Vietnow: La guerrra que EE.UU. está perdiendo

Dicen que el primer paso para solucionar un problema es reconocer que se tiene. La retórica propagandística de demonizar al enemigo en Iraq, llamándolo “terrorista”, ha ocultado la naturaleza del conflicto. Parece que nadie se atreviera a decir en voz alta que Estados Unidos está inmerso en una guerra.

Se nos dijo que todo se solucionaría el día en que se detuviera a Saddam. Se nos dijo que todo se solucionaría el día en que la soberanía pasara a un gobierno provisional iraquí. Se nos dijo que todo se solucionará con las elecciones. Pero está por ver que la insurgencia sunnita, en sus vertientes nacionalista e islamista, sienta alguna de sus aspiraciones sastisfechas con un gobierno de hegemonía chiita.

La guerra sigue, y EE.UU. la está perdiendo. Mientras en las páginas de opinión, cartas al director y blogs unos y otros discuten si se debe usar el término “terroristas”, “resistentes”, “guerrilleros” o “fuerzas anti-iraquíes” (sic), la insurgencia iraquí crece y se hace más letal. Considerando que los avances en medicina y en protección de los soldados (por ejemplo los chalecos Interceptor con tecnología de nanotubos de carbono) han aumentado las posibilidades de supervivencia para los soldados heridos, alguien ha aplicado el ratio de soldados fallecidos sobre el total de heridos durante la guerra de Vietnam a las cifras de bajas actuales de EE.UU. en Iraq, y ha encontrado que la ferocidad de los combates equivale al de Vietnam en el año 1966.

El entusiasmo inicial por invadir un país con apenas 150.000 soldados (Rumsfeld quería usar sólo ), mientras en liberar Kuwait se habían empleado 500.000 , y la fascinación con la tecnología aplicada a la guerra convencional fue dando paso a la certeza de que nadie se había molestado en planificar el día después de la caída de Saddam Hussein. Habían repetido el guión de la Operación “Tormenta del Desierto” con nuevos juguetes electrónicos, como en un remake de Hollywood con nuevos efectos digitales, sin pensar qué vendría detrás. Que a su llegada a Bagdad el único edificio ministerial al que los estadounidenses proveyeran de protección fuera el Ministerio del Petróleo fue como uno de esos lapsus freudianos que revelan intensiones insospechadas. Cuando el emperador declaró en mayo de 2003 “Mission Acomplished” nadie se atrevió a advertirle que caminaba desnudo por las calles de Babilonia.

¿Tienen Estados Unidos una estrategia para ganar la guerra? Buscando en Google referencias sobre una estrategia para la victoria en Iraq se encuentran 176 resultados frente a las 9.050 referencias a una estrategia para salir de Iraq.

El entusiasmo tras el fin de la operación “Furia Fantasma“, el asalto a Falluya, si bien estaba fundado porque privó a la insurgencia de un base e importantes arsenales, produjo la inquietante impresión de que Estados Unidos está repitiendo el error en centrarse en la cuenta de cadáveres y ocupación del terreno en una guerra donde es irrelevante. El teniente general John Sattler, el oficial de más alto rango del cuerpo de marines en Iraq, afirmó eufórico tras la batalla de Falluya: “We feel right now that we have [...] broken the back of the insurgency”. A lo que William S. Lind, uno de los padres del concepto “Guerras de 4ª Generación“, respondió de forma palmaria: “Las insurgencias, como los pulpos, son invertebradas

La estrategia del desgaste tiene un fallo. No tiene en cuenta que el impacto de las bajas en cada bando es diferente, y se mide en términos relativos, no absolutos. Si Estados Unidos sufrió algo más de 58.000 muertos en la guerra de Vietnam, en el 25º aniversario del fin de la guerra el gobierno del actual Vietnam reconoció que la suma de los muertos del ejército regular de Vietnam del Norte y la guerrilla sudvientamita se elevó a 1,1 millones, esto es 18,9 veces más que las bajas de Estados Unidos. Y a pesar de tal descomunal diferencia en el número de combatientes muertos, para la sociedad estadounidenses aquellas docenas de miles de muertos resultaron demasiadas, hasta el punto de influir en el deseo de retirarse de la guerra. Un soldado estadounidense muerto es una piedrecita más en la balanza que decanta el apoyo o el rechazo a la guerra. Un yihadista muerto en Iraq es reclamo más para que otros vengan a ocupar su puesto, en esa fascinación necrofílica de los yihadistas. Algunos calculan que los insurgentes cuentan ya con más miembros que las fuerzas armadas estadounidenses, en Iraq. Y un detalle más. Las estadísticas no son claras en cuanto el número de civiles iraquíes muertos en la guerra. Hay que pararse a pensar en cuántas viviendas, comercios y vehículos de civiles han resultado destruidos y cuántos ciudadanos han muerto por cada insurgente iraquí. Falluya fue una victoria estadounidense. Pero sería interesante saber a quién votarán sus habitantes que lo han perdido casi todo.

