La Mara Salvatrucha, organización internacional

Cuando hice aquella comunicación académica sobre las maras centroamericanas en 2007 había descubierto al tema atraído por su naturaleza de organización trasnacional. El FBI había declarado a la mara Salvatrucha (MS-13) como la organización criminal más peligrosa de Estados Unidos y varios gobiernos centroamericanos consideraban a esos grupos una amenaza al Estado de primer orden.

El título que escogí fue “Maras: Una amenaza transnacional emergente en Iberoamérica”. Así que me ha resultado curiosa la noticia “EE UU designa a la mara Salvatrucha como organización criminal internacional que para El País Eva Sáiz firma desde Washington:

La inclusión de los Salvatruchas en la lista de organizaciones criminales obedece a “su implicación en peligrosas actividades a nivel internacional que incluyen tráfico de drogas, secuestros, asesinatos, tráfico de personas, prostitución, extorsión o crimen organizado”, de acuerdo con el comunicado publicado por el Departamento del Tesoro. Esta designación da vía libre al Gobierno de EE UU para perseguir a sus integrantes y a quienes colaboren económicamente con la mara, congelar sus activos económicos e incautarse de las propiedades que posean en EE UU y prohibir las transacciones económicas que se dirijan al grupo.

[…]

La mara Salvatruchas se incorpora a una lista de la que forman parte la organización mafiosa italiana, la Camorra, el cártel mexicano, los Zetas, o la organización japonesa de crimen organizado, los Yakuza.

Así que la designación tiene consecuencias jurídicas pero no es nada que no supiéramos.

La importancia de leer poesía

Francisco Jiménez ha publicado un artículo en la página web del Grupo de Estudios de Seguridad Internacional bastante interesante titulado “Open Source Intelligence. Una perspectiva israelí”. Menciona una anécdota del escritor y periodista Haim Gouri que contó en una entrevista en su momento a un periódico y aparece en el libro Israel’s Silent Defender: An Inside Look at Sixty Years of Israeli Intelligence. Contó Gouri:

En diciembre de 1977 visité Egipto por primera vez con una delegación de corresponsales israelíes que fueron al Cairo después de que Sadat fuera a Jerusalén. Me encontré con el famoso pintor egipcio El-Hussein Fawzi y hablamos sobre las guerras egipcio-israelíes. Dijo que el ataque egipcio a Israel en 1948 fue un crimen histórico y entonces dijo algo que nunca olvidaré. “En la Guerra de los Seis Días nos humillásteis. Nuestras mujeres nos despreciaron y nuestros hijos se burlaron de nosotros. Si la inteligencia israelí hubiera leído la poesía escrita después del 67 hubieran sabido que la guerra de 1973 era inevitable”. Todo buen oficial de inteligencia ha de leer poesía y los nuestros no lo hicieron”.

Sobra insistir en la importancia de leer de todo y mucho junto en las posibilidades de la inteligencia de fuentes abiertas.

“Postales de Guerra” de Fernando Mollá

Postales de Guerra.
Fernando Mollá, 2007

Mi razón para registrar los libros que entran en mi biblioteca es tratar de frenar la compra compulsiva. He ido acumulando en el transcurso de los años montañas de libros “para más adelante” o “por si acaso”.Hace poco alguien me preguntó si aparte de los libros en papel que muestro cada mes estaba comprando libros en formato electrónico. Sí lo hago y de hecho caí hace poco en la cuenta de que no estaba dejando constancia de ello.

