Escenas de una guerra cósmica patética

Cada atentado genera comentarios de algún profano tildando a los terroristas de psicópatas, buscando un término que implique un grado sumo de maldad. Un psicópata, que me perdonen los psiquiatras, es una persona con un trastorno mental que le impide sentir empatía con sus semejantes y no se maneja en las mismas coordenadas morales que el resto de la sociedad. No le conmueve el dolor ajeno y encuentra placer en el daño que hace otros. Un terrorista en cambio, es una persona que en su cabeza ha roto los tabús sociales que limitan la violencia legítima a determinadas circunstancias mediante un proceso de radicalización política lleno de victimismo. El enemigo ha perdido para él su condición de semejante porque es un amenaza vital. En los discursos justificativos de los grupos terroristas encontramos referencias a la opresión sufrida por clases sociales, grupos étnicos y practicantes de una religión. Recuerdo escuchar a un compañero de clase en mi universidad decir en octubre de 2001 que no había sentido pena ninguna por las víctimas de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York porque eran ejecutivos de empresas multinacionales responsables de la globalización neoliberal.

portada_1050Mark Juergensmeyer habla en su libro Terrorismo religioso de “guerra cósmica” para referirse a como el terrorismo religioso maneja cosmovisiones donde el conflicto es universal y absoluto, una lucha del Mal y el Bien (pág. 170). Por eso el modelo de “Choque de Civilizaciones” de Samuel P. Hungtinton gusta tanto a yihadistas y conservadores cristianos. Así el 23 de febrero de 1998 “Frente Islámico Mundial”, una alianza de Al Qaeda con grupos de Egipto, Pakistán y Bangladesh, anunció en un comunicado una yihad contra “judíos y cruzados” en la que se decía que era una obligación de todo musulmán atacar a “estadounidenses y sus aliados, civiles y militares”, ya que Estados Unidos estaba en guerra “contra el Islam, su mensajero y los musulmanes”.

9788495440907Sería interesante, como dije hace poco, hacer balance quince años después del “estado de la yihad global”. Sería cuestión de revisar los comunicados de Al Qaeda en estos años y ver cuántos de sus objetivos han sido logrados. Mantengo una opinión contraria a la que expresaron varios lectores en comentarios recientemente. Para mí son significativos la falta de atentados de gran magnitud en Occidente, que las franquicias de Al Qaeda estén localizadas en la periferia del Gran Oriente Medio (con la excecpión de Iraq) y que la Primavera Árabe está siendo protagonizada por fuerzas ajenas al yihadismo. Cuento todo esto porque el último gran evento de esa gran guerra total ha sido el apuñalamiento de UN soldado británico tras el cual, sus autores han sido detenidos. Evidentemente la muerte del soldado Lee Rigby es una tragedia. Pero habría que preguntarse si las portadas dramáticas de la prensa inglesa, actuando de portavoz de los terroristas, están magnificando el efecto de un atentado de proporciones limitadas. Por no hablar de la catarata de análisis sobre el terrorismo de “lobos solitarios” y la “yihad individual” que se publican en estas ocasiones. Creo que un ejercicio de autocontención debe formar parte de la estrategia para reducir la conmoción que buscaban los terroristas.

Ahora que tengo cuenta de Twitter me fijé en algo curioso tras el atentado de Londres. Salieron en tromba un montón de periodistas y activistas a pedir que no se criminalizara a los musulmanes, a lamentar el impacto negativo que tendría el atentado sobre la comunidad musulmana británica, y a repetir el habitual mensaje de que los terroristas se habían comportado de una forma impropia de un buen musulmán. No es que me molestaran esos mensajes pero me resultó curioso el orden de prioridades. Condenar el ataque y transmitir algún tipo de mensaje de ánimo o consuelo a la sociedad británica quedaba fuera de lugar. Y encontré esta misma semana en el discurso del presidente Obama en la National Defense University que rechazaba el concepto “Global War On Terror” para hablar en cambio de “esfuerzos apuntados a desmantelar redes específicas de extremistas violentos”. Un enorme rodeo semántico para no mencionar, como en otra parte del discurso, a los terroristas que actúan inspirados por nociones de la “yihad violenta”, lo que es también una forma del presidente Obama de decir que hay otra formas de yihad. Pero en serio, ¿realmente la gente que habla de “terrorismo internacional” se cree que no hay conexión alguna con la realidad hoy del Islam y ciertas corrientes políticas que inspiran el terrorismo y son el caldo de cultivo de los procesos de radicalizaión. Sabemos que no son mayoritarias pero esconderlas detrás de eufemismo no ayudará a un diagnóstico de la situación que nos permita enfrentarlas.

Los libros de marzo

Civil Wars in Africa de William Mark Habeeb.
Un libro que compré de segunda mano por unos peniques y resultó ser un libro divulgativo. No dejaré de intentarlo.

Crescent of Crisis de varios autores.
Otro libro más en mi pequeña colección de materiales sobre el Gran Oriente Medio.

Constructing Democracy in Africa: Mali in Transition de Susanna D. Wing.
Un libro imprescindible en la presente crisis maliense.

The Algerian Civil War de Luis Martínez (pseudónimo).
La tesis doctoral de un argelino sobre la guera civil vivida por el país tras el golpe de estado de 1992. El libro de referencia sobre el asunto.