Decíamos sobre la guerra de Vietnam:

En aquella guerra Estados Unidos se vio llevando el peso de la lucha contra una guerrilla en un lejano país asiático, ante la inoperancia de un gobierno que no controlaba efectivamente su territorio y un ejército poco combativo cuando no colaborador con el enemigo. Por aquel entonces el U.S. Army, orientado en doctrina y materiales a luchar en las planicies de Alemania contra las hordas rojas, era una fuerza de soldados conscriptos, ciudadanos arrancados de la vida civil, realizando operaciones contrainsurgencia en un país cuya cultura no entendían, cuyo idioma no hablaban y cuyo clima detestaban.

Casi podríamos aplicar punto por punto a Iraq. Aunquen habría primero que señalar que, evidentemente, el triángulo sunnita y la zona entre los ríos Tigris y Éufrates no son precisamente la frondosa selva de Vietnam. Ni hay un Vietnam del Norte que actúe también de refugio. Ni el actual ejército profesional de Estados Unidos tiene que ver con aquel formado por conscriptos, soldados haciendo la mili en un país lejano.

Pero unas cosas compensan otras. La guerrilla sudvientamita no contaba con los adelantos tecnológicos disponible al común de los mortales en Iraq. La telefonía móvil puede convertir a cada simpatizantes de la insurgencia que viva cerca de una base estadounidense o vía de comunicación en una rápida y eficiente red de informadores. Ni los comunistas vietnamitas contaban con ni con Al Yazira para hacer llegar sus mensajes y sus “snuff movies” al corazón de Occidente y a todos aquellos que los jalean. La carencia del apoyo de potencias como China y la U.R.S.S lo suple la red yihadista mundial, los miembros del partido Baaz exiliados, y el sospechado apoyo de Siria. Es factible que las antiguas rutas de contrabando, que sorteaban el embargo de la O.N.U. sirvan ahora a la insurgencia, que además se finanza con secuestros y atracos, como el de un banco en Ramadi que les proporcionó con 13 millones y medio de dólares en dinares iraquíes.

La creación de unidades militares, paramilitares y policiales iraquíes fue en su primer año un rotundo fracaso. Sólo ahora empiezan a estar a la alturas de las circunstancias, en un batiburrillo de unidades cuyas funciones parecen solaparse. Pero el ritmo de creación y preparación está muy por debajo del calendario previsto. Para imaginar el alcance de la implosión organizativa que supuso la invasión basta saber que en un país que tuvo unas enormes fuerzas acorazadas han pasado casi dos años para que esté lista la que es la primera brigada mecanizada del nuevo ejército iraquí. Mientras tanto el peso de la lucha seguirá recayendo sobre las tropas estadounidenses.

Un reportero del Washington Post contaba el relato de un joven bagdadí al que en un registro de su casa los soldados estadounidenses le encontraron unas revistas con mujeres ligeras de ropa. A los soldados les pareció divertido colocarlas a la vista de su madre sobre la cama con un Corán en medio. El periodista contaba como la humillación pasada había llevado al joven a un fervor religioso y un odio a los estadounidenses profundos. La noticia la comentaba el blog Little Green Footballs que dudaba de la veracidad del relato y lo tacha de ridículo. Pero su burla a la supuesta vergüenza pasada por el joven iraquí, sea verídico el relato o no, refleja esa océano de distancia entre estadounidenses e iraquíes producto de la ignorancia de los primeros respecto a los segundos: Soldados cacheando a mujeres, paseándose sin descalzarse y llevando de la correa a perros en el interior de las mezquitas.