Uno de esos libros que he comprado en formato electrónico y que para variar enseguida leí es Postales de Guerra de Fernando Mollá. El autor era en 1993 comandante del Ejército de Tierra español y sirvió como Observador Militar de Naciones Unidas en la ex-Yugoslavia. El libro recoge sus experiencias por cerca de un año en la Bolsa de Bihać y en la Krajina. La guerra entonces parecía que podía tener algún arreglo diplomático y leído el libro con la perspectiva del tiempo resulta triste pensar en aquellas esperanzas. El autor prescinde del contexto político del momento o de los antecedentes históricos para relatar con detalle sus viviencias cotidianas de una forma simple y directa. Se nota la falta de un editor profesional que hubiera pulido el libro, pero así no deja de tener un cierto encanto el resultado final. Incluso cuando el autor cae en alguna cursilería o le faltan las palabras para transmitirnos lo que nos quiere contar. Quizás por la falta de artificio podemos intuir que el libro es un fiel reflejo de lo que sucedió allí.

Uno puede hacerse con Postales de guerra una idea clara de lo que suponen las misiones de Naciones Unidas. Por un lado, el moverse por un campo de batalla invernal en carreteras de montaña en un Jeep Cherokee pintado de blanco tratando de lograr acuerdos o imponer su respeto con sólo la palabra y la condición de “casco azul” sin más respaldo que el constructo abstracto de la legalidad internacional. Por otro, uno vislumbra la fenomenal jaula de grillos que son las misiones de Naciones Unidas donde coinciden militares de toda procedencia y condición. En el libro vemos al autor estar en tierra de nadie entre, por un lado los fríos escrúpulos profesionales de los europeos del norte tan preocupados en ceñirse a las normas que terminan siendo inmisericordes frente a tanta tragedia, y por otro lado la falta de profesionalidad e indolencia de muchos militares procedentes de países en desarrollo de los que no se sabe bien qué pintan en una misión de Naciones Unidas. Y leyendo los esfuerzos del autor por aprender el serbocroata, por cumplir su misión y su preocupación por los civiles uno termina comprendiendo el fracaso de las fuerzas armadas españolas en lugares como Iraq y Afganistán.

Los Balcanes fueron la verdadera escuela de misiones internacionales de las fuerzas armadas españolas. Fueron 18 años de presencia española allí en diferentes misiones (UNPROFOR, IFOR, SFOR y Althea) por las que pasaron más de 46.000 militares. Su misión fue intermediar entre dos bandos enfrentados. La carencia de vínculos históricos con la zona (al contrario de Rusia, Turquía, Francia o Alemania) contribuyó a que fueran percibidos por la población local como fuerzas neutrales. No fue una misión fácil. Las carreteras bosnias durante el invierno se cobraron vidas. Hubo ataques puntuales contra los contingentes españoles. Pero los españoles que pasaban por allí volvían contando cómo se les caía el alma a los pies viendo tanto sufrimiento mientras otros cascos azules, más rubios y guapos ellos, miraban con desdén a aquella pobre gente. Yo siempre recordaré las imágenes de señoras mayores con un pañuelo en la cabeza llorando al abandonar para siempre sus casas y cómo el periodista de turno las identificaba como bosnias musulmanes por la prenda en su cabeza. Donde el periodismo veía exotismo yo recuperaba el recuerdo que tengo de mis abuelas trabajando en el campo. Sospecho que muchos de aquellos militares españoles que pasaron por Bosnia en los 90 también supieron ver en la población civil un reflejo de la España que una vez fue. “Mano izquierda”, neutralidad, empatía con la población local… Fueron varias las virtudes de las que se sentían orgullosos los militares españoles.

En julio de 2003 se desplegó en Iraq la Brigada “Plus Ultra”. Las fuerzas españolas se encontraron como fuerza de ocupación en un país donde sectores importantes de la población rechazaban la presencia de fuerzas extranjeras. Se aplicó la “mano izquierda” que había sido tan efectiva en los Balcanes. El 4 de abril de 2004 le estalló en la cara al contingente español desplegado en la ciudad de Nayaf una revuelta. Según las crónicas españolas fue un acontecimiento inesperado. Según las fuentes estadounidenses era un acontecimiento inevitable largamente anticipado. La intervención de contratistas de la empresa Blackwater, soldados salvadoreños y reservistas de la Guarda Nacional de Alabama (con reglas de enfrentamiento menos restrictivas que las del contingente español que estaba allí en “misión humanitaria”) salvaron el día.

