Era el año 1996, cuando tuve mi primer trabajo. Un día apareció un sindicalista de la CGT por nuestro centro de trabajo con el “Informe Petras” publicado por la revista Ajoblanco. “¡Por fin llegó!” dije al verlo y le pedí poder hojearlo. Compré un ejemplar para mí. Todavía lo guardo.
Petras hablaba de la precariedad laboral, de la que España siempre ha sido campeona en Europa, y de que mi generación no iba a vivir mejor que la de mi padre. Él había abandonado la Canarias rural (yo recuerdo de pequeño lavarme con agua calentada en un caldero con leña) para irse a vivir con trabajo para toda la vida en una casa que pagó en diez años en una zona urbana de las islas capitalinas.
Aquel sindicalista conocía a mi padre y un día que se vieron le comentó que le había llamado la atención que yo conociera la existencia del “Informe Petras”. ¿Cuánta gente de mi generación leía la prensa y se interesaba por el mundo que le había tocado vivir? Ya en las clases de Ética de 3º de B.U.P. daba la nota porque era el único al tanto de los asuntos del momento de los que nos hablaba el profesor. (Recuerdo un editorial de Pedro J., que nos fotocopió el profesor, en la que hablaba de la falta de separación de poderes en España).
Yo no lo sabía pero anidaba un sociólogo en mí. Yo relacionaba la sociología con lo que hacía Amando de Miguel cuando salía en la televisión hablando de cosas como la tasa de divorcios y me pareció poco interesante. Yo nunca tiraba un periódico sin recortar las noticias y las guardaba en carpetas. Por aquel entonces, leía de todo un poco: Marvin Harris, Noam Chosmky, Alvin Toffler, Jeremy Rifkin, Vicente Verdú Ignacio Ramonet, Le Monde Diplomatique, The Economist… Escribí un ensayito sobre cómo el mundo había cambiado pero a falta de criterio y lecturas hablaba de las cosas sin darle el nombre por el que hoy las conocemos: Neoliberalismo, disminución del Estado del Bienestar, McDonalización del mercado laboral, trivialización de los medios de comunicación hacia el infotainment, etc.
Cuando llegué a la universidad quedé deslumbrado por el mundo que se me abría. ¡Decenas de miles de libros en aquellas bibliotecas! Fui el primero de mi promoción en pedir el carnet de biblioteca y me dieron el carnet xxxx0001. ¿Por dónde andaban mis compañeros, nacidos en la década siguiente a la mía? Eran una mayoría apática y una minoría políticamente activa que jaleaba cualquier tiranía que ondeara la bandera del socialismo y el antiimpieralismo. Como aquel valle donde el tiempo se detuvo, paseaban los dinosaurios ideológicos.
Yo creía que como estudiantes universitarios éramos unos privilegiados. A la educación terciaria sólo llegaba una minoría de jóvenes canarios y si uno averiguaba la profesión de los padres de la mayoría de los estudiantes oía cosas como profesor de universidad, profesor de instituto, médico, pequeño empresario, etc. Aún así, oías los discursos sobre “el hijo del obrero” que daban la risa.
Siendo estudiantes de Sociología, ¿no era imperativo que pusiéramos gran esfuerzo en tratar de entender la realidad para poder operar más efectivamente sobre ella, ahora que todo estaba cambiando? No sabría decir cuánto le debo a mis profesores. Pero al menos de ellos aprendí a poner las cosas en su marco correcto y concreto. Leí el primer volumen de la trilogía “La era de la información” de Manuel Castells y una edición argentina de “The Lexus and The Olive Tree” de Thomas L. Friedman. Concluí que la relación de poder entre capital y trabajo se había roto en favor del capital. Las viejas formas de organización sindical de las fábricas taylor-fordistas ya no eran útiles. Por eso celebré la irrupción del Movimiento Antiglobalización y su uso de las redes de comunicación.
Llegaron las movilizaciones contra la L.O.U. y la invasión de Iraq. Había como una electricidad en el ambiente que resultaba emocionante. Veía a la gente tan entusiasmada que enseguida me di cuenta que lo importante no eran las causas, era vivir la energía del momento y sentirse parte de algo. Oí más de una vez las comparaciones con las movilizaciones de los años 70 y 80. Los profesores nos hablaban de los buenos viejos tiempos y quedaba esa sensación de que teníamos el reto de emularlos.