En Vietnam francotiradores disparaban desde una aldea con el propósito de que los soldados estadounidenses devolvieran el fuego y poner en contra a los aldeanos. Si un aldeano moría sus vecinos no culparían a los guerrilleros, sino a los estadounidenses. Los ataques suicidas, los combatientes indistinguibles de los civiles, el uso de uniformes de las nuevas unidades militares iraquíes, etc.

siembran la desconfianza contra toda la población civil. Ya en las primeros días de la guerra, tras los primeros ataques con coche bomba contra check points se aplicó la política de disparar contra todo aquel que se adentrara dentro de un radio determinado. Las historias de soldados de gatillo fácil (sólo hace falta buscar “trigger happy” e Iraq en la Red) se repiten una, otra y otra vez.

El importante peso de las fuerzas de la Reserva y la Guardia Nacional en esta guerra ha puesto en primera línea a mucha gente corriente. La Reserva y la Guardia Nacional son componentes de las fuerzas armadas estadounidenses en la que sus miembros sirven a tiempo parcial. Y se ha convertido en una forma de financiarse los estudios o de un obtener simplemente un sobresueldo. Muchas de sus unidades cumplen, en teoría, misiones de apoyo a las unidades que combaten en primera línea: Policía militar, depuración de aguas, servicios fúnebres… Pero en Iraq no hay distinción entre el frente y la retaguardia, tal como decíamos a propósito de Vietnam: “Estando repartidos los estadounidenses por todo el país en bases que requerían un importante apoyo logístico, su despliegue era una enorme y vulnerable retaguardia”.

Los dividendos de la paz, tras el fin de la Guerra Fría, llevó a recortar las dieciocho divisiones regulares del U.S. Army y dejarlas en diez. La necesidad de desplegar tropas en Iraq y Afganistán a la vez, el tiempo necesario para preparar cada despligue y para descansar a la vuelta, etc… están reduciendo el número de unidades disponibles para el despliegue. Se retrasa la licencia de aquellos a punto de cumplir su periodo de servicio, se obliga a un segundo tour en Iraq… La situación ha llegado a tal extremo, que Donald Rumsfeld ha mandado al general en jefe de la Reserva a realizar un informe en el que se llega a la conclusión de que la Reserva “is rapidly degenarating into a broken force”. Se piden más tropas y más dinero para el esfuerzo en Iraq.

La necesidad de proteger el tránsito por carretera desde Turquía y Kuwait ha obligado a dedicar esas unidades a proteger los convoyes y a poner en primerísima línea a gente corriente que cuando se alistó para financiarse la carrera universitaria no pensó que terminaría de fusilero en la carretera Basora-Bagdad. El escándalo de Abu Ghraib surgió a partir de que a una unidad reservista se le encomendara la vigilancia de un desbordada prisión, no habiendo recibido la instrucción para encargarse de tales tareas. Ya se dio el caso de una unidad reservista que se negó a realizar un misión de escolta por considerarlo suicida dado los medios. En las circustancias de Iraq ni siquiera fueron llevados ante un consejo de guerra, sino que recibieron un castigo administativo.

El fervor patriótico tras el 11-S que disparó los alistamientos ha sido cortado en seco por la pesrpectiva de ser enviado a Iraq. El alistamiento en la Reserva y la Guardia Nacional ha caído en picado. Y la escasez de tropas desplegables obliga a buscar soluciones repescar soldados ya retirados o el tabú de la conscripción, el draft. Por un tiempo se habló de que EE.UU. pretendía una mayor implicación de la OTAN en Iraq. En el Reino Unido, el país después de EE.UU., con más tropas sobre el terreno la aparición de fotos que mostraban actos de tortura a manos de soldados británicos ha conseguido que el apoyo a la guerra disminuya

Cuando hasta los conservadores estadounidenses piden una retirada de Iraq es señal de que algo va mal. Y el peligro en un conflicto mediático como el de Iraq es que lo importante no es ganar o perder, sino la percepción que se ofrece a la opinión pública de las cosas. Como por ejemplo dar una imagen de estabilidad o democracia, en vezo de construir una democracia. ¿Está dispuesto realmente Estados Unidos a jugar la carta de la democracia en Iraq? ¿Qué pasará si un gobierno iraquí decide revocar esos contratos inflados artificialmente por las ex-empresas de Donald Rumsfeld y Dick Cheney? ¿Y si un gobierno del democrático Iraq otorga contratos de explotación de sus recursos a empresas europeas, rusas, iraníes o chinas? ¿Y si Iraq empieza a operar en los mercados internacionales con euros y no dólares?