The First Information War de varios autores.
No está en la foto. Otro libro que compré a precio de derribo. Se trata de una recopilación de artículos sobre el papel de los sistemas de comunicaciones, informáticos y de inteligencia durante la Guerra del Golfo de 1991. Uno de esos libros que ayuda a entender las fascinación por la guerra tecnológica en la posguerra fría.

Breve historia de la teoría de la guerra red

En 1991, tras décadas de preparación para el enfrentamiento con el Pacto de Varsovia en las planicies de Europa Central, las fuerzas armadas de Estados Unidos se enfrentaron al ejército de Iraq durante la Operación “Tormenta del Desierto”. La superioridad numérica del ejército de Saddam Husein fue compensanda con la aplastante superioridad tecnológica estadounidense. Se la llamó la “primera guerra de la Era de la Información”. En el calor del momento, autores como Alvin Toffler y George Friedman escribieron sobre la supremacía de la tecnología en el campo de batalla y sobre una nueva era de guerras altamente tecnológicas. Se popularizó la idea de que había acontecido una “Revolución en los Asuntos Militares”, que se convirtió en el gran tema de análisis y reflexión en las fuerzas armadas de los países desarrollados.

Dos investigadores de la RAND Corporation, David Ronfeldt y John Arquilla, prestaron atención a los elementos novedosos de aquella guerra. Vaticinaron que las nuevas tecnologías permitirían un campo de batalla donde fuerzas ligeras y móviles altamente conectadas compartieron información sobre ojetivos y se coordinaran para atacar simultáneamente. La idea era una evolución de lo que había pasado en las arenas del desierto al norte de Kuwait, pero Arquilla y Ronfeldt entendieron que las nuevas tecnologías de la información hacían extrapolable esas tácticas a ámbitos como Internet y que podían ser llevadas a cabo por fuerzas no estatales poco jerarquizadas. Su primer esbozo de estas ideas salió publicado en 1993 con el título “Cyberwar is coming!”, donde el concepto “ciberguerra” se empleaba de forma genérica. En 1996 publicaron The Advent of Netwar y desde entonces emplearon el término “netwar”, guerra en red, para referirse al concepto que habían desarrollado.

El interés de Arquilla y Ronfeldt se fue alejando poco a poco de la guerra convencional para adentrarse en el desarrollo de la guerra en red por parte de los actores no estatales. Uno de los casos que estudiaron fue el de las redes internacionales de apoyo al movimiento zapatista en México, tema de The Zapatista Social Netwar de 1998. Aunque aquella idea original de fuerzas altamente conectadas que comparten información sobre objetivos y que atacan coordinadamente fue retomada para desarrollar la idea de “swarming” (ataque en enjambre) en Swarming and the Future of Conflict, publicado en el año 2000. Finalmente, Arquilla y Ronfeldt editaron un trabajo colectivo que analizaba el modelo de la guera en red en ámbitos como el activismo social en la calle (movimiento antiglobalización), la delincuencia organizada, la violencia callejera, el movimiento hooligan o el terrorismo. Networks and netwar estaba listo para su publicación cuando acontecieron los atentados del 11-S, convirtiéndolos instantáneamente en los profetas de una nueva era que los teóricos fascinados por las tecnología no supieron anticipar.

Si el trabajo de Arquilla y Ronfeldt aparecía Internet como herramienta relevante, fue el estudioso del impacto social de las tecnologías Howard Rheingold quien prestó atención a los nuevos usos sociales de la telefonía móvil en el cambio de siglo. En 2002 publicó Smartmobs. El libro donde exploraba la amplia gama de usos emergentes que se le estaba dando a la telefonía móvil, desde lúdica a política, anticipando las posibilidades de lo que en el futuro serían los smartphones. La idea fundamental del libro es que las nuevas tecnologías iban a permitir la coordinación puntual de grupos de personas sin jerarquía definida para acciones puntuales. La idea daba título al libro y en español fue traducido como “multitudes inteligentes”.

Los atentados del 11-S cambiaron radicalmente el panorama. El debate sobre la globalización y las acciones del movimiento antiglobalización desapareció de la agenda. Si las teorizaciones hasta el momento albergaban siempre una ambigüedad sobre la naturaleza de las redes no jerarquizadas que usaban las nuevas tecnologías para realizar acciones coordinadas, la palabra “red” empezó a verse acompañada como “red terrorista” o “red Al Qaeda”. El autor que mejor recogió ese nuevo panorama y las posibilidades que en él se abrían fue John Robb en su libro Brave New War de 2008. Robb honestamente lo planteaba como un “buffet libre” de ideas, no como un ejercicio de prospectiva. Introdujo al debate varios conceptos, como el de “open-source warfare”, en una era en que Internet se convertía en una fuente inagotable de información. O el de “superempowered terrorism” para referirse a cómo un grupo muy reducido de personas podía realizar un gran daño. Pero quizás una de sus aportaciones más brillantes fue dejar de plantear la estructura en red de las organizaciones para plantear el estudio de redes en la selección de objetivos. Las vías de comunicación y la infraestructura de telecomunicaciones tienen todas estructura de red con nodos y enlaces. El estudio de los nodos fundamentales permite ataques con efectos que se multiplican en cascada.