Leo estos días crónica sobre combates de las fuerzas españolas en Afganistán donde se habla de intercambios de disparos de loma a loma y tras varias horas se hace el recuento de uno o dos talibán muertos. En alguna crónica periodística siempre se cita a un militar que ufano proclama que se avanza en el control del territorio porque los talibán al final del día se retiraron. Y me quedo perplejo porque la guerra de guerrillas nunca ha tenido que ver con el control de un accidente particular del terreno. ¿Habrán llegado hasta aquí los conceptos de “war among the people” y “people-centric warfare”? El ejército español sufre su particular Síndrome de los Balcanes.

La inteligencia de las pequeñas cosas

En algún momento caí en la cuenta que no era casual que ser friki (entendido como sinónimo de nerd y geek) implicaba siempre sentir interés por Japón. Parecía que venía en un pack. Posiblemente se debía a que la ciencia ficción y la fantasía eran géneros ampliamente tratados por el manga y el anime (Aquí hubo de esperar a la película de “El Señor de los Anillos” para dejar de considerar la fantasía cosa de adolescentes). También es verdad que hubo un tiempo en que Japón “era el país del futuro”. Desde la robótica al desarrollo urbano. En aquella época Michael Crichton publicó una novela bastante xenófoba sobre cómo los japoneses estaban comprando California (la primera película de “Die Hard” transcurre en la “Torre Nakatomi”) y George Friedman, fundador de Stratfor y tan acertado como siempre, escribió el libro The Coming War With Japan.

Un día, Japón se desinfló. Estalló su burbuja financiera e inmobiliaria. En 1999 me hice con una edición chilena de ¿Qué es Japón? de Taichi Sakaiya. Entre las cosas que explicaba el autor sobre el país, me llamó la atención su idea de que la cultura del país encajaba más en la sociedad industrial con un modo de producción taylor-fordista que en la sociedad de la información. Es decir, la cultura, los valores y el sistema educativo era la óptima para generar una masa de trabajadores disciplinada que producían bienes de consumo en serie pero no fomentaba el pensamiento crítico y la innovación creativa. De Japón salía el hardware pero no el software.

Me he acordado de estos estos días. Primero leí en Jotdown una crónica de Donald Worst (¿un pseudónimo?) de su visita al restaurante con una estrella Michelín más barato del mundo que está en Hong Kong.

Un expatriado occidental residente en Hong Kong desde hace dieciséis años me explicaba recientemente lo que para él es el principal lastre de la creatividad en el arte chino, lastre que paradójicamente es un subproducto de su propia excelencia. Decía que una civilización que desde hace siglos está convencida de haber logrado la perfección en sus realizaciones materiales está condenada a seguir repitiendo las mismas pautas una y otra vez; llevan cientos de años haciendo las mismas cerámicas, las mismas pinturas, las mismas esculturas, y los artistas contemporáneos raramente se alejan de los patrones clásicos. Si lo hacen es muy excepcionalmente y a costa de autoexcluirse de la corriente principal y, por lo tanto, del consumo masivo. […]
[L]o que me estaba comiendo no era sino una versión exquisita, perfecta, excelentemente realizada, de los más clásicos dim sums. […] [C]omo si el mero pensamiento de apartarse del camino marcado por la sabiduría de los antepasados pudiera poner en peligro el equilibrio de las cosas.

Luego descubrí el original de una canción que había visto parodiada en algún vídeo sin entender la broma.

“Gangnam Style” del rapero coreano PSY hace referencia a un barrio pijo de Séul y parodia el estilo de los vídeos del K-Pop, cuya difusión por toda Asia conocí vía la revista Monocle. El vídeo original va ya por más de 359 millones de visualizaciones en Youtube (aquí está la versión con subtítulos en español). El autor decidió entregar al dominio público el vídeo para permitir que se hicieran parodias y versiones. PSY ha aparecido en programas de televisión de EE.UU., como “Saturday Night Live” y se ha convertido en el el primer artista coreano en llegar al número uno de ventas en iTunes.