Empieza a hablarse de la salida de EE.UU. de Iraq, aumentando las responsabilidades del gobierno iraquí. Las experiencia de la vietnamización y afganización de los conflictos terminaron igual… de mal. Se dice que los medios exageran. Que la insurgencia sólo ataca en cuatro de las 18 provincias del país. Pero es un argumento al que se le puede dar la vuelta. ¿Una insurgencia que sólo actúa en 4 provincias de un país con 18, y aún así EE.UU. no puede acabar con ella? Entonces, ¿qué se puede esperar del gobierno de un estado débil y en proceso de reconstrucción? Los kurdos son autónomos. ¿Cuál es el siguiente plazo en caso de persistir la violencia? ¿La autonomía del sur del país? Quedaría entonces una Mesopotomia sunnita libanizada. Quizás la desaparición de escena de los EE.UU. aplaque a una parte de los insurgentes sunnitas. Pero mientras no quede la indudable certeza de que estamos ante una victoria estadounidense los yihadistas proclamarán que consiguieron derrotar y expulsar de sendos países musulmanes a dos imperios, primero la U.R.S.S. y luego Estados Unidos. Y a todas estas seguiría sin demostrarse que Estados Unidos tienen una estrategia para vencer esta guerra, llámase guerra insurgente, no convencional, de guerrillas, asimétrica, de la Cuarta Generación, etc.

¿Cómo enfrentrarse a un enemigo dispuesto a volar por los aires un autobús escolar o una cola que espera para depositar su voto en un colegio electoral? Empezaba este tríptico sobre Iraq (1ª parte y 2ª parte) hablando de la película Apocalypse Now. En uno de los diálogos finales el coronel Kurtz cuenta la experiencia que le marcó definitivamente.

I remember when I was with Special Forces. Seems a thousand centuries ago. We went into a camp to inoculate the children. We left the camp after we had inoculated the children for Polio, and this old man came running after us and he was crying. He couldn’t see. We went back there and they had come and hacked off every inoculated arm. There they were in a pile. A pile of little arms. And I remember… I… I… I cried. I wept like some grandmother. I wanted to tear my teeth out. I didn’t know what I wanted to do. And I want to remember it. I never want to forget it. I never want to forget. And then I realized… like I was shot… like I was shot with a diamond… a diamond bullet right through my forehead. And I thought: My God… the genius of that. The genius. The will to do that. Perfect, genuine, complete, crystalline, pure. And then I realized they were stronger than we. Because they could stand that these were not monsters. These were men… trained cadres. These men who fought with their hearts, who had families, who had children, who were filled with love… but they had the strength… the strength… to do that. If I had ten divisions of those men our troubles here would be over very quickly. You have to have men who are moral… and at the same time who are able to utilize their primordial instincts to kill without feeling… without passion… without judgment… without judgment. Because it’s judgment that defeats us.

Para derrotar a alguien sin escrúpulos morales hay que dejar la moral a un lado. Es la conclusión de Kurtz. Se ha hablado estos días de que en Washington han considerado resucitar un émulo iraquí de los escuadrones de la muerte salvadoreños, la “Opción Salvadoreña”. ¿Qué nos espera entonces?

El horror, el horror

Aprendices de brujo en Mesopotemia

El próximo 30 de enero se celebrarán elecciones en Iraq. Tal como sucedió con la captura de Saddam Hussein o la batalla de Falluya algunos han puesto sus esperanzas de que mágicamente la situación en Iraq se arregle. Cuando va faltando poco para que se cumplan dos años de la invasión de Iraq, la violencia y el desgobierno parecen haberse convertido en una rutina que ya no merece grandes titulares. En un ejemplo más de lo relativo del valor de la vida humana, sólo la muerte o secuestro de estadounidenses y europeos resulta ser una noticia de primera plana.

