido en el Combined Arms Center del U.S. Army la redacción del primer manual de doctrina contrainsurgencia que además se convierte en un éxito de ventas al público, el general Petraeus recibió el mando de las fuerzas estadounidenses en Iraq. Petreaus se llevó consigo un equipo de militares y civiles como asesores que aplicaron las nuevas ideas. Los ataques de la insurgencia desciendieron, junto con las bajas civiles y se pudo poner fecha a la retirada estadounidense de Iraq. El libro podía haber terminado ahí y concluir como una historia con final feliz. Pero la historia de Petraeus siguió y su carrera meteórica también. Primero fue nombrado comandante en jefe del Central Command, que dirige todas las fuerzas estadounidenses en el Gran Oriente Medio. Y finalmente llegó a ser comandante en jefe de todas las fuerzas aliadas en Afganistán. El triunfante general de Iraq, el soldado intelectual y la estrella mediática se encontró en Afganistán una situación demasiado complicada. Si en Iraq se había producido un refuerzo de las troopas, el surge, el presidente Obama ofreció a Petraeus un refuerzo de tropas en Afganistán por tiempo limitado. Para colmo, se encontró con la escasa colaboración del gobierno de Karzai y la corrupción generalizada. El objetivo de ganar la guerra entró en contradicción con el objetivo de reforzar la institucionalidad del gobierno afgano cuando resultó evidente que era necesario puentear a los gobernadores regionales para tratar con los poderes fácticos (señores de la guerra, ancianos de las tribus y líderes informales). La estrella de Petraus empezó a apagarse. Volvió a Estados Unidos sabiendo que su ambición de llegar a comandante en jefe de la junta de jefes de estado mayor no iba a ser posible. En Washington se conocía de sobra sus habilidades políticas y su proyección mediática. Nadie en el gobierno querían un general así al mando de las fuerzas armadas. Así recibió la dirección de la CIA como premio de consolación y, finalmente, su carrera acabó por un lío de faldas.

Apagada la estrella de Petreaus, empezó un proceso “revisionista” sobre su figura y sus logros. ¿Realmente fue efectiva la doctrina de contrainsurgencia en Iraq o fueron otros factores? La lista incluye:
-Los errores estratégicos de Al Qaeda, que hizo la vida imposible a la minoría sunní, empujándola a aliarse con las fuerzas de ocupacón.
-El miedo de los insurgentes de la minoría sunní a que si conseguían expulsar a las fuerzas estadounidenses, serían aplastados en la previsible guerra civil contra los chiitas.
-El agotamiento del ciclo de la violencia en Bagdad tras la cual quedaron barrios étnicamente homogéneos sin nadie más a quien matar para intimidar a su familia.

El libro vuelve en su final a las ideas de David Galula, el teórico francés de la contra insurgencia que sirvió de referente para todos. Afganistán encaja en su modelo de la clase de guerra que no se puede ganar. Y de paso, Fred Kaplan recoge la cierta amargura de David Kilcullen mirando atrás. Kilcullen es otro personaje cuyo papel dentro de la administración Bush declinó tras haberlo citado texutalmente un periodista: Invadir Iraq fue una fucking stupid idea. Y esto nos lleva a la gran cuestión. ¿Qué hubiera sido si tras el 11-S y la derrota de los talibán, Estados Unidos se hubiera centrado en pacificar Afganistán? ¿Qué hubiera sido de la política estadounidense en Oriente Medio si se hubiese pacificado Afganistán y nunca se hubiera invadido Iraq? Pensemos en los muertos, la imagen pública dañada, el dinero gastado, etc. ¿Se hubiera enfrentado Estados Unidos a la actual crisis en Siria de la misma forma?

Robert D. Kaplan sobre Siria

Abu Saif al-Andalusi, autor del blog El Baluarte de la Hispanidad, me hacía saber hace poco que había releído el espacio que dedica Robert D. Kaplan a Siria en Rumbo a  Tartaria. Pueden leer aquí las líneas que llamaron la atención a Abu Saif al-Andalusi.

Por su parte, Demócrito de Abdera me avisó de la entrevista que a Robert D. Kaplan le han hecho en el ABC con motivo de la edición en España de La venganza de la geografía. Se muestra muy pesimista sobre el futuro de Siria:

Siria no es un país, es una expresión geográfica. Describe vagamente el área entre las montañas de Turquía y los desiertos de Arabia Saudí. Incluye los países de Siria, Líbano, Israel y Jordania. Siria tiene diferentes grupos étnicos localizados regionalmente: drusos en el sur, kurdos en el noreste, suníes en el centro, chiíes-alauíes en el noroeste. Esos grupos no son leales a Siria, sino a sus referentes regionales y étnicos. Esencialmente, no hay país que salvar. [...] Va a ser muy difícil que Siria se mantenga unida. [...] Me resulta difícil ver que Siria permanezca como un único país controlado desde el centro.

A día de hoy, tristemente, me parece que la única salida política a la guerra civil es un partición del país.