El síndrome Moore

La derecha estadounidense, y los neoconoservadores españoles, se han lanzado a toque de degüello contra el último documental de Michael Moore, “Fahrenheit 9/11″. Hay páginas web dedicadas exclusivamente a señalar las inexactitudes de sus documentales y sus miserias personales.

En “Bowling for Truth” podemos enterarnos por ejemplo que según un think-tank pro saudí, que posiblemente haya hinchado el dato, las inversiones saudíes en Estados Unidos alcanzan los 420 mil millones. Sin embargo en “Fahrenheit 9/11″ alguien afirma que alcanzan los 860 mil millones de dólares. Es decir, no son multimillonarias. Son multimillonarias.

La cuestión podría ser ¿a quién le importa?. Los documentales de Moore están llenos de pequeñas inexactitudes y afirmaciones quizás demasiado aventuradas. Pero lanzan ideas poderosas que transcienden la apariencia bufonesca de su director. Los últimos minutos de “Fahrenheit 9/11″ son una larga cita de George Orwell que reflejan la verdadera carga de profundidad que es la película. (Aquí en España el profesor Tortosa de la Universidad de Alicante ha publicado un “enfoque orwelliano” de la guerra de Iraq).

Sin embargo, demasiadas veces encontramos en la izquierda que se hace valer el “espíritu crítico” como sustituto de la sustancia y el fondo. Como si un manifiesto, un artículo o una obra tuviera mérito y valor por el mero hecho de apuntar con el dedo un problema, aunque incurra en innumerables errores e incoherencias.

Y no es un problema de tintes académicos, aunque demasiadas veces por ejemplo se tachara a José María Anzar y su gobierno de “fascistas” cuando el fascismo es algo muy concreto (véase “El fascismo” de Stanley G. Payne). O a Ariel Sharon de “nazi”. El resultado es que conceptos como “fascista”, de usarse tan repetidamente, se ha devaluado enormemente.

El problema es llegar a creer que es sólo la intención lo que cuenta, cuando estamos en un mundo donde funcionan poderosos aparatos de propaganda y los supuestos “libres mercados” de las ideas no son tales. Así que es preciso ser muy precisos y rigurosos en lo que se dice una vez que se ha captado la atención del público. Los políticos de derecha (ahí está el ex-ministro Acebes) y las corporaciones multinacionales pueden sobrevivir a sus mentiras. La izquierda no.