Lo interesante es el análisis que hace Evan Osnos en The New Yorker. Compara el gran gigante asiático, China, con la pequeña Corea del Sur. Un producto cultural así transcendió las fronteras porque es una pieza de sátira y parodia que a pesar de reirse de la industria musical del propio país es disfrutable en todo el mundo. La sátira y la parodia son comunes en el humor surcoreano, algo que en China es inimaginable. Y plantea lo mismo que aparecía en el artículo de Jotdown. En China cuesta salirse de los márgenes. Y le da un nombre. El síndrome “Kung Fu Panda”. Una película que combinara con humor sobre dos joyas culturales de China sólo pudo hacerla un grupo de extranjeros. También hace referencia a esta tira cómica del dibujante chino Shimao. Se ven diferentes versiones de gente bailando: Nueva York Style, París Style, Tokio Style… La versión de Shanghái Style muestra a alguien encerrado en un manicomio por “bailar como loco”.

Por último encontré de casualidad un blog abandonado de alguien que se fue a estudiar a Japón sin quedar deslumbrado por el país. Más bien, todo lo contrario. Aquí y aquí explica el problema del sistema universitario japonés.

Y todo esto viene para recordar que para entender lo que pasa ahí fuera implica leer mucho y leer de todo. Los libros son los que te dan profundidad y contexto. Y luego hay que leer de todo. Porque son siempre los pequeños detalles inesperados que encuentras de casualidad en las secciones de sociedad, cultura y ocio los que te muestran los procesos de fondo.

“Monsoon” de Robert D. Kaplan

Monsoon: The Indian Ocean And The Future of American Power.
Robert D. Kaplan, 2010.

Robert D. Kaplan es de esos autores que sin darme cuenta ha ido poblando mis estanterías. Tengo siete de sus libros y un octavo está en camino. Creo que no es el caso para otros autores muchos más célebres. Puedo decir que me dedico al estudio de la transformación de los conflictos armados porque leí la edición española de The Coming Anarchy allá por la primavera de 2001. Sí, es un realista político. Sí, se dejó deslumbrar por el historicismo y ahora por la Geopolítica clásica. Pero ya me gustaría a mí poder combinar contexto histórico, análisis y perspectiva sobre el terreno, como hice en aquel artículo a mi vuelta de Israel (¿Algún plutócrata entre mis lectores dispuesto a financiarme unos viajes?).

En este caso Robert D. Kaplan hace un periplo por el Océano Índico: Omán, Pakistán, India, Bangladesh, Sri Lanka, Birmania, Indonesia y Zanzíbar. China cumple el papel de “elefante en la sala”. El gran tema de fondo es como China e India, dos potencias emergentes con necesidades crecientes de recursos energéticos, se están posicionando en el Océano Índico para asegurar sus Líneas de Comunicación Marítimas (SLOC) estableciendo alianzas y bases avanzadas mientras potencian sus armadas. El asunto ya lo conocía, así que lo interesante es el resto de temas clave que plantea el libro.

Aunque la atención se centre siempre sobre Oriente Medio, un porcentaje muy importante de la población musulmana mundial vive en Asia. La suma de la población musulmana de Pakistán, India, Bangladesh e Indonesia hace palidecer el peso demográfico de los árabes musulmanes en Dar Al-Islam. Así que para mirar al futuro del Islam en el siglo XXI hay que considerar asuntos que trata Kaplan, como las fuerzas centrífugas dentro de Pakistán (un estado artificial sujeto por el poder militar punyabi), la convivencia interétnica en la India, los problemas medioambientales de Bangladesh o el futuro de la democracia en Indonesia.

