Allá por diciembre inicié una serie que pretendía ser larga y ha quedado pendiente: Trazando nuevos mapas ideológicos (primera y segunda parte). La idea me surgió al ver como los blogs libelelos y neococos manejaban un concepto de lo que se supone que es la izquierda esperpéntico. El propósito de la maniobra era evidente: Construir un opuesto ideológico a la medida, endeble y patético, para presentarse como campeón de la retórica y la moral.
Pero si fabricarse una izquierda a la medida hecha a retazos y con personajes impresentables resulta tan fácil es porque la izquierda está llena de personajes impresentables y de gente que no ha abierto un libro en su vida. Pero eso de hablamos otro día. Supongo que tratar de ligar proclamándote monárquico nacional-católico o anarcapitalista darwinista social es un tanto difícil lejos de la calle Serrano de Madrid. Las etiquetas de izquierda no exigen ningún compromiso político y están llenas de un aura radical guay: ¿Cómo no proclamarse antifascista ahora que el fascismo es residual? ¿Cómo no admitir en la adolescencia el atractivo del anarquismo y decir que se están en contra de la autoridad?
Y digo lo que digo sabiendo que difícilmente alguien liberal se va atrever a echarse unas risas sobre el estado de la izquierda. Porque en los últimos tiempos se le está poniendo la casa patas arriba.
Hubo un tiempo en que ser liberal era algo muy friki. Significaba estar fuera de la ortodoxia, y por tanto el que se proclamaba como tal es que se había molestado en leer unos tochos impresionantes. Algún masoca incluso se atrevía con las novelas de Ayn Rand, que ya era tener valor. Si a eso añadimos la base económica del liberalismo, y la necesidad de unos conocimientos básicos de economía, ya ni hablamos. No estaba de acuerdo con cosas que leía en “The Economist”, por ejemplo, pero la lectura se me hacía agradable. Leer a gente ilustrada siempre lo es.
Entonces llegó el tío Federico con una idea genial. Como en España 40 años con el Generalísimo dejaron tan mala prensa al concepto “derecha”, ¿por qué buscar una nueva manera de llamar a la derecha? Una etiqueta con connotaciones positivas. Algo a lo que cualquiera de entrada le costara rechazar. ¿Cómo estar en contra de la libertad invidivual? Ahí lo tenemos. Libertad, liberal, liberalismo. Una maniobra de marketing político genial.
Ahora, tiempo después, tenemos en la blogosfera española nacionalistas españoles centralistas xenófobos, minianarquistas, conservadores católicos de lo más rancio, defensores del oligopolio de turno (¡viva la empresa privada! ¡que se jodan los consumidores!), anarcocapitalistas, defensores del estado limitado, nostálgicos de la mano dura y los correajes… Todos juntos y revueltos, a veces dándose hostias y peleándose por el derecho de expedir carnets de liberal.
Ya hubo quien se apropió del concepto progresismo y lo arruinaron hasta convertirlo en algo vergonzante. Ahora le toca el turno al liberalismo. Y es que al final las etiquetas políticas se vuelven inútiles no porque los conceptos queden superados, sino porque hay quienes se empeñen en destrozarlos.
[Nota: No he abandonado el destripe de las conspiranoias del 11-M. Pero francamente se me hacía muy aburrido dedicar media docena de entradas seguidas en mi blog al mismo tema]