Desde el bloqueo de la ciudad de São Paulo por un ataque coordinado de organizaciones criminales en 2006 a los ataques de los hackers rusos contra Estonia en 2007 son varios los fenómenos donde podemos aplicar las teorías de Arquilla, Ronfeldt, Rheingold y Robb, junto con las derivaciones militares del modelo de Network Centric Warfare. Sin embargo, creo que falta materiales, debate y análisis en español.

El troyano islamista

Estoy estos días avanzando lentamente por las páginas densas de Sufismo de Halil Bárcena. He sentido interés por las manifestaciones culturales del sufismo desde hace ya muchos años y ese viaje que tengo pendiente por el interior de Turquía hará una parada inexcusable en Konya. El sufismo es la rama mística del Islam y como todo fenómeno espiritual, tenemos en Occidente versiones light aptas para el consumo de masas como producto New Age. Halil Bárcena remarca por ello en su libro que no puede haber sufismo sin Islam. Y por ello me resulta relevante para un tema que he tratado aquí varias veces. La insistencia de los islamófobos occidentales en que en el Islam no hay lugar para corrientes, escuelas e interpretaciones. Que el Islam es único, monolítico e inamovible. Por tanto, afirman, no hay lugar para un Islam moderado, moderno y humanista, capaz de existir en paz dentro de las democracias occidentales porque el Islam es una religión de una naturaleza intrínseca totalitaria y violenta. El libro de Halil Bárcena demuestra que otro Islam es posible y que el islamismo es un fenómeno contingente.

Mi lectura de Sufismo viene al caso porque hace unas pocos semanas leí en su formato electrónico el libro La Quinta Invasión. Islamismo 711-2011 de José Donís Català, lo que me recuerda que no estoy dejando constancia de mis lecturas fuera del papel. La Quinta Invasión está escrito en un tono grandilocuente y panfletario. Arranca con una anécdota contada por un taxista y entra en el repaso de la historia de Al Andalus contando cómo en el año 475 de nuestra era nación la “nación más antigua de Occidente”. Así que imagínense el resto, incluída una diatriba contra la izquierda caviar, a la que el autor identifica como bohemios burgueses (“bobos”), demostrando de paso que no ha leído a David Brooks. Es de primero de carrera saber que una colección de anécdotas no demuestra nada y como sociólogo espero en un libro así datos, cifras, investigaciones o encuestas de opinión. Información y análisis que demuestren qué pasa en las comunidades de inmigrantes musulmanas. Algo como lo que hizo un equipo de reporteros del Channel 4 británico en su reportaje “Undercover Mosque”. Y es que el autor, aunque no lo diga, me parece claro que trata de reproducir el tono y discurso del libro Londonistan de Melanie Philips.

LondonistanEl término “Londonistan” hace referencia a cómo la ciudad se convirtió en un nodo global del yihadismo por la actitud del gobierno británico de no interferir en las actividades de grupos islamistas radicales mientras sus actividades violentas tuvieran lugar fuera de las fronteras del país. Pero este libro, ya bastante famoso, cuenta el resultado de las medidas adoptadas por el gobierno británico para contrarrestar el yihadismo. Asumiendo que el terrorismo islamista era una desviación del Islam combatible enseñando el “Islam verdadero”, el gobierno británico promovió y favoreció instituciones y grupos musulmanes sin molestarse en comprobar si lo que predicaban esos grupos era compatible con una sociedad moderna y democrática. En el fondo, lo que las autoridades británicas hicieron fue practicar el “indirect rule” de los tiempos coloniales bajo el nombre de multiculturalismo: Asumir a las comunidad musulmana como una masa compacta que manejar delegando la tarea en sus líderes. Lo que no queda claro es que los líderes religiosos fueran previamente mayoritarios y representativos, pero eso da igual porque el reconocimiento de las autoridades británicos los aupó a esa condición. El resultado fue la radicalización de comunidades inmigrantes donde islamistas radicales se conviertieron en hegemónicos mientras aquellas personas que aspiraban a una identidad secular se quedaron sin espacio social.

Otro flanco de la lucha contra el yihadismo en suelo británico fue asumir que el terrorismo islamista era el resultado de la opresión, discriminación y pobreza, no de una ideología, por lo que se decidió darle un tratamiento de víctimas a los miembros de una comunidad que estaba siendo un caldo de cultivo del odio y de valores antidemocráticos. Todo ello, sancionado en nombre del multiculturalismo (“son sus costumbres y hay que respetarlas”) y en nombre de la lucha contra la islamofobia. En la práctica consistió presionar a organizaciones cristianas porque su identidad iba en contra de la diversidad, proponer que se suspendieran actos en memoria del Holocausto “por ser un insulto a los musulmanes” o que abiertamente se pidiera que se aplicara un código civil diferente a la población musulmana. Todo ello ataques al sistema democrático, la libertad de expresión y otros fundamentos de las sociedades modernas y avanzadas. Las redes clientelares establecidas en las comunidades islámicas se convirtieron en un arma de doble filo, ya que el empoderamiento de los grupos islamistas los convirtió en una fuerza política notable.