Otro apunte interesante es cómo el apetito de India y China por bases avanzadas y recursos naturales nos lleva a una nueva era de Realpolitik donde países como Birmania o Sri Lanka no son cuestionados sobre los métodos expeditivos con los que aplasta grupos rebeldes mientras se firman contratos y avanzan las obras de puertos y oleoductos estratégicos. La famosa “condicionalidad” occidental por la que se exige apertura democrática y derechos humanos a cambio de ayuda e inversión económica puede estar en camino de dejar de ser un instrmento de presión ante el pragmatismo chino y los imperativos estratégicos de India. Algo a no olvidar en el caso del cerco económico occidental a Irán.

Por último, una idea que atraviesa toda el libro es que el Océano Índico fue escenario en el pasado de un particular mundo conectado en el que la regularidad de los vientos monzones permitió rutas marítimas de largo alcance de Zanzíbar a Indonesia. Personas, ideas y credos viajaron con las mercancías. Una idea interesante ante los anglocéntricos convencidos de que la globalización no existe fuera de su mundo. Pero aún así, Robert D. Kaplan no se libra de sus bagajes. Cuando habla de los viajes de los exploradores portugueses toda su bibliografía es de autores anglosajones y los describe en los siguientes términos (pág. 50):

Obsessed adventurers: men ruthless for wealth, heroic to the point of fantaticism, freighted with the cruel mental baggage of the Middle Ages, and intoxicated with a poignant love for the Virgin Mary. Faith and greed went together. The Portuguese stole, but only from those whom they saw as the corrupt of God.

Según Kaplan la idea de que Enrique El Navegante fomentó el conocimiento científico y sentó las bases para los descubrimientos portugueses es un mito. Entonces, ¿como unos fanáticos religiosos y medievales en los que pervivía el espíritu de las Cruzadas pudieron lograr la proeza de llegar con sus barcos hasta Malaca? Ah, cualquiera sabe.

Más tarde apunta (pág. 59):

Eventually, diplomats, merchants, naturalists, and artisans joined the ranks of soldiers toing-and-froing between Lisbon, the Persian Gulf, and India. Many of the travelers were educated, inquisitive people who did not make the journey as a last resort. “The depth, breadth, and richness of intelligence-gathering by the Portuguese was a notable characteristic of their world”, writes the John Hopkins University historian A.J.R. Rusell-Wood. […] They employed indigenous troops, and gave great recognition to local skills and lore.

De pronto, los fanáticos y codiciosos portugueses son unos auténticos hombres del Renacimiento. Una nota a pie de página da otro punto de vista (pág. 59): “Algunos académicos alegan que los portugueses no fueron mucho peor que los holandeses e ingleses en su comportamiento y que la arrogancia anglo-americana es responsable de la imagen negativa del colonialismo portugués”. Cachis la mar, sin esa nota no hubiera nunca caído en la cuenta. El libro que recomienda como versión alternativa, por cierto, es The Indian Ocean: A History of People and Sea de Kenneth McPherson.

Y a todas estas, ¿cómo fue que los territorios de Afganistán a Birmania terminaron formando parte del Imperio Británico? ¿Qué guerras, batallas y revueltas sucedieron? ¿Cuántos tratados injustos, engaños e imposiciones por la fuerza tuvieron lugar para que tantos y diversos pueblos terminaron siendo colonias inglesas? El libro no lo explica. Hay un curioso lapso histórico entre la aparición de los portugueses y el establecimiento del Raj Británico, a excepción del papel de Robert Clive en el Golfo de Bengala. Pues cualquiera diría que los británicos aparecieron por el Océano Índico de turismo y la Compañía de las Indias Orientales era una simpática organización filantrópica llena de voluntariosos hombres dispuesto a propagar la civilización. Ay, los peligros de la historiografía anglosajona.

“Setting the Desert on Fire” de James Barr

Setting the Desert on Fire: T.E. Lawrence and Britain’s Secret War in Arabia, 1916-18.
James Barr, 2006.

