El caballo del malo

Mi padre trabajó en una gran compañía pública. Y desde pequeño le oí despotricar contra los sindicatos mayoritarios que parecían sólo luchar por justificar su propia existencia. También contra la gestión de la compañía por parte de directivos puestos a dedo por el gobierno y sin ningún interés en realizar su labor de la forma más eficaz posible. El verdadero negocio estaba en fundar compañías de servicios auxiliares a las que, oh casualidad, la empresa pública encargaba la ejecución de servicios. El problema no era la naturaleza pública de la empresa. Era el capitalismo de amiguetes, versión patria, en el que víviamos. Así se justificaba la privatización de la empresa. Todo para que otros amiguetes terminaran dirigiéndola, con contratos blindados y multimillonarias prebendas en stock options. Y mientras, hombres en su madurez, que habían dedicado casi toda su vida laboral a una gran empresa que sentían como propia, terminaron de patitas en la calle. James Petras, en su famoso informe, hablando de esa generación recogía el sentimiento [pág. 25]: “La emergencia de una conciencia de clase se acompañaba del orgullo de formar parte de una empresa productiva moderna, del orgullo en el trabajo y de ser un trabajador“.

Cosas de las recortes de gastos, miles de trabajadores eran sacrificados y los altos directivos recompensados con stocks options multimillonarias. Nunca fui un genio de las matemáticas, así que nunca pude calcular a cuántos sueldos de trabajadores equivalían aquellos pagos.

Leí hace poco en La SinRazón que el secretario general del Sindicato Independiente de la Agencia Tributaria había afirmado que el nuevo plan de la Agencia para combatir el fraude fiscal contenía “mucha literatura y propone modificaciones. Entre ellas, SIAT aboga por crear un departamento de investigación, que permita incrementar el número de inspectores que investigan, reducir los que se dedican a gestionar desde las oficinas y elevar la recaudación del Estado. El sindicato presentará un documento alternativo al difundido.”

Ahí está. Un sindicato independiente, como al que mi padre se unió. Dando caña. Y exigiendo que los inspectores hagan su trabajo. Y no precisamente montados en el caballo del malo, como algunos quisieran…

[Esta entrada fue publicada originalmente en el blog Lobo Estepario de Zona Libre]