El relato que hace Melanie Philips sobre el Reino Unido es bastante espeluznante. Aunque leyendo el libro no paré de dejar de pensar que muchas cosas que mencionaba eran imposibles de imaginar en España por la vigencia de la Ley de Partidos, la existencia del delito de “apología del terrorismo” y que el virus del posmodernismo no ha infectado tanto el mundo académico español. El problema está en el diagnóstico y las soluciones que presenta Melanie Philips. ¿Igualdad de la ley para todos? ¿Respeto de la liberta de expresión? ¿Defensa de la naturaleza secular de las sociedades occidentales? No, el problema para ella es la pérdida de los valores tradicionales y la disolución del orgullo nacional británico. La solución pasaría por volver a enseñar en las escuelas el orgullo por el Imperio Británico que llevó la Civilización a los pueblos primitivos, volver a ir a misa y educar a las chicas para que se comporten como señoritas, con lo que los islamistas no podrían aprovechar el vacío producido por la falta de valores. Y es que al final Melanie Philips no deja de ser conservadora cristiana bastante carca. Ahí la tienen escribiendo en el Daily Mail, que es ese periódico.

Riot CityEn el extremo opuesto tenemos Riot City de Clive Bloom que escribe sobre los disturbios de 2011 en Inglaterra, tanto de las prostestas de estudiantes universitarias en Londres como los saqueos en varias ciudades inglesas. En el libro pone los disturbios en el contexto histórico de otras revueltas y protestas juveniles en el Reino Unido en los últimos dos siglos, para señalar que no hay nada sorprendente o nuevo. En la parte en la que el libro narra los disturbios de 2001 es una mera recopilación de noticias bastante aburrida porque resulta una enumeración de incidentes. Pero es en la parte del análisis donde el libro llama la atención. Hay que recordar que los disturbios de 2011 arrancan por la muerte de un joven negro caribeño por disparos de la policía. En las siguientes noches, jóvenes de esa comunidad se dedicaron a prender fuego y saquear tiendas, con varios muertos por palizas, disparos o atropellos. Lo que empezó siendo unos de una comunidad étnica se extendió por varias ciudades de Inglaterra, sumándose también jóvenes de toda condición étnica y social. A pesar de los datos, hechos y cifras el autor procura por todos los medios descartar el papel de la etnia y cultura en los disturbios. A pesar de ello, muestra su perplejidad porque fuera un fenómeno meramente inglés, quedando Gales y Escocia al margen. ¿Será, por ejemplo en Escocia, que los inmigrantes se encontraron con una identidad nacional fuerte y por tanto pudieron asumir el relato de una identidad colectiva? Ahí están esas noticia de cómo la comunidad musulmana tiene su propio diseño de tartán oficial. Quizás sea cuestión de un perfil social diferente. Mirando en Internet sobre la comunidad musulmana de Escocia uno encuentra noticias sobre todo de emprendedores y profesionales. Pero lo relevante en esta reflexión son las soluciones que propone el autor. Sus referencias al aburrimiento y las faltas de tanto autoestima como una figura pàterna parecen un diagnóstico sacado de un capítulo de Hermano Mayor. Pero ese tabú de abordar cuestiones tales como por qué en determinados grupos étnicos del Reino Unido ha arraigado cierta cultura de la delincuencia hacen que el análisis cojee.

Y así, leyendo a unos y a otros, no puedo dejar de tener la sensación de que los análisis de conservadores y progres tienen tales sesgos que ni ayudan a esclarecer el problema ni aportan soluciones completas. Porque al fin y al cabo, no se trata de un problema que nos sea lejano.

Después de Boston

En mis “Apuntes sobre los atentados de Boston” especulé sobre la autoría advirtiendo sobre la falta de información. Me decanté por la ultraderecha estadounidense advirtiendo que no tenía más argumento que una impresión personal. Siendo un atentado terrorista, había un elemento nihilista en él. Charles Cameron hacía un repaso en el blog Zenpundit de los vídeos musicales a los que Tamerlán Tsarnéyev había dado un “Me Gusta” en Facebook, señalando su contenido milenarista y conspiranoico.

El terrorismo es una forma de violencia política que busca obligar a los gobiernos a tomar decisiones presionados por la opinión pública. Pero en esto caso no hubo mensaje de reivindicación que le diera sentido político al atentado. Al parecer los hermanos Tamerlán y Džojar Tsarnéyev pretendían atentar en Nueva York, así que puede que pensaran emitir algún comunicado posteriormente. Según recoge La Vanguardia, Džojar Tsarnáyev ha declarado que no tenían vínculos con grupos terroristas y que actuaron por “motivos religiosos”, algo que concuerda con la deriva yihadista del nacionalismo checheno. Aunque la mención de las guerras de Afganistán e Iraq como motivación resulta entre anacrónico y rídculo, rozando la excusa improvisada.

Desde un punto de vista meramente técnico, el atentado de Boston fue un atentado limitado y algo chapucero. Los hermanos Tsarnéyev no parece que estuvieran familiarizados con los tiempos habituales en la maratón e hicieron detonar las bombas cuando ya el grueso de participantes había llegado a la meta. Con tan pocas víctimas mortales, tres, es relevante reflexionar sobre cómo el impacto de los atentados no lo genera su magnitud, sino la histeria generada por los medios y las autoridades. John Cassidy lanza en The New Yorker una interesante provocación: ¿Se imaginan que los hermanos Tsarnéyev hubieran empleado armas de fuego para disparar a la multitud en Boston? La cifra de víctimas mortales hubiera sido mucho mayor, pero ¿hubiera sido el debate público igual? ¿Hablaría la prensa conservadora estadounidense de terrorismo o del caso aislado de dos lunáticos?