Sé de al menos de dos compañeras que perdieron un curso por participar en asambleas y movilizaciones. Dudo que ninguna de las dos, ahora, hubiera repetido la experiencia. Las movilizaciones estudiantiles contra la L.O.U. y la invasión de Iraq alcanzaron su “momento de fuerza” porque detrás estaban los intereses de los profesores que veían su situación profesional afectada y el intento de usar el tema de la guerra de Iraq como ariete contra el Partido Popular. Los estudiantes sólo fueron peones de una partida que no entendieron.
Pasé por la carrera sin tener que leer un sólo libro de un autor de la Sociología clásica. Nunca nadie nos explicó en serio la Escuela de Frankfurt. Tampoco como redactar un artículo académico. Vi en mi último año de carrera a un par de chicas presentar un trabajo de 80 páginas con sólo dos libros de bibliografía en el que se habían limitado a copiar y pegar. Pero mirando atrás, mi mayor queja no son lo estándares académicos, sino cómo profesores funcionarios con plaza en propiedad desde sus púlpitos nos aleccionaban contra el capitalismo y la explotación. Trabajar por cuenta gente era prostituirnos. Hablar de montar una empresa era inimaginable. Supongo que esperaban que nos mantuviéramos sin mácula en un limbo fuera del mercado laboral.
Fui inculcado en mantener lejos de nosotros el nefando pecado de tratar de destacar. Tuve suerte de encontrar a un grupo de outsiders varios cursos por detrás del mío que decían “Chicago, Viena, Frankfurt… ¿Por qué no puede haber una Escuela de La Laguna?”. Supongo que de haber coincidido en la misma promoción que ellos mi experiencia universitaria hubiera sido diferente.
Quería irme a Madrid. Y llegó a oídos de una profesora que me ofreció un puesto de becario porque tenía conocimientos de informática y acabé el primer ciclo con el mejor expediente. Compaginé trabajo y estudios en los tres últimos cuatrimestres de la carrera. Dormía poco, vivía estresado y me salieron las primeras canas. Pero me fui a Madrid a estudiar un máster en una universidad pública, un sacaperras a mayor gloria del profesorado. Yo, que estaba en la cumbre del sistema universitario, me aburría. Nadie me contaba nada nuevo.
Estuve en una empresa con cientos de trabajadores donde no había comité sindical. Hablabas de sindicatos y la gente se reía. Pero en el pasillo del baño me cruzaba con gente que lloraba. “No me pueden tratar así”. Pero lo hacían y lo aceptaban porque tenía una hipoteca que pagar. ¡Ah, las hipotecas! Conocí a alguien que tras años pagándola se molestó en leer lo que había firmado y descubrió que le habían engañado.
A finales de 2006, leí en alguna parte que había disminuido la matriculación de coches en Alicante. Si en una provincia con playa, donde se vive del ladrillo y el turismo, la gente estaba comprando menos coches sólo podía significar que empezaba la cuesta abajo. “¡Dónde se ha visto que el precio de las viviendas baje!” me dijo un prejubilado de uno de los grandes bancos españoles.
Universidades basura que emiten títulos basura, trabajos basura con sueldos basura… Nadie se quejó. Pero llegaron los “zulitos” y las hipotecas a 50 años. ¡Y eso sí que no! El no poder acceder a la casa en propiedad (Franco sí que conocía a los españoles) provocó las primeras movilizaciones allá en mayo de 2006 por una “vivienda digna”. En español simple, “hipotecas asequibles”.
Cinco años después tenemos a gente en la calle convocada con el lema “Democracia real, ya”. ¡Qué reconfortante es sentirse parte de una multitud! ¡Cómo emociona ver aflorar un orden espontáneo en las acampadas en espacio público que nos hace pensar en la inherente naturaleza bonbadosa del ser humano! ¡Qué entusiasmo ver que la prensa extranjera saca en portada la #SpanishRevolution!
El sistema del funcionamiento político español fue sólo una excusa. No ha pasado ni una semana para que saliera a flote la naturaleza de izquierda de la agenda política de los movilizados que han pedido entre otras cosas el “reparto del trabajo”, “energía gratis” y la “eliminación de la industria de defensa”. Se trata del infantilismo político de siempre que, incapaz de volcar el descontento y el malestar contra el gobierno del PSOE, ha decidido proyectarlo en algo difuso. Hasta gurús españoles de lo digital, como Enrique Dans, Ricardo Galli y Juan Freire, ya han salido a decir “no es eso, no es eso” ante prisa por convertir una protesta focalizada en el funcionamiento del sistema político en una iniciativa para redactar programas políticos perrofláuticos (véase lo aprobado por la asamblea de la Puerta de Sol el 20 de mayo de 2001 aquí). ¿Apostamos algo a que las movilizaciones del 15-M han tenido un efecto cero en las elecciones de hoy día 22?
