Tiro al blanco

Tengo aparcado el blog Flanco Sur pero eso no quita que siga la actualidad de la zona (y que en un futuro lo retome).

Vi en su momento con esperanza el proceso democrático en Mauritania cortado en seco con la excusa de la crisis económica y el deterioro de la seguridad. Cualquiera que haya estado de vez en cuando al tanto de lo sucedido en ese país no tan lejos de Canarias habrá constatado el creciente peligro para los occidentales. No hay que olvidar a los cuatro turistas franceses asesinados en diciembre de 2007, la cancelación del Rally París-Dakar en 2008 por las amenazas de Al Qaeda en el Magreb Islámico o el asesinato de un cooperante estadounidense en enero de este año.

Vía la las Indias me encuentro con que llegan las “primeras críticas” que “enojan a la dirección de la caravana solidaria.

Conozco esa reacción. La sorpresa de los progres al constatar que los guerrilleros/terroristas/piratas/rebeldes de turno matan, secuestran y roban. Y la incredulidad de que ellos sean sus víctimas. Estamos en el meollo del asunto que incapacita a cierta izquierda para entender las guerras posmodernas y que hace que a estas alturas sean más interesantes las aportaciones sobre el asunto de realistas políticos o conservadores.

Cierta bastardización del pensamiento marxista basándose en la idea de que “el ser social determina la conciencia” quiere ver en cada movimiento armado el reflejo de una condición objetiva material de pobreza y opresión. Una visión bien condimentada con el mito del buen salvaje pero que salta pedazos cuando nos entran en la ecuación millonarios y niños de papá. Pero especialmente cuando de lo que se trata es de analizar los movimientos identitarios, los conflictos crecientemente anómicos o simplemente la violencia como medio instrumental para el lucro. Y si de algo están llenas las guerras posmodernas son de todos estos casos donde la figura del “pobre campesino que toma las armas por desesperación” no cuadra. Quizás a esa misma izquierda habría que recordarle el concepto marxista de lumpenproletariado.

Puede que el conflicto comience con un campesino o un pescador desesperado. Pero una vez se pone en marcha el ciclo del conflicto el genio de la violencia no vuelve tan fácilmente al interior de la botella. Cuando alguien prueba el status social que emana de la punta del fusil y se le abren las puertas del enriquecimiento robando, secuestrando o saqueando la llegada de bien intencionados cooperantes a su entorno no proporciona una sola razón para volver a casa. Aunque algún ministro haya soltado los desatinos de que en Afganistán sobraban militares y faltaban cooperantes.

Otro problema es la sorpresa creciente de periodistas y cooperantes al encontrar que su condición de tal no les proporciona automáticamente estatus neutral. Sería largo e interesante discutir el grado de neutralidad desde un punto de vista jurídico y bélico de una organización humanitaria occidental que trabaje en Afganistán. A veces el típico etnocentrismo occidental impide ver cuánto hay de precisamente occidental en la agenda solidaria buenrollista del desarrollo integral con sus proyectos sostenibles y sus escuelas para niñas tan en las antípodas del “I love the smell of napalm in the morning”. Algo que sin haber pasado por una facultad de antropología o estudios culturales resulta evidente a un talibán.

Pero lo más importante e inquietante es que en el colapsado panorma informativo internacional otro reportaje más sobre una olvidada guerra en el África subsahariana u otra escaramuza en los valles de Afganistán apenas logrará colarse en las noticias. El reportero que llegue a un valle perdido tiene poco que ofrecer al grupo armado local. Ya no hace falta que nadie vaya a Afganistán a entrevistarse con Bin Laden. Él ya hace llegar los vídeos a los medios de comunicación. Quien tiene un cámara que grabe vídeo y un acceso a Internet puede difundir los comunicados que quiera. Sin embargo hay una forma rápida de captar la atención mundial: Montar un bonito show con un demacrado periodista occidental llorando ante la cámara pidiendo por su vida. La democratización de las tecnologías de comunicación ha reducido el valor del periodista para los grupos armados con objetivos políticos. Cuando ni siquiera hay un transfondo político, sólo anomia, el pellejo de cooperantes y periodistas no vale un duro.

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