Capítulo aparte merecen las teorías conspiranoicas sobre los atentados. La presencia de miembros de un Civilian Support Team de la Guardia Nacional de Massachusetts, especialistas en emergencias NBQR con ropa civil sirvió, para que alguna de las mentes preclaras de Meneáme preguntara “¿Qué hacían los mercenarios de BlackWater en el atentado de Boston?”. La explicación del asunto era, como siempre, sencilla y sin misterio (gracias a Loopster por el enlace). Pero J. M. Berger se pregunta, con razón, en Intelwire qué está pasando para que las teorías conspirativas estén teniendo tanta resonancia. Supuestamente en esta era de tanta información de libre alcance y capacidad de conectar a un número ilimtado personas deberíamos ver emerger la inteligencia colectiva, pero no es el caso.

El viernes 19 de abril hablé con Helen Aguirre en el programa Zona Política de Univisión Radio (enlace al archivo de audio aquí). Uno de los temas que surgió en la conversación fue el proceso de radicalización. Hablé de cómo en las segundas generaciones de inmigrantes surge un problema de identidad al no sentirse plenamente parte del pais de acogida ni del país de origen. Evidentemente hay personas que se intengran sin problemas. Pero este parece ser uno de esos casos en que jóvenes adoptan una identidad antagónica contra el país de acogida. Es un problema serio en Europa, donde existe muchísima menos movilidad y donde las identidades nacionales no son incluyentes. El profesor Miguel Ángel Cano Paños trata el asunto en su libro Generación Yihad: La radicalización islamista de los jóvenes musulmanes en Europa. Pero es algo que transciende el terrorismo e implica cuestiones como la delincuencia juvenil y el gamberrismo, como ha sido estudiado por Tom Ritchey para el caso de Suecia o como vimos en los disturbios en Inglaterra en 2011.

Mientras tanto, en Chechenia

El viernes pasado salí en antena en Zona Política, el programa de Univisión Radio que presenta Helen Aguirre, hablando del conflicto de Chechenia y terrorismo.

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El de Chechenia fue un asunto que me llamó la atención desde el principio. El calamitoso asalto a Grozni coincidió con la época en que me suscribí a la revista Time para “mejorar mi inglés”. Su coberta de los asuntos internacionales abrió para mí mundo de una forma inaudita antes de tener acceso a Internet. Aún recuerdo aquellas fotos de las calles de Grozni con vehículos rusos reventados. También recuerdo aquellas míticas crónicas del gran Ricardo Ortega. Fue por aquella época en que comencé a interesarme en serio en los asuntos internacionales y seguirle la pista a cosas prometedoras, como atestigua aquel recorte de periódico sobre Bin Laden en 1996.

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La Primera Guerra de Chechenia (1994-1996) terminó con unas negociaciones llevadas a cabo por el general Lebed que validó la independencia de facto de Chechenia. Como cuenta Sebastian Smith en Las Montañas de Alá, Chechenia se convirtió en un estado fallido donde la vida de sus habitantes se volvió insoportable por la delincuencia y la violencia. Los antiguos combatientes se volvieron bandidos y la inseguridad desbordó las frontera de Chechenia con la invasión de la vecina república de Daguestán por una fuerza islamista. La falta de apoyos internacionales, más allá de la simpatía turca, volvió receptivos a los chechenos a la llegada de voluntarios islamistas radicales. La causa nacionalista chechena se fue transformando en una lucha yihadista.

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Una serie de atentados terroristas contra edificios de viviendas de familias de militares en varios lugares de Rusia atribuido a terrorista chechenos sirvió de casus belli para poner fin a la aventura independentista chechena de una vez por todas. Las fuerzas rusas trataron de no repetir los errores de la primera vez y además tomaron la precaución de aplanar Grozni, la capital chechena. Las bajas civiles fueron masivas y las violaciones de los derechos humanos extensas. Años más tarde, una amiga, a la que le pedí que me guardar una caja con libros, vio mis ejemplares de los libros de la periodista rusa Anna Politkovskaya sobre Chechenia y me contó que su hermana trabajaba en la editorial que los había publicado. Alguna se había encargado de recoger a Politkovskaya en Barajas cuando había venido a España. “Dice mi hermana que nadie los lee” dijo mi amiga mirando los libros. Meses después Politkovskaya fue asesinada.

La Segunda Guerra de Chechenia (1999-2000) encumbró a Vladimir Putin y recuperó Chechenia para Rusia. Los combatientes chechenos ya no eran aquellos risueños milicianos que bailaban en círculo frente a la cámara. Ahora eran barbudos yihadistas que ajusticiaban prisioneros. Compensaron sus debilidad táctica con acciones terroristas que se saldaron con gran número de víctimas, como el asalto al teatro Dubrovska de Moscú en 2002 o el secuesto de niños en una escuela de la localidad de Beslán en 2004.