Siento una especial interés por la campaña de insurgencia que Lawerence de Arabia fomentó como oficial de enlace y asesor del Jerife de la Meca, Husayn ibn Ali. Mi primera lectura sobre el tema fue directamente el recuento de aquella campaña hecho por el propio T. E. Lawrence, un libro monumental y enormemente detallado. Quizás la presencia del nombre de Lawrence en el título del libro de James Barr pueda inducir a creer que se trata de otro libro más sobre la aventuras del personaje. Pero lo que aporta Setting the Desert on Fire es el contexto de la Primera Guerra Mundial en Oriente Medio desde la perspectiva británica, adentrándose en todos los tejemanejes diplomáticos. En este relato global Lawrence es sólo un personaje más de una trama densa que Barr ha reconstruido acudiendo a bibliotecas y archivos para rescatar informes, memorandos y cartas personales. El detalle es minucioso y el desfile de personajes llega a ser un tanto mareante a ratos. Todo esto quizás decepcione a los interesados únicamente en las aventuras de Lawrence en los desiertos de Arabia pero ayuda a comprender el cuadro general de lo que él contó en su memorias.

Una de las cosas que he descubierto con este libro es que los británicos aplicaron la conocida estrategia de “prometer y prometer hasta meter” con árabes, rusos, franceses y judíos sentando las bases del lío que hoy es Oriente Medio al ser incompatibles entre sí las promesas a unos y otros. Al comienzo de la guerra, franceses y británicos decidieron que en un futuro trocearían el Imperio Otomano para repartírselo. Para los británicos era un futurible abstracto, así que no tuvieron reparos en prometer a los franceses el control de lo que hoy es Siria, Líbano y el norte de Iraq. Luego, según avanzó la guerra y la victoria sobre los otomanos pareció segura, “regalar” la provincia de Mosul a Francia dejó de parecer una buena idea. Aquí habría que recordar la artificialidad de los estados de la zona. El autor apunta el dato de que topónimos como Libia, Siria y Palestina son en realidad nombres de provincias romanas sin equivalencia política alguna en la historia árabe contemporánea. Cómo Francia y Reino Unido trazaron líneas sobre los mapas es el tema de otro libro del mismo autor, A Line In The Sand.

El segundo aporte interesante es comprender cómo Lawerence recibió tanta libertad para hacer y deshacer. El alto mando británico en El Cairo aceptó el proyecto de apoyar una campaña de guerra irregular en la Península Arábiga contra las fuerzas Otamanas tras el fracaso de varias campañas: El intento de acabar la guerra de forma fulminante con un desembarco en Gallipoli que permitiera alcanzar Estambul, el corazón del imperio; el fracaso de la fuerza expedicionaria que partió de Kuwait hacia el interior del actual Iraq y que terminó rindiéndose tras un cerco en Al Kut; y tras el fracaso de una y dos repetidas ofensivas desde el Sinaí sobre Gaza. Todos esos fracasos hicieron que las ideas de Lawrence fueran escuchadas. Una nueve perspectiva en una región donde los británicos no daban pie con bola no suponía mucho que perder.

Llegados a este punto, la genialidad de los planteamientos de Lawerece es conocida. Lo interesante del libro es entender lo que estaba pasando a sus espaldas mientras él vivía con los beduinos del Hiyaz. Por un lado, la Revolución Rusa de 1917 y la retirada de ese país provocó un vuelco a la situación de la guerra. Los alemanes pudieron retirar tropas del frente oriental para lanzarlas en una ofensiva en el frente occidental que hizo creer a los árabes que la guerra podían ganarla las Potencias Centrales. Las negociaciones tanteando un cambio de bando no dejan en buen lugar a algunos de los protagonistas del relato de Lawrence. Por otro lado, los británicos ante tal situación jugaron una carta. Según el autor, tratar de apelar a los judíos en las filas bolcheviques a favor de continuar la guerra y conservar el apoyo de los banqueros judíos son las razones que explican la Declaración Balfour. Hasta aquel entonces el consenso entre Francia, Rusia y Reino Unido era que Tierra Santa obtendría un status especial. El fin de los zares dejó sin su principal valedor a la idea. A partir de entonces y según la suerte de la guerra fue favorable a los aliados, las promesas británicas se convierton en planes menos generosos para franceses y árabes. Ahí radica uno de los grandes tormentos que acompañó a Lawerence hasta el final de sus días. Su papel no dejó de ser en realidad de gran animador de una Revuelta Árabe contra el Imperio Otomano a sabiendas de que animaba a otros a luchar y morir engañados a mayor gloria del Imperio Británico. Creo que James Carr señala con acierto en las conclusiones que aquellas ansias frustadas de libertad están en la raíz de otros muchos problemas posteriores en Oriente Medio.