En Navidad pensaba que el emperador se pasea desnudo por Iraq. Un mes después no sólo han aumentado las razones para pensarlo, sino la urgencia de contarlo. La intervención de EE.UU. en Iraq ha sido, es un desastre. A algunas de las conclusiones aquí presentadas se ha llegado en la comodidad de un análisis post-facto. Pero no creo que ello le quite mérito teniendo en cuenta que el repaso diario a los medios y a las acciones de quiénes toman las decisiones hace pensar que pocos saben la magnitud de lo qué está pasando.

Hace poco explicábamos la guerra de Vietnam para entender luego los paralelismos que estableceremos. Pero antes de entrar definitivamente a tratrar lo que está pasando hoy en Iraq es preciso entender también su pasado.

Iraq, como la mayoría de países de Oriente Medio fue un invento de algún funcionario del Foreign Office británico encargado de desmembrar el Imperio Otomano tras el fin de la Primera Guerra Mundial. Cuando el emir Faisal fue expulsado de Siria por las autoridades coloniales francesas, los británicos lo colocaron en el trono de Iraq, la antigua Mesopotamia, y a su hermano Abdullah en el trono de la entonces llamada Transjordania. Ambos hermanos pertenecían a la dinastía hachemita, a la que le correspondía gobernar sobre las ciudades santas de Islam, pero una alianza entre la familia Saud y el gobierno británico les despojó de sus dominios sobre la Meca y Medina. En los tiempos del Imperio Británico, previos a la globalización, que los descendientes del Profeta fueron despojados de su reinado sobre los dos lugares más santos del Islam ysustituidos por unos usurpadores, que habían dado trato ventajoso a los intereses petroleros de Reino Unido, no provocó a ningún predecesor de Bin Laden llamar a una yihad. Las fronteras se hacían y se deshacían.

Lo que hoy llamamos Iraq comprendía tres provincias en los tiempos del Imperio Otomano. Una al norte con capital en Mosul habitada por los kurdos, musulmanes sunníes pero no árabes; otra con capital en Bagdad habitada por árabes musulmanes sunníes; y otra al sur con capital en Basora, habitada por árabes musulmanes, pero no sunníes, sino chiitas. Cosas de la naturaleza, el petróleo se encuentra al norte, en torno a Kirkuk, y en el sur, entorno a Basora.

Según las fuentes consultadas los números oscilan. Al régimen de Saddam no le interesaban los censos precisos para privar a cada comunidad conciencia de su tamaño. Pero podríamos decir que los chiitas suponen en torno el 60% de la población y las cifras varían para kurdos y sunníes. Algunos dicen que suman un 23% los primeros y 17% los últimos, aunque dejando fuera de este recuento a turcómanos y crisitanos. Saddam Hussein pertenecía a la minoría sunní y se encargó de repartir cargos y prebendas entre los miembros de su clan, Al Tikriti, y negociando con los líderes de otros clanes sunníes. Bagdad se llenó tanto de Al Tikritis que dejaron de usar la denominación del clan en el apellido.

Saddam mantuvo unido el puzzle iraquí a sangre y fuego. Mientras Occidente miraba para otro lado gaseó a los kurdos en los ochenta y masacró a los chiitas en 1991. El miedo a un éxodo masivo de kurdos hacia Turquía en aquel momentó llevó a una operación humanitaria multinacional en el norte del país. El paraguas aéreo decretado por la ONU privó a los iraquíes de usar su aviación y en las montañas los dos partidos kurdos (que dicho sea de paso no por ello dejaron de enfrentarse entre ellos) consiguieron imponer una situación de semiautonomía.

Cuando cayó el régimen se destruyó la urdimbre del país. Para los kurdos casi nada cambió dada su situación de semiautonomía. Pero para los chiíes con la promesa de una democracia representativa se abría la posibilidad de usar su peso demográfico para alcanzar la hegemonía política en el país. Ante la ausencia de partidos políticos el tejido social se articuló en torno a la religión y líderes como Al Sistani o Muqtada Al Sadr. Los árabes sunníes eran los que más tenían que perder con el cambio. De ahí que el mayor foco de resistencia sea lo que los medios de comunicación llaman el “triángulo sunní” en el centro del país.