Cáucaso del Norte

En un fenómeno parecido al de los yihadistas argelinos, los yihadistas chechenos expandieron el alcance de sus objetivos para ser una fuerza regional ante su fracaso local. En 2007 los yihadistas del el Frente del Cáucaso proclamaron el Emirato del Cáucaso, una entidad política tal virtual como a la república chechena que sustituía. El Cáucaso desapareció de los medios occidentales para convertirse en un oscuro conflicto de baja intensidad con esporádicos atentados y acciones violentas en las repúblicas de Chechenia, Daguestán, Ingushetia, Osetia del Norte y Kabardino-Balkaria. Sin ir más lejos, hace pocas semanas las fuerzas rusas lanzaron una “operación anti-terrorista” en Osetia del Norte bajo la sombra de la proximidad de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2014 en la vecina Sochi.

Un grupo daguestaní del Frente del Cáucaso se ha desmarcado de los atentados en Boston. Queda pendiente establecer si los hermanos Tamerlán y Džojar Tsarnaev mantuvieron contactos con los grupos yihadistas del Cáucaso mientras se habla de su vinculación con un supuesto grupo “durmiente” en Boston.
Helen Aguirre me planteó el viernes en su programa Zona Política cómo dos jóvenes así se habían radicalizado hasta convertirse en terroristas. Eso es algo que trataré mañana aquí.

Apuntes sobre los atentados de Boston

No han pasado más de 24 horas de los atentados ayer durante la maratón de Boston. La experiencia enseña a ser prudentes durante las primeras horas. Por ejemplo, las noticias sobre doce víctimas (heridos) se transformaron para el New York Post en doce fallecidos cuando el balance hasta el momento es de tres víctimas mortales. Hoy el diario menciona que esa primera cifra fue el balance apresurado tras la visión de varios miembros apuntados traumáticamente. Un día después también se ha confirmado que sólo fueron dos los artefactos que estallaron, así que las primeras noticias de varios artefactos que fueron encontrados sin estallar resultaron equivocadas y no hay vínculo con el incendio en una biblioteca.

El cerrojazo informativo en EE.UU. es significativo. Nada que ver con la experiencia española de un ministro insistiendo en una autoría mientras la policía trabaja en pistas que apuntaban a otra. Sólo ha trascendido la noticia del interrogatorio y registro del apartamento de un ciudadano saudí de 20 años. Un testigo lo vio abandonar el lugar de una de las explosiones con un comportamiento “sospechoso” y le hizo un placaje. Permanece bajo custodia policial en un hospital.

Hay varios detalles significativos. Los dos artefactos eran poco potentes, de pólvora, pero causaron estragos por contener bastante metralla. Yo diría que eso apunta a un autor en solitario o un grupo pequeño con medios poco sofisticados. Es una modalidad de terrorismo practicada por dos grupos diferentes: Yihadistas tras el declive de Al Qaeda y la ultraderecha cristiana estadounidense. El modelo de terrorismo atomizado es una adaptación en un contexto de debilidad estratégica. El concepto “Leaderless Resistance” fue obra de Louis Beam en Estados Unidos y su influencia llega hasta el terrorista noruego Anders Behring Breivik. En el caso de Al Qaeda, es claramente una reacción ante el declive de la yihad global. El paso del terrorismo de células clandestinas y jerarquizadas a grupos pequeños aislados fue teorizado por uno de los pensadores más originales de Al Qaeda: El español Mustafá Nasar Setmarian.

Analizar el atentado ahora mismo es entrar en el terreno de la especulación. A mí personalmente me recuerda al atentado durante los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996, que reúne las características de atentado indiscriminado en una concentración de público con artefacto poco complejo y sin reivindicación. Ayer en Boston era festivo. Se celebraba Patriot’s Day, la conmemoración de las primeras batallas de la Guerra de Independencia estadounidense. En aquellas batallas del comienzo de la guerra participaron milicias con las que se identifica la ultraderecha estadounidense y que forman parte de su imaginario. Además para la derecha estadounidense en general, Boston es un nido de progres. Quizás la maratón de Boston fue escogida como objetivo por la aglomeración de gente en la calle y la coincidencia de fechas sea por tanto pura casualidad. Seguiremos esperando noticias.

“El Sáhara, perspectiva de revisión” de José María Lizundia

El Sáhara, perspectiva de revisión de José María Lizundia. Alhulia, 2013.

Señalé El Sáhara como metarrelato de José María Lizundia como uno de los libros más interesantes de 2012. Se trataba de un ensayo que abordaba el nacionalismo saharaui con afán desmitificador en un panorama editorial lleno de obras sentimentales y partidistas. Pero no se trataba simplemente de una deconstrucción del relato nacionalista del Frente Polisario, sino un análisis de la singular recepción de su discurso en España por parte de militares veteranos del Sáhara y simpatizantes de la causa.

El Sáhara, perspectiva de revisión sigue la línea de trabajo desmitificadora comenzada en el anterior libro para abordar esta vez el conflicto del Sáhara y varios argumentos bien conocidos con los que estén familiarizados con la retórica de los prosaharauis en España: El abandono español de los saharauis y por tanto la “deuda histórica” con aquel pueblo traicionado o la ilegalidad de los Acuerdos Tripartitos de Madrid. El libro revisa la sentencia del Tribunal de la Haya sobre el Sáhara Occidental y la jurisprudencia internacional sobre el conflicto para desvelar sus ambigüedades, como en el asunto del inacabado censo de votantes para el reférendum de autodeterminación, que dejan siempre al lector con la sensación de que “nada es como no los han contado”.