Por último es de destacar que el autor elaboró un blog durante la redacción del libro, tiempo en el que viajó por lugares que pisaron protagonistas de su relato.

Separatistas y separadores

Hace mucho traté aquí el tema (¡siete años! ¿cuántos cosas diría hoy de otra forma?). Una revisión de la historia de la ruptura de Yugoslavia debería reconsiderar el papel de no sólo los nacionalistas centrífugos de Eslovenia y Croacia, sino también del papel de los nacionalistas serbios que hicieron inviable una Yugoslavia federal y plural.

Cada vez que surge el tema de la fractura de España pienso en mis experiencias como canario que participa en foros relacionados con la seguridad y defensa en Internet. No suelen ser lugares que frecuenten personas de izquierda o personas con sensibilidades políticas cercanas a los nacionalismos periféricos españoles. Son foros que suelen tener un cierto público. De vez en cuando, ha pasado varias veces, alguien copia y pega una editorial del diario tinerfeño El Día. Nació en 1939 con la función de ser “portavoz de las normas y principios del Movimiento Nacional en la provincia de Santa Cruz de Tenerife”. Mucho más tarde, en los últimos años, fue portavoz del insularismo tinerfeñista dentro del eterno “pleito insular”. Y de pronto, un día, empezó a dar cabida en sus páginas al ultraminoritario independentismo canario.

Recuerdo la publicación por entregas del borrador de la constitución de una hipotética República Guanche de Canarias, obra de Antonio Cubillo. El texto contenía auténticas joyas, como la provisión de que una Canarias independiente contara por mandato constitucional de reservas de gofio guardadas en silos a prueba de armas nucleares. Tras la constitución vinieron entrevistas a personajes del panorama político independentista, que como suele decirse “eran conocidos sólo en su casa a la hora de comer”. Todos ellos eran de relevancia política insignificante. Blogs como Canarias Bruta hacían chistes sobre el “independentista de la semana”. El diario El Día empezó también a publicar editoriales de corte independentista en las que se adivinaba la mano de su director, José Rodríguez, singular personaje que compaginaba sus diatribas independentistas con expresiones de admiración al ejército español.

Todos los lectores del diario con los que hablaba del asunto me contaban que ignoraban las editoriales del periódico y el espacio dado a los independentistas. Por lo visto, en el resto de temas el periódico había mantenido su línea habitual. De hecho, es el más leído en la isla de Tenerife. Pero, ¿qué había pasado para que un diario así de pronto defendiera la independencia de Canarias en sus editoriales y se convirtiera en altavoz de los independentistas? No lo sé. Y las explicaciones al uso son igual de insatisfactorias. Unos hablan de la senilidad de José Rodríguez. Otros, de un intento de agitar el independentismo canario como arma disuasoria ante las investigaciones por corrupción del ex-alcalde de Santa Cruz, Miguel Zerolo. Ninguna de las dos explicaciones da por bueno que el director del periódico simplemente se levantara un día de la cama convertido en paladín del independentismo canario. “Algo” extraño tuvo que pasar.