Recordábamos en “Tocando las pelotas ajenas” que la llegada de la democracia en España tras la muerte de Franco fue producto de acuerdos entre los que estaban dentro y fuera del régimen. Así que para escándalo de unos y otros tenemos un rey, sin que nadie nos preguntaran si queríamos una monarquía, y Santiago Carrillo pudo volver a España sin tener que ponerse peluca. Académicos extranjeros alaban la Transición española maravillados por la demolición de un régimen “fascista” en poco más de tres años. Obvian las transformaciones económicas, políticas y sociales acaecidas a partir de finales de la década de los 50. En Europa incluso surgió una ciencia, la Sociología, para tratar de comprender los cambios que habían llevado durante el siglo XIX a las comunidades agrarias bajo el Antiguo Régimen a sociedades democráticas e industriales.

En “Pájaro de mal agüero” recordaba la definición de Estado de Max Weber, uno de los padres de la Sociología, que sintentizaba su esencia en el “monopolio de la violencia legítima“. Bastaría mirara Afganistán o la Autoridad (Nacional) Palestina para debatir si realmente pueden aspirar a ser Estados.

Y ahora pensemos en la invasión de Iraq por parte de Estados Unidos. La demonización del enemigo neceseraria como instrumento de propaganda convirtió en proscritos a los líderes del Baaz y el aparato gubernamental iraquí. No hubo así un general que firmara la rendición y ordenara a sus soldados entregar las armas e irse a casa, o simplemente mandarlos de vuelta a sus cuarteles. Se dinamitó el aparato estatal por las bravas y cada iraquí con un AK se convirtió en guerrillero insurgente y general de sí mismo. La retórica sobre la democracia, por muy bien intencionada que sea, choca y chocará con las complejas realidades de los países no desarrollados. Lo que asusta de los líderes, de los creadores de opinión y de políticas en Washington, es que han terminado por creerse su propia propaganda. Y ahora que anuncian tambores de guerra mirando a Irán sólo cabe temer a qué nuevos desastres nos pueden llevar.

Vietnam redux

La de Vietnam fue una guerra que se clavó como pocas en el “imaginario colectivo” estadounidense y comparar conflictos del presente con aquel es algo socorrido. Sin ir más lejos cuando la ofensiva estadounidense sobre Bagdad fue detenida por una tormenta de arena de proporciones bíblicas al sur de Bagdad los medios se apresuraron a hablar de un “nuevo Vietnam”. No hace mucho manifestantes se congregaban ante la embajada francesa en Abiyán portando carteles en que anunciaban que harían de Costa de Marfil un “Vietnam para Francia“. Pero creo que en ambos casos, y en otros muchos, las referencias a aquella guerra se limitaban a convertirla simplemente en sinónimo de “desastre militar”. Como decíamos en Arde Faluya “los periodistas parecen tener especial debilidad por resucitar el fantasma de Vietnam en llamativos y catastróficos titulares”.

Việt Nam. En aquella guerra Estados Unidos se vio llevando el peso de la lucha contra una guerrilla en un lejano país asiático, ante la inoperancia de un gobierno que no controlaba efectivamente su territorio y un ejército poco combativo cuando no colaborador con el enemigo. Por aquel entonces el U.S. Army, orientado en doctrina y materiales a luchar en las planicies de Alemania contra las hordas rojas, era una fuerza de soldados conscriptos, ciudadanos arrancados de la vida civil, realizando operaciones contrainsurgencia en un país cuya cultura no entendían, cuyo idioma no hablaban y cuyo clima detestaban. Se enfrentaban a una guerrilla de extracción campesina, llamada despectivamente “Việt Cộng” por el gobierno de Vietnam del Sur, cuyas tácticas principales eran la emboscada, la colocación de trampas de todo tipo y los ataques terroristas. Estando repartidos los estadounidenses por todo el país en bases que requerían un importante apoyo logístico su despliegue era una enorme y vulnerable retaguardia.