El Sáhara como metarrelato era un libro que pisaba terreno virgen en el que se abría un horizonte de ejes temáticos que explorar y quizás por ello resultó menos ordenado en su exposición que El Sáhara, perspectiva de revisión. Por su parte, este libro sorprende menos por su carácter de culminación de una aproximación al tema. Personalmente echo en falta que en vez de ensayo ambos libros hubiera tenido un formato más académico. Pero como dije del primero, el conjunto formado por ambos libros es el referente a tener en cuenta a la hora de abordar el asunto en español. La duda que me queda es, ¿no sería de aplicación el mismo método de análisis a otros temas como la cuestión palestina?

El Sáhara, perspectiva de revisión será presentado el martes 9 de abril a las 20:30 horas en el Casino de Tenerife (Plaza de Candelaria). El acto contará con la presencia del autor y de Manuel Vidal Garrido, Premio Nacional de Periodismo y exdirector de la Gaceta de Canaria.

La quimera de las armas hechas en casa con una impresora 3D

Hace semanas leí sobre la segunda prueba publicada en vídeo de la gente que está tratando de fabricar armas en su casa con una impresora 3D. Esta vez el arma aguantó y el asunto generó toda clase de análisis sobre el futuro que se habría por delante en un mundo donde cada ciudadano podría fabricar armas de fuego en su propio garaje. La realidad es que todo es mucho menos impactante y espectacular de lo que se ha contado. Trataré de explicar por qué.

El fusil más popular en Estados Unidos es el Armalite AR-15, que fue adoptado como arma reglamentaria por las fuerzas armadas de EE.UU. en los tiempos de la Guerra de Vietnam y recibió la denominación M-16. Hoy en día, un montón de empresas diferentes en Estados Unidos fabrican su propia variantes y piezas del AR-15, de tal modo que las posibilidades de modificación por parte del usuario son casi infinitas.

El cajón de mecanismo (“receiver”) del AR-15 se puede descomponer en dos piezas. La superior, donde se engancha el cañón y la parte inferior, donde está el conjunto del gatillo (“lower receiver” o “lower”). Puedes cambiar la parte superior del cajón de mecanismo y/o el cañón para usar el conjunto del fusil con otro calibre o un largo de cañón diferente, que son de venta libre en EE.UU. Según las leyes de Estados Unidos, es la parte inferior del cajón de mecanismo lo que constituye el arma en sí misma porque es el elemento imprescindible para que fucione. En ella se estampa el número de serie y en las tiendas de armas puedes ver que los incluyen en la misma sección que las armas de fuego completas.

El revuelo que se está montando en Estados Unidos es porque alguien ha fabricado sus propios “lower receiver” con una impresora 3D. El resto de piezas (culata, “upper receiver”, cañón, miras, guadamanos, mecanismos internos del “lower receiver”, etc.) los han comprado aparte o tomado de otro fusil. El asunto no tiene nada ver con “están fabricándose sus propias armas en casa con una impresora de plástico inyectado” porque el cañón no puede ser de otro material que metal y se fabrica taladrando una pieza sólida que requiere maquinaria muy específica. Todo se reduce a que están fabricando en casa una pieza que según la ley constituye el arma en sí misma y luce así:

Ahora sólo queda fijarse en el famoso vídeo donde prueban el arma con un cargador de alta capacidad y se ve que sólo una parte pequeña del AR-15 ha sido fabricado en plástico blanco con una impresora. El resto son piezas comerciales:

Actualización: He encontado este reportaje sobre el asunto, que aclara bastante que para sus impulsores se trata de un desafío legal y no tecnológico.

Consideraciones finales sobre la crisis coreana

Corea del Norte queda lejos del área de temas que sigo de cerca. Pero siempre he leído con interés las crónicas de los periodistas y viajeros que visitan el “Reino Hermético”. Leí incluso el cómic Pyongyang de Guy Delisle, que vivió en la capital de Corea del Norte una temporada. Y creo que todos los occidentales que han pasado por el país coinciden en que no hay manera de saber si los ciudadanos del país, que muestran una inquiebrantable adhesión al régimen, lo hacen por sincera convicción o disimulado miedo. No habría así forma de poder calibrar la moral y la voluntad del pueblo norcoreano en caso de un conflicto armado.

En lo que coinciden los visitantes de Corea del Norte es el profundo grado de aislamiento del país. El ciudadano norcoreano medio no tiene ni idea de cómo es el mundo exterior y lo que en él ocurre. Corea del Norte sería el experimento de lavado de cerebro más inhumano, colosal e inquietante del mundo. La versión oficial de Pyongyang sobre la Guerra de Corea es que el país se tuvo que defender de una “agresión imperialista” de Estados Unidos (fue justo al contrario) y desde entonces el país permanece permanentemente en guardia ante la posibilidad de una nueva invasión. No hay nada parecido a una “opinión pública” en Corea del Norte, así que cuestiones como “la moral de la población” podrían no ser relevantes en un conflicto de corta duración que no afectase profundamente a la vida diaria (la escasez de productos de primera necesidad se sentiría a partir de varios días). Además, los norcoreanos podrían prestarse de buena gana a participar en una guerra que creyeran defensiva frente a una agresión exterior.