Y entonces es cuando regresamos a esos “copia y pega” de las editoriales del diario El Día en foros de Internet. Siempre me ha parecido curiosa la reacción de las personas que desconocían el contexto en el que fueron publicadas. La cosa suele ser así:

Fase 1: Sorpresa.
-¿Cómo? ¿No sólo en Cataluña y País Vasco hay nazionalistas diciendo esas cosas?

Fase 2: Indignación.
-¡Anda y que les den a esos putos africanos de mierda! Así va España, todo el mundo creyéndose nación ancestral.
-Sí, eso. ¡Que les den la independencia para que Mohammed VI vaya y les dé por culo!
-Ya, ya. Esos no le duran al Mohammed ni una hora.

Aquí suelo intervenir yo para impedir que la cosa se salga de madre. Les explico muy resumidamente la situación y cómo no tienen por qué preocuparse por el independentismo en Canarias. Entonces pasamos a la siguiente fase.

Fase 3: Condescendencia.
-Ja, ja. Entonces tienen que ser como los independentistas de mi Comunidad Autónoma. Caben en un taxi. Si es que ya decía yo. ¿A dónde van a ir los canarios sin nosotros?
-Si es que los nazionalistas te inventan una historia en menos de nada para vivir chupando de las subvenciones con sus libros y tal. Que no sé qué van a poder inventar esos en Canarias, si los canarios no tienen una identidad cultural. Por no tener, no tienen ni lengua propia.

La cosa ha sido siempre en estas líneas, no necesariamente con estas mismas palabras. Aunque hay cosas que se repiten y recuerdo perfectamente. Como la obsesión con Mohammed VI y el sexo anal.

Hace falta muy poco para que nacionalista español se ponga a escupir vitriolo contra los habitantes de una comunidad autónoma fuera de la meseta castellana. Podríamos suponer que el nacionalismo español debería ser inclusivo, como unos padres que se sienten ofendidos porque un hijo o una hija se quiere ir de casa y sienten vértigo ante la idea del “nido vacío”. En realidad el comportamiento de los nacionalistas españoles es más cercano al del un hombre maltratador. La violencia es su instrumento de control. Por ejemplo, los boicots a productos catalanes. O los pronunciamientos sobre tratar de perjudicar en todo lo posible a una hipotética Cataluña independiente. “O de mía o de nadie”.

Luego tenemos un fenómeno curioso. Los nacionalistas españoles asumen ya desde el principio al Otro como no español. No entienden las identidad como estratos superpuestos y modelados por la historia. Así que aceptan sin reparos las dicotomías de españoles vs. “nacionalidades históricas”. Ese separación es la que permite entender al Otro como enemigo. Es un nacionalismo imperial que aspira a atar contra su voluntad a los súbditos coloniales desprovistos de rasgos culturales propios. “Qué mal hablas el español”, escuché en Madrid como reproche por mi seseo a personas capaces de decir “la mandé un documento” y mandar sin complejos correos electrónicos con llamativas faltas de sintaxis u ortografía.

Hay una extraña coincidencia entre nacionalistas españolas e independentistas canarios. La identidad se entiende siempre como un bloque homogéneo caracterizado por una lengua. Sin lengua ajena al español los nacionalistas españoles no entienden que se puede entender Canarias como comunidad imaginada. Como si el español hubiera sido un obstáculo en Cuba, México o Argentina. Y los independentistas canarios entienden la identidad siempre como identidad diferenciada y en conflicto con lo español, de ahí su empeño en “construir identidad”. ¡Qué pesados! Como si los habitantes de Canarias fueran entes sin identidad ni alma que tuvieran que bailar folías, hablar bereber y acudir a las romerías para alcanzar la condición humana. “Su identidad, gracias”. Desde luego, los que escuchamos a Avishai Cohen, Nusrat Fateh Ali Khan, Tolga Sağ y Divna Ljubojević hace tiempo que perdimos todos los puntos del carnet.

Así que imaginen el panorama. Gente pidiendo que los carros de combate avance ya sobre Barcelona parar meter a esos díscolos catalanes en vereda. Bomberos pirómanos.