La guerrilla, por su parte, no ocupaba el terreno. Rara vez luchaba por una colina, una valle o una ciudad. Podía retirarse de un lugar abrumada por la potencia de fuego estadounidense, pero con el tiempo volvía a estar allí. Contaba con la posibilidad de cruzar las fronteras de los países vecinos y a través del neutral Laos le llegaban suministros provenientes de Vietnam del Norte (la “ruta Ho Chi Minh”). La guerrilla estaba en todas partes y en ninguna. No tenía por más uniforme que las típicas ropas del campesino vietnamita, el famoso “pijama negro”, haciendo indistinguible combatientes y no combatientes. Los campesinos colaboraba con la guerrilla, por convicción o coacción, haciendo cosas tan simples como observar y pasar información. Aún más sencillo resultaba en el interior de las bases estadounidenses por la gran cantidad de civiles contratados como cocineros, barberos, lavanderas, etc…) La guerrilla era así invisible e incórporea. Como carectizó Lawrence de Arabia a sus fuerzas beduinas, eran “una influencia, una idea, algo intangible, invulnerable, sin vanguardia o retaguardia, flotando como un gas”.

En una guerra en la que no habían ni territorios enemigos que conquistar que sirvieran de “indicadores” de victoria, el recuento de cádaveres enemigos (“body count“) se convirtió en la medida del progreso de la guerra en una estrategia que pretendía la derrota del enemigo por desgaste aprovechando las ventajas en tecnología, medios y potencia de fuego. Pero ese cálculo no tuvo en cuenta las diferencias de voluntad y capacidad a la hora de asumir pérdidas materiales y humanas con respecto al otro bando.

La estrategia de “cuenta de cádaveres” se convirtió en una trampa burócratica, confundiéndose medios y fines. Ante la presión de los escalafones superiores de la cadena de mando se inflaban los informes dando una falsa sensación de estar derrotando a la guerrilla en todos los frentes. “El enemigo tiene por costumbre llevarse los cadáveres del campo de batalla“, era la excusa habitual. La mezcla del stress psicológico de enfrentarse a un enemigo que no daba la cara mientras se sucedían las bajas por trampas y emboscadas, y la percepción que aquellos campesinos que se pretendían liberar de las garras del comunismo colaboraban con el enemigo, llevaron a que los soldados fueran de “gatillo fácil”.

Hitos importantes en la estrategia estadounidense fueron la invasión de Laos para tratar de cortar los suministros a la guerrilla; el encuadramiento de las tribus indígenas del altiplano central (“montagnards” en la denominación heredada de los franceses) en milicias junto con la contratación de mercenarios camboyanos y de la etnia china nung; y el lanzamiento de una operación de asesinatos selectivos de cuadros comunistas (la “Operación Fénix”) llevada acabo por la CIA. Las leyes de la guerra fueron poco respetadas en un conflicto en el que nunca hubo una declaración de guerra formal. Se usó un incidente entre las marinas de Estados Unidos y la de Vietnam del Norte en el golfo de Tonkín como excusa para justificar la intervención militar en Vietnam. Ahora sabemos fue una mera manipulación ante la opinión pública. Toda una serie de “halcones” defendieron aquella guerra no sólo como una cuestión geoestratégica, sino de imagen ante la opinión pública internacional en plena Guerra Fría. Con los intereses del complejo militar-industrial de por medio, no dejaron de vaticinar que se estaba en el camino de la victoria mientras pedían más y más recursos para el esfuerzo bélico. De hecho, los Estados Unidos fueron de victoria en victoria hasta la derrota final.

En la fiesta del Año Nuevo Lunar de 1968, la noche del 30 al 31 de enero, el Viet Cong lanzó una ofensiva general en todo el país con la esperanza de provocar un levantamiento de la población. Fracasó en sus objetivos militares y políticos. Pero la opinión pública estadounidense alimentada hasta aquel momentos con noticias tranquilizadoras se encontró con que en aquella lejana guerra, que iba tan bien, la mismísima embajada en Saigón había sido asaltada y ocupada, mientras se sucedían combates por todo el país. En todos los hogares se vieron las imágenes de aquel general de la policía sudvietnamita descerrajando un tiro en la cabeza a un prisionero en plena calle. Fue el punto de inflexión que llevó a Estados Unidos a retirarse. Se hizo de forma escalonada, retirando tropas poco a poco mientras se le cedían cada vez más y más responsabilidades a las tropas sudvietnamitas en lo que se llamó “vietnamización de la guerra”. Cuando finalmente el peso de la guerra recayó en los hombros del gobierno de Vietnam del Sur, sus fuerzas armadas se desplomaron y Vietnam del Norte lo invadió.

Fundido en negro. Iraq, 2005. Ustedes mismos.