Aprendices de brujo en Mesopotemia

El próximo 30 de enero se celebrarán elecciones en Iraq. Tal como sucedió con la captura de Saddam Hussein o la batalla de Falluya algunos han puesto sus esperanzas de que mágicamente la situación en Iraq se arregle. Cuando va faltando poco para que se cumplan dos años de la invasión de Iraq, la violencia y el desgobierno parecen haberse convertido en una rutina que ya no merece grandes titulares. En un ejemplo más de lo relativo del valor de la vida humana, sólo la muerte o secuestro de estadounidenses y europeos resulta ser una noticia de primera plana.

En Navidad pensaba que el emperador se pasea desnudo por Iraq. Un mes después no sólo han aumentado las razones para pensarlo, sino la urgencia de contarlo. La intervención de EE.UU. en Iraq ha sido, es un desastre. A algunas de las conclusiones aquí presentadas se ha llegado en la comodidad de un análisis post-facto. Pero no creo que ello le quite mérito teniendo en cuenta que el repaso diario a los medios y a las acciones de quiénes toman las decisiones hace pensar que pocos saben la magnitud de lo qué está pasando.

Hace poco explicábamos la guerra de Vietnam para entender luego los paralelismos que estableceremos. Pero antes de entrar definitivamente a tratrar lo que está pasando hoy en Iraq es preciso entender también su pasado.

Iraq, como la mayoría de países de Oriente Medio fue un invento de algún funcionario del Foreign Office británico encargado de desmembrar el Imperio Otomano tras el fin de la Primera Guerra Mundial. Cuando el emir Faisal fue expulsado de Siria por las autoridades coloniales francesas, los británicos lo colocaron en el trono de Iraq, la antigua Mesopotamia, y a su hermano Abdullah en el trono de la entonces llamada Transjordania. Ambos hermanos pertenecían a la dinastía hachemita, a la que le correspondía gobernar sobre las ciudades santas de Islam, pero una alianza entre la familia Saud y el gobierno británico les despojó de sus dominios sobre la Meca y Medina. En los tiempos del Imperio Británico, previos a la globalización, que los descendientes del Profeta fueron despojados de su reinado sobre los dos lugares más santos del Islam ysustituidos por unos usurpadores, que habían dado trato ventajoso a los intereses petroleros de Reino Unido, no provocó a ningún predecesor de Bin Laden llamar a una yihad. Las fronteras se hacían y se deshacían.

Lo que hoy llamamos Iraq comprendía tres provincias en los tiempos del Imperio Otomano. Una al norte con capital en Mosul habitada por los kurdos, musulmanes sunníes pero no árabes; otra con capital en Bagdad habitada por árabes musulmanes sunníes; y otra al sur con capital en Basora, habitada por árabes musulmanes, pero no sunníes, sino chiitas. Cosas de la naturaleza, el petróleo se encuentra al norte, en torno a Kirkuk, y en el sur, entorno a Basora.

Según las fuentes consultadas los números oscilan. Al régimen de Saddam no le interesaban los censos precisos para privar a cada comunidad conciencia de su tamaño. Pero podríamos decir que los chiitas suponen en torno el 60% de la población y las cifras varían para kurdos y sunníes. Algunos dicen que suman un 23% los primeros y 17% los últimos, aunque dejando fuera de este recuento a turcómanos y crisitanos. Saddam Hussein pertenecía a la minoría sunní y se encargó de repartir cargos y prebendas entre los miembros de su clan, Al Tikriti, y negociando con los líderes de otros clanes sunníes. Bagdad se llenó tanto de Al Tikritis que dejaron de usar la denominación del clan en el apellido.

Saddam mantuvo unido el puzzle iraquí a sangre y fuego. Mientras Occidente miraba para otro lado gaseó a los kurdos en los ochenta y masacró a los chiitas en 1991. El miedo a un éxodo masivo de kurdos hacia Turquía en aquel momentó llevó a una operación humanitaria multinacional en el norte del país. El paraguas aéreo decretado por la ONU privó a los iraquíes de usar su aviación y en las montañas los dos partidos kurdos (que dicho sea de paso no por ello dejaron de enfrentarse entre ellos) consiguieron imponer una situación de semiautonomía.

Cuando cayó el régimen se destruyó la urdimbre del país. Para los kurdos casi nada cambió dada su situación de semiautonomía. Pero para los chiíes con la promesa de una democracia representativa se abría la posibilidad de usar su peso demográfico para alcanzar la hegemonía política en el país. Ante la ausencia de partidos políticos el tejido social se articuló en torno a la religión y líderes como Al Sistani o Muqtada Al Sadr. Los árabes sunníes eran los que más tenían que perder con el cambio. De ahí que el mayor foco de resistencia sea lo que los medios de comunicación llaman el “triángulo sunní” en el centro del país.

Recordábamos en “Tocando las pelotas ajenas” que la llegada de la democracia en España tras la muerte de Franco fue producto de acuerdos entre los que estaban dentro y fuera del régimen. Así que para escándalo de unos y otros tenemos un rey, sin que nadie nos preguntaran si queríamos una monarquía, y Santiago Carrillo pudo volver a España sin tener que ponerse peluca. Académicos extranjeros alaban la Transición española maravillados por la demolición de un régimen “fascista” en poco más de tres años. Obvian las transformaciones económicas, políticas y sociales acaecidas a partir de finales de la década de los 50. En Europa incluso surgió una ciencia, la Sociología, para tratar de comprender los cambios que habían llevado durante el siglo XIX a las comunidades agrarias bajo el Antiguo Régimen a sociedades democráticas e industriales.

En “Pájaro de mal agüero” recordaba la definición de Estado de Max Weber, uno de los padres de la Sociología, que sintentizaba su esencia en el “monopolio de la violencia legítima“. Bastaría mirara Afganistán o la Autoridad (Nacional) Palestina para debatir si realmente pueden aspirar a ser Estados.

Y ahora pensemos en la invasión de Iraq por parte de Estados Unidos. La demonización del enemigo neceseraria como instrumento de propaganda convirtió en proscritos a los líderes del Baaz y el aparato gubernamental iraquí. No hubo así un general que firmara la rendición y ordenara a sus soldados entregar las armas e irse a casa, o simplemente mandarlos de vuelta a sus cuarteles. Se dinamitó el aparato estatal por las bravas y cada iraquí con un AK se convirtió en guerrillero insurgente y general de sí mismo. La retórica sobre la democracia, por muy bien intencionada que sea, choca y chocará con las complejas realidades de los países no desarrollados. Lo que asusta de los líderes, de los creadores de opinión y de políticas en Washington, es que han terminado por creerse su propia propaganda. Y ahora que anuncian tambores de guerra mirando a Irán sólo cabe temer a qué nuevos desastres nos pueden llevar.

4 pensamientos en “Aprendices de brujo en Mesopotemia

  1. HOLA A TODOS YO PIENSO QUE ESO ESTUBO MAL PERO BUENO AYA RIBA ESTA UN DIOS QUE PARA BAJO VE CUIDESEN LOS QUIERO MUCHO

  2. Hola. Me topé con tu sitio web por equivocacion mientras buscaba otro sitio. Voy a recomendarsela a mi tio.

  3. Pingback: Vietnow: La guerrra que EE.UU. está perdiendo | Guerras Posmodernas

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