Milicias norcoreanas. Nótese los AK-47 de primera generación, RPD, DP y RPG-2:

No cuesta mucho comprender que ni a Estados Unidos ni a Corea del Sur les interesa ahora mismo una guerra abierta con Corea del Norte, por mucho que alguno insista. Pero la cuestión es qué hipótesis de conflicto podemos manejar y atendiendo las amenazas norcoreanas el asunto se reduce a un inicio de hostilidades norcoreano. Hablaba aquí el otro día de que la principal amenaza serían los ataques de la artillería, los cohetes y misiles balísticos norcoreanos sobre el área metropolitana de Seúl, relativamente cercana a la frontera. Me olvidé añadir la inserción de fuerzas especiales, saboteadores y espías, considerando los antecedentes en tiempos de paz. La misión evidente sería crear el caos detrás de las líneas surcoreanas.

Debemos recordar el caso de un submarino norcoreano de la clase Sang-O apareció encallado en 1996 la costa de Corea del Sur en lo que se supone era una misión de infiltración de una patrulla de reconocimiento cerca de una base naval. En Japón se dieron varios casos de barcos espía identificados. En 2001 un barco norcoreano presuntamente implicado en misiones de espionaje fue identificado y perseguido por la guardia costera de Japón, finalizando la persecución con la explosión y hundimiento del barco. Corea del Norte cuenta con submarinos enanos, embarcaciones semisumergibles y hasta helicópteros MD500 como los de su vecino del sur comprados de forma indirecta al fabricante estadounidense.

Gracias a los vídeos de propaganda norcoreana podemos ver que medios, como la artillería, se mantienen en refugios con posiciones de tiro preparadas. No cuesta imaginar una orden desde Pyongyang para desatar un infierno de cohetes y proyectiles de artillería sobre Corea del Sur. Pero, a partir de ahí, ¿qué? En los vídeos de propaganda norcoreana vemos que los ejercicios militares consisten en disparar a un islote cerca de la costa. El mismo islote año tras años, si prestamos atención a vídeos de diferentes fechas. Y en todos ellos se ven muy ufanos a los líderes y generales norcoreanos. Pero todos sabemos que disparar a un blanco fijo año tras años no es entrenamiento, es pura exhibición.

North Korea's artillery sub-units, whose mission is to strike Daeyeonpyeong island and Baengnyeong island of South Korea, conduct a live shell firing drill in the western sector of the front line

¿Cómo se desempeñaría el ejército norcoreano a la ofensiva? Posiblemente todas esas unidades situadas cerca de la frontera con Corea del Sur tengan líneas de comunicación protegidas con la capital, como cables telefónicos enterrados. Las instrucciones de atacar podrían transmitirse sin ninguna emisión electromagnética a la atmósfera. Pero más allá de atacar con artillería y cohetes Corea del Sur, si el ejército de Corea del Norte se pusiera en marcha sería interesante ver qué capacidades de mando y control reales podría ejercer Pyongyang. Sospecho que esas capacidades se degradarían rápidamente ante los medios de guerra electrónica de EE.UU. y Corea del Sur. No sólo por la capacidad de interferir su funcionamiento, sino por la capacidad de localizar puestos de mando superior, sobre los que caería una lluvia de bombas. Por no hablar cómo las antenas de comunicación en Pyongyang saltarían por los aires la primera noche por acción de los B-2 y misiles de crucero. Añadamos las limitaciones en el combate nocturno de las fuerzas acorazadas norcoreanas y la geografía de la Península de Corea, que con su relieve crea vías predecibles de aproximación. Por ejemplo, el corredor de Uijeongbu, equivalente coreano de la Brecha de Fulda. En Corea, las fuerzas a la defensiva tienen ventajas por el terreno.

¿Y si el ejército de Corea del Norte no avanzara más allá de la frontera? Nos encontraríamos en una situación parecida a la de Israel en el verano de 2006. La opinión pública surcoreana exigiría, como aquel entonces la israelí, a su gobierno que eliminara la amenaza norcoreana. Es un buen precedente de lo difícil que es ganar una guerra sólo desde el aire por muy avanzados medios tecnológicos y completa superioridad aérea con la que se cuente. Hay un sólo precedente de guerra ganada exclusivamente desde el aire, sin “boots on the ground”. Fue la campaña de la OTAN en Kosovo en 1999. En aquel entonces las fuerzas serbias jugaban en las colinas kosovares al gato y al ratón con la aviación aliada. La OTAN ganó la guerra cuando tras semanas y semanas empezó a atacar no sólo objetivos militares, sino infraestructura civil para hacer la vida imposible a los serbios y que el gobierno de Belgrado se sintiera presionado por su población.

Ahora que Corea del Norte ha anunciado que ha autorizado a sus fuerzas armadas a usar “armas nucleares pequeñas, ligeras y diversificadas” y que la guera podría empezar, sólo queda esperar. Para mí la gran incógnita es qué papel juega China en esta crisis. Lejos están los tiempos de solidaridad anti-imperialista entre Pekín y Pyongyang. Seguro que estos días se está produciendo un intenso cruce de llamadas entre Pekín, Seúl y Washington.

Stephan Haggard contesta al dilema que yo planteaba el otro día: Kim Jong Un no está loco.